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martes, 11 de abril de 2023

¿Faltan ideas en la Literatura Infantil?


Tengo una congestión tan grande que es imposible dar forma a las ideas. Eso en el caso de que tenga alguna, porque me las estoy viendo negras para que fluyan a través de un cerebro lleno de mucosidades.
En este mes de celebraciones monstruosas y en el que la Literatura Infantil y Juvenil se lanza a la calle, toca recapacitar sobre los pormenores de una industria que ha crecido desorbitadamente durante los últimos años. Más y más novedades llenan las librerías, los libros cada vez son más efímeros y el espacio en las estanterías es un bien preciado, pero, ¿y la calidad de las obras? ¿Dónde está?


Últimamente ando algo enfadado. Sobre todo, con todas aquellas editoriales que buscan en la homogeneidad una forma de justificar sus publicaciones. Si bien es cierto que durante los últimos años asistíamos a una proliferación de libros valientes y diversos, desde hace unos años (quizá un pelín antes de la pandemia) observamos que hay una repetitividad en las temáticas (y los autores) dentro de la LIJ que se publica dentro de nuestras fronteras.
Da igual quienes publiquen, escriban o ilustren, el resultado es muy similar y la mayor parte de las editoriales del ramo se parecen entre sí, han entrado en bucle. Primero, por los temas, (féminas, derechos impepinables, multikulti, ecologistas, vidas de santos…), segundo, por los autores (¿Solamente trabajan los mismos o es que las editoriales se centran en amiguetes y creadores rentables?), y tercero, por el tipo de obras (montones de libros poéticos, montones de libros intimistas, montones de libros comerciales, montones de libros informativos…).


¿No son suficientes los doscientos libros sobre la vida de Marie Curie, los roles de género o los microorganismos? ¿Habrá que añadir otros tantos? ¿Se venden?... Lo siento, pero tanta endogamia deja traslucir cierta deriva cateta que ha sido aupada por el sectarismo, las subvenciones y una patente institucionalización.
El mercado editorial arriesga poco y, tanto grandes sellos, como editoriales independientes, se centran en la subsistencia (con la crisis de las materias primas, tu verás…). Les importa el tirón de las ilustraciones, la tapa dura y la complacencia de un público estereotipado, pero se olvidan de ofrecer nuevas oportunidades, dar cabida y credibilidad a nuevos proyectos, innovar en ciertos campos, y, sobre todo, disfrutar.


Si a todo esto añadimos la incesante censura que, desde las facciones más progres de la LIJ se están haciendo de clásicos como Roald Dahl o Enid Blyton, o el adoctrinamiento basado en los ismos y el lenguaje inclusivo, los libros para niños se están convirtiendo en un rincón repugnante en el que cada vez termino más hastiado.
Y en mitad de este universo de originalidad diezmada, les traigo Las ideas son criaturas extrañas, un libro de Isabelle Simler que acaba de publicar la editorial Thule en su colección Trampantojo para dar buena cuenta de que siempre cabe algo nuevo en esto de los libros para críos.


En esta narración donde la poética verbal y visual se conjugan, la autora nos presenta un recorrido por las ideas y sus recovecos tomando como excusa un experimento en el que ella misma se pone a prueba y deja que sus trazos guíen el proceso creativo. 
Les recomiendo disfrutar de las imágenes que cobran vida en cada una de sus dobles páginas, sorprenderse con los animales protagonistas, y hurgar en su propio ideario para inspirarse e inspirar a otros. 
Un libro lleno de movimiento en el que las líneas fluyen creando imágenes, escenarios poéticos y evocadores, quimeras imposibles que son el eco de otras criaturas ya existentes y que podemos descubrir al final del recorrido.


lunes, 25 de octubre de 2021

¡A ejercitar la creatividad!


