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miércoles, 24 de diciembre de 2025

La evolución de la dieta navideña



Para la Gela, que le encanta el pollo en pepitoria.

En estos días de excesos gastronómicos en los que todo el mundo cuenta lo que se ha metido en el buche, uno empieza a cavilar sobre los platos que llenan la Navidad española y concluye que hasta en la comida se han instaurado las modas.
Si la memoria no me falla, en los años 80 el besugo al horno era lo más. Empezaron a ponerse de moda el jamón, los embutidos, las gambas, los langostinos cocidos, el cóctel de marisco y las ensaladillas. En lo que a carnes se refiere, empezaban a verse los primeros pavos y pollos rellenos y despegaron con fuerza los asados de cochinillo y cordero. A la hora del postre empezaron a combinarse turrones y mazapanes con bombones y chocolates.
Esta tendencia continuó hasta finales de los noventa, cuando se introdujo cierta sofisticación en los menús favorecida por una economía más boyante que perduró hasta la primera década de los 2000. Caviar, ostras, patés, dátiles con beicon, pescados ahumados y salazones. Setas, cremas de ave y pescado, pasta rellena y quiché francesa. Merluza al cava, solomillo Wellington, roastbeef, pulardas y rodaballos, carrilleras y magret de pato.
El tiempo discurre y llegamos al ahora, la época que sigue tras la crisis económica. Un momento en el que convive todo lo anterior con una profunda debacle culinaria (¿Quién hace de comer?) y una amplia gama de necesidades dietéticas que van desde las intolerancias hasta el veganismo. Todo esto unido al avance de la comida para llevar, nos presentan una variedad más que asombrosa en los menús navideños actuales.


Y antes de todo esto ¿qué? En otro tiempo, la Navidad no fue una época de excesos. Primero, porque no había dinero. Y segundo, porque era una fiesta religiosa donde la austeridad y el ayuno iban de la mano. En todas las regiones de España se usaba la cuchara para cenar y las cazuelas bullían en el fuego durante la tarde. Sopas, escudellas, arroces, cocidos, guisos de pescado, estofados y calderetas. Hacía frío, faltaban calorías y se usaba lo que pillaba a mano. Patatas, verdura, casquería, pan, tocino, embutido y mucho magro.
De todos ellos, hay un guiso navideño del que siempre se habla en mi casa, el pollo en pepitoria, un plato muy típico en el centro de la Península, que en La Mancha y el Levante se entremezcla con el potaje a base de unas pelotas hechas con pan desmigado y la sangre del pollo. Y así, con pollo, almendras, piñones, huevo cocido, ajo, caldo y azafrán, llegamos a El equívoco, un librito de Erich Fried, ilustrado por Ignasi Blanch y publicado en nuestro país por Lóguez.


Cada vez que su dueña se acerca a darles de comer, los pollos de un gallinero salen despavoridos. Les da muy mala espina esa mujer pelirroja de pico azulado que les da pienso y agua. Un recelo que aumenta conforme aprenden a leer y se encuentran con un anuncio en el periódico que reza “Ojos de gallo. Se arrancan rápida y fácilmente”. Ante la locura desatada entre los jovenzuelos del corral, su madre, una gallina sabia y experimentada, tendrá que amainar el temporal y tranquilizar sus ánimos pues ella sabe muy bien que esa mujer es nunca les hará daño, pues es su bienhechora.


