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miércoles, 23 de diciembre de 2020

Docentes y antihéroes


Héroes los llamaban. Héroes los siguen llamando. Incluso el rey fue a inaugurar una estatua en su honor. Salían a aplaudirles en mitad de la hecatombe. Palmas y más palmas sin ser Domingo de Ramos. Unos convenían que no las querían, pues sólo realizaban su trabajo. Otros se henchían de orgullo, pues era para lo que habían sido educados en sus respectivas facultades. Ídolos de masas, sanadores mesiánicos. 


Al otro lado quedamos los que cardamos la lana, los invisibles, los antihéroes. Profesionales que sin tanta medalla ni palmadita en la espalda, hemos cumplido con nuestros deberes. Trabajadores del comercio y supermercados, transportistas, repartidores, limpiadores y empleadas del hogar, fontaneros, carpinteros, albañiles y todo tipo de operarios, personal de cines y teatros, peluqueros, hosteleros, camareros y docentes también hemos dado el callo. 
Como yo sólo hablo de lo que conozco, les diré que, tras varios lustros trabajando en la docencia, ha sido la primera vez que he pedido a gritos el merecido descanso, ese por el que frecuentemente se nos dilapida (como si las vacaciones lo fueran todo…). Y no, no ha sido por el elevado riesgo de contagio o por pasarme la mañana con montones de críos (que tienen más cabeza que muchos adultos). Ha sido por la carga desmesurada de burocracia que nos han propinado y la falta de respeto con la que nuestros superiores y la administración competente nos han tratado. Les ejemplifico… 


Empiezo con la ventolera (que no ventilación). Un frío negro. Y cuando digo frío, es frío. Que los de Albacete y el termómetro sabemos lo que es. Les invito a pasarse por mi centro y ver como el mercurio baja hasta los 9ºC en el interior del edificio. 
Además de nuestras clases, nos hemos pasado la semana haciendo guardias (porque no han sustituido al personal de baja o confinado), contestando correos electrónicos y llamadas telefónicas de familias, hablando telemáticamente con compañeros que nos cruzamos por los pasillos cada hora (inaudito), resolviendo dudas on-line de alumnos que se creen que trabajo las 24 horas del día, adaptando materiales para las plataformas de educación a distancia (ordenador y conexión a internet pagada de mí bolsillo), o realizando dos y hasta tres exámenes por grupo (¡Welcome to the semipresencialidad!). 
El colmo llega con las normas de (in)seguridad en el trabajo, pues en mi centro no nos proporcionaron mascarillas hasta bien entrado octubre -un mes después del comienzo de curso-. El kit está compuesto de barbijos higiénicos, uno para hipoacusia y uno “FFP2” por persona (¿Mandeeee?) que si se te rompen o extravían, y pides más, te tienes que costear tú ingresando en la cuenta del centro el importe de los mismos (¡Ojo al panojo, señores!). 
Eso sí, ayer nos hicieron entrega de un pino minúsculo cubierto de nieve sintética que, además de ponerme el coche perdido de mierda blanca, me adornará el despropósito navideño que me espera amén del endurecimiento de las medidas preventivas. 


Como yo sí soy agradecido, en este fin de año, les regalo a mis congéneres docentes Como funciona una maestra, un libro de Susana Mattiangeli y Chiara Carrer que conocí hace años en la feria de Bolonia. Editado en castellano por la editorial argentina Calibroscopio, es un libro exquisito del que quiero extraer un fragmento e insuflarles un poco de aire para que no desfallezcan y sigan dando lo mejor de ustedes mismos en las aulas durante 2021. 
Dentro de la maestra están los números, las tablas, los ríos, los montes, el reloj, los cinco sentidos, el hombre primitivo y muchas otras cosas que, de a poco, también van a parar adentro de los niños. En los días buenos, la maestra hace entrar en los niños todo lo que sirve, sin que se le pierda nada por el camino, ni una gota del más pequeño adjetivo. Si una maestra falta, se hace una resta. Si una maestra nueva llega, se hace una suma. 
¡Felices vacaciones!

miércoles, 4 de abril de 2018

Un tratado sobre gatos sin gatos



Aprovechando la re-edición en castellano de Mi gato, el más bestia del mundo (o Mi gatito es el más bestia, como lo conocíamos antes por aquí) por parte de la editorial argentina Calibroscopio, creo que es un buen momento para elaborar un pequeño análisis de este libro del genio francés del álbum llamado Gilles Bachelet.


Sin duda este es el mejor libro sobre gatos que conozco, sobre todo porque un servidor siente verdadera animadversión por estos felinos y casualmente en él, no está protagonizado por ningún gato, sino por un elefante. Empezamos bien porque desde el momento cero (véase la portada) el autor utiliza la disyunción como una estrategia narrativa en la que el lector-espectador lee y observa cosas diferentes a lo largo de sus páginas, lo que aúpa lo paródico-irónico de este libro, que despertando el humor, afianza esta doble lectura.


Si además de estos tenemos en cuenta lo que aconteció cuando un amigo mío, gran amante de los gatos, le echó una ojeada a este libro por primera vez y me lo definió como un verdadero tratado sobre el comportamiento gatuno ya que en él se recogen gran cantidad de situaciones cotidianas que pueden observarse en los gatos doméstico, la cosa es para tirar fuegos artificiales.


