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jueves, 24 de octubre de 2024

Una crítica muy irónica


El otro día me puse una camiseta que me regalo mi madre hace mil años y en la que aparece estampada la cara de Napoleón. Durante toda la mañana no fueron pocos los alumnos que me dijeron que les gustaba e incluso me preguntaron que dónde la había comprado. La verdad es que es bastante bonita y tiene un diseño peculiar, pero de repente caí en la cuenta de que lo que más les había llamado la atención del personaje es que tuviera un cigarro entre los labios.
Ellos, que están tan acostumbrados a saltarse las normas, habían visto en aquella imagen un referente, una semblanza de ese espíritu libre que les lacera constantemente, más todavía viniendo de un profesor. Fumar y beber alcohol, las drogas, la pornografía… Todas aquellas cosas que durante la niñez les habían sido veladas o prohibidas y que, ahora, en un ejercicio de madurez repentino, desean conocer de primera mano.


Es lo que tienen los tabúes y la censura, que logran acaparar la atención de las masas. Lo prohibido, desde su concepción maniquea, es un imán para todos los curiosos. Esas cosas que nos llaman la atención por el mero hecho de estar veladas, son las que mueven a la humanidad. El sexo, la muerte, la violencia o el consumo de algunas sustancias llaman la atención, y los niños y adolescentes no podían ser menos.


Con este panorama, saltamos a Una gran historia de vaqueros, el álbum que Limonero ha traído a nuestro país durante los últimos meses para el disfrute de los que gustamos de trasgredir lo políticamente correcto. Y es que el libro de Delphine Perret, la autora de historias como la del oso Björn, es una maravilla sin parangón. Su marco conceptual tiene mucha enjundia, ya que, además de basarse en la disyunción narrativa como recurso argumental, supone una crítica muy interesante a la censura en la LIJ.


El formato no es grande, más bien pequeño. La tapa se limita al título, bien grande, para que nos quede claro que esta es una historia de cowboys. Solo destaca un detalle: ese pequeño mono que pasea sobre las letras. ¿Qué pinta en una historia como esta? Nos resulta sugerente y misterioso y nos invita a abrirlo con cierta incredulidad y extrañeza.
Desde la primera página, la autora nos explica que, por motivos de decoro, ha decidido evitar las representaciones de los típicos vaqueros llenos de mugre y polvo, con cara de pocos amigos, violentos, crápulas y pendencieros, en definitiva, unos personajes muy poco recomendables en un libro para niños. Por eso decide hablarles de las peripecias de un simio de gesto simpático y con mucha mímica.


De esta manera, el lector comienza una dicotomía narrativa, la de las palabras y la de las imágenes. Ambas se alternan en cada doble página y establecen un vaivén discursivo que utiliza referentes del clásico western, el cine mudo y las historietas gráficas de toda la vida que todos guardamos en el ideario colectivo.
Así, entre páginas pares y páginas impares, la autora francesa crea un juego lleno de ironía en el que mecanismos censores, corrección política y subversión infantil se entrelazan en una creación particular llena de humor paródico e inteligente que trasgrede las normas de esos libritos inofensivos y bienhallados tan de boga hoy día. Un libro necesario en toda biblioteca que hay que diseccionar convenientemente hasta llegar a ese clímax apoteósico en el que ambas historias se abrazan gracias a una cáscara de plátano.

lunes, 26 de febrero de 2024

Nuevos apuntes sobre la censura en la Literatura Infantil y Juvenil


El pasado sábado participé en la jornada profesional que la Asociación LASAL (Salamanca Animación a la Lectura) organiza cada año para que diferentes facciones del sector se encuentren en torno a un aspecto de la llamada LIJ y puedan intercambiar ideas y opiniones que enriquezcan el debate en este universo de los libros para críos y no tan críos.
En esta ocasión nos reuníamos bajo el título ¡Eso no se dice! La censura, los silencios y lo disimulado en la Literatura Infantil y Juvenil, un tema con bastante chicha que nos dio para hablar largo y tendido durante unas cuantas horas. El partido se dividió en cuatro tiempos. Empezó Santiago Rico Alba con su charla inaugural ¿Dónde viven los niños? El segundo estuvo dedicado a la edición y creación gracias a una mesa redonda moderada por Francisca Noguerol y en la que intervinieron Ellen Duthie, Patric San Pedro y Nando López. El tercer bloque se centró en la censura desde el mundo de la mediación y la crítica gracias a Ana Garralón, Freddy Gonçalves y un servidor, que fuimos coordinados por Sònia Oliveira. Y el cuarto y último se desarrolló en tres talleres vespertinos impartidos por algunos de los ponentes anteriores.
Como este espacio, además de aglutinar reseñas y selecciones, hace de cuaderno de notas, recogeré aquí algunas de las ideas que más me llamaron la atención de nuestra mesa redonda-coloquio. Con esto quiero decir que no voy a transcribir palabra por palabra lo que allí se dijo, sino que intentaré hacer un resumen muy personal, incorporando cuestiones e impresiones que se pueden añadir a estos apuntes sobre la censura publicados hace años. ¡Allá voy!


Tras presentarnos, Sònia disparó la primera cuestión. ¿Es lo mismo mediar y censurar? Ana Garralón dio un no rotundo. No pueden serlo porque la labor del mediador se centra en seleccionar y ofrecer alternativas de lectura. Nada que ver con apartar una obra a ojos de los lectores por diferentes motivos. Freddy Gonçalvez y yo respondimos con ciertas reservas, pues cuando uno pone su mirada en unas obras y la retira de otras, le resta visibilidad a las segundas. Además, yo añadí la autocensura del lector desde su propia voz, mencionando El verano que mi madre tuvo los ojos verdes, un ejemplo de lectura audaz y controvertida que despierta diferentes puntos de vista en su encuentro con los lectores, así como mi confesada censura a la mayoría de los libros sobre gatos (los que me siguen ya saben que no me gustan estos felinos).


