martes, 3 de mayo de 2016

Libros infantiles, roles de género y estereotipos maternos-paternos


Tras haber dejado a un lado los días de la madre y del padre, congratulándome por todos aquellos que tienen la suerte (o no, yo siempre tan escéptico) de serlo, y tras contemplar ojiplático cómo las redes sociales se llenaban de mensajes ñoños y vergonzantes (por lo menos para mí) sobre el amor materno que muchos tienen (otro derivado de cara a la galería y el ciberpostureo), he creído adecuado elaborar este post para hablar sobre los roles que padres y madres desempeñan en las historias de los libros infantiles.
El mundo está cambiando (y no a pasos agigantados, como a muchos nos gustaría) y el pensamiento social, aunque moldeado por diversos medios de poder, adelanta en grado considerable a otras esferas humanas que se ven faltas de un nuevo orden, véanse como ejemplo el marco legislativo o el religioso, unos que necesitan una vuelta de tuerca y dejar de lado la anacronía que presentan el Estado y la Iglesia en muchos aspectos. De entre todo lo mejorable dentro del panorama social, son las concepciones relativas a las diferencias de género y las consecuencias derivadas de estas, las que presentan una mayor problemática y un subsecuente compromiso por parte de ciertos sectores en el que, cómo no, queda representada la faceta cultural, esa que a los monstruos literarios nos interesa.



En materia de LIJ, la cosa no podía ser menos y desde que este tipo de literatura se va afianzando dentro del ideario colectivo, surgen numerosos ejemplos que rompen con los modelos masculino y femenino que vienen rondando de lejos a muchas generaciones de niños. Claros ejemplos de esta tendencia pueden ser la figura de Pippi Calzaslargas que, aunque sobresalen entre la vorágine literaria por demostrar cierta subversión a esa imagen dócil y angelical, no son capaces de eclipsar otras figuras femeninas de mayor tirón como la de la Heidi de Joana Spyri o las de las Mujercitas de Alcott (a pesar de la presencia de Jo, una especie de oveja negra poco deseable). Tampoco hemos de olvidarnos de la representación del mal a través de las figuras femeninas como la Reina de Corazones imaginada por Lewis Carroll o las presentes en los cuentos de hadas (¡Atención brujas y madrastras!), aunque en este caso cabe llamar la atención sobre los antagonistas, unos contrapuntos benignos como las hadas madrinas o los espíritus de la Naturaleza, que equilibran dicha imagen desde un punto de vista sexista.



Y enumerando un ejemplo tras otro, llegamos al punto en el que la Literatura Infantil ve florecer el género del libro-álbum, un género que mediante dos discursos (verbal y no verbal), nos habla de los diferentes roles de género y las connotaciones que estos tienen dentro de la ideosincrasia infantil. Aunque uno de los temas recurrentes en los álbumes ilustrados de finales del siglo XX y lo que llevamos de este, es el de tratar con cierta objetividad y nueva perspectiva el papel que tanto la mujer, como el hombre, desempeñan en diferentes aspectos de la vida (se me ocurre citar el Corre, Mary, corre de Bodecker y Blegvad o El libro de los cerdos de Browne), los estereotipos clásicos siguen vigentes en multitud de libros ilustrados que, de manera explicita o de otra más críptica, crean y siguen alimentando un ideario algo rancio.



Existen multitud de selecciones (ESTA por citar alguna) y estudios sobre los estereotipos masculinos y femeninos en los álbumes ilustrados que, además de mirar con lupa los descriptores y elementos de su contenido, dan buena cuenta del tratamiento tan diverso aunque poco equitativo, que, tanto textual, como gráficamente, se hace de este tema.
Mención aparte y haciendo alusión al título de esta entrada me gustaría centrarme en las figuras maternas y paternas presentadas en los libros ilustrados para niños. No hace falta hurgar mucho para dar buena cuenta de que en la mayoría de los álbumes ilustrados, padres y madres pertenecen a la esfera del siglo pasado. Quizá no lo veamos llamativo dado que el groso de la sociedad sigue teniendo interiorizados estos estereotipos, pero sí hay un esfuerzo evidente por parte de autores, editores e intermediarios de la lectura para darle cierta elasticidad a esas percepciones. Frente a las madres amables y cariñosas del siglo XIX y principios del XX, empiezan a abundar madres desagradables y gritonas (acuérdense de la Madrechillona de Bauer); frente a los buenos padres de familia, trabajadores y protectores, vemos hombres más crápulas y otros implicados familiar y sentimentalmente, algo que se agradece más que nada por la pluralidad (a todos nos gusta vernos identificados en ciertos aspectos) y la visibilidad y normalización de una sociedad mutable y activa.


Si además tenemos en cuenta que la imagen que proyectan los productos culturales sobre los roles de género está íntimamente relacionada con las pre-concepciones sobre otros aspectos relacionados con la sexualidad o la orientación sexual (¿Una mujer ruda es sinónimo de lesbiana y otra dulce de heterosexual? ¿Un hombre que ayuda en las tareas del hogar pone en entredicho su virilidad?), o la institución familiar, véanse familias monoparentales o padres del mismo sexo, se hace necesario cambiar esos arquetipos ya que redundarán al imaginario colectivo de un modo más activo.


Está más que claro que necesitamos un cambio de perspectiva desde diferentes ámbitos, pero, ¿a qué precio? Este aspecto, muy trabajado desde la administración, centros y observatorios gubernamentales, y los llamados “agentes sociales”, aunque ha ayudado a la visibilización del problema, también ha actuado de un modo sesgado criminalizando/ensalzando los -ismos (no entiendo porqué cada vez existen más casos de maltrato machista entre adolescentes si son los que mayor información han tenido sobre este tema, y sigo sin comprender porqué el feminismo es mejor que el machismo).


