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miércoles, 8 de febrero de 2023

El infinito de Kvĕta



Si tenemos en cuenta que dedico esta semana a títulos clásicos de los que nunca antes había hablado y que desde todos los lugares monstruosos celebramos la figura de Kvĕta Pacovská tras su fallecimiento el pasado lunes, he creído conveniente detenerme en uno de los libros más especiales de esta artista que han sido publicados en nuestro país.
Incluido en la categoría de libros de artista o libros-objeto, este álbum de gran formato publicado por Kalandraka dentro de su sello Faktoría K de libros en el año 2008 supuso una alegría para muchos de nosotros ya que daba una visión mucho más compleja y perspicaz de lo que a priori se piensa que son los álbumes.


Se trata de un libro que, a pesar de tener una temática supuestamente limitada y muy infantil (números y letras), nos hace ver que cualquier motivo es capaz de desbordarse gracias a una mirada donde conviven el arte y la poética gracias a la perspicacia que ofrece el tiempo.
La materialidad del libro está muy presente en esta obra gracias a la encuadernación (cosida), el formato (grande, cuadrado), papel estucado de elevado gramaje, una camisa de plástico transparente, piezas en relieve tanto en la tapa como en la contratapa, contrastes de todo tipo, troqueles y pestañas móviles, elementos pop-up o materiales reflectantes que simulan espejos.


Pacovska tampoco olvida la funcionalidad del juego ni quiénes son sus últimos interlocutores, los niños. Les tiende la mano en este viaje a través de grafemas y fonemas que, además de invitar al conocimiento, cultivan su propio ideario tachonado de personajes que recuerdan a tentetiesos y títeres centroeuropeos, a hipopótamos y rinocerontes, a felinos y señoras respetables.



Aunque todos sus libros tienen mucho arte y merecen una mirada detenida, este alude a la legibilidad de la imagen, no solo del pequeño lector, sino de cualquiera que se atreva a pasar sus páginas sin presuposiciones, prejuicios o complejos. Interactivo y dinámico, este enorme collage propone diferentes lecturas independientes, diagonales o alternas que se alejan de la funcionalidad clásica a pesar de presentarse en forma de libro.
Lo que en apariencia es caótico, en realidad está pensado para el disfrute, romper el marco de lectura y permitir al lector-espectador ir hacia delante o hacia atrás, asomarse, esconderse o proyectar sombras chinescas, pero siempre salir triunfante de un punto de partida donde la extrañeza es cautivadora.


Esperando que alguna editorial se atreva a publicar Couleurs du jour (Editions des grandes personnes) y Un livre pour toi (Seuil), dos libros-acordeón en los que también merece la pena navegar, nos despedimos hasta entonces, infinita Kvĕta.

domingo, 18 de abril de 2021

Libros de artista, álbumes de artista... ¿qué son?


En las últimas charlas sobre álbum a las que he asistido, he oído bastantes veces las expresiones "libro de artista", "libro de autor" "cuaderno de artista" o "libros-objeto", unas denominaciones que a veces se utilizan indistintamente pero que tienen sutiles diferencias. A eso mismo me dedicaré hoy, a sacarlas a la luz, y de paso me internaré en los llamados álbumes de artista, un apartado donde incluyo algunas publicaciones de última hornada.


