En este país de tercermundismo capitalista (el que se crea que está en la cresta de la ola, que se haga mirar el ombligo) es habitual que los Reyes Magos regalen mascotas a los chiquillos y siempre ves alguno paseando al recién llegado por el parque durante este día de ilusiones cumplidas.
Así nos va: en España hay más perros que niños. Y no lo digo yo, sino las estadísticas que apuntan que frente a los 9 millones de canes que hay en nuestro país, tenemos 6, 6 millones de criaturas menores de 14 años. Es para seguir pensando lo de hacernos un chequeo cerebral.
Tanto es así, que algunos contabilizan a los perros dentro de la unidad familiar. El otro día me contaba una maestra que, durante la entrevista con los padres de un alumno de preescolar, se quedó boquiabierta cuando descubrió que ese hermano del que tanto le hablaba el crío, en realidad era su chucho. Cuál sería su cara, que los padres hasta se avergonzaron de alimentar semejante barbaridad.
Y es que la gente está para que la encierren en el psiquiátrico de 12 monos (y sin Brad Pitt cerca, no sea que se les suba a la cabeza). Por favor, si alguien de su entorno justifica las desorbitadas fiestas de cumpleaños que le regala a su perro, afirma que el día que lo parió (como lo oyen: parir) fue el más feliz de toda su vida o le esteriliza los biberones y le cambia los pañales (¿Se ríen? Pues no les queda que ver…), salgan corriendo. Es la única forma de salvaguardar su integridad mental.
A mi forma de entender las mascotas (y la vida), solo las quiero personificadas en la ficción. Que ya tenemos bastante con los seres humanos, como para añadirle más complejidad a la cosa. Así que, déjense de líos y disfruten de canes humanizados en libros infantiles como los de hoy.
Empezamos con Un otoño de perros de Andreas Steinhöfel (texto) y Dirk Steinhöfel (ilustraciones), publicado recientemente por Lóguez. Este álbum nos acerca la mirada de Henri, un cachorro beagle que descubre el mundo que le rodea gracias a su sed de aventuras y una curiosidad infinita. Las semanas pasan conforme pasamos las páginas y las estaciones se funden con todo tipo de pensamientos.
Las ilustraciones, a caballo entre la fotografía y las técnicas digitales, nos enfrentan a una óptica tan onírica como realista. En un ejercicio estético que pretende ponernos en la piel del protagonista (Si alguna vez se han preguntado qué ve un perro, esta es la oportunidad de averiguarlo). Todo se nos presenta desdibujado pero reconocible. Distinguimos árboles, mobiliario urbano, estampas caseras, todas ellas llenas de la luz del otoño, el invierno, la primavera y el verano.
Así, este álbum de gran carga artística, se intuye un catálogo sobre los fenómenos atmosféricos. Niebla, escarcha, nieva, rocío, granizo, lluvia… No falta ninguno. Un viaje a través de los meses que no deja indiferente a un lector que disfruta de las amapolas, las mariposas y las hojas de los tilos. Un canto a la naturaleza desde una perspectiva poética protagonizada por un cachorro que, como los niños, se cuestiona el mundo desde la inocencia y el asombro.
El segundo en discordia es Lupito. Publicado por Bookolia con el subtítulo Basado en una más que probable historia real, su autora, Sara Fernández, nos sumerge en una historia a caballo entre la ficción y la ficción sobre la domesticación del primer perro gracias a Lupito, el último cachorro de una camada de nueve lobos.
A Lupito le cuesta mamar y se queda un poco canijo (Nota: me ha recordado un poco al Dumbo de Aberson y Pearl). Como todo esto ocurre durante la llamada Edad de hielo (última glaciación, la Würm), la manada sale de la cueva en busca de alimento y un lugar mejor en el que poder subsistir, pero una ventisca de nieve se convierte en una trampa en la que nuestro protagonista se perderá. Buscando refugio, termina en una cueva donde los hombres prehistóricos juegan con el fuego y las sombras. Quizá sea una oportunidad para encontrar una nueva familia…
Con una historia enternecedora que transcurre durante la primera toma de contacto entre canes y humanos, la artista e ingeniera de montes se aleja del álbum informativo y nos acerca a una fábula donde caben mensajes de superación personal o la búsqueda de identidad (¿Se reconoce Lupito como lobo o como hombre? Habrá que preguntárselo a él…) que bien vale una lectura. Para los amantes de la mediación, decirles que podemos desbordar la historia hablando de otros animales prehistóricos, el paleoclima o unas condiciones ambientales que favorecieron la expansión de los animales de sangre caliente.