Últimamente me he alejado de cuestiones superfluas y dedico el poco tiempo libre que tengo a cultivar neuronas en campos que tenía abandonados. Véanse como ejemplo el arte contemporáneo o la literatura de ciencia-ficción, dos parcelas que me han dirigido hacia el universo creativo, uno que, a pesar de sostener la mayor parte de las disciplinas artísticas y científicas, alimentamos muy poco.
¿La creatividad se hace o te nace? ¿Todos somos creativos o sólo unos pocos pueden tener ideas? ¿Hay ideas más importantes que otras? ¿A qué responde el acto creativo? ¿Se puede desarrollar la creatividad? Montones de preguntas que mucha gente se hace todos los días, pero que muy pocos se preocupan en responder.
Como tengo mucho que corregir, me decanto por responder a la última de ellas con unas cuantas técnicas para desarrollar la creatividad que aprendí hace unos años en un cursos on-line gratuitos que ofrecía cierta universidad mexicana y que resulto ser muy productivo. Aunque no lo crean, la creatividad es un trabajo que necesita tiempo y concentración. Nada fluye por sí sólo. Hay que ejercitarla y dejarse de pamplinas esotéricas y demás entelequias mágicas.


La creatividad hay que cultivarla todos los días. Se pueden inventar nuevas palabras que deriven de otras ya existentes o componerlas utilizando un par de vocablos. Desarrollar ejercicios de este tipo establece agilidad mental y conecta el área lingüística del cerebro con las imaginativas de manera que facilita mucho la búsqueda de nuevas ideas.


Establecer relaciones entre conceptos que nada tengan que ver (esto del sinsentido a veces tiene mucho de lógico). Cojan un diccionario y elijan una buena tanda de sustantivos, adjetivos y verbos al azar, introdúzcanlos en un recipiente y vayan extrayéndolos formando parejas o tríos. Busquen una relación entre ellos y dejen que su creatividad vaya ampliándose poco a poco.


Seguro que muchas veces tienen una idea pero no saben cómo armarla. Tomen un folio en blanco y escriban sobre él las palabras y conceptos clave de su idea de manera desordenada y espaciada. Trate después de establecer relaciones entre ellos ayudándose de símbolos y conectores que le aporten coherencia y cohesión. Si no lo consigue, vuelva a realizar la operación nuevamente con otro tema. Buscar una lógica narrativa ayuda a implementar conexiones emergentes que otrora parecerían imposibles.


La última que les recomiendo es pedir sugerencias a los niños. Por un lado su imaginación se encuentra menos encorsetada socialmente y por otro adoptan el juego como forma de aprendizaje. Muchos inventores tienen mucho que agradecerles a sus churumbeles.


Y si todos estos consejos les han parecido pocos a la hora de desarrollar su creatividad, hoy les dejo con Encuentra tu creatividad, un libro escrito por Aaron Rosen y Riley Watts, ilustrado por Marika Maijala y editado en nuestro país por CocoBooks. Híbrido de libro informativo y álbum de ficción, tiene mucho que decirnos sobre la creatividad. 
Más cotidianas de lo que nos pensamos, las ideas se esconden tras un ritmo desconocido, debajo de esa manta con la que te abrigas, en esa receta que nadie ha cocinado todavía. La creatividad tiene mucho que ver con el día a día, con las soluciones de los problemas cotidianos y sobre todo con dejarse llevar. ¡Prueba y verás!

miércoles, 21 de abril de 2021

Introspección creativa


Mucha gente piensa que el proceso creativo tiene mucho de mágico. Que ilustradores, escritores, fotógrafos, directores de cine o músicos tienen un don y que, por arte de birlibirloque, son capaces de cualquier cosa sin entrenamiento previo. Pues no, señores, además de cierto sentido estético y alguna aptitud, detrás de cada artista hay muchas horas de trabajo, de reflexiones, de pruebas, ensayos y errores, y, sobre todo, muchas horas de estudio.
Dominar los pinceles, el cincel, el objetivo o el arco de un violín, requiere de cierto empeño y mucho tiempo. Luego, amén de las repeticiones y equivocaciones, las sonatas de Rachmaninov, las esculturas de Giacometti o El pelele de Goya acaban pareciendo fáciles.


Nos mintieron sobre el uso de las drogas duras, el alcohol, el sexo, los viajes astrales, la interpretación de los sueños, el budismo, las partidas de ajedrez e incluso el ecologismo. Nada asegura la catarsis artística. Las ideas pueden llegar en cualquier momento. En mitad de una clase, en plena ola de calor, en la habitación de un hospital o sobre la taza del wáter.
Tanto es así que convengo con ustedes en que algo de paz y tranquilidad nunca viene mal para aclarar las ideas e inspirarse a base de pensamientos y recuerdos que, aunque complejos, siempre logran ordenarse y conspirar en pro de un mensaje -el nuestro- que va elevándose y tomando forma.
Por todo ello no se extrañen si alguna vez reciben tirones de orejas, mañas caras o alguna que otra coz por parte de artistas y creadores, gentes que no suelen gustar de enteraos, impertinentes, opinadores y golismeros que, además de contribuir a la marabunta, distraen y molestan.


