martes, 4 de mayo de 2021

Polarización política y social



Cada vez tengo más claro que el objetivo de los políticos (y no solo de los nuestros, que en otras partes del mundo también cuecen habas) es el de la polarización social, algo en lo que llevan empeñados algunas décadas. Muchos de los acontecimientos ocurridos durante la última campaña electoral siguen dándome en qué pensar, máxime cuando empiezan a cundir ideas erróneas sobre unos partidos y otros (que ni los unos son tan "buenos", ni los otros tan "malos").
Si bien es cierto que este ambiente cada vez más bifaz se empieza a parecer al que se respiraba en épocas pasadas de nuestro país, espero que la gente no se deje llevar por sus instintos violentos y revanchistas, y empiece a participar más de la libertad individual, que de eso va la democracia.


Y yo, que no profeso religión alguna, ya no sé a quién rezarle para que esta España ruin deje de sacarse la mierda del ombligo mientras mira con envidia el coche del vecino, pues no olvidemos que es el peor de los males en un país de pobres y miserables donde nadie ejerce como tal (que tontería también tenemos una poca…).
Se les llena la boca con la Guerra Civil (¿Será porque quieren otra?), se abusa de los mártires de uno y otro bando (después de ochenta años, ya está bien la broma…) y todos se apropian de la Segunda República (¡Como si fuera de alguien!). Unos recortan y los otros, también; los otros roban y los unos no se quedan cortos. Nos fríen a impuestos y ninguno deja tranquilas ni sanidad ni educación. Sinceramente: me aburre este partido de ping-pong (que el tenis y Nadal son palabras mayores).


Si todo esto se les queda corto, parece que nos han asignado el voto a cada uno de nosotros. Se ve que la papeleta que metemos en la urna depende de nuestro modus vivendi. Los homosexuales, los inmigrantes, los ecologistas, las feministas o los actores tienen que votar a la “izquierda”, mientras que los autónomos, los aristócratas o los vecinos del barrio de Salamanca votan a la “derecha”. Es una especie de pre-asignación que muchas personas toman a pies juntillas gracias al lavado cerebral que los medios de desinformación aplican telediario tras telediario.
Y la gota que colma el vaso es esa falta de respeto absoluta al señalar con el dedo, pedir explicaciones sobre porqué este y no el otro, o que, incluso, haya que reinventarse para justificar una elección política. Carencias de libertad que no suceden en democracias maduras.
Nadie se para a pensar en que su voto es suyo y hace con él lo que le da la real gana. Estudiar la situación personal, cotejar su cuenta bancaria, qué alternativas políticas, económicas y sociales existen, mirar alrededor y preguntarse “¿Es esto lo que me interesa?” Ahí esta la clave.


Me dicen por el pinganillo que cambiar las cosas no será tan fácil. Que el "establishment" está tan bien engranado que a todos les salen las cuentas (y las cuotas) con una ley electoral que nadie se decide a cambiar, ni siquiera cuando el Estado ha sido sólido. Les conviene seguir con una política maniqueista que no representa a gran parte del electorado y que sólo sabe ahondar en unas diferencias auspiciadas por los intereses de ciertos magnates en torno a los que gira el mundo.


Para ilustrarles sobre este tema hoy me saco de la manga dos álbumes de hace unos años -no todo van a ser novedades- que tratan sobre el egoísmo, la falta de consenso y la eterna lucha por hacerse con el pastel, bueno, en este caso por la manzana o el trozo de queso.


En primer lugar Por una manzana, un álbum de Neus Caamaño y la editorial Tres Tigres Tristes, que nos habla del enfrentamiento entre dos compradores que avistan una jugosa manzana en un puesto del mercado. Ambos la quieren tener, pero lo que comienza siendo una puja al mejor postor termina en batalla campal en la que el triunfador no resulta ser ninguno de los dos.


Por su parte, ¡Mía! de Jeff Mack, un álbum publicado por la editorial Bruño en su colección Cubilete, nos habla de la lucha entre dos ratones que pugnan por un trozo de queso echando mano de las estrategias más que exageradas (y de paso graciosas) al grito de “¡MÍA!” dando buena cuenta de su avaricia. Si quieren saber el final, continúen pasando las páginas…
Ambos son álbumes que desarrollan la narración dando mucha importancia a las ilustraciones, donde la caracterización de los personajes y sobredosis de humor, presentan al lector-espectador situaciones que son el fiel reflejo de esas luchas de poder diarias que algunos estamos hartos de sufrir.

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