Pasamos a dos títulos publicados por la editorial Pepa A Loba. El primero es Cencerro y Garabato, escrito por Chus Álvarez e ilustrado por el tío Ramón, el sobrenombre que ha elegido el tándem formado por Borja Ramón López Cotelo y María Olmo Béjar.
Si les preguntara cómo ladra un perro y cómo maúlla un gato, seguramente obtendría la misma respuesta. Pues bien, en este caso se equivocarían porque ni Perro Cencerro ni Gato Garabato hacen lo propio. El caso es que han cambiado los papeles de una forma muy singular y el resto de los animales del País de los Desamparados se ríen de ellos. Hartos de la situación y aunque parezca sorprendente, hacen un trato y se ponen manos a la obra consiguiendo un guau y un miau como Dios manda. ¿Pero lo hará quien le corresponda?
En esta pequeña comedia de situación encontramos buenas bazas con las que encandilar a los lectores más pequeños. Por un lado las onomatopeyas, que siempre son un acierto. Por otro, tenemos las vocales en forma de risa. Y como guinda del pastel, un montón de animales. Si no son capaces de conseguir una carcajada es porque el público está adormilado…
El cuarto título de esta selección de libros perrunos es En las patas de Fido, un álbum de Marina Aguirre y Sara Casilda que nos cuenta la historia de Fido, el pequeño schnauzer que acompaña a Laura, una niña que no puede salir de casa tanto como le gustaría. Es Fido el que le lleva noticias del exterior. Desde las hojas del otoño, los paisajes del invierno, las alegrías navideñas o las margaritas y violetas que engalanan la primavera. Y es que las patas de Fido tienen tanta magia que pueden conseguir lo imposible.
Con un lenguaje delicado, este libro que ya he añadido a esta selección, utiliza el extrañamiento como recurso narrativo. Mientras que el texto alude a diferentes escenarios exteriores, la acción de las ilustraciones siempre acontece en la habitación de la niña. No es hasta el final cuando descubrimos la realidad gracias a un pequeño golpe de efecto visual. Del mismo modo, el animal de compañía se convierte, no solo en un hilo conductor, sino en metáfora y esperanza.
Con estilo realista y técnicas tradicionales como el lápiz de color y la acuarela, Sara Casilda, acierta de pleno para un relato que bien podría estar inspirado en hechos reales. Se agradecen los detalles coloristas y el dinamismo de las escenas, pero sobre todo, esas miradas que se dirigen al espectador y que buscan una poco de empatía.
Para terminar, les dejo con Lo que no sabe Pupeta, el poemario de Javier Mardel que ganó el Premio Hispanoamericano de poesía para la infancia en su edición de 2011. Publicado por Fondo de Cultura Económica e ilustrado por Cecilia Rébora nos habla de Pupeta, una pequeña perrita curiosa, simpática y desbaratada que merodea por casa de sus dueños descubriendo lo que le rodea.
Alejado de esa rima ramplona, consonante y artificiosa de la que se llenan muchas bibliotecas escolares, este poemario ahonda en el lenguaje, su riqueza, precisión y sonoridad. Rodea a Pupeta de palabras desconocidas, experiencias vividas, sencillez mundana y calidez humana. Así, el lector se posiciona donde la protagonista y conoce la libertad, la imaginación o la alegría sin renunciar a nada. Ocupa su lugar, de frente o a su lado. Lo que viene siendo un animal de compañía.
Por eso, para terminar esta pequeña selección (si quieren más libros sobre perros AQUÍ AQUÍ y AQUÍ tienen unos cuantos más), les dejo con unos versos de este poemario tan redondo.
A ella todo le queda grande.
Vive en un mundo de personas
en el que las escaleras
se suben a brincos,
donde hay que levantarse
sobre las patas traseras
para asomarse a los sillones.
Vivir en un lugar así,
donde todo está escrito con mayúsculas,
convierte cada día en una hazaña.
Sólo que ella no lo nota:
hace lo que hace
sin sospechar a cuántos héroes
vence en proezas cada día.
[…]
A veces nada más se queda ahí.
toda ella un planeta detenido,
un mundo en blanco,
absorta en ver cómo se pasa el día
a la velocidad de un segundo
por segundo.
[…]
Ella no sabe que el mundo
es una cosa redonda
que gira sin detenerse.
Tampoco sabe que el sol
es una estrella amarilla
que flota en el universo.
Lo que Pupeta sí sabe
es que todos los días
duran un día completo,
que hay algunos con lluvia,
que no hay días en la noche,
que cuando el día es más día
es antes del mediodía.
Y por eso, a esas horas,
siempre que no esté nublado,
se echa en el patio a soñar la luz.
















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