Por eso, cuando leí Nirave y el mar por primera vez, esbocé una amplia sonrisa de triunfo, algo por lo que le estoy muy agradecido a Matt Myers, su autor, y a Dr. Buk, la pequeñísima editorial abulense que lo ha traído hasta nosotros. Y como sé que este libro ha pasado desapercibido para muchos monstruos, aquí lo traigo para su disfrute. Les aseguro que les va a encantar.
La orilla del mar. Un día espléndido. Mientras otros se dedican a pasear o al juego, Nírave contempla el horizonte y comienza a conversar con la arena y los desechos que encuentra en la playa. Varias personas se acercan y lanzan preguntas. Condescendientes, de extrañeza, unas con sentido, otras más absurdas. Haciendo caso omiso, ella da rienda suelta a su imaginación, hasta que de pronto se acerca alguien que la sorprenderá gratamente.  


Atmósfera y localización son los dos rasgos definitorios de unas ilustraciones en las que podemos oler el mar, disfrutar de las aves pasajeras, o de cómo el sol se filtra por la espuma que llega a la orilla. Imágenes llenas de quietud y profundidad -muy aptas para espectadores contemplativos- llenan las páginas de un álbum donde se respira la tensión de un alma creativa e introvertida que anhela encontrar un lenguaje propio entre ese ruido absurdo que muchas veces es el mundo, que trata con indiferencia a quieres no saben mirar, y que aborda también el entendimiento intergeneracional y las formas de concebir el arte.
Realismo y pinceladas de ¿acrílico u óleo? que consiguen sorprender y emocionar a partes iguales.


Aparte de ser una historia ideal para leer en la orilla de la playa, tiene mucho de cotidiano, algo que la hace perfecta como regalo a niños rebeldes, artistas en ciernes o incluso consagrados. Solo ellos entenderán la necesidad de entender la creatividad desde un proceso reflexivo y libertino.


domingo, 29 de noviembre de 2020

Libros que son mariposas


Hace muchos años que empecé este blog. Casi trece inviernos. Una plena adolescencia en la que, además de repensar muchas cosas (prometo hacerlo en voz baja, no sea que despierte a los niños), toca revisar, ordenar y colocar una colección de libros que ha crecido enormemente durante todos estos años. 
En ello estaba este fin de semana cuando me topé con el primer libro que editó la recientemente fallecida Barbara Fiore allá por 2004. El taller de las mariposas, una historia de la nicaragüense Gioconda Belli, bellamente ilustrada por Wolf Erlbruch y que me presentaría Rosa Romero dieciséis años atrás, es de esos libros que no puede faltar en una buena estantería. Lo peor de todo llegó cuando echando un ojo a esta, mi bitácora de lectura, caí en la cuenta de que ¡no había ni una sola referencia! 


A pesar de levantarme en domingo y tener las sábanas pegadas a la oreja, he decidido hacer un esfuerzo y redimir mis pecados, que este libro bien vale un golpe de pecho. Publicado por primera vez en Alemania en 1994, este cuento que llegaría más tarde a Nicaragua (1996) y al resto de Europa tras obtener el premio Luchs del semanario alemán Die Zeit, cuenta la historia de un mundo en el que los seres vivos son creados por los llamados Diseñadores de Todas las Cosas, un grupo de “arquitectos”. Entre ellos destaca Odaer, un joven diseñador con una obsesión secreta: darle forma a un ser vivo que pueda volar como un pájaro y ser tan bello como una flor. Pero el proyecto de Odaer chocará de frente con la norma más importante de todas: está prohibido mezclar a los seres vivos. 


Este es el punto de partida de un álbum (con bastante texto, ¡ojo!) que oscila entre la parábola (N.B.: Aunque no tiene connotaciones religiosas si encontramos arquetipos y referentes asimilables por diferentes confesiones) y el cuento tradicional, que defiende la persecución de lo hermoso -la belleza también es necesaria- a través de la creatividad y el esfuerzo personal. 
Además del trasfondo poético (muy necesario en esto de lo literario), cabe decir que la historia tiene otros matices. Por un lado, no sólo ahonda en el camino hacia el éxito (tan necesario en la época apática que vivimos), sino en la conveniencia de mejorar el mundo (actividad versus pasividad). 


