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martes, 22 de diciembre de 2015

Babar o la vigencia de un clásico


Las reseñas que más me gusta redactar son las de los libros que, como el de hoy, no necesitan presentación alguna, más que nada porque no me tengo que preocupar de introducir el argumento, desglosarlo o hablar de los personajes (¿Quién no conoce a Babar?) y me puedo dedicar a hablar de otras cuestiones que, aunque menos explotadas, pueden resultar igualmente interesantes (N.B.: ¡Así me gusta empezar la Navidad! Y si me toca un pico en la lotería, mejor que mejor...).


Desde hace un tiempo necesitábamos una nueva edición de las historias originales de este elefante y el resto de su gran familia creada por Jean de Brunhoff y que vió la luz en 1931, y eso es algo de lo que se ha encargado la editorial Blackie Books. Yo guardaba un par de ejemplares de las anteriores ediciones facsímiles (de la, casi olvidada en el mundo LIJ, editorial Alfaguara, y que podrán encontrar en librerías de segunda mano y bibliotecas), más pequeñas y manejables para los pequeños lectores, pero estoy igualmente encantado con este nuevo formato (todas en un solo volumen, pero nada que ver con las gigantescas primeras ediciones, todo un lujo hoy por el elevado coste de producción y que no duraron mucho tiempo) mucho más práctico para todos los lectores, y que incluye el prólogo que el enorme Maurice Sendak realizó para la edición del 75º aniversario. Así que ya saben: una oportunidad inmejorable para volver a la infancia...


Aparte de todos estos datos y teniendo en cuenta que el personaje y todo su merchandising llevan en las librerías más de ochenta y cuatro años (¡Si se descuida nace el mismo día que mi abuela!) y teniendo en cuenta el análisis de Sendak en el que habla de una cierta incomprensión inicial hacia esta obra que fue moldeando con el tiempo, he creído conveniente hablar sobre la anacronía y/o sincronía de este clásico de la LIJ con los tiempos que vivimos, resumiéndolo en una pregunta: ¿Sigue vigente Babar? Espero no defraudar con la disertación...


Generalmente se da por hecho que la Literatura (la de la mayúscula e independientemente del género que tratemos) trasciende al contexto en el que se ideó (seré breve), sobre todo porque, aunque hable de las cuestiones, problemas y situaciones universales del ser humano, es capaz de construir un mensaje propio en cada lector, desarrollar su propia libertad. Esto creo que no es objetivo de debate alguno. El problema viene cuando la imagen entra en juego y el formato pasa a ser álbum ilustrado, algo que le sucede a las historias de Babar. Tratándose de una de las obras pioneras de este formato en la LIJ debemos apuntar una serie de puntos, a mi juicio, importantes.


Empezando con La historia de Babar, el inicio de la saga, he de decir que, además de utilizar las ilustraciones como mero apoyo narrativo (carecen de lenguaje propio en la mayoría de las ocasiones), el autor se ciñe en exceso a las formas y a la ideosincrasia de la época, algo que choca frontalmente con la visión que en la actualidad se tiene sobre temas como el machismo, el racismo, la exaltación religiosa o la violencia explícita -véase lo trágico de la muerte de su madre- (N.B.: No me extrañaría nada que muchos trabajadores de la educación o lo social y activistas de distinta índole viesen en esta obra un peligro para las mentes de nuestro futuro... Me descojono, pero cosas peores he visto con tanto proteccionismo y discriminación positiva... ¡Socorro! ¡Los nuevos curas!). Quizá sea esto lo que lleva a muchos, entre los que se incluye Sendak, a aparcar este libro a un lado, puesto que difiere mucho de la concepción actual de álbum ilustrado, una más libre, más transgresora y críptica.


Un año después se obra el gran cambio y De Brunhoof crece como autor con El viaje de Babar, una de las historias favoritas de muchos lectores. Esto se debe a que el autor asume cierta ligereza al tratar los contenidos, a diversificar el colorido, los planos de las imágenes y fluye a un nivel creativo superior en el que las ilustraciones adquieren una nueva dimensión: hablan por sí solas (por ejemplo las caras en las nalgas de los elefantes en la guerra contra los rinocerontes) y complementan al texto (véase el fondo del mar cuando Celeste y Babar están en el islote). Es a partír de esta historia cuando De Brunhoff comienza con un auténtico juego de matices (El rey Babar, las vacaciones de Zefir o Babar y Papá Noel) y crea personajes desconocidos, utiliza formatos novedosos (ilustraciones informativas o de tipo cómic), echa mano del simbolismo y vuela con su imaginación a otros mundos.



No sabemos si esta metamorfosis (por la que pasan pocos autores de una manera natural) se debe al cauce que van marcando sus hijos o el resto de los lectores, o a su capacidad autocrítica. En cualquier caso va adquiriendo más conciencia del uso de dos vías de comunicación, empieza a insertar juegos dobles, imágenes no superponibles que se complementan, y aupa el contenido. Vamos, que da vida al álbum ilustrado contemporáneo y que sí puede ser extrapolado por los lectores a una realidad actual.


