miércoles, 28 de octubre de 2026

Abuelos: todo un universo


Los abuelos ya no son lo que eran. Muchos pasan de obligaciones familiares. Se han dado cuenta de que la jubilación no es el fin. Que todavía les queda mucho por recorrer y disfrutar. Gimnasios, escuelas de idiomas, coros y rondallas, clases de baile y de pintura de costura. Y viajes, muchos viajes. Con tal de no pasar el tiempo explotados por sus hijos y nietos, lo que sea. Que ya está bien la broma. Total, ¿quién se lo agradece? Los unos crecen, se aferran a un móvil y ni musitan. Los otros tienen tanto que hacer y tanto de lo que quejarse, que solo se acuerdan de ellos en caso de necesidad o desahogo.
Ser abuelo no se resume en apoltronarse en el sillón y pasar la tarde viendo la televisión. Hay muchas formas de vivir la vejez y está fenomenal que la LIJ se haga eco de todas esas nuevas ópticas con las que encarar la tercera edad para dejar al lado esos estereotipos que nos han vendido desde antaño.
Y para que ustedes lo constaten, aquí les dejo seis propuestas sobre abuelos, seis visiones que se complementan unas a otras. Voces que disienten, que acunan, que permanecen activas y que cambian esa óptica un tanto homogénea sobre esas figuras que ensalzamos a pesar de su diversidad manifiesta (mis abuelas no se parecían nada entre ellas y las de mis sobrinos, mucho menos). Haberlos, haylos. Porque lo único que tienen en común unos y otros es haber tenido nietos. Manque ganen, manque pierdan.


Empezamos con La maleta, un álbum de Daniela Sosa publicado por Andana hace unos meses. Nos cuenta la historia de un niño que pasa las vacaciones con sus abuelos. Se aburre como una ostra porque todos los días son iguales. ¡Si al menos hubiera algún secreto que descubrir…! Y hurga que te hurga, el protagonista se encuentra con una extraña maleta en el desván. Cuando la abre encuentra un montón de cosas extrañas acompañadas de un sinfín de fotografías. ¿Quiénes serán esos desconocidos? ¿Conseguirá dar con la solución al enigma?


Con una trama sencilla y sin pretensiones, este libro explora la memoria familiar y el vínculo entre generaciones a través de los objetos. Como si de una cápsula del tiempo se tratase, la maleta es el interruptor que desata una pequeña serie de pesquisas que, incorporando pequeños detalles y enlazan las escenas, ayudan al protagonista/espectador a descifrar el pasado de aquellos que le rodean.


Desde el punto de vista técnico, destacan los detalles como las guardas peritextuales a modo de prólogo y epílogo, el uso del color para contrastar el presente con el pasado, la alternancia de planos para imprimir cierto dramatismo cinematográfico y el viñeteado de las escenas que insufla dinamismo a la acción. Un trabajo sencillo, pero con una bonita funcionalidad.



Seguimos con otra aventura vacacional, en este caso la de Lobito en Palmeras y caracolas, una nueva entrega de esta serie de Magali Clavelet que ha publicado Flamboyant recientemente.
En la casa de Lobito los juguetes están viejos, los rotuladores están secos y las galletas están muy duras. Está hasta las narices de la rutina y necesita un cambio. Qué mejor que irse de vacaciones con sus abuelos. Se baña en la playa, disfruta de las rosquillas de la abuela, gana el primer premio de esculturas de arena y recoge trozos de vidrio pulidos por las olas. ¡Todo es maravilloso! Pero después de seis días como ese, Lobito empieza a echar de menos otras cosas…


Dirigido a primeros lectores, esta aventura ahonda en esa ilusión desmedida que los niños vuelvan sobre las vacaciones. Las expectativas están a la altura de la realidad y los cambios de rutina, si están acompañados de unos abuelos más que activos y volcados en el ocio, se agradecen sobremanera. ¿Quién no ha ansiado que llegue el fin de semana para irse a dormir a casa de sus abuelos? Otra cosa es que eso se convierta en algo cotidiano.


Con unas ilustraciones coloristas, personajes expresivos y cambios en el tamaño de las escenas que alternan secuencias de situaciones y grandes planos generales, el libro se acerca a situaciones con un punto de vista muy simpático donde contrastan las estampas evocadoras y un sinfín de detalles graciosos (fíjense en la colina del Hombre o las esculturas playeras) en el que podemos encontrarnos todos, que bien pensado, ya es mucho.



Nos detenemos en Mi yaya, el álbum de Begoña Montañés y Mercè Calí que acaba de editar A fin de cuentos. Sin lugar a dudas es el libro más emotivo de toda esta tanda ya que rinde un sentido homenaje al vínculo entre abuelos y nietos a pesar de la distancia que los puede separar. Y es que nuestro protagonista piensa que su abuela es todopoderosa como los superhéroes. Viaja en el espacio y en el tiempo, puede leer su mente y le hace muy feliz. ¿Acaso no es suficiente para pensar que lo es?