Por lo general, cuando hablamos de libro de artista, nos referimos a una publicación concebida y diseñada por un artista como obra de arte en sí misma. Para ello, el autor es consciente de algunas de las características del libro como objeto: su capacidad de circulación geográfica, el bajo coste y la longevidad del soporte hacen más accesibles sus creaciones y llegan así a un mayor número de personas. Es decir, utiliza el libro como objeto democratizador de sus ideas ya que, hasta hace poco, dicho formato ha sido considerado el principal medio de difusión de masas.
Fotografía, collage, libros acordeón, arte postal, grabado, libros alterados (son aquellos libros de artista que se realizan sobre otros libros), medios digitales, óleo, elementos pop-up y móviles, dioramas, troqueles… Cualquier técnica y concepto artístico es válido a la hora de desarrollar un libro de artista, algo que propicia cierta problemática a la hora de sistematizar los criterios que permitan identificarlos y clasificarlos.
Lo mismo sucedería sobre su reproducibilidad. Generalmente, el libro de artista es único o tiene una edición muy limitada, un hecho que aúpa el coleccionismo y la revalorización, véanse Twentysix Gasoline Stations de Edward Ruscha (3000 ejemplares), el Quadrante Illeggibile Bianco e Rosso de Bruno Munari (2000 copias) o La boîte verte de Marcel Duchamp (300 ejemplares ordinarios y 20 de lujo). Este hecho tiene poco que ver con el libro convencional, uno altamente reproducible debido a su carácter industrial. Sin embargo, en la actualidad no se considera una característica diferenciadora, ya que hay libros de artista que se han reproducido una y otra vez por diferentes intereses.


Bruno Munari. Quadrante Illeggibile Bianco e Rosso.


Marcel Duchamp. La boîte verte.

Dentro de los libros de artista también podríamos hablar del cuaderno de artista. Debido a su carácter personal e íntimo, estas herramientas de estudio son libros de artista per se. Solo habría que matizar que los cuadernos llevan implícito un grado de experimentalidad mayor y responden más a un proceso que a un producto artístico final en el que el discurso está debidamente construido y presentado al lector-espectador. Como cualquier otro libro de artista puede ser único o reproducible, algo que siempre responde a un interés personal o capricho, tanto del autor, como de un editor externo.


Dieter Roth. Little Temptative Recipe.

Por último hay que detenerse en los libros de autor. Con esta denominación nos referimos a todos aquellos libros que se publican sin la intervención de un editor o una casa editorial, algo que hoy día es sinónimo de autoedición. En ellos, el autor es responsable de todos o la mayoría de los aspectos del proceso de creación y edición del libro. Ello no implica que sean libros exclusivos o con tiradas de 500 ejemplares -existen libros de autor que han vendido miles de copias-, ni que contengan ideas transformadoras dirigidas a los cambios sociales. Si bien es cierto que tienen buena prensa ya que responden a deseos personales o innovadores que muchas veces no tienen cabida en la edición convencional, muy pocos son libros de artista.


Edward Ruscha, Twentysix Gasoline Stations.

Una vez definidos estos tres tipos de libros, me gustaría establecer ciertos paralelismos con el llamado libro-álbum, uno de los géneros mayoritarios en la Literatura Infantil y que reúne una cantidad sustancial de libros de artista.
Lo primero que debemos de tener en cuenta es que los libros de artista surgen en el siglo XX, sobre todo en el segundo tercio, una época donde las vanguardias artísticas -léanse surrealismo, arte pop o el movimiento Fluxus- desarrollan las primeras producciones artísticas de este tipo. Es también la época en la que el álbum infantil se desarrolla enormemente, por lo que existe un paralelismo que hace emerger puntos comunes que conectan unos con otros, más todavía si tenemos en cuenta que el libro-álbum es un género en el que empiezan a ingresar numerosos artistas gráficos reconocidos.


Katsumi Komagata. Meet Colors - Little Eyes

Uno de esos puntos comunes es la imagen. Tanto el libro de artista, como el libro-álbum se desligan del lenguaje textual para desbordarse a través de otros lenguajes, principalmente el gráfico, de manera que la idea encuentra nuevas narrativas donde caben miradas diferentes que alientan discursos más o menos transgresores, más o menos transformadores, más o menos literarios.
Otra sinergia es la materialidad. El libro de artista se interna en el objeto libro, despliega sus páginas, las modifica y replantea su utilidad para circunscribirse a nuevos elementos que ayuden al mensaje artístico, algo que también hace el libro-álbum al sacar partido de elementos como las guardas o las tapas para desbordar el discurso literario. La arquitectura del libro habla por sí misma e interacciona con el lector-espectador.