No obstante, además de considerar todas estas cuestiones sobre las forma y el atrezzo, no hay que olvidar que Babar no deja de ser el mensaje que un padre enfermo lanza a sus hijos, en definitiva no deja de ser un legado humano que deja su impronta en los lectores. Esta es la principal razón por la que Babar es capaz de ir botando de década en década, de niño a niño, algo que la convierte en una obra canónica dentro del corpus literario infantil.
Y es que, a pesar de que en sus ilustraciones haya un estilo muy determinado, un vestuario diferente y formas muy anticuadas de ver el mundo, Babar es la vida, y hay que leerlo.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Los docentes y la literatura infantil y juvenil


Con frecuencia hablo de padres, madres, bibliotecarios y libreros para referirme a los llamados “mediadores de lectura”, pero creo que hoy debo dedicarle este espacio a los que, a mi juicio, son, junto a las familias, quienes más deben comprometerse con esta extraña, dura y maravillosa tarea de inculcar el vicio (algunos hablan de afición o competencia, pero ya saben que lo mío es el jevimetal) de leer: los maestros.
Si tenemos en cuenta que un docente pasa de media con sus alumnos unas cuatro horas al día (a veces incluso más), y hacemos una pequeña operación aritmética, concluiremos con que la interacción niño-maestro constituye la sexta parte de la jornada, un tiempo nada despreciable a la hora de educar, no sólo en matemáticas, plástica o “cono” (odio esta denominación), sino para despertar el gusto por una “cosa” llamada lectura (iba a decir libros pero con el despegue de otros productos y soportes de lectura, no sé si atreverme...).
Evidentemente son muchos los maestros que recriminan a los padres y a la sociedad esa perorata insana de “vosotros estáis ahí para eso”, una afirmación a menudo utilizada por muchas familias para tirar balones fuera y delegar en la Escuela (en connivencia con el llamado Estado) sus tareas; pero a pesar de ello, conozco a más maestros que invierten su esfuerzo cotidiano en la difícil empresa de la “corresponsabilidad educativa” y enseñar por mera pasión, que a aquellos otros institucionalizados y/o contaminados por la pereza.


Aunque los maestros de hoy día están muy profesionalizados y especializados en didáctica, es imposible estar informado de todas las materias que imparten y, generalmente, agradecen en gran medida toparse con enteraos, blogs o guías que les mantengan al día de las novedades en lectura, algo que constato cuando he participado en charlas, cursos y talleres de literatura infantil... ¡Oye, que no me sueltan!...
Probablemente, la causa de este desconocimiento reside en las escuelas de magisterio y facultades de filología, en las que poca formación sobre “didáctica de la lectura” y “literatura infantil y juvenil” se recibe (en algunas universidades, ni siquiera saben qué es...), algo que redunda en uno de los enormes problemas con los que topa el maestro a la hora de inculcar este vicio saludable entre sus pupilos: ¿Qué leer? ¿Cuántos niveles de lectura son posibles? ¿Cómo animar a la lectura?...
A pesar de ello, me resulta curioso que, cuando un docente descubre la literatura infantil, se envenena con ella de por vida, y empieza a acudir a librerías y bibliotecas, se informa de este o aquel libro, mira y remira, empieza a cogerle el gusto a esa asignatura pendiente y, poco a poco, se convierte en otro monstruo que no para de hablar de libros y que contagia, no sólo a sus alumnos, sino a todo su entorno, de esa extraña y hermosa sensación.
También es obvia la notable diferencia entre los profesionales de la educación primaria y los de la secundaria. Los primeros, más laxos, más elásticos y más prácticos, mientras que los segundos imparten materias más encorsetadas, son más teóricos y resignados (como profesor de educación secundaria diré aquí que he aprendido muchas cosas de los maestros, entre otras, obtener gran rendimiento de la actividades más sencillas). Mientras que en la escuela la lectura se presenta como algo lúdico, en los centros de secundaria pasa a ser una herramienta, un vehículo más..., craso error puesto que es en esta etapa cuando hay que incorporar el hondo significado del verbo “leer” con la mecánica que se ha adquirido en etapas educativas previas, algo muy relacionado con que, excepto los profesores de “Lengua y Literatura”, son pocos los que se involucran en la lectura entretenida y placentera, atienden poco a los gustos del alumnado y las actividades programadas en pro del libro son testimoniales.


