martes, 13 de octubre de 2026

Martes y trece (o cualquier día puede ser especial)


Martes y trece. Ni te cases ni te embarques. Menos todavía después de un puente. Por lo que pueda pasar. Que la última cena de Cristo se supone que fue tal día como hoy y miren cómo terminó.
Ya saben ustedes que esto de las supersticiones tiene mucha miga y los seres humanos nos montamos películas para justificar nuestra mala suerte. No es cuestión de fechas, ni de gatos negros, ni de escaleras, ni de espejos rotos. Más bien es el azar el que va construyendo el paso del tiempo. Si bien es cierto que vamos organizando nuestra existencia en horas, semanas y años, es mucho más interesante vivirlas que adjetivarlas.



Tragedias, fiestas de cumpleaños, decepciones, enfados estúpidos, discusiones airadas, abrazos conciliadores, carcajadas y lágrimas. No sé ustedes, pero un servidor prefiere ir añadiendo momentos a la memoria que pasar sin más las hojas del calendario. Esa cuenta atrás me exaspera, pues se parece más a la de un condenado a muerte que a la del lanzamiento de un cohete.
Será que soy muy orteguiano y me dejo llevar por la circunstancialidad. Probablemente todo se resuma en ese diálogo entre nosotros y el entorno. Quizá esa sea la clave para mirar la realidad: conocerla y asumirla. Lo difícil viene cuando hay que transformarla para que no nos engulla.


Y así, con tanta profundidad, me sumerjo en Hay días, un álbum de Daniela Sosa publicado por Andana este otoño que recoge un buen puñado de estampas de las rutinas infantiles. Una tarde en la feria, la primera nevada, la muerte de nuestra mascota, esa enfermedad que parece durar una eternidad, aprender a montar en bicicleta o una mudanza. Un sinfín de experiencias que por muy cotidianas que nos parezcan, suelen marcar nuestra niñez. Es por ello que las recordamos alegres, tristes, decepcionantes o emocionantes. En definitiva, las hay de todo tipo.


Este pequeño catálogo de instantes se articula sobre la frase que da nombre al libro y que sirve como fórmula narrativa en la lectura autónoma o guiada, en voz alta o silenciosa. Si bien es cierto que el narrador utiliza un lenguaje sencillo y accesible para prelectores y primeros lectores, las ilustraciones amplían la información gracias a esa complementación que favorece la identificación del lector en las diferentes situaciones que se describen y enriquece el discurso sirviéndose de detalles que pueden originar juegos de búsqueda (Fíjense en las guardas. ¿Acaso no parecen un juego memorístico?).


En lo que a la composición visual se refiere, decir que la mayor parte de las escenas se articulan sobre dos páginas, en ocasiones dobles y otras alternas. Mientras unas pretenden prolongar la acción y reforzar la inmersión lectora, otras buscan un efecto de sorpresa en el espectador al pasar la página.
Una propuesta poética, luminosa y honesta que podemos regalar a cualquiera para celebrar que seguimos aquí a pesar de la fecha.

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