Warja Lavater. Le petit chaperon rouge.

Entonces, ¿cualquier libro-álbum podría considerarse libro de artista? No.
Por lo general los libros de artista suelen responder al acto creativo de un único artista, mientras que los álbumes integran varias voces e ideas, algo que en muchas ocasiones supone una ruptura del discurso artístico.
Tampoco quiere decir que cualquier libro ilustrado por un artista de renombre deba ser tratado como libro de artista. Delacroix para el Fausto de Goethe, Picasso para La metamorfosis de Ovidio, Monet para El cuervo de Allan Poe..., a lo largo de la historia son muchos los ejemplos de pintores que han colaborado con escritores y viceversa, pero siempre en calidad de “iluminadores” que amplifican lo literario. Algo de lo que ya hablé cuando me pregunté ¿Es arte la ilustración?



Suzy Lee. Alice in Wonderland.

Pero lo que más diferencia (y define) al libro-álbum infantil es el aspecto comunicativo hacia la infancia, un obstáculo enorme para muchos libros de artista en los que la complejidad del discurso necesita una mirada más formada e integradora. Por esta razón hay pocos libros de artista dentro del álbum ya que, además de transgredir la mirada, alcanzan la universalidad discursiva gracias a su legibilidad artística. Algo que sucede con, entre otros, las versiones de los cuentos clásicos de Warja Lavater, el MN1 de Bruno Munari, el Hasta el infinito de Kveta Pacovska, o el Alice in Wonderland de Suzy Lee (cuyo original se encuentra en la Tate Modern de Londres).


Afinando con estas propuestas de sobra conocidas, hoy les traigo a este espacio de monstruos ávidos de contenido gráfico, otros dos libros que destilan cierto sabor a los libros de artista.


El primero es Cuaderno Arcaico Muralis, un libro de Pablo Auladell exquisitamente publicado por la siempre dedicada editorial alicantina Degomagom. Con el subtítulo y siete consideraciones para emboscados, este proyecto personal nos presenta una serie de dibujos recogidos en uno de los cuadernos del artista, concretamente el utilizado entre julio de 2018 y mayo de 2020. Algo que nos da la oportunidad de conocer las ideas generatrices de muchas obras que están por venir, así como nos invita a participar del viaje canónico realizado por el artista a través de sus páginas.



Al tiempo que transcienden la subversión y rompen las convenciones, esta secuencia de imágenes se acompañan de siete textos extraídos de sus charlas y talleres para invitarnos a la reflexión de las paradojas y sutilezas del proceso creativo, y otras miserias artísticas y, por qué no, también humanas.


El segundo es la Enciclopedia visual de los sonidos, un trabajo de Isidro Ferrer del que nos hace partícipes A buen paso, una de esas editoriales con buen gusto hiperdesarrollado. En esta quimera con vises de abecedario, libro de actividades, cuaderno de artista, libro alterado y diario de pandemia, se recopila la experiencia realizada por el doblemente premiado con el Nacional de Diseño y el Nacional de Ilustración gracias a una iniciativa del Museo Nivola (Cerdeña, Italia). En ella se pretendía dar voz silenciosa a muchos de los sonidos que nos envolvieron durante el silencio de los confinamientos y que hasta entonces pasaban desapercibidos en el tumulto de nuestras vidas cotidianas.



Búhos, aviones, conejos, mordiscos, tortugas o bombillas fueron algunos de los elementos escogidos por Isidro Ferrer para hacernos escuchar con la mirada todo aquello a lo que sus oídos habían dejado de prestar atención, y de paso nos invita a elaborar nuestro propia enciclopedia. ¿Os atrevéis?



*    *    *

Para saber más sobre libros de artista podéis echar mano de algunos recursos como:

- Ángela Cabrera Molina. 2015. El libro-arte y la infancia. Tesis doctoral. Madrid: Universidad Complutense.