Con un lenguaje tan sencillo como evocador, Begoña Montañes utiliza la voz infantil para ahondar en las relaciones intergeneracionales desde una perspectiva inocente que ayuda al lector de cualquier edad a sumergirse en la experiencia propia, hacer esos momentos suyos y encontrar otros similares. Es decir, participamos en esa poética de lo mínimo y lo cotidiano que, a modo de cuaderno de notas nos habla del tú a tú.


Por su parte, Mercè Galí sigue fiel a su estilo en el que la economía de un lenguaje basado en líneas sencillas, los pequeños detalles en collage fotográfico, la caracterización cómica de los personajes o el uso de una paleta de color limitada (destacan el blanco, rojo y gris), construyen una historia ágil, agradable y con un buen sabor de boca.



Continuamos con Un novio para mi abuela, un libro de María Lavezzi publicado por la editorial maña Apila, que aborda con ternura y humor la soledad, el amor familiar y la importancia de la compañía durante la vejez.


La abuela protagonista vive sola. Bueno, sola, sola, no. Vive con su perro, Felipo. Y además, no para de hablar. Casca por los codos. Si tuviera pareja tendría a quien darle la murga y de paso podría jugar con su nieta. Así que, ni corta ni perezosa, la chiquilla pide ese deseo mientras sopla las velas de su tarta de cumpleaños. ¿Se hará realidad y encontrará a su media naranja?


Desde una perspectiva muy divertida (¿Por qué la mayor parte de las historias de hoy echan mano del humor blanco para desarrollar ese lado entrañable de las protagonistas?), los retratos (ese catálogo de posibles pretendientes me ha parecido una delicia. ¡Viva la diversidad en la tercera edad!), un giro fortuito en el guion y el epílogo que arranca una carcajada a modo de títulos de crédito (¡Todos queremos un gurú sentimental!) me ha parecido una historia honesta para regalar a todas esas personas viudas que quieren tener nuevas relaciones.



Llegamos a Nina y Tita, un álbum de Beatriz García-Huibrodo y Raquel Catalina publicado por Kalandraka que da buena cuenta de cómo han cambiado los tiempos para todas las abuelas.
Y es que nuestra protagonista está un poco extrañada. Sus libros dicen que las abuelas siempre llevan el pelo recogido en un moño blanco, cosa que no les sucede a ninguna de sus dos abuelas. Una lo tiene blanco pero largo y suelto. La otra, rubio y corto. También ha leído que caminan despacito o con bastón. Mentira. Sus abuelas andan muy deprisa e incluso montan en bicicleta. O que están cocinando dulces a todas horas. Y de eso nada, que a una de ellas le encantan las parrilladas, mientras que la otra se pirra por una ensalada. Entonces, ¿a quiénes se referirán todas esas historias que ha leído?


Con una estructura muy asequible para los primeros lectores, utilizando comparaciones graciosas y un golpe de efecto final, las autoras desmontan los estereotipos asociados a las personas mayores para acercarnos personas activas, independientes y con una forma de vida nada tradicional. Del mismo modo, incorporan una pequeña crítica al mundo de la LIJ e invitan a reconsiderar las representaciones de las abuelas en estos productos culturales.


Además de describir esa realidad a la que alude el texto, las ilustraciones incorporan otra línea narrativa en la que la niña y sus padres van preparando una fiesta de cumpleaños. Todo parece un juego de descubrimiento en el que las imágenes van incorporando detalles de manera silenciosa que contextualizan las escenas finales.
Un libro muy sencillo para poner de relieve que todo cambia y que las relaciones intergeneracionales no dependen tanto de la edad, sino del espíritu de quienes intervienen en ellas.



Para terminar con esta pequeña selección de abuelos tenemos Mi madre me contó que mi abuela, un álbum de Rosa Álamo, editado hace un año por Thule y que nos cuenta la historia de una abuela gracias a la intervención de una madre que le va trasladando a su hija los avatares de otro mundo, de otra época que resuenan en la actualidad. Abuela y nieta, nieta y abuela tienen muchas cosas en común aunque no se hayan conocido.


En lo que a la estructura narrativa se refiere, Rosa Álamo utiliza la frase que da título al libro una y otra vez. Una especie de mantra que hace hincapié en la importancia de la transmisión oral entre madres e hijos, no solo de historias fantásticas, sino de los acontecimientos familiares.


Sobre las ilustraciones, me gusta ese toque tan surrealista que bebe de autores como Hopper o Leonora Carrington. También los guiños a las grandes obras que aparecen representadas en los distintos cuadros que llenan las paredes de ese salón (y cuyos nombres y autores pueden encontrar en la página de créditos). Por último, la metáfora de la silla, ese trono omnipresente tachonado de unas flores que recuerdan a las de Georgia O’Keeffe y sirve de hilo conductor a toda una historia que no solo pretende convertirse en una alabanza a esas abuelas que probablemente muchos niños no han conocido, sino a su legado. Una idea donde conviven pasado y presente. Y teniendo en cuenta que estamos en los días previos a Todos los Santos, me parece un colofón final estupendo.

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