Seguramente este intervencionismo (político o de otra índole, cada cuál que use su propia lupa) ha sido, en muchos casos, el origen de infinidad de libros que, de un modo evidente, han ido encaminados al adoctrinamiento (se me ocurre citar Arturo y Clementina o Rosa Caramelo de Adela Turín y Nella Bosnia) mientras han infravalorado el mensaje literario, algo que sucede en pro de otros fines pedagógicos o didácticos que, aunque igualmente lícitos en un artefacto utilitario como es el libro, tienen más que ver con una literatura concebida como medio de poder en el que confiar para crear ciudadanos a medida, que con el puramente ocioso. Con ello quiero decir que considero oportuno utilizar con sumo cuidado este tipo de libros, ya que unas veces por exceso, otras por defecto, no se ajustan a la realidad imperante, sino que la mayor parte de las veces, esas “buenas intenciones” se degradan hasta al cliché y abordan la normalización estereotípica desde un punto de vista demagógico, lo que se traduce en cierto dogmatismo panfletario.


En base a todo lo dicho les dejo con un dilema: ¿Acaso somos incapaces de entender que muchos escritores e ilustradores están en su pleno derecho de decidir qué tipo de estereotipos paternos y maternos son más apropiados para las obras que pergeñan? ¿Deben estar los valores por encima de la Literatura? ¿Es lo suficientemente libre una Cultura castrada a favor de la corrección política? Mientras dan con la respuesta pueden leer los dos libros que me han inspirado este post con tanta chicha: Tipos duros (también tienen sentimientos) de Keith Negley, publicado por Impedimenta y El viaje de mamá de Mariana Ruiz Johnson (Kalandraka), dos álbumes de nuevo cuño que tratan de derribar ciertos prejuicios sobre madres y padres.



Para terminar y sin ánimo de crear conflicto alguno (todos tenemos madre y la nuestra es la mejor), prefiero limitarme a decir que muchas veces pienso que activismo, buenismo y progresismo se dan la mano en detrimento del avance social, y otras, le rebanaría el pescuezo a todo aquel que esté a favor del sexismo... No obstante y aunque parezca raro en mí esto de los términos medios, creo que el camino más adecuado es el que se traza paso a paso, en la vida real o en la literaria. Hay que estar en el mundo y cambiar poco a poco nuestra cosmovisión. Así opto por el ejemplo, el arma más eficaz y que también se echa más en falta. Por ello y mientras piensan en todo lo de hoy, voy a repartir cariño a raudales entre mi padre y mi madre.



Algunos estudios y análisis para profundizar:

-En castellano:
Colomer García, T. & Olid Báez, I. 2009. Princesitas con tatuaje: las nuevas caras del sexismo en la literatura juvenil. Textos, 51.

-En inglés:
Gooden, A. M. & Gooden, M. A. 2001. Gender representation in notable children's picture books 1995-1999. Sex Roles, 45(1): 89-101.
Hamilton, M.C., Anderson, D., Broaddus, M. & Young, K. 2006. Gender stereotypes and under-representation of female characters in 200 children's picture books: a twenty-first century update. Sex Roles, 55 (11): 757-765.
Oskamp, S., Kaufman, K, & Wolterbeek, L.A. 1996. Gender stereotyped descriptors in children's picture books: Does “curious Jane” exist in the literature? Gender role portrayals in preschool picture books. Journal of Social Behaviour and Personality, 11(5): 27.
Taylor, F. 2009. Content analysis and gender stereotypes in children's books. Sociological Viewpoints, 25.
Tsao, Ya-Lun. 2008. Gender issues in young children's literature. Reading Improvement, 45(3): 108-114.

3 comentarios:

Mariana Ruiz Johnson dijo...

Hola Román, me alegra que mi libro te haya inspirado este post. En mi caso, la historia que cuento es una vivencia personal y el modelo de familia que elegí es el propio y el de varias personas de mi generación y mi entorno. Mi intención era más que nada contar una historia personal, algo que sucedió en mi casa, concentrarme en la mirada del niño y el cambio en su rutina cotidiana. Pero el hecho de mostrar una madre que trabaja y que deja la casa ha despertado inevitablemente algún que otro debate: desde lágrimas sobre el libro porque a la lectora adulta le producía mucha angustia que la madre abandonara el hogar, hasta el "¿por qué elegiste una familia tipo y no una monoparental o de padres homosexuales?". También soy consciente de que el libro será acogido de distintas formas en distintos países. En fin, creo que estas discusiones que despiertan los libros siempre son sanas; a mi me parece que estos temas van a aparecer naturalmente en los álbumes ilustrados pero también me inquieta que el afán por desestereotipar se vuelva un estereotipo. Saludos desde Buenos Aires

Román Belmonte dijo...

Encantado de verte por aquí, Mariana. Todo conflicto tiene diversas miradas y no creo que ninguna sea excluyente. Tu expresas a tu manera y los demás perciben de la suya. Y así, la literatura se va enriqueciendo. ¡Un saludo monstruoso!

valrey dijo...

"La peor señora del mundo" de Francisco Hinojosa, es la mamá que nadie quiere tener. Rompe los moldes de una manera divertida invitando a la reflexión. No hay papá a la vista y a los niños se les sirve comida de perro... Imperdible .

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