Apuntar también al hecho de que este título podría encuadrarse (por hacer un símil con el mundo del espectáculo) en la comedia de situación ya que está vertebrado sobre “sketches”, una figura muy utilizada por este autor en otros títulos como Los cuentos entre bambalinas, y que en esta ocasión toma como unidad espacio-temporal la página sencilla como en La esposa del Conejo Blanco o El caballero impetuoso.


Ahondando un poco más en las escenas de este libro, encontramos toda una suerte de referencias, de detalles, que enriquecen la lectura gráfica de forma pasmosa. De entre todas ellas, sin menospreciar las restantes y para que se sumerjan desde su propia perspectiva en este álbum sensacional, sólo destripo tres...


En primer lugar me encanta la escena en la que aparece el esqueleto del elefante con un prominente gazapo: la fila de huesos que vertebra la trompa del elefante. El autor se concede el lujo de jugar con la naturaleza, incorporar a su antojo lo fantástico, dar vida a lo irreal y dialogar con el pequeño lector sobre lo imposible. (NOTA: Bachelet nos hubiera hecho un favor a los de ciencias incluyendo la osamenta de otros apéndices, por ejemplo los sexuales, pero eso quizá hubiese sido muy bizarro aunque bastante pedagógico, se lo digo yo que más de una vez le tengo que explicar a los adolescentes lo que es el báculo o hueso peneano).



Enlazando con este esqueleto imaginado y continuando con la escena de la página siguiente, vemos como Bachelet, por si el lector no se ha dado cuenta del gazapo, se lo explica utilizando el contenido de una carta ficticia que envía al responsable del Museo de Ciencias Naturales en la que apunta a que, respetando su criterio, no puede modificar la anterior ilustración ya que para ello necesitaría radiografíar al animal, un prueba muy costosa. Si a todo ello vemos las pisadas del “gato” sobre el escritorio y una ilustración donde el protagonista sigue haciendo de las suyas tenemos múltiples niveles narrativos en la misma escena (¡Y olé!).



Por último elijo la escena en la que se observan todas las obras que el artista ha pintado tomando como modelo a su querido gato. Aunque es un claro tributo a muchos de los artistas que Bachelet admira, también constituye una sala de museo en la que el espectador puede identificar numerosas obras del arte universal y conocerlas desde otra perspectiva (NOTA: Este es un recurso muy utilizado por muchísimos ilustradores y cuyo ejemplo más conocido es Willy el soñador de Anthony Browne). Si quieren saber cuáles son estas obras, o son aficionados al arte, juegan a identificarlas y no lo consiguen, sólo tienen que acercarse al Instagram de los monstruos y disfrutar de estos paralelismos/coincidencias entre ilustración y arte mayúsculo.
Y sin más, les dejo hasta otra, en la que prometo no hablar de gatos.



viernes, 17 de abril de 2015

En celo


Ya nos vamos poniendo tontorrones, el vello se encrespa y las hormonas se revolucionan al ritmo de unas temperaturas en leve (a veces, ya saben como las gastan los anticiclones) ascenso… ¡Pero no se asusten!, no somos los únicos animales que entramos en celo. Elefantes, chimpancés, osos, conejos, perros y gatos también ven alterado su instinto reproductor y es imposible tranquilizarlos… ¡Que se lo digan a los propietarios de algún felino…! Puertas arañadas, patas de sillas carcomidas, macetas volcadas, sillones desvencijados y pelo hasta en la sopa, son los inconvenientes de adoptar mascotas sin el consentimiento de la naturaleza… ¡Espero que al menos les busquen un entretenimiento digno de su especie!

Para que un gato juegue

No es complicado:
puedes atar a un palo
rojas cintillas
y hamacarlas al aire,
o dejar en el piso,
como al descuido,
un carrete de hilo,
un lindo ovillo,
pelotas de papel
y cajas de cartón,
y dejar que los gatos
hagan la diversión.

Germán Machado.
En: La escuela de gatos de la señorita Cara Carmina.
Ilustraciones de Norma Andreu.
2014. Buenos Aires: Calibroscopio.


jueves, 26 de febrero de 2015

De políticos y lluvias agoreras


Por fin ha terminado el llamado “Debate del estado de la nación”, otra pantomima democrática que sólo sirve para dar pábulo (¿Más todavía? ¿Acaso no tenemos bastante?) a charlatanes y vendepeines (¿Quién se atrevió a mentar en este teatrillo la digna profesión del cuentacuentos? Sinvergüenza…). Unos predicadores que hablan de las plagas y catástrofes, de los huracanes y tempestades que asolarán el patio del vecino. ¡Cómo si los meteoros distinguieran entre los de unos y los de otros...! Imbéciles… Todos los patios son del mismo vecino: nosotros.

Mirando el jardín,
anuncia el vecino:

un gran chaparrón,
caerán pingüinos,
sapos y lagartos,
arañas y mirlos,
ratones, conejos,
dos ciervos, un tigre,
un oso hormiguero,
loros, cotorritas,
jirafas, tortugas,
focas, jabalíes…

Lo escuchas alegre
y piensas tranquilo:

El jardín vecino
será un gran zoológico
después del diluvio.

Germán Machado.
En: Ver llover.
Ilustraciones de Fernando de la Iglesia.
2010. Buenos Aires: Calibroscopio.