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miércoles, 2 de marzo de 2011

De niños enrabietados



Dice el decálogo de buen adulto que para ingresar en la vida del hombre hecho y derecho es necesario dejar las pataletas a un lado, encarar los problemas de frente y, si se pierde la batalla, admitir la derrota deportivamente. A lo que yo objeto que naranjas de la China, sobre todo si tratamos asuntos de Estado (español, el auténtico, claro está), en los que más vale agazaparse como un conejo asustado o berrear como un cordero destetado.
Todos sabemos que aquí, quien no llora, no mama. Y es que lo que les pasa a nuestros políticos tiene más que ver con los pezones que con la vocación. Les ilustro para la ocasión para que ustedes comparen: aquel que como inexperto lactante se engancha a una buena teta, succiona de ella hasta pegar un reventón o, en su defecto, un buen bocado, cosa que ciertas madres traducen en leche en polvo, tajadas de tocino, mendrugos de pan o un buen manotazo. Del golpe, el nene sale despedido hasta la ionosfera, y una de dos, o se harta de reír contemplando el espacio sideral, o pilla una llantina de siete pares de narices, a lo que mamá, esa que da mucho y pide poco, responderá con a) un arrumaco y varios mimos o b) decide dejarlo con la pataleta hasta que desciendan los decibelios de sus sollozos y se quede más suave que un guante.
¿Alguien me hace un cuadro comparativo entre los bebés y la clase política?
Y en honor de los adultos enrabietados por falta de un caramelo, carantoñas, alabanzas, aduladores, atención mediática, séquitos, sueldos inmerecidos, privilegios desorbitados y nombramientos de quita y pon, hoy recomiendo dos libros que tratan la furia desmedida y la rabia incontrolada: ¡Vaya rabieta! de Mireille d’Allancé -Corimbo- (un libro que le encanta a Encarnita… ¿será por el precio?) y Fernando Furioso, de Hiawyn Oram y mi admirado Satoshi Kitamura -Ekaré-.
Y no se mosqueen... El que se cabrea tira la garrota y cuando la recoge ya la tiene rota.

jueves, 19 de junio de 2008

Escaleras y desvanes





Indeciso: ¿Amy Winehouse?, ¿Red Hot Chili Peppers?, ¿Jamiroquai?... Decidido: Skunk Anansie.
Elegida la banda sonora de este lapso de tiempo, comenzaré a escribir (espero no cometer muchas infracciones gramaticales…) y veremos donde nos lleva la imaginación.
Podemos viajar a Namibia, recorrer las arrugas de tus sabanas, o visitar el desván… No te extrañes. El desván es un lugar increíble. En él hay un mundo entero por descubrir. En el desván puedes encontrar un oasis de chocolate y una ciudad egipcia, descubrir una familia de ratones y una colonia de escarabajos, y un lugar fresco y tranquilo para descansar y pensar. Podrás abrir ventanas que abran otras ventanas y buscar amigos con quienes compartir lo descubierto… Pero para poder hacer todo esto necesitas encontrar la escalera que te lleve a él.
Yo he descubierto muchas veces esa escalera: unas, de mano de un amigo, otras, ayudando a los más viejos, la mayoría, riendo con los niños, y la última vez, leyendo.
Satoshi Kitamura tiene esa capacidad asombrosa de mostrarte la escalera, de llevarte a mundos extraños –a veces hasta conocidos-, de divertirte… En el desván, es su –junto con Hiawyn Oram- obra más sorprendente. Con líneas de tinta temblorosa y tonos amables de acuarela es capaz de ilustrar poesía visual, de buscar esa nota sonriente del mundo infantil con ese toque japonés que imprime en sus imágenes. Sus libros, desde Alex quiere un dinosaurio hasta Yo y mi gato, tienen al niño como protagonista: es el niño quien decide, actúa y se expresa. También, sus personajes, se enfrentan a situaciones aparentemente simples, pero de gran calado para forjar la personalidad desde los cimientos del aprendizaje (Cuando los borregos no pueden dormir, Pablo el artista, Igor, el pájaro que no podía cantar). De ahí, el éxito de sus historias.
Sube la escalera. Imagina y serás libre.