Llega a las librerías El hueso prodigioso, un libro de William Steig que acaba de incorporar Blackie Books a su catálogo. En este álbum publicado por primera vez en 1976, el padre de Shrek nos cuenta la historia de Perlita, una cerdita que, a la vuelta de la escuela y recreándose en el panorama, encuentra un hueso parlante capaz de imitar sonidos y hablar diferentes idiomas. Pertenecía a una bruja, pero se cansó de ella y ahora busca un nuevo propietario. Su encuentro, además de forjar una bonita amistad, desencadena una aventura en la que deben enfrentarse a unos ladrones y un zorro hambriento que pretende merendarse a la chiquilla. ¿Conseguirán salir indemnes de sus fauces?
Son varias las cuestiones que han asomado en mi cabeza mientras lo leía. La primera es el buen ejercicio de intertextualidad que hace Steig gracias a dos de los cuentos tradicionales que recogen los hermanos Grimm: Caperucita Roja y El hueso cantor.
La de la capucha no solo se refleja en esa protagonista femenina que recorre el camino para toparse de frente con un depredador de apariencia un tanto engañosa, sino que Steig le da una vuelta de tuerca cambiando el arquetipo de víctima. Un golpe de efecto contemporáneo que le otorga el triunfo a la infancia.
Sobre el segundo guiño, hay que hablar del hueso parlante, ese objeto inanimado que realiza la labor de ayudante sobrenatural y al que apunta Propp en sus funciones. Este recurso, que ya utilizó Steig en Silvestre y la piedra mágica, modifica el curso de una historia previsiblemente tranquila y anima el cotarro. Además, si comparamos ambas obras, constatamos que hay diferencias discursivas: mientras Perlita utiliza el hueso para afrontar peligros, Silvestre debe enfrentarse a las consecuencias de sus deseos hechos realidad gracias a la piedra mágica.
Otros elementos textuales más que destacables son el uso de un lenguaje enriquecido (quizá a muchos les resulte enrevesado, pero yo lo prefiero a las simplezas que se publican hoy en día), los juegos verbales (fíjense en ese hechizo acumulativo) y los diálogos que se marca (pueden resultar tan ingeniosos, como absurdos).
Como en la mayor parte de sus obras, Steig asume tanto la escritura, como las ilustraciones, lo que propicia mucha coherencia entre ambos lenguajes (lo que viene siendo un álbum narrativo, vaya).
Si bien es cierto que las imágenes están elaboradas con técnicas tradicionales como la tinta y las aguadas, llaman bastante la atención los paisajes primaverales, esas pinceladas casi expresionistas y las estampas bucólicas del mundo rural de gran valor etnográfico.
También se hace notable la contraposición que hace entre luminosidad (escenas al aire libre) y oscuridad (escenas en interiores) para ayudar a la tensión narrativa.
Igualmente, toca señalar los recursos visuales para comparar escenas simultáneas (mientras Perlita llora, el zorro prepara la candela) o el uso de una secuenciación propia del cómic que imprime ritmo y dinamismo (Es una delicia ver cómo el zorro se hace cada vez más pequeño).
Algo que me encanta de las obras de Steig es la sobreactuación de sus personajes. Perlita es una actriz un tanto mediocre y bastante teatrera, el zorro un malvado muy ridículo y los padres de la cría dos pasmarotes que ni sienten ni padecen. Todo imprime mucha comicidad a las escenas y desata la risa del lector-espectador a pesar de respirarse la tragedia en varios momentos de la acción.
Para mi gusto, uno de los principales aciertos del libro es el equilibrio entre inocencia y amenaza. Perlita es curiosa y quiere conocer las beldades del mundo, pero también se topa con los peligros reales que este alberga. Un contraste que permite reflexionar sobre la autonomía infantil, su vulnerabilidad y la capacidad de resolver problemas sin recurrir a la moralina barata y paternalista.


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