Aunque pequeñito (16x16 cm) y aparentemente inofensivo, este libro es de una perversidad encantadora por varias razones. Por otro lado, tiene un mensaje bastante complejo. Nos damos cuenta del arma de doble filo que significa el discurso buenista de la madre, pues hace dudar a sus hijos sobre su propia perspectiva. ¿Acaso están ciegos? ¿Acaso la invalida su edad? Probablemente sea bienintencionado y proteccionista, pero hacemos bien poniendo en entredicho su punto de vista porque, primero, su experiencia como vieja gallina ponedora no es comparable con la de unos hijos criados por su carne jugosa, y segundo, lo utiliza de corsé frente a la subversión infantil, cosa que abunda mucho en ese universo adulto del que tanto nos apartamos los monstruos.
No se esperen fuegos artificiales de este álbum, pero denle muchas oportunidades para conversar. Esconde muchos debates, no solo sobre padres e hijos, sino sobre temas más sustanciales como el tándem comodidad-esclavitud. Sobre los recursos narrativos apuntaré la disyunción (no se dejen engatusar por el texto y fíjense bien en las ilustraciones), los guiños lingüísticos (comparar al callista con la granjera tiene miga) y esa caracterización bien simpática de los personajes (que no falte el humor).
¡Y disfruten de la cena!

lunes, 27 de enero de 2025

Vejez y dignidad


Ser viejo es una lata. Y si no, que se lo digan a nuestro continente. Quien no sepa que Europa es un museo, ya puede ir haciéndose a la idea. Con su larga historia, sus ciudades monumentales, sus democracias centenarias, su estado del bienestar y sus tradiciones, dudo que sea capaz de subsistir al siglo XXI como siga con la marcha que lleva.
En un panorama capitalista y liberal, los burócratas de la Unión siguen aferrados a unas ideas inmovilistas y obsoletas que poco tienen que hacer contra China, Estados Unidos o Canadá, las llamadas potencias mundiales. Por muy especiales que nos creamos, hasta la Intemerata se ríe de nosotros y exprime los cuatro duros que quedan en los bancos alemanes.
Según los últimos informes, Europa tiene un gran capital intelectual, un montón de start-ups que se esfuman de nuestro entorno cuando todos esos países que aspiran a controlar el mundo se encaprichan de ellas. Condenada a ser un parque temático en el que el turismo campe a sus anchas, vive a expensas de otros y su caridad.


Lo peor de todo es que todavía estamos a tiempo de reaccionar. Apuntarnos a gimnasia de mantenimiento, hacer valer nuestra experiencia, ponernos al día. Digitalización, inversiones, planes de modernización, diversificar amistades, fijarnos en otros más lozanos. Se trata de subsistir con dignidad, que apoltronarse en el sofá está contraindicado para la supervivencia.
Dejémonos de disputas ajenas, los prejuicios y demás vainas que no nos atañen. No hay tanta diferencia entre jóvenes y ancianos. No hay cosa peor que dejarse subestimar. Y si todavía no se han dado cuenta, aquí les dejo un título que les iluminará.


¿Es muy diferente ser viejo?, escrito por Bettina Obrecht, ilustrado por Julie Völk y publicado por Lóguez hace unos meses, hace una comparativa muy ejemplificadora entre los pormenores de la tercera edad y la infancia. ¿Cómo nos cambia la vida cuando nos hacemos mayores? ¿Nos gustan las mismas cosas que a los niños? ¿Nos sentimos del mismo modo? ¿Podemos hacer cuestiones similares? Utilizando las actividades cotidianas, las autoras alemanas nos van desgranando con tono poético lo que nos acontece cuando llegamos a cierta edad.


Con lápices de colores y aguadas donde las pinceladas verdes, azules y rojas se funden (me gusta mucho ese contraste), van articulando un diálogo entre un par de críos y su abuela, mientras comen, juegan en el parque o acuden a la feria. En realidad no hay tantas diferencias entre los unos y la otra, simplemente cambia la perspectiva.


Si bien es cierto que yo hubiera sido más ácido (los viejos se las traen…), este álbum entrañable tiene montones de detalles (¿Se han fijado en la señora de los globos? ¿Hacia dónde se dirige?) y metáforas visuales (me encanta como los recuerdos y anhelos se representan con ese trazo rojo y fino) que crean una atmósfera cálida, pero nada inocua, que se atreve a hablarnos de conceptos muy peliagudos (¿Adivinan cuáles?).
Lo dicho: cumplan años, pero con mucha dignidad.

lunes, 11 de noviembre de 2024

Solos ante la vida


No entiendo porqué mucha gente es incapaz de ir sola al cine. Es algo que siempre me ha llamado mucho la atención. Ellos me responden que siempre han acudido a ver una película con su pareja o el grupo de amigos de turno como manda la tradición, y yo pido razones.