- Riva Castleman. 1994. A Century of Artists Books. Nueva York: MoMA. Edición digital AQUÍ

- Salvador Haro González. 2013. Treinta y un libros de artista. Una aproximación a la problemática y a los orígenes del libro de artista editado. Marbella: Fundación Museo del Grabado Español Contemporáneo.

- Sabina Alcaraz i Gonzalez. 2012. El libro de artista. Historia y contemporaneidad de un género artístico. Valencia: Universidad de Valencia.

sábado, 18 de abril de 2020

#Quédateencasa Y SÉ PRODUCTIVO


Cómo es la vida… Mientras algunos viven agobiados en sus casas por la falta de actividades productivas o en su defecto distractores, otros no damos a basto para hacer montones de cosas. Unos se pasan el día teletrabajando, cuidando de sus hijos, estudiando alguna asignatura pendiente, cocinando, colocando sellos o leyendo todo lo pendiente, y otros se pasan el día quejándose del aburrimiento, bacineando en las redes sociales o arrastrándose en el sofá como verdaderas sierpes. ¡Qué mal repartido está el mundo!





Creo que más de uno debería hacer autocrítica constructiva y admitir que tiene menos mueve que una piedra. Ahora me dirán que no, que no son macetas, floreros ni armarios, que ustedes le ponen mucho empeño a disfrutar de la vida y tienen multitud de intereses, cuando lo único que saben hacer es rascarse primero un huevo y, tras unos minutos, el otro. Y claro, así pasa, que terminan pronto sus quehaceres. No me vengan conque tanto tiempo encerrados les aboca a la desidia, que ya me sé la cantinela.





La razón más plausible es que en este país, como en otros, el entretenimiento, aparte de estar fuera de casa, muchos lo asocian con los bares. Y claro, así nos va, que nos encierran y estamos perdidos. Mientras en otros países (véase los nórdicos) están acostumbrados a desarrollar gran parte de la actividad en el interior de las viviendas, nosotros, animales de sol y calle, nos hemos hundido como el Titanic.





¿Todos? No, todos no. Hay algunos profesionales que, acostumbrados a trabajar en sus casas, no han sufrido sustancialmente este gran cambio. Un ejemplo lo tenemos en todos los ilustradores que nos acompañan en esta entrada de hoy (piquen sobre sus nombres y disfruten de sus perfiles en Instagram). Incluso algunos de ellos me comentan que, a pesar del agobio y la claustrofobia, necesitaban este tiempo extra para dar forma a proyectos aparcados u olvidados.







Se lo he dicho una y mil veces: aprovechen este “regalo”. Sáquenle rentabilidad, véanlo como una oportunidad para cambiar sus hábitos, para internarse en universos inexplorados, para desarrollar sus inquietudes, y sobre todo, su curiosidad. Dejen las series, la tele a la carta (yo no sé cómo no se quedan ciegos con tanta pantalla) y sumérjanse en algo nuevo. En el yoga, en la escritura, en la fotografía, en la papiroflexia, en la pintura, en la economía, en la jardinería, en las restauración, en la arquitectura… Y no me vengan con que no hay maestros ni materiales. No quiero que pinten la Capilla Sixtina ni que construyan el Taj Majal. Sean creativos y busquen una pasión de puertas hacia adentro. Todo es posible EN CASA.




miércoles, 2 de diciembre de 2015

Dos exposiciones imprescindibles


Como en Madrid siempre hay mucho que ver (seamos claros: aunque a muchos les pese, es la única gran ciudad de nuestro país..., no es una cuestión de fisionomía o afluencia turística, sino de oferta, organización, cosmopolitismo y anonimato), allí me fui el fin de semana pasado, con intención, no sólo de pegarme una buena juerga, sino de disfrutar de lo que a mi juicio son dos de las mejores exposiciones de ilustración del año y que cualquier amante del arte ilustrado no debe perderse.
Con la mañana soleada del viernes me dirigí hacia el Instituto Italiano de Cultura de Madrid, un marco incomparable (antigua residencia de la Princesa de Éboli) para desarrollar la muestra Ilustración Infantil y Juvenil. Excelencias italianas, una miscelánea de trabajos originales de un buen puñado de los mejores ilustradores italianos.


