El mar, la mar. Una masa de agua que ronda los 1380 millones de kilómetros cúbicos rodea a las tierras emergidas y nosotros, como seres insignificantes que somos, la contemplamos embobados. Producto de la desgasificación de la Tierra primitiva y su posterior condensación, no podemos imaginar nuestro planeta sin el océano. Tanto es así, que es su color el que le da nombre. Azul. Azul ultramar. Un color que se debe a que el agua absorbe el color rojo del espectro cromático y refleja este otro.
A pesar de tener unas condiciones muy estables (sus oscilaciones térmicas son muchísimo menores que en la atmósfera), es el gran desconocido para el ser humano. Será porque no tenemos branquias para respirar el oxígeno disuelto en sus aguas. Prueba de ello es que, a día de hoy, solo se conoce con detalle un 5% del fondo marino y nos quedan por descubrir el 85% de las especies que lo habitan. Ni Kraken ni Leviatán. Protoctistas, peces antiguos o invertebrados sorprendentes se esconden en su oscuridad.
Hasta diez kilómetros de profundidad. No es de extrañar que algunos le tengan miedo. Inmenso y bravo. No hay quien pueda con él. Por eso le ponen nombre de dios. Poseidón, Neptuno o Marduk. Habitado por sirenas y tritones, por atlantes y nereidas. Palacios de espuma y coral. Eterna morada submarina.
Y si no les gusta bucear, siempre pueden disfrutar de la superficie. En primavera, verano, otoño e invierno. Acercarse a sus costas siempre es un plan inmejorable en cualquier época del año. Para pasear, contemplar las puestas de sol o hacer deporte. Es uno de nuestros espacios de recreo favoritos. Sobre todo de los niños. Construyen castillos de arena, recogen conchas, capturan pececillos y chapotean sorprendidos, mientras lo contemplan en secreto.
Eso debió pensar Joanna Concejo mientras hilvanaba M como el mar. Publicado por la editorial canaria Diego Pun, esta suerte de libro intimista, nos relata las vivencias de M., un niño de ojos azules que se detiene reflexivo en la orilla. Crece y piensa. Ya no es un crío, aunque recuerde ese dinosaurio naranja que un día enterró cerca de allí. Quiere tomar decisiones, quiere hacer lo que le plazca. Como el mar en su vaivén. Al tiempo, se pregunta. ¿Hay alguien del otro lado? ¿Alguien como él? ¿Y cómo está allí? ¿También le dicen que es pequeño? ¿Se muerde las uñas? ¿Lo quiere su madre?
La autora polaca afincada en París combina dos formatos para explorar la última infancia. A caballo entre el diario personal y el álbum de fotos, despliega una serie de imágenes que, a modo de vivencias nos hablan de las diferentes perspectivas que se agolpan en ese estado transitorio de la primera pubertad. Juegos y divertimentos, ideas y fantasías, miedos y deseos pasados y futuros. Todo se articula en una amalgama de sensaciones que rodean al protagonista que se debate entre el enfado y la satisfacción. ¿Cómo puedes estar tan triste con un sol como éste? ¿Y tan feliz al mismo tiempo? Se pregunta mientras la niñez se escapa.
Páginas desplegables, reproducciones de fotografías (esta vez ha elegido un buen puñado de las que hace su marido durante las vacaciones familiares), paisajes evocadores, largas secuencias de imágenes, texto limitado a unas pocas páginas, estilo directo, metáforas visuales o un lenguaje muy cinematográfico (¿Se han fijado dónde está la portadilla? ¿Se han fijado quién está en la página izquierda?). Un amplio abanico de recursos narrativos que, desde esa lente contemplativa a la que nos tiene acostumbrados, ahondan en sensaciones encontradas que nos plantean las aristas de lo humano.
Y así, yendo y viniendo como las olas, Joanna Concejo nos invita a reflejarnos en ese niño cuyo nombre desconocemos, a especular sobre sus sensaciones basándonos en nuestra propia experiencia, a explorar el mundo que dejamos desde la atalaya que dibuja el tiempo. En definitiva, a sumergirnos en ese océano que es la vida.






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