Lo primero que se les ocurre es ponerse profundos y rondar esa idea de construir momentos colectivos en los que todo el mundo pueda dar su opinión para enriquecerse mutuamente. Luego se bajan de la burra y empiezan a largar de lo lindo. Que en aquellos años tocaba aprovechar la oscuridad de la sala para meterle mano al ligue de turno, para abrazar a alguien en caso de una escena peliaguda o que les da miedo la oscuridad.
Si bien es cierto que todas me parecen igual de válidas (cada uno que haga lo que quiera), creo que hay una asociación de ideas muy malograda con esto de la compañía de la que muchas empresas dedicadas al ocio como las aerolíneas o las cadenas hoteleras se aprovechan para sacarnos los cuartos.


Cuando te acostumbras a realizar cualquier actividad, por cotidiana que sea, con una o varias personas, también estás perdiendo la capacidad de experimentar y valorar ese momento desde un prisma individual. Esto no quiere decir que sea mejor o peor, sino simplemente diferente. La satisfacción de establecer un diálogo contigo mismo te ayuda a interiorizar la experiencia y concienciarte de tu posición en el mundo.
Y ya que me he puesto el “modo mindfulness” on, hoy me toca detenerme en Yo puedo sola, el nuevo álbum de Kathrin Schärer que acaba de editar Lóguez y que está haciendo las delicias de todos los que, de vez en cuando, nos ponemos un tanto profundos e introspectivos (sin abusar, claro está).


Como ya hizo en su Estar ahí, la autora alemana se dispone a explorar un montón de actividades cotidianas en las que participan las crías de un sinfín de animales. En esta ocasión presta mucha atención a la autonomía de los pequeños lectores-espectadores, esos que se identifican con las escenas que se van representando en cada doble página.
Lirones, ardillas, tejones, conejos, cerdos o zorros se levantan, desayunan, van al colegio, aprenden y juegan. Desde que se levantan hasta que se acuestan hacen todo tipo de tareas por sí solos. Del mismo modo, las imágenes nos hablan de esos momentos desde una perspectiva emocional en la que la alegría, la frustración, la tristeza o la sorpresa se entremezclan a lo largo del día.


Una excusa perfecta para indagar en nosotros mismos gracias a una treintena de imágenes que, acompañadas de un sinfín de verbos infinitivos, abogan por la curiosidad y la autosuficiencia durante los primeros años de vida. Aunque también me atrevo a recetarlo a muchos niñatos inútiles y adultos sin inteligencia emocional alguna, es una buena manera de echar a rodar a los prelectores en este mundo lleno de cosas disfrutonas que podemos hacer solos.

jueves, 26 de octubre de 2023

Entender nuestra propia naturaleza


Quien no vea la incipiente fragmentación social que se respira en el ambiente durante los últimos años, es que tiene la retina muy distorsionada. Y no es que yo vea doble, que también, sino que allá donde otros presumen concordia, igualdad y buenas intenciones yo solo vislumbro una costra bajo la que subyace el odio más irracional.
Y es que el Estado, el mismo que debería estar velando porque las relaciones entre los ciudadanos no se deterioren, está enfangado hasta las trancas en la devaluación de la nación a base de ese celofán tan risueño y esperanzador con el que nos lo presentan todo.


No hay día que no nos coman el seso con una nueva “política social” (así las llaman), con una “ley igualitaria”, con un nuevo as sacado de la manga que ahonda, no solo en las diferencias entre unos y otros, que las tenemos, sino en el papel de víctima y verdugo que tanto gusta en esta sociedad de etiquetas.
Cuanto más nos reconocemos en la diversidad, más nos odiamos los unos a los otros. Guerras, disturbios, manifestaciones, asaltos… Parece que la ONU, la OMS y la Agenda 20-30 desatan más violencia de la que contienen. Es bastante curioso como ese buenismo social que se ha extendido en los países más demócratas del mundo, está desatando una respuesta muy diferente a la esperada.