Sònia continuó: ¿Hay censura en la LIJ actualmente? Si atendemos exclusivamente al contenido de las obras, Ana Garralón lo dudaba seriamente. Según ella, hoy por hoy, cualquiera puede publicar lo que le dé la gana, hay muchas editoriales, la oferta es muy variada y los lectores son muy diversos. Cualquier obra puede tener su recepción en mayor o menor medida a pesar de que los grupos de poder políticos y religiosos compliquen ese alcance entre el público potencial.
También apuntamos a las formas, concretamente a la censura que supone la corrección política. Personajes planos, argumentos lineales y ausencia estética son el resultado de muchas de esas creaciones que rezuman compromiso. Ese mundo feliz que nos han traído los ismos y las cuotas de visibilidad, castiga a lo literario en su parte más hermosa y humana. Los “libros intensitos”, los “libros por” y los “libros para” proliferan como setas, copan las listas de ventas y no dejan resquicio para que aflore la verdadera belleza. Una visión de la literatura más comercial que Freddy Gonçalvez invitaba a combatir desde la lectura analítica y compartida. Para deslavazar obras que tienen más que ver con la autoayuda, la pedagogía y el exorcismo de los traumas personales, necesitamos un ejercicio crítico en el que la comparativa desmonte las facetas menos artísticas del mercado editorial.
Por otro lado y enlazando con lo anterior, el mercado también se hace eco de esos temas controvertidos o inapropiados para ensalzar el valor (pseudo)literario de algunas producciones. Una exaltación de la censura que sirve como reclamo de ventas entre ese público infantojuvenil que busca en la subversión y el libertinaje un modo de contrarrestar las convenciones del mundo adulto. ¿Censura o campañas de publicidad inmejorables?


La última pregunta que recuerdo de Sònia fue ¿Existe censura en la mediación? Contó con muchos puntos de vista, gracias en gran medida a las aportaciones de los asistentes. Veamos...
Hablamos de la censura intrínseca que favorece la propia industria y una elevada producción (unos 7000 títulos según las estadísticas que manejaba Ana Garralón). Familias, docentes, bibliotecarios y otros mediadores dirigen su foco a aquellas obras con mayor repercusión en el mercado, bien por desconocimiento del resto, bien por diferentes estrategias publicitarias, al tiempo que olvidan otras que bien merecen ser leídas. Es imposible estar al día y el propio sector silencia libros que pasan inadvertidos a pesar de su gran calidad literaria.
Esta realidad se enlazó con la censura en la biblioteca. Aunque las estadísticas nos digan que los libros más demandados por los usuarios pertenecen al circuito más comercial, la biblioteca, como institución pública que está al servicio de todos los ciudadanos, tiene que romper una lanza por la mediación plural diseminando otro tipo de producciones literarias para que esa inercia social no se traduzca en censura cultural.


Se apuntó también a la obligatoriedad de la lectura en las aulas (para algunos, la imposición es censura) y la necesidad de diversificar lecturas donde el canon y otras formas literarias, como la novela gráfica o el libro-álbum, coexistan para ofrecer un selección equilibrada en opciones, intereses y finalidades.
Al hilo de esto, se añadió la necesidad que crear itinerarios lectores para ensalzar la mirada literaria sin prejuicios hacia obras de diferente naturaleza, una práctica que ejemplificó Santiago Rico en la parte de su ponencia que relacionó El cerdito amable de Beatrix Potter con La metamorfosis de Kafka o los clásicos griegos.
También se señaló a esa censura que supone la sobreprotección hacia la infancia (No quiero un libro que hable de cosas ajenas a la vida de mí nieta o que la pueda incomodar) y la necesidad de romper con esas preconcepciones buenistas de la mediación lectora.
Y para terminar, hablamos de una paradoja: es bastante curioso que al libro se le pongan limitaciones de contenido, cuando la mayor parte de los niños y jóvenes tienen acceso a todo tipo de información a través de internet y las redes sociales. La sociedad es permisiva con el uso de los dispositivos electrónicos, pero sin embargo, no le pasa una al libro, ese objeto de deseo que, venerado por lectores y no lectores, se supone que contiene la verdad absoluta e inmutable aunque se encuentre en pleno proceso de devaluación cultural. Incomprensible.


Y con estoy y unas empanadillas riquísimas, me despedí de Salamanca hasta nuevo aviso. 
Mil gracias a los organizadores por pensar en mí, a los compañeros por sus contribuciones tan inspiradoras y a los asistentes por el interés y cariño en esta jornada tan agradable como nutritiva.

martes, 3 de octubre de 2023

Capeando la cultura de la cancelación


Además de comer, beber, bailar, reír y llorar, a lo largo de este verano también he abierto huecos para leer, esa afición que compartimos los monstruos. Una de mis lecturas ha sido El rey Mateíto I, un clásico de la LIJ polaca que Anaya ha traído a nuestro país en el año de su centenario y que ya incluí en mi selección estival de narrativa infantil y juvenil.
Además de recomendárselo a manos llenas, hoy estoy aquí por culpa de una nota editorial incluida en el mismo y que dice así: Algunos de los comentarios que aparecen en El rey Mateíto I se consideran inapropiados e inaceptables en la actualidad. A la hora de la lectura, se debe tener en cuenta que esta novela fue escrita en 1923.
Si bien es cierto que puede pasar inadvertida para muchos, a un servidor le han dado mucho que pensar estas apenas tres líneas bajo las que subyacen muchas ideas que se pueden relacionar directamente con la cultura de la cancelación, una que nos embebe desde hace unos años y sobre la que no he hablado directamente en este espacio de libros.


Para el que no lo sepa, este término hace referencia a un fenómeno social que consiste en retirar el apoyo, ya sea moral, financiero, digital e incluso social, a aquellas personas, empresas u organizaciones, como consecuencia de determinados comentarios o acciones generalmente relacionadas con temas controvertidos, como la igualdad de género o el ecologismo.
Aunque se puede pensar que la variante más extendida es la llamada buenista, es un fenómeno bidireccional, algo sobre lo que llamaron la atención las más de 150 personalidades del mundo de la cultura que firmaron la carta conocida como Harper’s Letter publicada el 7 de julio de 2020 en Harper’s Magazine y donde, entre otras cosas, se llamaba la atención sobre la intolerancia hacia los puntos de vista opuestos, la moda del vituperamiento público y el ostracismo, y la tendencia a disolver problemas políticos complejos con una certeza moral que enceguece.


