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miércoles, 5 de marzo de 2025

Disfraces transformadores


Los disfraces tienen algo mágico. Es sorprendente constatar cómo somos capaces de transformar nuestra existencia con un par de trapos y montones de abalorios. Podemos ser quienes queramos. Piratas, payasos, personajes famosos, animales, objetos o simples mortales. La vecina del tercero, la vieja chismosa de turno o tu mismísimo cuñado. Cualquiera.
El disfraz nos permite crear un universo paralelo que, sirviéndose de clichés, parodias o comportamientos guionizados, nos ayuda a jugar con el mundo, coquetear con lo imposible, fantasear e imaginar. Así, tiene montones de beneficios, tanto para los pequeños, como para los mayores. Potencian las habilidades sociales, evaden del mundanal ruido, nos despojan de prejuicios y nos permiten desbordar las ideas.


Pero ¡cuidado! No sea que tanto lío se nos vayan de las manos, nos metamos en el papel más de la cuenta y dependamos de ellos para la supervivencia. Conozco a más de uno que se le ha ido la pinza a golpe de disfraz, incluso han perdido la noción de su propia existencia. Si bien es cierto que no todo tiene que ver con ellos, quedan incorporados en el ideario (léase un exmarido o una jefa venida a menos). Por eso, a veces, aparcarlos y tomar las riendas de la consciencia se hace necesario en vez de parapetarse tras máscaras, lentejuelas y maquillaje.
Seguro que conocen casos de niños y jóvenes que se han salido volando por la ventana con un traje de Superman o se han cargado a media familia blandiendo una katana de samurái. Es ahí donde reside el peligro de los antifaces aunque noticias como estas sean puramente testimoniales.


Siguiendo esta línea, Kike Ibáñez nos trae una historia donde un simple disfraz es el interruptor de una aventura irresistible para cualquier lector. El diablo sobre ruedas, además de adoptar el título de la conocida película de Steven Spielberg, es el libro ganador de la última edición del Concurso Internacional de Álbum ilustrado de la Biblioteca Insular de Gran Canaria.
En él, nos cuenta la historia de Lucía Fernanda, una chiquilla enrabietada porque su madre no le deja ir a la fiesta de carnaval montada en su querida bicicleta. Cuando están esperando a cruzar la calle, un camión lleno de material radiactivo sufre un accidente y su madre muere. A partir de ese momento, todo se convierte en una locura de lo más arrolladora (nunca mejor dicho) y extravagante.


Pedos propulsores, apariciones marianas y ángeles de la guarda se mezclan en una intrahistoria donde se respira un germen tan surrealista como barroco, ese cariz tan cañí del que gusta tanto su autor. Con tintes telenovelescos y unas ilustraciones donde lo geométrico y los colores planos se funden en perfecta simbiosis, Ibáñez nos hace una lectura bien simpática de los enfados infantiles, las formas de afrontar la homeostasis personal y el civismo social (¡Lo que da de sí un paso de cebra!).


Unas composiciones muy estudiadas, las repeticiones rítmicas (¿Se han fijado en el efecto de esas explosiones sobre la lectura?), los giros verticales en el formato (¿A ver si no cómo iba a subir a los cielos un querubín?) y las secuencias narrativas un tanto cinematográficas (La espera ante el semáforo es maravillosa), se articulan en una obra muy kistch donde el humor se adhiere a todo lo demás. ¡Y feliz Miércoles de Ceniza!

lunes, 25 de septiembre de 2017

España, un país de colores


Eran las 10:53, una hora hermosa para premiarse con un descanso. Es lo que tiene la vida doméstica: trabajo y disgustos.
Apoyé el palo de la fregona en el quicio de la puerta y me dejé caer sobre el sillón. El sol de septiembre se abría camino entre los visillos. Sobre la mesa, montones de libros, sobre los libros, toneladas de polvo, y sobre el polvo, las huellas de mis dedos. Me incorporé e intenté poner algo de orden apilando uno sobre otro. ¿Aquello se llamaba “descansar”...? La pajarera de oro..., Espera..., El soldadito de plomo... Coroné aquel rascacielos de papel con Barrios de colores de Ana González Menéndez y Kike Ibáñez (Milrazones), el flamante ganador del último Premio Lazarillo. Lo cogí, dibuje su contorno con mi mano y me dispuse a leerlo.



Pasaba las páginas. Buscaba con la yema de mis dedos cada una de las formas que dibujaban los colores sobre la cuadrícula. Era la historia de un barrio, como el tuyo y como el mío. De un barrio dónde la gente convive, dónde las flores crecen en las ventanas y los niños juegan a la pelota. De un barrio, de una ciudad como la tuya y la mía, en la que pueden pasar muchas cosas. En la que, de repente, se va perdiendo la alegría, todo se vuelve gris y los vecinos empiezan a mirarse de soslayo. Todo por el empeño de unos hombres cenicientos que ensombrecen el ánimo, empercuden la realidad y roban uno a uno los gestos amables. Menos mal que, como en todos los barrios, como en todas las ciudades, como en todos los países, nadie es capaz de detener la primavera, esa que hace crecer las semillas que inundarán de verdes, rojos, amarillos y añiles, avenidas y ensanches, plazas y campanarios.


Cerré el libro y con una media sonrisa llegué a la conclusión de que unas veces son los libros quienes nos acercan al mundo y otras, es la propia vida la que nos lleva hasta ellos. Aquella era la historia de un barrio como el tuyo y como el mío, de una ciudad como la tuya y la mía, de un país como el tuyo y el mío. De un “País de colores”.


Y de fondo, en la emisora de turno, le cantaba Pablo Alborán a toda España una de amor y desamor... “No vaya a ser que te quiera y te vuelvas a ir, no vaya a ser que me enamore aún más de ti. No vaya a ser que me equivoque y te vuelva a perder, no vaya a ser que me caiga otra vez...”