jueves, 1 de abril de 2021

Metrópolis: ¿infierno o paraíso?



Cuando vivía en Madrid durante mis años de estudiante, el piso que compartía con mi amigo Pablo era una especie de peldaño para gente provinciana que se atrevía a dar el salto a la gran ciudad. Ante las dificultades que muchos encontraban en eso de alquilar un habitáculo donde caerse muertos, varias personas acudieron allí de manera temporal.


Primeros empleos, sueños de gloria y bastante miedo se agolpaban en unos cuerpos que no pocas veces se sentían turbados ante unas costumbres desconocidas que se relacionaban con el transporte urbano, retrasos y trasbordos, comidas en tupper, madrugones y un sinfín de nuevas reglas sociales que les pillaban de sopetón.


El Pablo y un servidor jugábamos a apostar. ¿Serían capaces de adaptarse a sus nuevas condiciones vitales o, por el contrario,  serían engullidos por ese maremágnum de la metrópolis que podría asfixiarlos en contraste con ese remanso de paz que se respiraba en las capitalejas provincianas como la nuestra?


Unos rápidamente se buscaban la vida seducidos por las bondades de vagones de metro y avenidas atiborradas de gente, posibilidades laborales o culturales. Sin embargo, otros desistían de tanto trajín, precariedad y dificultades económicas para retornar a sus lugares de origen. A veces una retirada a tiempo implica una victoria, sobre todo si en tu balanza de la calidad de vida priman la calma, lo accesible y el coste de la vida.


A estos les decíamos que no se lo tomaran como una derrota y que esas semanas de ajetreo y celeridad les servirían cuando visitaran Nueva York, París o Roma, pues todas las grandes ciudades en cierto modo se parecen y gracias a ese bagaje podrían sobrevivir sin problemas en sus escapadas de ocio. No hay mal que por bien no venga, que las grandes ciudades educan y enseñan.


Partiendo de esta reflexión que muchos compartirán, me zambullo en dos libros sobre grandes ciudades. En primer lugar el Nuevo en la ciudad de Marta Altés, un álbum que saca a la luz Blackie Books para hablarnos de esa sensación que habita en nosotros cuando tenemos que empezar una vida en otra ciudad. Quizá basado en su experiencia personal, su autora (recordemos que Marta Altés viven en Londres, una ciudad a la que hace muchos guiños en las páginas de este libro) nos cuenta la historia de un perro que busca su espacio en una sociedad que, a pesar de parecer hostil, tiene tanto de nuevo, como de bueno. Insignificante y olvidado, ¿claudicará el protagonista ante una sociedad con otras reglas? Los que han tenido que labrarse un camino en otras ciudades, saben que todo puede cambiar…


Por otro lado traigo La luna no es de nadie, un álbum de Tohby Riddle publicado por Babulinka Books. Con unas ilustraciones a caballo entre las técnicas tradicionales y el collage fotográfico, además de ser una oda a la amistad entre Clive Prendergrast, un zorro válido y muy resuelto, y Humphrey, un burro algo torpe, llorón y taciturno, este es un libro sobre la soledad que muchas veces desprenden las grandes ciudades. 


Llenas de trabas y dificultades para cualquiera de sus habitantes, estas urbes donde el tumulto nos convierte en anónimos y el ruido no nos deja hurgar en nuestro interior, las metrópolis se figuran oasis de imperfección desorbitada que, muchas veces, suponen un lastre para los más débiles. Algo que se puede contrarrestar gracias a una sincera amistad con la que disfrutar de esos necesarios pros que ofrecen las tierras prometidas.


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