Por ello no es de extrañar que ciertas empresas, en este caso las editoriales, se curen en salud frente a los lectores potenciales, avisándoles de que la obra literaria que van a leer puede herir su sensibilidad, algo parecido a lo que se hacía antiguamente con las películas violentas o con las escenas sexualmente explícitas.
Si bien es cierto que estas pequeñas excusas dan un capotazo a esa censura que chorrea en estos tiempos de impostura e intentan respetar las obras originales y el patrimonio intelectual de los autores, también procuran una coartada a los llamados ofendiditos y eliminan el posible encuentro con esos lectores que con solo una advertencia siguen en su secta favorita. Es decir, minimizan la atención sobre la obra y minimizan los encuentros casuales, algo que los buenos lectores siempre agradecemos.


Y algunos me dirán: "Es que tú eres un kamikaze, querido Román". Y yo asentiré con agrado. No solo porque me encante la gresca, sino porque es la única forma de retratar a mis congéneres en una sociedad donde la agogé se ha enterrado bajo toneladas de postureo.
No obstante, y por muy guerrero que me considere, entiendo que la inteligencia es la mejor arma a blandir cuando se trata de no ahondar en la división social y aupar ese enriquecimiento que ha hecho mucho por la humanidad, tanto social, como culturalmente hablando.

martes, 27 de junio de 2023

Jóvenes y fachas


Con las elecciones generales a la vuelta de la esquina, los medios de comunicación (¿Alguna vez fueron neutrales?) comienzan a lanzar sus consignas para que sus respectivos partidos se hagan con el pastel. Entre los mensajes con los que nos bombardean estos días me ha llamado mucho la atención las noticias que se refieren al aumento del llamado sentimiento ultraderechista entre los jóvenes de nuestro país, y con una clara intención de voto hacía partidos como Vox.


En mi opinión, y en contra de lo que muchos medios afirman, nada tiene que ver con TikTok o con que los candidatos electos de estos partidos se estén adueñando de las concejalías y consejerías de educación. Lo primero porque esos puestos son los que no quiere nadie (Poca pasta con la que especular y prevaricar: olvídate), y lo segundo, porque el ámbito educativo está gobernado por la secta del progresismo más recalcitrante y no hay quien meta mano en ella.
Los que chupamos pizarra lo tenemos claro: los jóvenes se acercan cada vez más a la derecha, pero por motivos a los que muchos colegas llevamos apuntando cierto tiempo y que no pocas veces he traído a esta casa de monstruos (ver AQUÍ y AQUÍ algunos ejemplos).


Antes de empezar con el desguace, les diré que este no es un hecho aislado, sino que se correlaciona con la tendencia que se observa en países como Alemania, Francia, República Checa, Hungría o Italia. Por esto, debemos suponer que la Unión Europea ha propiciado un situación favorable gracias a las políticas económicas y sociales que se están llevando a cabo durante los últimos años. No obstante, cada país tiene sus peculiaridades y el nuestro no iba a ser menos…


En primer lugar, debemos referirnos al contexto histórico. Si bien es cierto que podríamos hablar de montones de situaciones, me centraré en dos hechos más o menos recientes: el fiasco de la izquierda y el sentimiento patriótico.
Hasta los más anclados en el comunismo se han visto defraudados por unas políticas que nada tienen que ver con aquel llamado espíritu del 15M en el que, echando mano de pensadores como Zygmunt Bauman, nos vendieron como cuña publicitaria la revolución social y otras falacias. Si tenemos en cuenta que aquello sucedió hace 12 años, los adolescentes de hoy día han sido los espectadores del ascenso al poder de esos salvadores y su posterior cataclismo a consecuencia de otro proceso de corrupción más que sufre cualquier partido político con el paso del tiempo. Desencanto, llámenlo desencanto.
Por otro lado, hay que tener en cuenta que la selección española ganó el mundial de fútbol en 2010. Y por mucho que a algunos nos resbale el deporte rey, fue la primera vez en décadas que el fervor por la nación recorrió todo el país, un hecho histórico que marcó a toda una generación de niños embelesados por un espíritu triunfalista donde el orgullo, la base de muchos movimientos como el LGTBI, era el santo y seña. Fue entonces y solo entonces, cuando la bandera, emblema que había caído en desuso y olvido, se recupera y reinstala en una sociedad que ya no se embebe de los prejuicios pasados.
Aunque estos dos hechos pueden parecer una solemne estupidez para analistas y tertulianos que todo lo solucionan con el desempleo y la falta de oportunidades, lo que esta claro es que los jóvenes no se mueven por los intereses creados del mundo adulto, son más viscerales y pasionales, entienden el mundo desde escalas de valores más básicos, aunque igualmente profundos. Aplauden la autenticidad y castigan la hipocresía.


El segundo aspecto que debemos tratar es la acción-reacción. Teniendo en cuenta, y como ya he dicho, la omnipresencia de los discursos y programas progres en el ámbito educativo, las aulas se llenan de perspectiva de género, #blacklivesmatter y cambio climático. 
Esto no ha cambiado desde tiempos inmemoriales en nuestro país (hace más de 20 años que yo abandoné el pupitre y ya entonces era igual) y los jóvenes de hoy día, unos que toman más distancia de la política (para bien o para mal) gracias a un modus vivendi donde redes sociales, individualismo y capitalismo son su credo, optan por desligarse de un discurso donde no se ven incluidos ni representados. Algo que recuerda al Get woke, go broke que ha diezmado las ganancias de compañías como Disney o Budweiser a cuenta de la corrección política.
Mujeres, negros, chinos, transexuales, discapacitados, pobres y huérfanos conviven en las aulas de uno u otro modo y no perciben esos muros que se esgrimen desde el poder para la división social. Ellos ven otro catequismo más. El mismo que otrora esgrimían la sección femenina y las JONS, es leído actualmente por hipster de capa caída que se debaten entre Sabina, Rosalía y Amazon.