En principio me esperaba algo más pobre, la verdad, más todavía cuando me percaté de que era el único visitante, pero conforme fui chocándome con autores como Simone Rea y sus originales para las Fábulas de Esopo (Topipittori, 2012), o el trabajo de Beatrice Alemagna para su mini-peli-coso (editado en España este año por Combel), supe que estaba en el lugar y momento adecuado (no hay nada mejor que la soledad para abstraerse). 
Como admirador del arte, me gusta analizar el proceso creativo, destripar minuciosamente cómo se da vida a las historias que más tarde se editan con medios informáticos (algo que se puede observar aquí ya que se exponen ilustraciones referidas a una misma narración). Me llamó mucho la atención descubrir cómo en los originales, uno puede vislumbrar la textura que confiere el pincel al gouache, o que el collage bien utilizado se integra y mimetiza a la perfección con otras técnicas.


También estaban el Pinocchio de Sara Fanelli (Walker Books, 2003), las ilustraciones de Alessandro Sanna para La via del pepe (Edizioni EO, 2014), Un cuscino pieno di sogni de Giovanni Manna (Bohem Press, 2014), un encantador Sergio Ruzzier en A letter for Leo (Clarion Books, 2014, N.B.: Denótese en sus obras cómo un ilustrador desarrolla una planificación exhaustiva de su trabajo... Delimita márgenes, tiene en cuenta el pliegue de las dobles páginas y matiza los colores para su posterior publicación),


la estupenda Simona Mulanazzi en Il grande libro dei pisolini (Topipittori, 2013), el trabajo de Mara Cerri para La pantera sotto il letto (Orecchio Acerbo, 2015), varias ilustraciones del genio Roberto Innocenti para The girl in red (en los originales de esta obra, publicada por Creative Editions -2012- y editada en castellano por Kalandraka, es bastante llamativo constatar que las ilustraciones originales son más pequeñas que las reproducciones literarias, ya que pintar a ese nivel de detalle tan característico del autor es bastante complicado), la visión de Los cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer por Anna y Elena Balbusso (editada por Black Cat, 2014, incluye un guiño a Arcimboldo que me encanta), o la versión de la Canción de Navidad de Dickens por Federico Maggioni (Corraini Edizioni, 2012).



Con todo ello se constatan dos cosas. La primera es que la ilustración italiana es cada vez más internacional y que artistas emergentes y otros ya clásicos, conviven en pro de una buena salud que origina bellas estampas con las que acompañar historias para niños o jóvenes. Por otro lado cabe decir que la ilustración italiana es muy parecida a la española, no sólo por empaparse de su gran tradición artística, sino por abrirse al exterior y experimentar con nuevos medios y registros. ¡Bravo!


La segunda exposición era mucho más necesaria, sobre todo porque se incluía el trabajo de toda una serie de ilustradores que componían muchos de los libros que habían formado parte de la infancia de los que hoy estamos entre los treinta y cuarenta años... También estaba más solo que la una en la sala del Museo ABC, y me permití el lujo de ir libremente de un lado a otro para mirar y remirar... La exposición estaba organizada de tal manera que cada autor tenía su propio espacio, en el que podía verse la evolución de la obra de cada uno de ellos, siempre referida a la década de los setenta (de ahí el título de la exposición), una época importante en nuestra historia y que refleja la importancia de estos ilustradores en la transición de los sistemas de aquella España, en la que las vanguardias europeas no lograban penetrar al cien por cien en nuestra cultura literaria visual. Esta exposición está concebida desde un prisma global, es decir, se deja a un lado la exclusividad infantil y se recogen ejemplos más relacionados con la vida adulta en los que la política (véanse como ejemplo un par de obras de José Ramón Sánchez en los que se hace alusión a los primeros sufragios democráticos o a Felipe Gónzalez en sus obras, en muchos casos utilizados en propaganda electoral) o los nacionalismos en las ilustraciones de Pilarín Bayés que hacen gala de un sentimiento catalanista (también se podían haber incluido ilustraciones que realizó la autora para una edición para niños de nuestra carta magna que a mi juicio son geniales).


