miércoles, 1 de noviembre de 2023

Querencia


Reconciliarte con el que fuiste, con el que eres y con el que no serás, es un ejercicio difícil, sobre todo cuando te enfrentas a la pérdida de un ser querido. Cuando tu madre, tu padre o tu hermano se van, dejan un rastro detrás que te arroja preguntas sobre ese lugar al que perteneces, sobre esa patria en la que no ondea ninguna bandera.
Tortuoso, alegre, explosivo, silencioso, doloroso, ilegible... El recorrido junto a ellos ha sido, y, apartando los adjetivos, es lo que verdaderamente cuenta. Momentos de todo tipo se agolpan en la retina y uno construye su idea de cómo ha ido creciendo en base a lo vivido, una retrospectiva que puede sacar sonrisas o lágrimas, pero siempre necesaria.


Unos se regocijan con su camino, mientras otros rehúyen de este todavía más. Todo eso, lo bueno y lo malo, constituye un aprendizaje, el del antes y el después, el del ayer, el hoy y el mañana. Porque al fin y al cabo, el duelo, como constructo, como proceso homeostático, consiste en mirar adentro y afuera, para, repentina o sosegadamente, caer en la cuenta de que esa es nuestra historia, la de todos.


Un ejercicio que ha debido ser muy difícil para Manuel Marsol, teniendo en cuenta que no sólo ha tenido que retrotraerse a recuerdos muy ocultos, sino también imaginarlos, crear un universo propio en el que Astro, el protagonista de su último álbum y quizá su anaranjado alter ego, encuentra el consuelo a la pérdida de su padre, fallecido cuando él contaba once años.


Publicado por Fulgencio Pimentel, su editorial de cabecera, este libro, a veces desbordante, a veces clarividente, nos presenta la visita de un astronauta (de ahí su nombre) a un planeta desconocido en el que, acompañado de una extraña criatura, descubre hermosos rincones y los reflejos de sí mismo.
Viaje iniciático, visita guiada… ¡Qué más da! El autor se adentra en las relaciones paterno-filiales desde una perspectiva paradójica que no solo le permite encauzar la narrativa desde lo personal, sino también establecer un tributo lleno de gratitud y cariño gracias a la distancia temporal.


Luminoso, colorista, sinuoso, quimérico… Como siempre, el autor madrileño sigue bebiendo de la exquisitez compositiva y sus inspiraciones recurrentes. Seres que parecen haber salido de La princesa Mononoke, saltos fabulosos que nos invitan a pasar página, o juegos de perspectivas que desde ti, desde mí, articulan una fábula (in)verosímil cargada de madurez catártica. Montones de pistas que se cuelan en nuestro subconsciente (¿Encuentran ese dado marcado con una equis?) y nos invitan a una aventura poética tachonada de estrellas.


Recreado a partir de las ilustraciones por las que fue seleccionado para la muestra de ilustradores de la Feria de Bolonia en 2014, no se pueden perder esta pequeña obra maestra un tanto inclasificable, pero abiertamente humana.

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