Y así, asqueado de la realidad que se cierne sobre mí, me abro hueco en un sofá atestado de libros para disfrutar de Una noche en el paraíso, un álbum con texto de Jürg Schubiger, ilustraciones de Rotraut Susanne Berner y editado por Lóguez este otoño.
Abro su tapa troquelada y disfruto con esa ilustración a modo de filigrana que nos regala la artista alemana. Conforme paso las páginas me adentro en el edén y me acuerdo de aquellas historias religiosas que, como oyente obligado, disfrutaba en mis clases de ética que, paradójicamente se desarrollaban junto a mis compañeros católicos.


Sigo leyendo y empiezo a darme cuenta de que Schubiger y Berner intentan recrear a su manera algunos de los momentos que podrían haber vivido Adán y Eva en aquel jardín de follaje exuberante, a reventar de criaturas diferentes, extintas o microscópicas.
Si esperan una recreación bíblica de esa relación, les recomiendo que se bajen de la burra, porque los autores abandonan todo tipo de connotaciones religiosas y se sumergen en la condición humana, esa que compartimos todos, sea cual sea el credo que recemos (o no).


Atestado de hermosas aves y animales de toda condición, este vergel es el único testigo de las preguntas y respuestas, de las semblanzas y metamorfosis, de los miedos y anhelos que estos dos personajes experimentan con el pasar de las páginas.
Diálogos con temas tan sencillos, como jugosos, ilustraciones coloristas y llenas de detalles, y textos breves pero intensos, llenan un libro que bien podría contextualizar más de una clase de filosofía. La esperanza, la existencia, el amor o el tiempo se suceden en una historia de la que todos conocemos el final, un final que por fin logramos entender y compartir.

viernes, 23 de junio de 2023

Ladronzuelos


Las vacaciones se han desatado y comienzan las migraciones. Al apartamento de la tía Tula en Canet, al hotel en el que llevamos veraneando 23 años, al camping de Ordesa, o adonde nos salga del pijo. El caso es que nos vamos a mover de nuestro hogar y, conforme está la vida, mucha gente va a tomar medidas para no encontrarse con alguna sorpresa a su vuelta.
No es para menos teniendo en cuenta que ladrones y okupas están a la orden del día. A la mínima de cambio te roban los cuatro objetos de valor que tienes en casa o se encierran en ella, cambian la cerradura en un periquete y te quedas con dos palmos de narices. Y si no hacen ninguna de las dos cosas, desmontan la casa entera y te toca ponerla en orden durante una semana.


Dentro de lo malo, lo mejor es que te pillen fuera, porque si se cuelan mientras estás haciendo la cena, el peligro es mucho mayor, que además de hacerse con tus bienes, te puedes llevar una buena hostiacina.
Tampoco hace falta obsesionarse, ni acudir ipso facto a una de esas empresas de seguridad que solo saben sacarte los cuartos a base de cámaras y guante blanco, lo mejor es tener un poco de cautela, evitar las ostentaciones, no amasar el dinero y no publicar nuestra vida en las redes sociales.
Y para quitarle hierro a esto de los cacos, hoy les recomiendo ¡Shhh! Una historia de ladrones, un álbum de Tini Malitius que acaba de publicar Lóguez y cuyo texto consta de una única onomatopeya, que da título al mismo.