Por último, hay que hacer hincapié en lo reaccionario. Los jóvenes viven enfrentados a las normas impuestas por sus padres, en particular, y por el universo adulto, en general. Rebeldes e insumisos, los teenagers siempre han ido en contra de los dictados de sus progenitores y profesores.
Pósteres del Che, tatuajes, septum o peinados mohicanos han sido el fruto de una naturaleza contestataria a ese conservadurismo adulto que hace décadas representaba el crucifijo y hoy se fundamenta en el arco iris. Es algo visceral, cuasi instintivo que invita a imponer un nuevo orden, el suyo.
Si buscan un símil en el ecosistema adulto, ahí tienen las agencias de verificación de datos que tanto proliferaron durante la pandemia para amordazar a ciertos sectores y blanquear el relato que interesaba a las altas esferas. Y así les fue…


Por todo ello y desde esta reflexión, deberíamos plantearnos si ese bombardeo temático por el que abogan muchos sectores de la LIJ progre y bienhechora que tanto nos quiere, ayuda al cambio social, o si, por el contrario, genera el efecto diametralmente opuesto en unos lectores que se debaten entre su verdad y lo políticamente correcto. 
Teniendo en cuenta que las reglas del juego están cambiando y ciertos partidos ofrecen propuestas mesiánicas renovadas, urge considerar cuestiones como esta, dejarse de credos buenistas y otros mantras para evitar que nuestros lectores pierdan ese espíritu crítico del que tanto hablamos todos.

*    *    *    *    *

Todas las imágenes que acompañan a esta entrada son obra de Ephraim Rubenstein y pertenecen, concretamente, a su serie Used and Discarded Books.

jueves, 25 de noviembre de 2021

Salud mental: ¿otra excusa más para la censura?


La salud mental está de moda. Dicen que la depresión y el consumo de ansiolíticos han subido como la espuma por culpa de la pandemia. No sé si es que ya estaban ahí y han aflorado a la superficie ayudadas por el virus, o si el coronavirus ha sido el germen de depresiones, trastornos obsesivos y cuadros de ansiedad.
Alentados por el modus vivendi actual, muchos se han lanzado a decir que todos deberíamos ir al psicólogo una vez en la vida. Yo les digo que no. Que un servidor, por el momento, se abstiene de acudir a ninguna consulta. Que vaya quien lo necesite o lo crea necesario, y a quienes no lo consideremos oportuno porque vamos saliendo adelante en este mundo voraz, que nos dejen en paz.


Mientras mucha gente lo pasa realmente mal -una depresión debe ser un sinvivir que no le deseo a nadie-, otros se (auto)diagnostican muy a la ligera. Llaman depresión a cualquier bajón anímico, o trastorno bipolar a los cambios de humor. Coartadas sencillas para justificar problemas complejos como el suicidio, un comportamiento nefasto, la resistencia al cambio, o salirse con la suya.
También opino que hay muchos intereses detrás de estas misivas. Por parte del poder, ese que prefiere tratarnos de locos en vez de poner algo de remedio en nuestras vidas ("Pobrecitos, tomad, mucha terapia y unas pastillitas"). Por parte de los gremios beneficiados que ven engordado su negocio, llámense psiquiatras, terapeutas o psicólogos. Por parte de nuestros iguales o nosotros mismos para así mimetizarnos entre la muchedumbre, encajar en el mundo feliz, y tener cancha libre para ser infelices a base de hipocresía y poca naturalidad.


Banalizar un asunto tan serio como las enfermedades mentales y meter a todo quisqui en el mismo saco, no creo que sea la solución más acertada para normalizar una realidad de nuestro tiempo. Creo que es más oportuno convivir con aquellas personas que tengan este tipo de problemas sin tener que patologizar cualquier comportamiento que se salga de la norma y sea más o menos inofensivo para con uno mismo o la sociedad (a los psicópatas criminales prefiero meterlos en la cárcel). 


Toda la vida hemos tenido ejemplos de gente excéntrica, neurótica o deprimida, y aunque muchos de ellos eran relegados en el plano social, conocíamos su realidad y se aceptaba su condición sin necesidad de tanta etiqueta y diagnóstico, que si bien es cierto que normalizan ciertas situaciones, también ningunean respecto a esa masa de elegidos que tocados por el dios del buenismo reparten cordura a diestro y siniestro.
De un tiempo a esta parte, parece cundir esa práctica de ponerle nombre a todo, de diagnosticar y señalar cualquier tipo de conducta que no tenga que ver con el pensamiento único reinante. Imaginen que yo, por mi cara bonita, hiciera un análisis psicológico de todos los personajes que aparecen en los libros que reseño...


Empecemos con la Alicia de Carroll. La protagonista es una niña que sufre micropsia, un desorden psicológico que impide percibir la realidad y se caracteriza por episodios breves de distorsión de la imagen corporal, el tamaño, la distancia, la forma o relaciones espaciales de los objetos, así como en el transcurrir del tiempo. Seguimos con el Conejo Blanco, un personaje que está de los nervios por culpa del estrés y la ansiedad que le supone estar pendiente del reloj a todas horas, algo que también podría ser interpretado como un trastorno obsesivo paranoico. Como del Sombrerero loco hablaré más tarde, salto a la Reina de corazones, una histérica como la copa de un pino que sufre ataques de ira, es narcisista y paranoica. En definitiva: un buen puñado de los personajes que viven en Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo son susceptibles de ser ingresados en un manicomio.


Si cualquier profesional de la salud diseccionara otras obras clásicas de la Literatura Infantil, la cosa se pondría fea. El mago de Oz, Matilda, El jardín secreto, Heidi, La isla del tesoro y muchos otros libros que han acompañado a montones de lectores a lo largo de las décadas tienen personajes que podrían ser diagnosticados clínicamente, pero, ¿tendría sentido hacer esto? Quizá estaría bien como juego entre colegas, pero si eso empezara a cundir en otros ámbitos como el educativo o familiar, olería a las estrellas de seis puntas y los triángulos rosas que abundaban en los campos de concentración nazis.


Pregúntense, ¿acaso nos interesa todo esto a quienes leemos? Que un libro recoja entre sus páginas personajes neuróticos, deprimidos o paranoicos, no quiere decir que sus lectores deban impregnarse de estos comportamientos. Sin ellos excluiríamos de nuestra realidad una multiplicidad de facetas que también pertenecen al universo de lo humano, y nos abocaríamos a ese mundo feliz y uniforme donde los excéntricos e indeseables son perseguidos en aras de una forma de ser única que impone necesidades homogeneizantes.


