miércoles, 4 de noviembre de 2026

Viajes que enriquecen


Volvemos de viaje. Es hora de deshacer las maletas, de aterrizar de nuevo en la rutina y de echar la vista atrás. Evaluar los días pasados es un ejercicio que todos hacemos inconscientemente. ¿Se han cumplido las expectativas? ¿Realmente mereció la pena recorrer todos esos kilómetros, gastar hasta el último céntimo de nuestros ahorros?
Todo depende de nuestras prioridades, de nuestros deseos. Hay gente que busca el “wow factor” al torcer cada esquina y otra que se conforma con poca cosa. Los de más allá llenan su maleta de momentos insignificantes, pero divertidos, mientras que los más exigentes necesitan recorrer hasta la última calle que se abre ante ellos. Que si la relación calidad-precio del hotel, las facilidades en cuanto al transporte, este museo o aquel bosque… ¡Se pueden valorar tantos parámetros!
Yo soy de los que prefiere disfrutar con los amigos en torno a una cerveza, una buena comida. Deambular tranquilo, sin pausa, pero sin prisa. Contemplar aquello que te sorprenda, comentarlo con unos y otros, buscar analogías y sinergias. Mezclarse entre la gente, dejarse sorprender, probar esto y aquello. Un poco de riesgo nunca viene mal. Dejarse llevar es la mejor forma de viajar para enriquecerse. Y si llegas hasta un lugar como el del libro de hoy, estás de suerte.


Publicada por primera vez en 1975, La aldea más allá de la niebla, una novela de Sachiko Kashiwaba que nos trae Blackie Books este otoño en una edición ilustrada por Miho Satake, nos cuenta la historia de Rina, una chiquilla que, empujada por su padre, viaja hasta un pueblo misterioso ubicado en mitad de un valle envuelto en la niebla. Allí se topa con una anciana misteriosa que le ofrecerá alojamiento durante las próximas semanas a cambio de trabajar para distintos establecimientos de la aldea.


La acción se construye sobre un universo fantástico muy sugerente al que solo se accede por la intercesión de un objeto mágico, ese paraguas de lunares rojos con una cabeza de payaso tallada en la empuñadura. Un mundo híbrido cuyas fronteras se disipan entre el mundo real e imaginario, una atmósfera que permite experimentar lo extraordinario desde la curiosidad, lo surrealista desde lo cotidiano. Por otro lado, no es el visitante quien decide entrar, sino que es el propio espacio el que elige a sus visitantes.
A pesar de presentarse como una novela fantástica, este libro adquiere tiene un marcado trasfondo de relato sobre descubrimiento personal y viaje iniciático. Al principio, Rina se presenta como una niña inútil que carece de autonomía y depende de los adultos. Sin embargo, su dedicación y empeño en los diferentes negocios del valle le permiten desarrollar su responsabilidad e iniciativa.


No son pocos los estudios que apuntan a una gran diferencia con las obras de fantasía dirigidas a los niños occidentales: el universo mágico creado por Kashiwaba no es una utopía donde la protagonista se dedica a la mera contemplación, sino que es un microcosmos laboral, ya que el trabajo diario de Rina es la clave de su desarrollo personal. Es decir, la aldea es un reflejo de la ética japonesa del trabajo comunitario.


La caracterización de los personajes es otro de los platos fuertes de una novelita donde podemos encontrar a la señora Picotto, la anciana que, a pesar de su mala baba y estrictas maneras, ejerce de gran mentora, Icchan, un chico simpático, entrañable y con una gran nariz que conecta rápidamente con Rina, John, el cocinero que hace los mejores sándwiches de la aldea, Nata, la despistada y excéntrica librera por la que he sentido gran debilidad, Shikka, el gran ceramista o Idiota, el impertinente loro de Thomas.


Me encanta la reciprocidad que hay entre la cría y los habitantes de “Calle Disparate” (así la llaman ellos). Los detalles que van y vienen. Ese hatillo lleno de regalos con el que la agasajan cuando abandona el valle de la niebla. Un derroche de bondad y pequeñas acciones que, alejándose de las grandes gestas, articulan un ecosistema solidario y cooperativo donde campan bondad y amistad.


Para terminar, toca mencionar la influencia que este libro tuvo sobre El viaje de Chihiro de Hayao Miyazaki y que el propio director admitió hace años. Elementos como una niña atrapada en un mundo fantástico, las analogías entre la señora Picotto y Yubaba o la necesidad de trabajar para conservar el estatus adquirido son algunas de las sinergias entre las obras literaria y audiovisual.
No lo piensen más. Saquen su billete para este viaje sin igual. No se arrepentirán.

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