La noche se cierne sobre una casa de campo y un pillo se abre camino en mitad de esta para adentrarse consigilo y hacerse con un botín más que jugoso formado por un jarrón, un oso de peluche y la cena. De repente, entra en acción el perro guardián que pone cierto orden aunque el muy pillín también resulte ser otro ladronzuelo más…


Si bien es cierto que es un libro dirigido a prelectores y primeros lectores (funcionaría estupendamente en formato boardbook), puede ser leído por cualquiera con una mirada atenta y una pizca de ingenio, pues los juegos de imágenes que plantea son realmente interesantes para todos los públicos.
La noche, los antifaces, las miradas, la repetitividad… Todo se conjuga para crear un álbum divertido con el que cultivar la sonrisa.

lunes, 2 de enero de 2023

La amistad y su simbología


En estos días donde las celebraciones familiares se abren camino, me pongo a pensar en los amigos, el otro pilar fundamental sobre el que descansan las fiestas.
Parafraseando todos esos lemas de carpeta que hoy pululan por las redes sociales, la familia que se elige es, tanto o más necesaria, que la biológica. Si bien es cierto que las relaciones son diferentes, son igualmente necesarias, sobre todo para aquellos que, por diferentes circunstancias no están cerca a sus familiares o simplemente no los tienen.


Siempre que pienso en la amistad, se me vienen a la cabeza las alegorías que romanos y griegos hacían de este sentimiento o relación de los seres humanos.
Los griegos representaban la amistad en la figura de un joven vestido. La mano derecha descubría el pecho y descansaba sobre el corazón, mientras que la izquierda se apoyaba en un olmo seco por cuyo tronco trepaba una vid cargada de uvas.


Los romanos la simbolizaban como una hermosa joven con una túnica blanca, pies desnudos y un tocado tejido de mirto y flores de granado. Sobre la frente se podía leer “Invierno y Verano”, en la franja de la túnica “La muerte y la vida”, y sobre su pecho descubierto por la mano derecha, la inscripción “De cerca y de lejos”.
Además de invitarles a descifrar todos esos símbolos (¡Ya tienen tarea para el año nuevo!), hoy les traigo tres lecturas sobre la amistad.


En Un día con amigos, un libro-álbum publicado por la editorial Lóguez, su autor, Philip Waechter, explora la relación de amistad entre cinco animales, Mapache, Zorro, Tejón, Oso y Corneja, los protagonistas de esta historia.


Todo empieza el día que Mapache se aburre como una ostra. Si otras veces se pone a leer o hacer deporte, en esta ocasión decide hacer una tarta para entretenerse. Como se le han terminado los huevos, decide acercarse a casa de zorro. Cuando llega se lo encuentra ocupado arreglando el tejado y, como se da cuenta de que no alcanza, le sugiere a Zorro que vayan a ver a Tejón para pedirle prestada una escalera. Una vez en casa de Tejón, descubren que Tejón tiene otro problema: no sabe la solución a un crucigrama que tiene que ver con la miel, así que deciden visitar a Oso, todo un experto en esas lides.


Con tono cercano y distendido, esta narración encadenada es el interruptor de una serie de aventuras cotidianas que comparten cinco amigos que, a pesar de los pequeños problemas que les acucian, encuentran momentos compartidos en los que disfrutar los unos de los otros y, si hay ocasión, buscar soluciones a sus males.


El elefante en la sombra, un libro de Nadine Robert y Valerio Vidali editado por Libros del Zorro Rojo, nos habla de la amistad desde el punto de vista de la comprensión y el entendimiento hacia el otro.
El elefante está triste y ensombrecido. Nadie sabe por qué y no hay quien le haga recuperar la alegría. Ni el mono con sus chistes, ni los avestruces con sus bailes, ni el cocodrilo con sus ensaladas. Un ratón que pasa por allí, se detiene, le pregunta que si puede descansar cerca de él y entablan una conversación que cambiará a ambos.


El texto, directo y tranquilo, se articula con diferentes tipografías, un recurso visual que, aunque puede recordar a la historieta gráfica, le imprime solemnidad, sobre todo porque el discurso queda enmarcado en un lapso espacial bastante amplio.


De las ilustraciones cabe destacar la composición y la paleta de color. En la primera parte de la historia las escenas a doble página quedan divididas por la luz (páginas izquierdas) y la oscuridad (página que ocupa el elefante). En la segunda parte esto se invierte (las páginas izquierdas se llenan de sombra, mientras que las ocupadas por el ratón están iluminadas). Y en la tercera, la noche se cierne sobre toda la escena (ambos animales rompen a llorar).