Y porque no hablamos de la fantasía, ese terreno relegado a niños, tontos y locos (¿Ven? No voy tan mal encaminado…). Como si obviar el contrato fantástico fuera suficiente para alcanzar la cordura en todas sus formas, como si la cordura mostrase una única e indivisible faceta. Me aterra que veten a la fantasía, pero cada vez es una realidad más cercana en este mundo de ofendidos y censores donde el verdadero peligro son quienes buscan anular todo lo que les sea incómodo por el mero hecho de ser diferente.


Lo estoy viendo: el próximo paso será prohibir aquellos libros donde aparezcan personajes que exhiben comportamientos poco esperados o que están deliberadamente locos. Veremos cuánto tarda un AMPA o una asociación de psicólogos en censurar libros donde personajes tienen visiones paranoides o se ríen sin ton ni son.


No obstante, lo que más me molesta desde el ámbito de la salud mental, es que siempre se han tomado como excusa los personajes de la literatura infantil para bautizar a muchos de los síndromes descritos en psiquiatría y psicología, y de paso, continuar desprestigiando un tipo de obras que tienen muchas batallas perdidas contra esa supuesta cordura del ámbito adulto.


Tenemos el síndrome de Peter Pan para referirnos a los adultos que no quieren crecer (bendito trastorno), el síndrome de Munchhausen para aquellos que mienten compulsivamente (si no conocen al citado barón, echen mano de la LIJ alemana) o el de Huckleberry Finn para definir a todos aquellos que eluden las responsabilidades cuando son niños y durante la edad adulta cambian constantemente de trabajo.
De entre todos los que conozco, mi favorito es el síndrome del sombrerero loco, uno que finalmente ha resultado ser un daño neuronal producido por la intoxicación con metales pesados. Era muy típica entre los sombrereros de los siglos XVII y XIX ya que estos artesanos inhalaban los gases de mercurio producidos al tratar el fieltro, materia prima con la que se elaboran los sombreros. Esta enfermedad neuronal afecta a la visión, el habla y la coordinación, y cuyos signos externos son irritabilidad, hiperactividad, temblores, labilidad emocional, timidez y pérdida de memoria, síntomas que Lewis Carroll observaría en muchos de ellos y le inspirarían para su conocido personaje.
No voy a decir que asimilar lo que sucede en uno mismo y a nuestro alrededor sea una tarea fácil. Es más, creo que los productos culturales deben ayudar a ello. Pero no creo oportuno que la salud mental se inmiscuya en lo el acto literario, más que nada porque yo elijo el grado de insensatez con el que quiero seguir leyendo y viviendo.


Hoy me ha dado por acordarme de Antonio Escohotado, ese filósofo que buscaba en la libertad un antídoto frente al miedo o las coacciones que empujan al ser humano hacia toda clase de servidumbres. Quizá esto de la salud mental sea otra de ellas. Porque tratarnos de locos también es arrebatarnos una parte de nuestro propio ser para subyugarnos al antojo de los poderosos y sus necesidades.


NOTA: Las imágenes que acompañan a esta entrada pertenecen a fantásticas ediciones de:

Lewis Carroll. 2021. Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo. Ilustrado por Estudio Minalima. Barcelona: Editorial Folioscopio.

L. Frank Baum. 2021. El maravilloso mago de Oz. Ilustrado por Estudio Minalima. Barcelona: Editorial Folioscopio.

James M. Barrie. 2021. Peter Pan. Ilustrado por Svetlin Vassilev. Barcelona: Editorial Libros del Zorro Rojo.

viernes, 15 de octubre de 2021

"El juego del calamar" o la desinfantilización de la infancia


Vuelve la polémica con El juego del calamar, la serie coreana de moda que ve hasta el Tato, niños incluidos, los mismos que representan sus escenas violentas mientras se comen el bocata en el patio del colegio. Y venga, todos echándose las manos a la cabeza. Que si las criaturas están a pique de enrolarse en la legión, que si algunos padres merecen ser quemados en la hoguera, que si la vuelta de los rombos es inminente, y bla, bla, bla.
Tanta escandalera y yo aquí, adherido al debate para constatar que nadie suelta el móvil mientras cena con sus hijos, pero todos se indignan con la sola idea de que los críos se entretengan con una de ficción violenta. Menos mal que tener dos ojos me tranquiliza bastante. Y si subtitulo las imágenes con el “Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago” (consigna favorita de los adultos ejemplares) se me esboza hasta la sonrisa.


Armin Greder

Dejando a un lado la ironía, creo que el punto de partida no tiene la menor trascendencia: una fábula distópica llena de violencia junto a un problema de censura paternalista (lo de toda la vida). Sobre las distopías les recomiendo a otros especialistas (si es que me consideran dentro de esa categoría) y para reflexionar sobre la censura les recuerdo ESTE POST. 
Lo verdaderamente complejo del asunto viene cuando estos dos factores se mezclan con un tercero llamado la desinfantilización de la infancia, una cosa muy seria que se puede extrapolar a otras muchas facetas de la vida social y cultural, incluida la Literatura Infantil.


Shaun Tan

Como muchos sabrán, el concepto de infancia ha variado a lo largo de la Historia, sobre todo en lo que se refiere al aspecto social, algo a tener muy en cuenta en este debate sobre espectadores y calamares que hoy nos ocupa. Así definimos tres tipos de niño a lo largo de los siglos:
- El niño premoderno (por ejemplo el del medievo) compartía con el adulto actividades productivas, educativas, lúdicas y sociales. No se volcaban en él sentimientos diferentes a los de un adulto ni se le velaban aspectos importantes de lo cotidiano, como por ejemplo el sexo o la muerte (lean ESTE OTRO POST).
- El niño moderno, ese que nace a partir del siglo XVII, pasa a ser dependiente de un proceso de crianza, tanto maternal (algo que Ariés en 1962 define como “mignotage”), como escolar (la escuela, ese territorio educativo ad-hoc). También juega y se divierte mucho más, no participa del mundo laboral hasta estar crecidito, solo conoce una parte de la realidad, y se le presuponen sentimientos diferentes a los del adulto.
- El niño posmoderno se moldea por los cambios que acontecen durante los siglos XX y XXI. Más independiente y solitario, gestiona parcelas de su propia crianza, se enfrenta a sentimientos más complejos, ya no juega ni se divierte de la misma manera, sigue sin trabajar, se forma de manera perpetua y tiene "toda" la realidad a su alcance (N.B.: pueden echar un ojo a los trabajos de Postman o Nadorowski en la bibliografía).