La primera impresión mientras contemplaba los originales de Ulises Wensell (admito que es uno de mis ilustradores patrios favoritos por razones más que evidentes... Su ternura, la perspectiva de las imágenes y su capacidad para conectar con un amplio abanico de lectores, siempre han sido sus mejores bazas) o Carme Solé Vendrell (otra que tal baila..., en una palabra: exquisita), fue la de retrotraerme a mis años de escuela... Me olía la sala a lo mismo que las viejas bibliotecas de mi niñez, a los bibliobuses (en aquella época todavía cobraban sentido), a libros hechos de otra manera, mucho más artesanales, menos complejos y más sencillos (N.B.: díría que nuestros contemporáneos son más complejos y menos sencillos, pero para gustos, están los colores...).





También experimenté sensaciones nuevas... Con Luis de Horna se me vinieron a la mente los estilos de ilustración más centroeuropeos y germánicos, incluso de la escuela rusa diría yo (esas filigranas...), en las que el dibujo bidimensional, más plano, cobra mucha importancia (N.B.: De hecho, cuando me fijé en los detalles de las cartelas constaté que estas obras habían sido publicadas en Alemania). Igualmente cambié mi opinión sobre la obra de Miguel Calatayud (siempre la había encasillado dentro del cubismo) y sentí una súbita pasión por estos primeros trabajos en los que el color es más protagonista que la línea, su eterna constante.



Y así, junto a las elegantes aguadas de Asun Balzola, el colorido de Manuel Boix, la líneas de Fina Rifa y Miguel Ángel Pacheco (aunque el segundo haya pasado a la historia de nuestra LIJ como uno de los escritores más prólíficos de los ochenta, también se recogen muestras de sus ilustraciones) y una Karin Schubert entre oriental y expresionista, terminé mi recorrido por la sala, con la sensación de que esa luz que se encendió en la infancia, todavía seguía viva. 
No lo duden: vayan a ver esta muestra y alimenten su luz, y, en caso de haberse apagado, enciéndanla de nuevo.


jueves, 18 de junio de 2015

¿Es arte la ilustración?


Mary GrandPré. 2015. El sonido de los colores (Texto de Barb Rosenstock) . Editorial Juventud.