Texto e imágenes se conjugan en pro de una historia donde muchos pueden hablar de asertividad, empatía, diálogo, comprensión, resiliencia o inteligencia emocional. Lo que yo veo es una fábula sobre la amistad que toma como punto de partida la depresión de su protagonista y encuentra diferentes elementos y puntos de vista desde los que el lector puede mirar(se).


Y terminamos con el álbum que hace de portada para este post. Amigos, de Daniela Sosa, un álbum editado por Andana y con mucha carga poética, se sumerge de lleno en las relaciones interpersonales.


Sin demasiadas florituras, el texto nos va describiendo los tipos de amigos. Los de toda la vida, los que se encuentran lejos, los que pudieron haber sido pero no lo fueron o los mejores. Todos caben en este pequeño catálogo.


Acompañado por numerosas imágenes protagonizadas por críos de todo origen y condición, este álbum tiene tantos reflejos como lectores, pues mientras lo leemos, vamos poniéndole cara a todos esos amigos que pululan o han pululado por nuestras vidas.
Si no saben qué regalarle a sus amigos en estos días, aquí tienen un libro mágico para cualquiera de ellos.

lunes, 28 de noviembre de 2022

El arte del engaño


Siempre que la Patri y un servidor nos ponemos a charlar sobre lo mal pagado que está el mundo del arte en general, y el de la ilustración en particular, ella me dice que el quid de la cuestión está en rodearse de gente con pasta que no le tiemble la mano a la hora de soltar los billetes y no esté roñoseando esos cuatro céntimo que no sirven de nada.
Me menciona a tres o cuatro artistas de nueva hornada que se rodean de la flor y nata, de ricos caprichosos que valoran sus trabajos y les dan de comer todo el año. El mecenazgo, una fórmula que se inventó hace siglos y sigue perdurando porque a las élites no les interesa que el arte esté al alcance de la mano.


Ahora los llaman inversores, que, esperando la revalorización de sus bienes, compran grabados, esculturas y cuadros, muchos cuadros. Desgravaciones, quitarse de encima el dinero negro, sacar provecho, salvar indigentes o seguir el ejemplo de la baronesa. De entre todas las razones para comprar en galerías y pujar en subastas, mi favorita es disfrutar del arte desde el sofá.
Porque no todo el mundo sabe mirar un cuadro, valorar lo que tiene delante, emocionarse, hallar su trasfondo, estudiar el uso del color o la composición, descifrar su mensaje. De poco sirve tener un Jenny Saville, un Jeff Koons, un Ed Ruscha o un Damien Hirst colgado en el salón cuando lo tuyo es un buen pernil.


Si bien es cierto que alguno que otro le saca partido al típico golpe de suerte, lo general es que nuevos ricos, horteras de bolera y estiracuellos sean carne de cañón para pintores mediocres, escultores de medio pelo o retratistas de tres al cuarto. Pies con esto del arte moderno, hay mucho jeta disfrazado de artista que, echándole morro al asunto, se forra a base de ignorantes.
Y no es que yo vea mal que muchos especuladores de arte reciban una buena bofetada de realidad, pero si tienes intención de especular con obras de arte y no quieres que te metan un pufo, una de dos: o te asesoras adecuadamente, o educas el paladar a base de mirar y Summa Artis.


En El retrato del conejo, con texto de Emmanuel Trédez e ilustraciones de Delphine Jacquot, la editorial Lóguez se suma a esa fiebre por los conejos que se ha desatado este otoño en la Literatura Infantil y de paso nos encandilan sobre una historia de pillaje en el arte.
El señor conejo recibe una carta venida de lejos en el que una comadreja le confiesa su amor y admiración. Él, para conquistarla, decide enviarle un retrato suyo pero como no conoce a nadie, le pide consejo a Cerdo. Este le recomienda acudir a la galería del Burro, donde Zorro, un artista de reconocido prestigio puede echarle un cable por un dineral. Una vez terminado el retrato, el conejo lo encuentra demasiado minimalista para lo que le ha costado.