Por otro, El taller de las mariposas desprende connotaciones mucho más complejas (recomiendo una segunda lectura), pues nos habla del acto de rebeldía frente al orden establecido. Un poder –en este caso representado por la Anciana Encargada de la Sabiduría- preocupado por nuevas ideas que pongan en peligro el sistema, y que pasa a controlar los actos de rebeldía e incita a la burla del resto de diseñadores sobre las intenciones de Odaer. 


Es en este punto donde toma mayor significado lo utópico de un relato que, si bien es cierto que en encuentra partes donde centrarse en la vis fantástica, se embebe de esa subversión propia de la Literatura Infantil que pone en duda la validez de un universo adulto que sólo genera cortapisas y obstáculos a los deseos de los jóvenes (he aquí otra lectura, la intergeneracional). 


Si a todo ello añadimos detalles, tanto textuales (¿Se acuerdan de Oleb, Etra, Rotnip y Asum, los compañeros de Odaer en el taller de los insectos? Lean sus nombres al revés y sorpréndanse), como gráficos (las referencias a oriente a través de los ukiyo-e, los hanko japoneses y las hojas flabeladas de Ginkgo biloba, ayudan a realzar el tono espiritual de la narración), no se pueden perder este álbum. He dicho.

lunes, 29 de junio de 2020

La importancia del gris



En este día en el que los colores se han apropiado de balcones consistoriales, buzones, escudos de armas y redes sociales, un servidor ha decidido decantarse por el gris. No me pregunten porqué, solo sé que hoy he estado un poco ceniciento.
No se vayan a pensar que es algo negativo. No. El gris siempre me ha parecido un color hermoso. Dejando a un lado su simbolismo (parece ser que lo plomizo siempre ha sido indicativo de tristeza), creo que debemos ensalzar mucho a los grises.


¿Sabrán que los grises permiten dotar de volumen a las figuras a través de las sombras y los contornos, no? También que el gris es el único color que tiene como complementario a otro gris, y que puede ser frío o cálido dependiendo del color de base (le pasa como a los negros: azulados, rojizos o verdosos). Tampoco olviden que sin el gris no habría fotografía -mal llamada, por cierto- en “blanco y negro”.
También tenemos la sustancia gris, un tejido que podemos diferenciar en el sistema nervioso que contiene la mayor parte de los somas neuronales y los axones sin vainas de mielina, y que por tanto se asocia con el procesado de la información (razonamiento, señores, razonamiento).
Tampoco pueden olvidarse que el gris es el color de muchos metales como el plomo, la plata, el platino o el aluminio, es por ello que el gris se asocia con lo industrial y tecnológico, algo que también se relaciona con  lo futurista (fíjense en las películas de ciencia-ficción de ahora en adelante).


Y con tanto gris llegamos hasta el escenario lunar en el que se desarrolla una historia muy apropiada para un domingo de asueto como este. Día de campo en la Luna de John Hare y editado en castellano por Océano Travesía es uno de esos álbumes sin palabras que te engancha en la primera lectura, te ofrece más en la segunda, te deja un poso agridulce y te ofrece muchas facetas de nuestra condición humana (¿He empezado fuerte, verdad?).


La acción se desarrolla en un futuro próximo en el que las visitas escolares se realizan a la Luna en vez de a los museos. Todos están muy atentos a las explicaciones del profesor excepto un niño despistado que, con la caja de ceras en una mano y el bloc de dibujo en la otra se queda durmiendo sobre una pequeña loma. Al despertar descubre que está solo en nuestro satélite. ¡Un momento! Alguien aparece desde ese suelo gris y pulverulento…


Con este argumento tan atractivo para los pequeños lectores (todo lo que tenga que ver con naves y trajes espaciales les chifla), se desarrolla una narración no exenta de humor en la que se habla de muchas cosas. La soledad, la falta de comprensión, el miedo a lo desconocido, la amistad, el reconocimiento artístico (fíjense en que ocurre mientras el profesor no mira) o el menosprecio al mundo adulto (sólo ve y experimenta el niño), son algunas de múltiples miradas que se recogen en un álbum que se decanta por una puesta en escena atractiva, para decirnos al final del todo que el gris importa tanto que puede dibujar un arcoíris en nuestros corazones.

lunes, 21 de octubre de 2019

¿De dónde viene un libro?