Hace mucho tiempo que tenía ganas de traer a este espacio otro de los debates que actualmente se plantean dentro del mundo de los álbumes ilustrados, un soporte en el que la imagen tiene un valor muy significativo y en el que se está haciendo notar (a mi juicio más que en ningún otro producto) cómo la ilustración está alcanzando cotas de identidad propias que plantean si abordarla como parte del Arte en mayúsculas, o como una entidad menor que solapa en algunos puntos con las disciplinas artísticas clásicas. He aquí el dilema…
Seguramente para ahondar en una cuestión tan profunda como esta deberíamos apelar a varios conceptos… Tenemos el de “arte”, uno que en estos días se ha extendido a toda la esfera de la “imagen”, instrumento del que se sirve el “diseño” para abrirse camino entre la “sociedad” como “símbolo” de la “cultura”… Pero para hacer más llevadero este lío, les propongo tres peros al Arte desde la Ilustración:
Si atendemos a la definición estricta podemos decir que la ilustración es el uso de imágenes, de creaciones que ensalzan el valor de la palabra escrita, que la iluminan, es decir, complementan su significado. Hasta ahí, todos de acuerdo. El problema viene cuando la ilustración tiene un valor intrínseco que viaja más allá del texto, y por tanto tiene un sentido propio, algo que se incluye dentro del concepto de “arte”… Primer pisotón.
Muchos dirán que las obras de arte son únicas, que son entidades irrepetibles y que en ellas no interviene la duplicidad, es decir, un planteamiento comercial, por lo que una ilustración que se lleva a la imprenta para formar parte de un libro ilustrado tampoco sería arte…, ¿o sí? Discrepo diciendo que son de sobra conocidos algunos ejemplos de obras de arte con varias copias “originales” como El beso de Rodin o Los girasoles de Van Gogh. Véanse de igual modo los llamados libros de artista, objetos artísticos de los que pueden circular muchas copias. Por último decir también que los arreglos de la Novena sinfonía de Beethoven o las diferentes ediciones de La isla del tesoro de Stevenson son considerados arte a pesar de sonar repetitivas. Vamos, que  lo que le importa al Arte es su capacidad narrativa, su lenguaje y los diferentes estadios interpretativos. Segundo pero.


Vincent Van Gogh. 1889. Jarrón con doce girasoles. Museo de Arte de Filadelfia (Estados Unidos).


Vincent Van Gogh. 1889. Jarrón con catorce girasoles. Museo Van Gogh, Amsterdam (Holanda).


Vincent Van Gogh. 1888. Jarrón con doce girasoles. Neue Pinacotek de Múnich (Alemania).

Probablemente si nuestra concepción artística viene definida desde el punto de vista del espectador cabría decir que la ilustración, como cualquier otra forma expresiva, necesita de un proceso de percepción o alfabetización artística que permita al receptor reconocer la imagen, identificarse con ella y analizar su contenido a través de la experiencia o la imaginación, algo que sucede de manera evidente en los lectores de álbumes ilustrados que son capaces de reconocer ciertos códigos inherentes a ese arte. Así que, tercer y último pescozón.
Hasta aquí, ganaría la Ilustración como arte, pero no se envalentonen algunos que ahora viene el contrataque del Arte a la ilustración…
Cañonazo 1. Existe cierto contrasentido que diferencia a un cuadro y una ilustración: si el primero no es entendido o se le dan múltiples explicaciones por parte del público, no importa, mientras que si la idea o el concepto de la ilustración no llega al receptor y no queda clara, ésta concluye vacía. Es decir, ilustrar es comunicar e interviene en un proceso global en el que el diseño y la estrategia tienen mucho que ver, algo de lo que estrictamente no entiende el Arte.
Cañonazo 2. Entonces, ¿podemos decir que el ilustrador no es un artista? ¿Es un mero comunicador? ¿Un diseñador gráfico?... No cabe duda que debemos afirmar rotundamente que es un artista ya que la creatividad envuelve toda la génesis de su obra. El apelativo que cada uno, nuestros conocidos o la sociedad quiera colocarnos es independiente de nuestra labor.  ¿Qué más da cómo nos llamen…? A lo largo de la historia del arte se conocen muchos ejemplos de ilustradores a los que el tiempo ha terminado colocando entre los mejores pintores de su época (véase Daumier, Egon Schiele o Norman Rockwell), pero que, como los artistas de hoy, necesitaban ganarse la vida de algún modo, algo que no debe extrañar -mucho menos ahora-, puesto que la ilustración y el diseño gráfico constituyen uno de los campos creativos más boyantes.



Honoré Daumier. 1853. Nadar elevando la fotografía a la altura del arte.

