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jueves, 15 de octubre de 2015

Enriquecer los argumentos de la LIJ



Aunque el álbum ilustrado es un género relativamente joven dentro de la literatura, debemos de tener en cuenta que, como en cualquier otro, la elevada producción obliga a los autores a repetir ciertos patrones o ideas de diferente naturaleza. A pesar de que muchos pueden tomar como un mero plagio o copia (que en muchos casos lo es...), hay una serie de circunstancias que a un servidor le hacen dudar de semejante afirmación, a saber...
Generalmente, cuando uno estudia historia de la literatura, suele hacerlo atendiendo a las diferentes épocas, autores y obras que, de un modo u otro, han supuesto un punto de inflexión o son novedosas en alguno de sus aspectos, es por ello que tenemos la idea preconcebida de que una obra maestra, aquellas en las que se basa toda la Cultura, debe ser totalmente original e innovadora, algo que, créanme, es prácticamente imposible desde que griegos y romanos dejaron pocos argumentos que tratar a las generaciones sucesivas de creadores. Vamos, que los escritores construyen sus narraciones sobre líneas básicas que ya han sido tratadas con anterioridad.


También hemos de hablar de ideas recurrentes... Muchas veces creemos que la bombilla que se enciende, que las ideas que nos brotan (no sólo para escribir un libro, sino para solucionar un problema o para ahorrar en la cesta de la compra) son totalmente originales, hasta que, de pronto, nos topamos con que otra persona llevaba haciendo lo mismo desde hace años y nos deja boquiabiertos y desilusionados.
Y por último me gustaría hacer referencia al subconsciente y su poder, ese que, de manera desconocida, casi mágica, guarda en nuestra mente recuerdos, imágenes o sucesos que, sin saber que estaban hay, encontramos por sorpresa y nos creemos que nos pertenecen, cuando en realidad los dueños son otros que, en un tiempo pasado, la desarrollaron convenientemente.


Por todo lo anterior, cuando me topo con dos libros parecidos prefiero hacer alusión a lo que yo llamo “enriquecimiento de una idea”... Aunque una idea haya sido tratada con anterioridad por otro autor, siempre puede crecer, principalmente por dos factores/condicionantes. El primero es su re-contextualización y el segundo, la re-formulación. Y ejemplifico... Elegiré Pulgarcita de Andersen (que de la Caperucita Roja hay muchos), un cuento que trata de la aceptación de uno mismo dentro de un mundo adverso y que culmina con la búsqueda de iguales. ¿Qué ocurriría si, en vez de contextualizar esta narración en el marco rural y natural que eligió su autor, lo ubicásemos en una urbe gigantesca a rebosar de rascacielos? ¿Qué sucedería si en vez de ser una chica minúscula que quiere ser normal, fuera una chica normal que anhela ser diminuta? La base es la misma pero este tipo de recursos bien conocidos por los autores de literatura infantil hacen que la historia parezca otra.



Algo similar ocurre con La casa de los ratones, una obra de reciente cuño de Karina Schaapman y publicada en castellano por la editorial Blackie Books, y la serie de libros que Jil Barklem publicó en los años ochenta y que fue editada en español por Noguer bajo el título de El seto de las zarzas... Si bien es cierto que ambas narran los avatares de una comunidad de ratones, hay que señalar que las dos tienen notables diferencias. La primera de ellas está ilustrada con fotografías de los personajes que desarrollan la acción en un escenario a modo de casa de muñecas, para lo que la autora se sirve de técnicas de ambientación y animación cinematográfica. En cambio la obra de Barklem utiliza una técnica tradicional basada en el dibujo y la acuarela, lo que pone en evidencia el claro desfase generacional de los lectores a los que van dirigidas ambas. Por otro lado hay que hacer hincapié en que el contexto es diferente en ambas... Mientras que Schaapman ubica la acción en un ambiente más o menos urbanita, Barklem prefirió un ambiente rural y campestre (N.B.: De hecho se considera una obra de gran interés para los estudiosos de las tradiciones y la etnografía de la campiña inglesa). Por último y atendiendo al hilo argumental, he de decir que mientras que la obra de Barklem es más coral y todos los personajes tienen un peso similar (en cierto modo podría ser la sucesora de la obra de Beatrix Potter, ¡otra cosa más que estudiar!), La casa de los ratones focaliza la acción en los dos protagonistas que conducen al lector a través de sus idas y venidas.


Así que, bien pensado, les recomiendo echar un ojo a los dos títulos. Al primero en las librerías y al segundo en una buena biblioteca infantil (a menos que acudan a alguna feria del libro usado y de ocasión, dudo que lo encuentren a la venta), simple y llanamente porque los dos merecen sentarse debajo de un árbol que esté amarilleando estos días, y disfrutar con las historias que acontecen a unos ratones y otros.


miércoles, 27 de febrero de 2008

Bibliotecas y osos


Esto de ser aconfesional (como esta supuesta España) me ha traído penas y alegrías, como toda circunstancia… Por empeño paternal e ideologías ahorrativas, no he sufrido el supuesto estigma del bautismo, por lo que me siento inclinado hacia la libertad religiosa. Aunque es una jodienda eso de no disfrutar de fastuosidades, ni sentirse el protagonista de un teatro edulcorado a ritmo clerical -aunque si lo pienso fríamente, lo que más me jodió fue que me diese igual-, todo tiene sus compensaciones, y el cursar durante la Educación General Básica la asignatura de Ética en detrimento de la de Religión Católica me acercó al mundo de la biblioteca, en este caso la biblioteca escolar.
Mi hermana y yo acudíamos a un colegio público muy pequeñito, en el que sólo había una clase por curso (aclaro: cuando iba a tercero, no había ni “A”, ni “B”, iba a tercero y punto), era un colegio antiguo, hecho de ladrillo, cemento y algunos parches de adobe. Desde que hice patente mi condición de hereje, me desterraron a la biblioteca del centro durante las clases de religión. Un servidor agradecía aquella propuesta sin rechistar, ya que la mayoría de las veces, me tocaba escuchar sermones interminables sobre la magnificencia de Nuestro Señor y su obra misericordiosa para con nosotros, innobles mortales.
Me encantaba aquella biblioteca con ese olor a viejo y carcoma, tan minúscula que en sus cuatro metros de ancho por tres de largo no cabía más que una alta mesa rodeada de sillas giratorias de laboratorio. Las estanterías eran de madera y estaban repletas de todo tipo de antiguallas editoriales, pero aun así, lo recuerdo como un rincón entrañable. Tenía mucho encanto, tanto encanto que hoy pienso que, si algo diferencia a los estudiantes del ayer de los del tiempo presente, no son ni los libros, ni la ropa, ni las monedas, es el encanto.
Una de las cosas que más me extrañó y alegró cuando comencé en esto de la Literatura Infantil y Juvenil hace unos años, fue descubrir que uno de los libros que leí entre aquellos muros y con el que disfruté enormemente, era considerado todo un clásico en el género. ¡Y yo sin saberlo!


El otro día me acerqué a recoger un libro y vi, apostillado en la balda, ese libro, Un oso llamado Paddington, de Michael Bond, y sin poder evitar su magnetismo, utilicé el carné de socio y lo tomé prestado. Y créame, he vuelto a saborear ese aroma a polvo y papel, la fragancia de esa luz tenue… y también he visto mi pequeño dedo recorriendo las líneas de una página que me contaba la historia de un oso sentado en aquella estación…