Edward Gorey

Sí, amigos, la inocencia, la necesidad de cuidado o la fragilidad, ya no sostienen al niño. Los cambios en la institución familiar, la incorporación de la mujer al mundo laboral, la estructura tentacular de la escuela como medio de poder estatal y familiar, los avances tecnológicos, el libre acceso a la información, la omnipresencia de las redes sociales, o la disfuncionalidad en las relaciones humanas, han propiciado un nuevo escenario para el desarrollo de niños diferentes a los que conocíamos.
Fíjense. Somos tan buena gente y estamos tan preocupados por ellos, que queremos darles clases magistrales sobre identidad de género, ecologismo, consentimiento, racismo,  inteligencia emocional y hasta de indigenismo, pero eso sí ¡Nada de violencia, sexo, drogas o punk! (sobre todo si es explícito, que algunos no saben leer entre líneas). ¡Uy qué lío! ¡Benditas paradojas! Tanta moral, tanta doctrina, tanta corrección política, tanta hostia. Empieza bien la cosa….
Con todo esto quiero decir que el mundo infantil y el adulto se encuentran cada día más cercanos. Hipersexualización, consumismo, depresión, ansiedad… Las fronteras se diluyen inexorablemente porque el proteccionismo es cada vez más difícil. Los niños son individualistas, carecen de referentes tangibles, viven aislados real pero no potencialmente (¡tablets y ordenadores que no falten!), o se pasan el día en aulas matinales y clases extraescolares. El niño actual, el autónomo-autómata, necesita aferrarse instintivamente a su propia supervivencia en un tiempo y espacio cada vez más hostiles para esa idea dieciochesca que poco a poco se va esfumando.


Maurice Sendak

Con este panorama, ¿de qué quieren protegerlos? ¿De qué se extrañan? Lo raro es que no vean Funny Games, A Serbian Film, La gran bacanal o Nekromantik, una buena tanda de películas con las que muchos de ustedes se cagarían de miedo.
“Ay, Román, pero ayúdanos, ¿en qué quedamos? ¿Son niños los niños? ¿Queremos que lo sigan siendo? ¿Sí o no a este juego de moluscos?” Queridos, ustedes verán lo que hacen con sus hijos, que ya son mayorcitos. Yo les informo de la realidad por si la habían olvidado o simplemente tenían los ojos vendados. A mí, lo único que me aterra es saber que hay niños tan despiertos como para entender la citada serie... 

*Nota: La viñeta de portada es propiedad de @tutorporsorpresa (Jaume Font) y el resto de las ilustraciones pertenecen a reconocidas obras de la Literatura Infantil donde la violencia también habla.

Bibliografía

Ariés, Philippe. 1987. El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen. Madrid, Taurus.
Nadorowski, Mariano. 1994. Infancia y poder. La conformación de la pedagogía moderna. Buenos Aires: Aique.
Postman, Neil. 1988. La desaparición de la niñez. Barcelona: Círculo de Lectores.

Y para los que sepan inglés, una revisión crítica de todos estos temas con bibliografía actualizada:
Meynert, Mariam. 2013. Conceptualizations of childhood, pedagogy and educational research in the postmodern: A critical interpretation. Lund University.

jueves, 19 de noviembre de 2020

El discurso literario en la Literatura Infantil


Seguramente muchos de ustedes se preguntan de dónde saco las ideas para estas reseñas tan sui generis mías. Que cómo pijo relaciono la subida bursátil con un álbum sobre los virus o qué tiene que ver un libro sobre la belleza con el programa televisivo de moda. Lo cierto es que programo poco, hago muchas asociaciones de ideas y tiro de creatividad. Es lo que yo llamo desbordar el discurso literario, es decir, leerlo a mi manera. Si de paso les lanzo a modo de proyectil una buena cantidad de libros y que ustedes agarran alguno al vuelo, dos veces bueno. 
Estando en estas, La Bea, alma mater de Va de cuentos, una asociación alicantina con mucho tirón, me llama y me dice que si estoy interesado en participar como ponente en el II Congreso online de creatividad y literatura infantil. Yo, que soy muy golismero y bien agradecido le contesto que sí, que cuenten conmigo. Que allí estaré hablando de libros. “¿Y qué tema propones?” me dice. A lo que yo respondo que una clase de cocina. “Sí, no pongas esa jeta, que los libros tienen más sabores que lectores. Y tanto los buenos mediadores, como los buenos cocineros, además de los clásicos pucheros, los platos resultones y alguna que otra receta exótica, tienen que saber sazonar y acompañar convenientemente la historia, que si no, el comensal llena el buche pero no aprende a disfrutar de lo que come.” “¿Y cómo lo llamamos, julai?” “¿Cueces o enriqueces? El discurso literario en la LIJ” “Perfecto, entonces”
La cosa se desarrolló tal y como se esperaba y yo dividí mi participación en dos partes, una primera donde exponía el marco teórico y otra posterior donde daba alas a lo práctico. Como soy buen amo de casa y aprovecho mi trabajo como se me antoja, he decidido traerles esa contextualización previa, pues si bien es cierto que a lo largo de todos estos años he hilado disquisiciones sobre política y LIJ, utilitarismo en los libros para niños, libros de valores, censura y literatura infantil, emociones y más emociones, feminismo y otros ismos en los álbumes ilustrados, nunca había establecido un punto de partida desde el que mirar todas ellas. He aquí un buen comienzo que pueden leer desde ya. 



El discurso literario, una breve aproximación. 