Dejándoos a vosotros el final de la historia, me dedico a los aspectos técnicos. Lleno de humor, este libro es de un formato considerable, con una ilustración de portada vívida y colorista que atrapa al instante. Narrada a base de rimas sencillas y llena de detalles (vestuario y mobiliario incluidos), esta historia rebosa mucho arte. 
Cuadros por todas partes que, protagonizados por animales, nos hablan de Giacometti, Picasso, Magritte, Friedrich, Lucio Fontana o Man Ray. Guiños a la historia del arte que aúpan una parodia del arte moderno que envía una advertencia a todos esos arribistas incautos de los que hemos hablado.

jueves, 31 de marzo de 2022

Cosas de "teenagers"


Es curioso cómo, durante la educación primaria, la mayoría de los padres se vuelcan en sus hijos. Les ayudan en las tareas, se preocupan por la buena (o mala) marcha de sus estudios e intentan estar al tanto de las tendencias educativas.


Sin embargo, cuando los nenes se van acercando a la adolescencia, empiezas a ver cómo las fuerzas flaquean. Ya no hay tiempo que dedicarles ni paciencia para comprenderles, solo queda resignación para no acabar electrocutándolos con la plancha del pelo o el cargador del móvil, dos herramientas muy necesarias a estas edades.


Muchos ponen distancia, se alejan. Lo que antes era pasión por la crianza, se convierte en toda una suerte de despropósitos que van minando todas esas expectativas depositadas en unos vástagos cuya mayor preocupación es contar el número de likes que ha cosechado su última foto en las redes sociales.


Se acabó el sharenting. Ni comuniones, ni regalos navideños, ni fotos de familia. No queda ni rastro de aquel supuesto orgullo paterno-filial que atestaba las estanterías y mesitas de noche. Ese acompañamiento que lucía por los cuatro costados, ha quedado reducido a un puñado de cenizas, un boletín de notas lleno de tachones y mucha decepción.


Al otro lado están ellos. Desbocados, herméticos, ignorantes y complicados. Abandonados a su suerte en mitad de un agujero inmenso que engulle al desesperanzado. Esa es la razón por la que, más que nunca, hay que estar cerca y alerta para, en caso de caída libre, abrir los brazos y cogerlos al vuelo para que continúen. Equivocándose y levantándose, un difícil vaivén más que necesario para cualquier aprendiz en ciernes.


El aprendiz de brujo es una balada que Johann Wolfgang von Goethe escribió en 1797 tras escuchar un cuento tradicional con el mismo título pero diferente contenido. Estructurada en catorce estrofas pasó a ser una historia muy arraigada en la cultura alemana que daría el salto internacional gracias a la película Fantasía (Walt Disney, 1940) donde aparecía Mickey Mouse interpretando a este aprendiz desastroso al son del poema sinfónico de mismo nombre que Paul Dukas compondría en 1897. Sí, queridos lectores, aunque no lo crean, fue antes la literatura que la música y el cine.


De sobra conocido, el argumento de esta obra habla de Florián, un pequeño vagabundo que es acogido por un hechicero y pasa a ser su aprendiz. El chico aprende rápido y el brujo comienza a enseñarle algún que otro hechizo. Un día, el maestro se tiene que ausentar y deja todo en manos del chaval. Pero como la juventud es ignorante y osada, Florián intenta ahorrarse algo de trabajo y lía la marimorena. Al final será el maestro quien tenga que solventar el desastre además de ver traicionada su confianza.