En vez de hijos, tengo libros, e incluso de vez en cuando, escribo algunos de ellos. No sé muy bien las razones que me mueven a ello (por diversión, por compartir una idea, por aprender...), pero el caso es que todas las historias que pululan por las estanterías de bibliotecas o librerías tienen un principio, esa chispa adecuada que enciende la máquina y hace girar los engranajes. Y hoy toca explicarles de dónde surgieron las ideas para ¡Crea! el libro que acabo de publicar junto a Sergio Arranz, un artista de pies a cabeza, y la modesta pero siempre arriesgada editorial leonesa Amigos de Papel.  


Nos pasamos buena parte de la infancia y la juventud en la escuela. Algunos no la hemos dejado nunca (se ve que nos va la marcha). Colegios, institutos, universidades, lugares creados por el ser humano para formarnos, instruirnos y convertirnos en mujeres y hombres de provecho. O al menos, eso es lo que se piensa, pues hay casos en los que es poco productiva (seguro que conocen más de un niño perdido).
Si bien es cierto que la institución me da un poco de tirria (ya saben que todo lo que huele a política y burocracia no es lo mío, incluso formando parte del tinglao… será por eso), siempre he creído en el factor humano de esta, los maestros, los profesores, personas que, por distintos motivos, están ahí dando el callo.


Los maestros no somos maravillosos, ni mucho menos infalibles. Podemos ser tan decepcionantes, como amables, tan desagradables, como comprensibles, tan incomprensibles, como excepcionales. No conozco ninguno que sea la quintaesencia de la perfección, entre otras cosas por nuestra condición humana. Así que no lo olviden, los maestros también se equivocan. Y de eso va este libro: de profesores que la cagan.


El segundo de los pilares que sustentan este libro es el arte. Lo pueden poner con mayúsculas, sí, porque en él no sólo se habla de creatividad, sino de qué es ser un artista, de si el artista nace o va tomando forma poco a poco, con constancia o trabajo, de los sueños frustrados que tiene cada artista. También habla de los grandes artistas y sus obras, muchos de ellos incomprendidos como Ben, el protagonista de la historia. También habla de mí, de mis deseos en la infancia y juventud, cuando soñaba ser un gran pintor, de cuando mi padre quería que yo fuera ingeniero (no lo consiguió tampoco y estudié biología, la carrera de ciencias experimentales más bella, y por tanto artística, que hay).


Y así, entre escuela y arte, nos ha quedado un libro bien apañao. Con las ilustraciones de Sergio, que te arrancan una sonrisa (este tío es muy grande aunque él se crea tan pequeñito como Benjamín, nuestro protagonista) y alguna carcajada (la primera vez que vi esa escena de niños zombis me desternillaba). Con la labor editorial de Asunción, que nos ha dado bastante libertad a pesar de algunos encontronazos y discrepancias. Con la ayuda recibida del maquetador (¡Gracias aunque no sepa ni tu nombre!), los sobrinos del propio Sergio, y los ánimos de amigos y desconocidos, ha salido del horno uno de esos libros que da gusto leer.
Seguramente le encontrarán pegas (hasta ahora han sido pocas), pero yo (y no es porque sea mío), le veo cosas muy buenas. Mucho humor, es crítico, un poco irreverente y canalla, tiene un lado tierno y entrañable, odioso a veces, otras triste, guarda sorpresas y mueve muy, muy bien las caderas. ¡Qué les voy a decir si lo he parido yo!


lunes, 20 de mayo de 2019

Buscando la identidad



Se acerca el final de curso y no hay nada mejor que los trabajos en grupo para terminar de salir loco. Con tanto ruido (¡Nenes! ¡He dicho “colocad las mesas por grupos”, no que provoquéis un terremoto!), tanta cartulina y lápices de colores (la cuestión es usarlos todos sin excepción), tanto ordenador portátil (¿Me habéis visto cara de informático?), tanto “lettering” (estas chicos de hoy día siguen tan puestos en caligrafía y rotulación como los de antaño), tanta cartulina y tanta enciclopedia, uno pierde la conciencia.