Grosso modo y sin querer meterme en barrizales semióticos de los que no pueda salir, el discurso consiste en generar ideas a partir de otras ideas, una cosa que sucede en muchos ámbitos de nuestro existir, pero que suele adscribirse al medio cultural, más concretamente al del arte. Teniendo en cuenta que para expresar una idea se utilizan diferentes tipos de vías y lenguajes, podemos adscribir el discurso al lenguaje musical, al lenguaje gráfico o el lenguaje textual. Si además tenemos en cuenta el soporte y medio sobre el que queda reflejado, podemos concretar más el tipo de discurso. Es así como nace el discurso literario. 
Refiriéndome siempre a la literatura de ficción, el discurso literario es un acto en el que se desarrolla las probabilidades que tiene el lenguaje, bien textual, bien en imágenes (como bien saben, la realidad del álbum pisa fuerte en estos tiempos). En ese encuentro, el locutor, generalmente llamado autor, es la voz que pone sobre la mesa de juego -en este caso en el libro- una serie de instrumentos a partir de los cuales el lector creará una idea. Es decir, el discurso es una propiedad emergente que surge de la interacción de muchos elementos que, engranados, trabajan en pro de un mensaje más o menos complejo que generalmente entraña belleza en fondo y forma. 
Si además tenemos en cuenta que ese libro queda enmarcado en un contexto mucho más amplio (sociológico, cultural, histórico…), el discurso adquiere una complejidad notable y se suele decir que como tal, está articulado sobre unos planos discursivos, que suelen agruparse en tres categorías: el plano lingüístico, el plano estético y el plano social. 
Por todas estas razones, a lo largo de la historia de la literatura han existido diferentes escuelas que se han centrado en el estudio del discurso literario, como los formalistas y los estructuralistas. Mientras la llamada escuela rusa, con Shklovski a la cabeza, se centra en el concepto de literariedad y el pensamiento social y cultural, los estructuralistas como Genette defienden que la literatura no se desvía del plano coloquial y es capaz de producir el mismo efecto que la lengua culta. 
Y hasta aquí, una parte de teoría académica. 



¿Tiene la literatura infantil un discurso propio? 

Aunque es una pregunta difícil de responder debido a la controversia y debate que por sí solo genera el término “literatura infantil”, me meteré un poco en harina.
Mientras algunos autores como Carmen Bravo Villasante y Juan Cervera apelan a la tradición histórica y el marco teórico que genera el corpus de obras dirigido a la infancia para defender ese discurso, otros como Lolo Rico o Rafael Sánchez Ferlosio apuntan a elementos como la carencia estética, el persistente discurso moral, el carácter comercial o la adaptación de gran cantidad de obras, para poner en tela de juicio ese discurso literario presupuesto a los libros para niños. 
Además de muchas otras teclas, en todo esto de la LIJ interviene un concepto de base que los estudiosos llaman el "lector implícito", ese lector al que se dirige un mensaje y que, a priori, es quien legitima la voz del autor, y que en el caso que nos ocupa es el niño lector. Entonces ¿puede extenderse la producción literaria infantil al lector adulto? ¿Es capaz el niño de rellenar los huecos de los libros para adultos? Piensen en ello y me van contando en los comentarios.
A mi juicio, este debate quizá podría buscar soluciones echando mano del concepto de discurso que subyace bajo el binomio "literatura-paraliteratura (traducido para el vulgo como "buena literatura-literatura regulera") y hacerlo extensivo a los tres tipos de categorías que define Juan Cervera en la llamada LIJ: la literatura ganada (literatura), la literatura creada para los niños (literatura vs. paraliteratura) y la literatura instrumentalizada (paraliteratura). 
Si al mismo tiempo metemos en la batidora este tándem literario-paraliterario con las denominadas tesis liberal y tesis dirigista, la cosa se complica aún más. Mientras que la liberal parte de la condición independiente de toda literatura y nos dice la literatura infantil no existe y que el lector elige la que desea leer (independientemente de su buena o mala calidad), la tesis dirigista aboga por una literatura específica para los niños que entrañaría manipulación e instrumentalización de ese corpus de obras. 
Ahí les dejo con este debate por si se animan a darle al coco. 



¿Cómo generan el discurso los lectores infantiles? 

En cualquier lector, el acceso y la construcción al discurso depende de una serie de estrategias cognitivas, la llamada “inteligencia”, un denominador común que a su vez se divide en diferentes categorías como la matemática, la lógico-deductiva o la emocional, todas ellas con diferentes grados de adquisición y desarrollo para cada individuo y que además se relacionan entre sí. Si bien es cierto que el niño elabora el discurso literario de manera bastante parecida a la de un adulto, hay que apuntar a las diferencias y particularidades cognitivas (no tanto limitaciones) de los lectores en formación, sobre todo en lo que se refiere al plano lingüístico del discurso. En cuanto al estético o social, hay que recordar que el lector infantil también vive en el mundo, se rodea de unas circunstancias similares a los adultos (como colectivo, no como individuo), y adecua su mirada en base a los estímulos recibidos e integrados.
Además de estos procesos cognitivos quiero llamar la atención aquí sobre otros elementos que intervienen de manera directa en ese constructo. En primer lugar, la llamada "suspensión de la incredulidad", un término del que ya hablé AQUÍ y que podríamos resumir como el proceso mediante el cual el lector toma como real lo fantástico. Aunque se puede hacer extensiva a cualquier lector, este proceso es mucho más patente en el niño, ya que adscribe sus procesos cognitivos a una parcela menos encorsetada de la realidad. 
Y en segundo lugar hacer referencia a la creatividad. Si bien es cierto que las dos premisas anteriores son inherentes a todos los lectores independientemente de su edad, quizá este sea el ámbito que más diferencia a niños de adultos, pues el niño lector, uno que vive ajeno a la serie de normas que rigen la sociedad entendida desde un prisma global, inserta espontaneidad e imaginación en la construcción de los discursos, incluido el literario. Si además tenemos en cuenta que este hecho tiene su máximo exponente en el juego, debemos entender lo lúdico como herramienta diferenciadora y generatriz en el discurso de la literatura infantil de ficción. 



