Además de imposible, querer ser perfecto es un lastre. No solo por la desazón que supone competir consigo mismo, sino por lo innecesario de vivir volcado en la eterna comparativa (incluso envidia). Porque, piénsenlo bien: ¿qué significa ser perfecto? La perfección de la que hablan muchos no deja de ser una convención que se llena de subjetividades, sobre todo cuando implica tomar referencias.
Y no solo ocurre en el ámbito de la política. Rafa Nadal, Greta Thunberg, Lionel Messi, Malala Yousazfai… ¿A ustedes les gustaría ser como ellos? A mí, en absoluto, sobre todo porque su imagen está completamente sesgada. Que los medios de comunicación y las redes sociales dirijan nuestra mirada hacia ellos ¿es suficiente para ser perfecto?
Creo que cabe una distinción entre completo, excelente y perfecto, pues las palabras, aunque pueden funcionar como sinónimos, albergan diferencias sutiles que se refieren a lo paradójico. Y es que, como apuntaba Leibniz, la mejor de las posibilidades no quiere decir que sea la perfecta. Puede que estas personas hayan alcanzado la excelencia en lo que a sus propósitos se refiere, pero caben otras muchas maneras de alcanzarlo.
Por lo que a mí respecta, me bajo de los cánones y prefiero un poco de jugo. Que las dobleces humanas también insuflan un pelín de dinamismo a ese mundo insustancial al que nos aboca la sociedad del postureo. Abogo por lo imperfecto, por eso que ni homogeniza ni encorseta. Un propósito que libera.
Que se lo digan a la protagonista de Esto a Rita no le pasa, un álbum de Simona Ciraolo publicado por Andana, que indaga la frustración infantil. La protagonista de este libro (No sabemos cómo se llama… ¿Por qué será? ¿Querrá la autora que cada lector le ponga el suyo?) hace un dibujo. Cuando salen de clase, el padre de Rita, su mejor amiga le dice que es precioso, sin embargo, cuando ella llega a casa y le enseña el suyo a su madre, esta se percata de que tiene una mancha. “Esto a Rita no le pasa” piensa la pequeña. Ese borrón minúsculo comienza a convertirse en una obsesión. Tanto es así que la mancha cobra vida propia y le demuestra que lo que a priori parece un defecto imperdonable es capaz de transformarse en una fuente de inspiración y una forma de libertad creativa.
Y es que los niveles de autoexigencia de algunos chiquillos pueden llegar a ser tan insoportables como descorazonadores. Una crítica desafortunada, una equivocación o una mirada diferente nos pueden hacer caer en un abismo muy doloroso del que algunos no ven la salida. Por eso la perspectiva es muy importante, incluso transformadora. Quizá ahí reside el aprendizaje. Lo fortuito, la frescura o los inconvenientes también forman parte del proceso, convirtiéndolo en auténtico.






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