Si a ello unimos los efluvios corporales que van llenando las aulas, la cosa es para caerse en redondo y despertar amnésico… ¿Quién soy? ¿Qué ha pasado? ¿Y ese tufillo tan extraño? ¿Dónde decís que estoy? ¿Extraterrestres o caminantes blancos? ¿Vais a fagocitarme?... Sacudo la cabeza como los canes y me despejo de tan peliagudo asunto mientras mis alumnos siguen a lo suyo (por ellos, como si aparece por la puerta el mismísimo ejército de Anibal…).


A veces tampoco hace falta mucha mandanga para perderse, pues es un ejercicio la mar de saludable pensar (de vez en cuando, claro está, que tomar las cosas con vicio puede tener un efecto muy nocivo) en nosotros, dejarnos llevar por cuestiones profundas, tenernos en cuenta. Unos lo llaman meditación y otros calentarse la cabeza, pero los resultados son similares. Y si además nos ayudamos de un libro como el de hoy, el producto seguro que incluirá más de una sonrisa.


¿Quién soy yo? de Paula Vásquez y editado recientemente por Loqueleo Santillana, se interna en ese juego del existencialismo. Como ya hemos apuntado en otras ocasiones, el tema de tomar consciencia de quien es uno mismo a través de los juegos de páginas es una constante en la literatura infantil de prelectores y primeros lectores.
Bien intercambiando solapas, bien añadiendo características de diferentes personajes, bien mutando la fisionomía de un personaje –recurso en el que se basa este libro-juego-, el lector no sólo identifica lo que estaba buscando (recordemos que nos lo pasamos como enanos con los equívocos), sino que ve su propio reflejo en ese proceso de cambio.


Es así como el animal fantástico que protagoniza esta aventura sobre el papel, nos invita a adentrarnos en nuestro subconsciente de una forma fantástica, imaginativa e incluso paródica, tanto es así que algunos lectores claman en voz alta, dialogan con él, como el niño que clama entre la muchedumbre que el emperador va desnudo. Nos reímos con él, de él, de nosotros mismos, y eso, oíganme, es un regalo.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Frikis, creativos y juguetones



El otro día, durante la guardia de patio, charlaba con el Francis sobre los alumnos. Los destripamos convenientemente y sin piedad. No es que fuésemos ofensivos (eso es para otro tipo de profesorado), pero sí llamábamos a las cosas por su nombre, que para eso están las palabras: para usarlas. Hablábamos de tipologías de alumnos, de subconjuntos y taxonomía (que así suena más fino). De alumnos convencionales (suelen ser bastante aburridos y los preferidos por ese tipo de profesores que no quieren cuestionarse su labor) y de alumnos no tan convencionales.
Yo dije que me encantaban pues pueden enriquecerte más que los otros. Que les pueden colgar el sambenito que quieran. Ellos van a su bola, cultivan distintas parcelas del saber (aunque a nosotros nos parezcan inútiles) y desarrollan sus universos particulares, paralelos. Y sobre todo son creativos, pues era algo que llevaba constatando desde hace años. El Francis me dio la razón como a los tontos (se pensaría que estaba tratando con un camarero al que debe caer simpático) a lo que yo continué metiendo algo de cizaña… “Pero no te creas, nene, que estos chiquillos, a pesar de tener un mundo interior tan rico, emocionalmente tienen las de perder, pues el sistema está montado para lo mayoritario, que aunque a mí me parezca insulso, siempre tiene más aceptación”. Acto seguido saltó el Francis y me dijo que cómo soy, que siempre me percato del lado miserable de las cosas. Yo sonreí y seguí con el paseo, esperando que algún crío más raruno que yo me asaltara con una de sus ventoleras.


Ipso facto me vino a la cabeza un título de Édouard Manceau, ¡Gracias, señor Viento! (Fondo de Cultura Económica), no por lo ventoso, sino por otras razones.
Aunque a priori el pequeño álbum para prelectores (¡Recomendadísimo a todos los maestros de Educación Infantil pues tiene grandes posibilidades!) no parece tener nada que ver con esta disquisición, creo que sintetiza muy bien la idea del espíritu creativo, uno que surge del mero azar, de las asociaciones de ideas aparentemente valientes, de la belleza por lo sencillo, incluso del caos. Pues así son este tipo de alumnos: impredecibles, volubles, juguetones y extravagantes. Vuelan como él, recogiendo en su camino papeles de colores, buscando formas con las que contarnos que la fantasía y lo improbable, siempre se unen en un abrazo. Para traernos hermosas sorpresas (rimadas, en el caso del libro) con las que alegrarnos el corazón y hacernos la vida más ligera y amable.



miércoles, 17 de enero de 2018

¿De dónde sacamos las ideas?


