miércoles, 7 de octubre de 2026

¿Humanidad o perrhijos?


Si yo tuviera una mascota, de entre todas las existentes, elegiría un perro. Me parece un compañero de correrías bastante amable, servicial, agradecido y, generalmente, tranquilo (todo depende del carácter y la educación, como en cualquier ser humano). Uno de lanas, un labrador, un beagle, un galgo o un carlino. Todas esas razas me valdrían. Pero lo que nunca haría sería tratarlo como un perrihijo.
Como ya he apuntado en otras ocasiones, no comulgo en absoluto con toda esa tontería que se ha desatado en occidente respecto a estos mamíferos, aunque he de admitir que es un fenómeno que me tiene entusiasmado, no solo por la cantidad de sandeces que hay que oír, sino su lectura sociológica.


Por un lado tenemos el encarecimiento de la vivienda. Si una pareja solo tiene para pagar un apartamento de una habitación, ¿a quién será más fácil instalar? ¿A un chiquillo o a un perro? Evidentemente al segundo, pues los canes pueden dormir en cualquier rincón. Por otro, hay que hablar de la precariedad laboral, pues los cuidados de un perro pueden adaptarse más a un presupuesto reducido y los vaivenes salariales. Lo que más me llama la atención es todo lo que se refiere a la convivencia y el retraso en la edad de paternidad o maternidad. Si una pareja es capaz de repartirse las obligaciones para con su perro, será también capaz de hacerlo cuando lleguen los niños.
La cosa no queda ahí. Tanto en España, como en muchos países occidentales, se han realizado reformas legislativas que amparan a estos "seres sintientes", de tal manera que se han regulando aspectos como la custodia compartida en divorcios o su inclusión en los testamentos de sus dueños.
Si le dan un poco a la manivela, todo esto me parece un poco peliagudo, pues la mascota no solo representa una antesala, sino un experimento. 


Esperando que las psicopatologías de algunos seres humanos vayan desapareciendo, hoy nos dedicamos a Río, la perrita negra, el nuevo libro de Suzy Lee que acaba de publicar Libros del Zorro Rojo en nuestro entorno editorial. Inspirado en el encuentro real de la autora y sus hijos con un perro negro abandonado, este álbum nos cuenta cómo Río pertenece a un hombre que la tiene enjaulada. La vecina decide quedarse con ella, pero como su casa es demasiado pequeña busca a alguien con patio que se quiera hacer cargo de ella un tiempo. Así, Río encuentra a los hijos de la ilustradora y disfrutan todos juntos de las vacaciones. Hasta que llega el día en el que se anudan las clase y Río se queda sola…


Lee sigue empleando la economía en este libro. Los textos son breves y las ilustraciones se centran en la expresividad de la línea y la composición. Ambos se alejan de los detalles superfluos y la saturación para crear escenas donde la figura es la protagonista. Todo esto abre camino a la interpretación por parte del lector-espectador que se sumerge en una secuencia de fotogramas desdibujados sobre la que construir la narración, algo que me recuerda al Un día, un perro de Gabriel Vincent. Una especie de cuaderno de apuntes, de diario visual que nos aproxima a la intimidad autobiográfica del relato.


Así, con espacios y silencios, la autora construye un álbum bastante conmovedor que ahonda en sensaciones bidireccionales entre el perro y los niños. De un lado, la soledad y el desamparo. Del otro, la ausencia y la pérdida. Los vínculos parecen graves, profundos y parecen beber de esa quietud oriental que perturba y encandila a partes iguales.
Llama la atención la presencia del color azul en las últimas escenas, un golpe de efecto visual que, sin demasiada definición (¿Es nieve, lluvia o pétalos de cerezo?), lo transforma todo en sorpresa, afecto, serenidad y, sobre todo, alegría. Mientras que en La ola, ese color tomaba las riendas de la acción, aquí la envuelve a modo de atmósfera.


Una obra que transforma una experiencia personal en una reflexión universal sobre el abandono, la profundidad de los vínculos infantiles y la adopción animal como forma de redención humana.

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