En esta ocasión son Gerda Muller y la editorial Lóguez quienes nos hacen disfrutar de esta historia en castellano. Ilustraciones figurativas con montones de detalles (me encanta ese libro sobre botánica o todos los enseres que pueden encontrarse en casa del brujo) y donde la ambientación es un plus, acompañan a un texto adaptado pero con chicha donde podemos encontrar ecos a otros cuentos clásicos, y de paso tomarlo como buen ejemplo para lo que hoy nos ocupa. Pues los adultos deben saber perdonar y enseñar, y los discípulos arrepentirse y aprender. 

lunes, 13 de diciembre de 2021

Inteligencia emocional


Es extraño lo difícil que parece ponerse en el lugar del otro. Será orgullo, falta de empatía o ceguera. No sé a qué se deberá, pero el ser humano sólo sabe mirarse el ombligo y si puede (que no todos llegan), también la bragueta, que es tan masculina, como femenina (así no se ofende nadie).
En cierta ocasión fui a un cursete de inteligencia emocional, de estos de formación que nos hacen a los maestros para cobrar los sexenios (se lo digo sin tapujos, la mayoría no sirven ni para limpiarse el culo). La ponente era una conocida mía, psicóloga y buena profesional, que nos estuvo contando el rollo (habrá que sacar dinerete para desahogarse emocionalmente) para hacer a la postre unos ejercicios prácticos y una prueba que pusiera en evidencia nuestro nivel en la citada inteligencia.


Para mi sorpresa obtuve la nota más alta en el citado test y ni tan siquiera yo podía dar una explicación plausible al fenómeno. No tenía bastante con ser malhablado, chulo y cínico que la inteligencia emocional va y se me dispara. Ríanse pero creí que el mismísimo Daniel Goleman me estaba gastando una broma. ¿Me habría dejado abducir por emociómetros, libros de valores y álbumes utilitaristas? Me persigné (no sé pa’ qué), cerré los ojos y deseé que todo fuera un mal sueño.


Ella, muy tranquila y sonriente (ya saben ustedes que orientales, terapeutas y seglares tienen la misma jeta), se acercó y me dijo que esto no consistía en ser educado, buenista, ni buen ciudadano, sino que estaba más relacionado con la capacidad de identificar y gestionar todo tipo de situaciones propias y ajenas en las que estuvieran implicadas las emociones, en desarrollar una serie de destrezas que nos permitieran equilibrarlas de manera que no nos viésemos perjudicados por ellas, independientemente de que se hiciese lo esperado o no.


Yo me tranquilicé un poco (si me vieran sudando como un pollo…) y suspiré aliviado. Podía seguir siendo yo sin necesidad de acudir a terapias ni leer libros, de autoayuda, ni otras mandangas absurdas con las que elevarme de nuevo a la categoría de monstruo (si es que existían, que lo dudo). Se ve que un servidor, simplemente se había dejado de tonterías para dedicarse a la observación, que es lo suyo.


A veces la cosa es tan fácil como fijarse en cómo tu mejor amigo intenta disimular una careja de tristeza, tratar de averiguar por qué tu madre está como un flan o percibir que los llantos de tu sobrina son una mera manipulación para salirse con la suya. Eso es precisamente lo que nos propone Estar ahí ¿Qué sientes tú?, un álbum encantador que nos invita a descubrir qué pasa por la cabeza de los demás, qué sienten y cómo nosotros lo traducimos. Tristeza, enfado, miedo, rabia, alegría, entusiasmo, asco, aburrimiento, protección…, un sinfín de estados y sentimientos que cualquiera puede experimentar.


Y ahora me vendrán con que este libro de Kathrin Schärer y la editorial Lóguez es un libro de emociones más, y yo les diré que no, que no da recetas, ni directrices, ni sermones, simplemente expone situaciones cotidianas en las que cualquiera se puede ver reflejado y ampliar el discurso de la manera que más le convenga.
Para mi gusto, la parte más difícil de este libro reside en conseguir tal variedad de expresiones humanas en todo tipo de personajes animales, un reto más que logrado por la autora. Tanto es así que me atrevo a proponerles un juego: tapen el texto y dejen que los lectores vayan expresando sus opiniones sobre el estado anímico de los personajes que aparecen en cada doble página, que averigüen qué hay detrás de cada una de ellas y que relacionen ese momento con otros propios.
¡Hale! ¡Ya saben que soy experto en inteligencia emocional! Pero no se entusiasmen, que tengo bastante con los libros para críos…