No se crean que cultivar ideas es fácil, no. Lo de encender bombillas, aunque sea de manera metafórica, tiene su intringulis. Está claro que hay personas brillantes, de esas con una inspiración pasmosa. Observadores, creativos y muy espabilados, son capaces de desarrollar los conceptos más complejos de la forma más fácil. Llámenlos genios, talentosos o como quieran, pero el caso es que hay que tener en cuenta que la mayoría no entramos en esta categoría. Entonces, ¿como tienen ideas aquellos que las tienen?


Está claro que creativos de empresas de publicidad, científicos, artistas y escritores tienen a sus espaldas un bagaje más que importante. Gracias al estudio, la práctica y la pericia son capaces de relacionar conceptos y situaciones de otros o de su propia cosecha que les llevan a pergeñar obras de gran calado. Deberían convenir conmigo en ese punto que afirma que la experiencia es un grado y que, cuanto más profundamente conozcamos nuestras respectivas disciplinas, mucho más fácil nos será contribuir a nuevos engendros y creaciones que nos faciliten la existencia o nos llenen de belleza. Originales o no (siempre he considerado que la humanidad hace mucho tiempo que no es demasiado innovadora y que muchas ideas son refritos de otras) todos ellos contribuyen al mundo de la creatividad, ese en el que confluyen campos y disciplinas tan dispares como la cocina, la ingeniería, la arquitectura, la orfebrería, el pret-a-porter o la ilustración infantil.


Es por ello que la gente que trabaja con las ideas, ese mundo en el que Platón tanto profundizó, tiene una serie de recetas o consideraciones que les ayudan en el día a día. De entre todas ellas, tres son mis favoritas... La primera es la de la asociación forzada. Escriba palabras en trozos de papel. Verbos, sustantivos y adjetivos. Coloque estos tres grupos en una bolsa diferente y extraiga uno de cada. Aunque aparentemente la asociación pueda resultarle inconexa, puede que halle en ellas la inventiva necesaria para construir en torno a ella.
¿Qué es un ambiente creativo? Una pinacoteca, un museo de ciencias, una novela, un ensayo, artículos científicos, una conferencia, el jardín botánico, un concierto o ir al cine pueden desatar las ideas que subyacen en nosotros, las agarran con fuerza y las liberan poco a poco. Sumergirse en las ideas a las que otros han dado forma, es una fuente inagotables de acicates y sugerencias para las nuestras propias.
La última es la llamada al profano. Véase mi caso... Cuando no sé de qué hablar, cuando no encuentro la solución a un problema o no encuentro la imagen perfecta, engancho al primero que pillo (generalmente mis alumnos o mi familia) y les planteo el dilema (o quizá otro cualquiera). Escucho su punto de vista, dejo que vayan a su aire, que naden contracorriente, que se líen, que me líen, y con frecuencia, ¡ahí está la fuente de inspiración!


Pero, una vez que tengamos una idea, ¿qué hacemos con ella? Probablemente sea lo más difícil, sobre todo porque, primero, hay que discernir entre lo verdaderamente original y lo manido, segundo, dejarla reposar y madurarla, y por último, hacerla tangible. Eso es sobre lo que trata ¿Qué hacer con una idea?, un álbum hermoso, poético y sugerente de Koby Yamada y Mae Besom, editado recientemente en nuestro país por la editorial BiraBiro, que intenta desde la metáfora hacernos entender que el camino de las ideas es lento pero muy satisfactorio. Con unas ilustraciones que con una pizca de surrealismo (Ese huevo coronado, ¿no creen que tiene algo de Dalí? ¿O quizá de El Bosco?) y basadas en la dicotomía entre el blanco y negro -grafito- y el color, simbolizan una búsqueda necesaria para todos que tiene como fin iluminar el mundo con nuestra inventiva.