Cañonazo 3. A pesar de estas dos cuestiones hemos de añadir que, la mayoría de las veces, debemos entender un álbum ilustrado en toda su extensión, es decir, hay que visionar toda la obra para comprender el mensaje, su significado artístico, algo que entraría dentro del llamado “arte secuencial”… Son muy pocas las veces que una sola imagen tiene sentido por sí sola ya que se encuentra descontextualizada, por ello, esa ilustración perdería su naturaleza artística… Seguramente se le vendrán a la cabeza imágenes de álbumes ilustrados que son capaces de establecer un diálogo con usted, con el receptor, que por sí solas, nos hablan de toda la  obra (a un servidor, por ejemplo, se le viene a la cabeza la imagen del barco del Emigrantes de Shaun Tan), pero seguramente, si indagan en el proceso creativo, descubrirán que el ilustrador se ha inspirado en obras que poseen un lenguaje artístico más potente y elevado, por lo que no dejan de ser ecos o calcos de esa obra de arte primordial (en el caso de mi ejemplo decir que, para elaborar esta ilustración, el genio australiano se inspiró en cuadros y fotografías anteriores).



Shaun Tan. 2006. Emigrantes. Barbara Fiore Editora.


Tom Roberts. 1886. Coming South. National Gallery of Victoria (Australia).


Roberto Innocenti. 2010. Las aventuras de Pinocho (Texto de Carlo Collodi). Editorial Kalandraka.


 Pieter Brueghel El Viejo.1565. Los cazadores en la nieve. Museo de Historia del Arte de Viena (Austria).


 Pieter Brueghel El Viejo.1565. Censo en Belén. Museos de Bellas Artes de Bruselas (Bélgica)

Cañoñazo 4. Por todo lo anterior podríamos llamar a la ilustración como un “arte incompleto”… Si yo quisiera ilustrar Moby Dick, no podría expresar mi ideario, mi mundo interno al cien por cien, ya que estaría guiado por el cauce que Hermann Melville creó previamente, es decir, sería un arte encorsetado y no podría expandirse libremente a pesar de sus connotaciones estéticas. Quizá es una diferencia sútil, pero que marca a fuego al Arte, un concepto que obedece a necesidades primarias y no a una funcionalidad.



Rockwell Kent. 1930. Moby Dick (Texto de Hermann Melville).

Cañonazo 5. La ilustración también es independiente del medio que utilicemos para darle vida a las ideas ya que se utiliza un medio (último) bidimensional, como las páginas de un libro o la pantalla de una “tablet”. Aunque la expresión y el significado no entienden de técnicas digitales, óleo, gouache, acuarela, esculturas, collage, lápices de color, la fotografía o el simple grafito (N.B.: Algo que también pone en evidencia que la ilustración, en el caso de concebirse como arte, debería hacer referencia a las múltiples disciplinas que convergen en ella… ¿Es Arte el “arte multidisciplinar”?), la ilustración sigue restringida al alto y al ancho del papel.



Koen VanMechelen. 2005. Juul (Texto de Gregie de Maeyer). Editorial Lóguez.

Aunque en esta batalla gane el Arte, como conclusión cabe decir que vivimos un tiempo en el que la ingente proliferación de productos creativos (léase pintura, escultura, música, cine o fotografía) nos impide distinguir una obra de arte de otra que no lo es y, la ilustración, un ámbito de relativa reciente hornada, no es una excepción (dense cuenta del enorme número de ilustradores que hay hoy día y de la desorbitada cantidad de imágenes que producen), por lo que habrá que esperar unos cuantos años para que el tiempo ponga en tela de juicio todas esas creaciones y establezca (o no) cánones artísticos para la Ilustración.


Mary GrandPré. 2015. El sonido de los colores (Texto de Barb Rosenstock) . Editorial Juventud.

Epílogo: Y como toda esta retahíla de pros y contras teóricos no valen nada sin un punto final, les diré que un servidor, de naturaleza mucho más científica y menos prosaica, prefiere la práctica y disfrutar de las imágenes que algunos interpretan por y para mí, que abren nuevos caminos a mi propia imaginación o que imprimen su visión en nuestros cerebros para el deleite de los cuentos, historias o leyendas que, de otra forma, podrían perecer en mi memoria.