Manipular y silenciar el discurso en la LIJ 

Teniendo en cuenta que el lector infantil es un lector en formación, lo deseable sería que el discurso literario infantil fuera plural y no sesgado, pero la realidad es otra amén de la actitud del universo adulto. Esto sucede, a mi juicio, por dos razones. 
Primero hay que atender a lo que me he permitido denominar la “paradoja de la fragilidad” y en la que podemos encontrar dos facetas bastante definidas. Por un lado, y teniendo en cuenta los procesos intelectuales que llevan hasta el discurso y a los que nos hemos referido en el anterior epígrafe, el universo adulto (representado por padres o autores), presupone que están menos desarrolladas en el lector infantil, es decir, el niño tiene una carencia en las destrezas cognitivas, algo que justifica el difícil acceso al discurso literario propiamente dicho y desemboca en reduccionismo, sesgo y manipulación de la propia obra cultural. 
Por otro lado esto no es exclusivo de la ficción dirigida a los niños, pues también sucede en la literatura orientada a jóvenes y adultos, sobre todo durante el último siglo en el que se afianzan las sociedades occidentales posmodernas, insatisfechas y cautivas, llenas de individuos sensibles, vulnerables y lábiles que exigen productos que, además de salvaguardar sus necesidades, los defiendan de la vida. 
He aquí otra visión de la citada paradoja, una en la que el cobarde se cree valiente en un ecosistema literario donde abundan las complacencias, las cortapisas y los ismos de la corrección que han traído a las librerías la literatura feminista, la “queer” o la “black literature” pretendiendo invalidar y/o silenciar los reflejos incómodos que libros como La recta y el punto proyectan. 
Y precisamente es en el contexto de esta paradoja donde cabría preguntarse ¿Quiénes son frágiles, los niños o los adultos? Solo les recuerdo que los primeros hace décadas que se adueñaron de La isla del tesoro, de Robinson Crusoe o de Alicia en el país de las maravillas, obras maestras de la literatura adulta. Saquen ustedes sus propias conjeturas… 
En segundo lugar y además de la ya citada paradoja, hay que referirse a lo que algunos autores denominan "intencionalidad discursiva", una característica inherente a cada esquema discursivo que tanto el contexto cultural, como el industrial, establecen para un repertorio. En el caso de las obras infantiles, esa intencionalidad discursiva puede ser doble, pues -y volviendo a la clasificación de Juan Cervera- mientras la literatura ganada incluye voces que pueden generar discursos muy diversos y diametralmente opuestos en diferentes lectores, en la literatura creada para niños y en la literatura instrumentalizada no ocurre así. Como su propio nombre indica, aligeran o prescinden de las voces, limitando y centrando un discurso que limita el campo de visión y optimiza la mirada (vemos con más claridad una parte, pero no el todo). 
Si bien es cierto que esto ocurre desde que la literatura es literatura, más todavía en la infantil, una en la que ha cundido la pedagogía escolar y religiosa, los esquemas discursivos empiezan a estar cada vez más definidos en las obras para niños y quedan todavía más restringidos a ciertos planos, algo que está llegando a su cenit durante los últimos años con el didactismo emocional y político, piedras angulares para terminar de robotizar a las nuevas generaciones en pro de los intereses adultos creados, el compromiso mal entendido y, sobre todo, la propaganda. 



¿Y tú? ¿Cueces o enriqueces? Un apunte para los mediadores de lectura 

Si algo me queda claro de todos estos años como observador del ecosistema lector es que la mayor parte de las actividades de mediación de lectura que se realizan a lo largo y ancho del orbe no contribuyen al desarrollo del discurso literario. En otras palabras, los mediadores no propiciamos ese encuentro entre lector y lectura, ese ejercicio reflexivo que parte de un diálogo con nosotros mismos y un producto cultural que es el libro. 
Acostumbrados a participar de la obviedad argumental, muchas veces nos dejamos elementos importantes por el camino. Damos vueltas y vueltas sobre el tema que supuestamente hemos elegido para inculcar la lectura, pero nos olvidamos de que los lectores somos más que eso: un cúmulo de circunstancias que no sólo buscamos recocer los grandes temas existencialistas o el ismo de moda, sino enriquecer nuestro universo propio con algo más. 
No es una cuestión de culpas ni mucho menos de malas intenciones. En sí misma, la mediación lectora ya es un acto generoso para con el libro y los demás, pero sí deberíamos empezar a preguntarnos si además de seleccionar lecturas libres (punto que traté en su día AQUÍ), deberíamos participar en eso que llamamos el desbordamiento discursivo, es decir, dejar que los lectores participen más de la creación del mensaje a través de sus propias experiencias y destrezas. 



Una anécdota como epílogo 

En cierta ocasión me encontraba realizando un actividad de mediación con niños de entre 6 y 8 años. Tras la lectura de El libro triste de Michael Rosen y Quentin Blake, a mi juicio uno de los mejores álbumes sobre el duelo que existen, me puse a “cocer” el discurso en mi papel de "adulto preocupado por la muerte". Pregunté a los asistentes que de qué forma creían que había muerto Eddie, el hijo del autor. Tras recibir las típicas respuestas, unas que perfectamente podrían haber dado sus padres y maestros, llegó el turno de una niña que espetó "Ese niño se murió comiendo un plato de guisantes".  Aunque nos reímos de lo lindo, aquello me hizo reaccionar al instante descubriendo que era mucho más interesante escudriñar en los miedos y deseos de los lectores, que convertirlos en roedores que dieran vueltas sobre la noria de un discurso vago y encorsetado. Automáticamente cambié la pregunta. “¿Por qué comida os moriríais?”


* Todas las imágenes que acompañan este artículo incluyen esculturas de Brian Dettmer, artista que experimenta con las posibilidades del libro tallado.

Bibliografía

- Bravo Villasante, Carmen. 1985. Historia de la literatura infantil española. Madrid: Escuela Española.
- Cervera Borrás, Juan. En torno a la literatura infantil. Cervantes Virtual.
- Sánchez Corral, Luis.1991-1992. (Im)posibilidad de la literatura infantil: hacia una caracterización estética del discurso. Cauce, 14-15: 525-560.
- Vygostki, Lev S. 1982. La imaginación y el arte en la infancia. Madrid: Akal.