No obstante, he de decir que estas virtudes y defectos no son patrimonio de los docentes, sino de los centros, organismos e instituciones en las que desempeñan su trabajo. He visto bibliotecas escolares ordenadas de cualquier manera, cerradas a cal y canto, transformadas en cuartos de castigo o, sencillamente, inexistentes. También escasez de bibliotecarios, bajo presupuesto para ampliar fondos, poco reconocimiento por parte de los equipos directivos y compañeros, pocas facilidades para la innovación, y un sinfín de peros más que imposibilitan (al maestro que quiere) trabajar por la lectura y la literatura y, en consecuencia, también en contra de la ignorancia.
Es por ello que hoy, con estas palabras y tomando como excusa el gracioso libro Los secretos del cole ¿Adónde van los profes cuando se pone el sol? de Éric Veillé, con prólogo a cargo de El Hematocrítico y editado por Blackie Books, rindo hoy homenaje a la figura del docente como mediador de lectura. Y no hay más que hablar.


jueves, 15 de octubre de 2015

Enriquecer los argumentos de la LIJ



Aunque el álbum ilustrado es un género relativamente joven dentro de la literatura, debemos de tener en cuenta que, como en cualquier otro, la elevada producción obliga a los autores a repetir ciertos patrones o ideas de diferente naturaleza. A pesar de que muchos pueden tomar como un mero plagio o copia (que en muchos casos lo es...), hay una serie de circunstancias que a un servidor le hacen dudar de semejante afirmación, a saber...
Generalmente, cuando uno estudia historia de la literatura, suele hacerlo atendiendo a las diferentes épocas, autores y obras que, de un modo u otro, han supuesto un punto de inflexión o son novedosas en alguno de sus aspectos, es por ello que tenemos la idea preconcebida de que una obra maestra, aquellas en las que se basa toda la Cultura, debe ser totalmente original e innovadora, algo que, créanme, es prácticamente imposible desde que griegos y romanos dejaron pocos argumentos que tratar a las generaciones sucesivas de creadores. Vamos, que los escritores construyen sus narraciones sobre líneas básicas que ya han sido tratadas con anterioridad.


También hemos de hablar de ideas recurrentes... Muchas veces creemos que la bombilla que se enciende, que las ideas que nos brotan (no sólo para escribir un libro, sino para solucionar un problema o para ahorrar en la cesta de la compra) son totalmente originales, hasta que, de pronto, nos topamos con que otra persona llevaba haciendo lo mismo desde hace años y nos deja boquiabiertos y desilusionados.
Y por último me gustaría hacer referencia al subconsciente y su poder, ese que, de manera desconocida, casi mágica, guarda en nuestra mente recuerdos, imágenes o sucesos que, sin saber que estaban hay, encontramos por sorpresa y nos creemos que nos pertenecen, cuando en realidad los dueños son otros que, en un tiempo pasado, la desarrollaron convenientemente.


Por todo lo anterior, cuando me topo con dos libros parecidos prefiero hacer alusión a lo que yo llamo “enriquecimiento de una idea”... Aunque una idea haya sido tratada con anterioridad por otro autor, siempre puede crecer, principalmente por dos factores/condicionantes. El primero es su re-contextualización y el segundo, la re-formulación. Y ejemplifico... Elegiré Pulgarcita de Andersen (que de la Caperucita Roja hay muchos), un cuento que trata de la aceptación de uno mismo dentro de un mundo adverso y que culmina con la búsqueda de iguales. ¿Qué ocurriría si, en vez de contextualizar esta narración en el marco rural y natural que eligió su autor, lo ubicásemos en una urbe gigantesca a rebosar de rascacielos? ¿Qué sucedería si en vez de ser una chica minúscula que quiere ser normal, fuera una chica normal que anhela ser diminuta? La base es la misma pero este tipo de recursos bien conocidos por los autores de literatura infantil hacen que la historia parezca otra.



Algo similar ocurre con La casa de los ratones, una obra de reciente cuño de Karina Schaapman y publicada en castellano por la editorial Blackie Books, y la serie de libros que Jil Barklem publicó en los años ochenta y que fue editada en español por Noguer bajo el título de El seto de las zarzas... Si bien es cierto que ambas narran los avatares de una comunidad de ratones, hay que señalar que las dos tienen notables diferencias. La primera de ellas está ilustrada con fotografías de los personajes que desarrollan la acción en un escenario a modo de casa de muñecas, para lo que la autora se sirve de técnicas de ambientación y animación cinematográfica. En cambio la obra de Barklem utiliza una técnica tradicional basada en el dibujo y la acuarela, lo que pone en evidencia el claro desfase generacional de los lectores a los que van dirigidas ambas. Por otro lado hay que hacer hincapié en que el contexto es diferente en ambas... Mientras que Schaapman ubica la acción en un ambiente más o menos urbanita, Barklem prefirió un ambiente rural y campestre (N.B.: De hecho se considera una obra de gran interés para los estudiosos de las tradiciones y la etnografía de la campiña inglesa). Por último y atendiendo al hilo argumental, he de decir que mientras que la obra de Barklem es más coral y todos los personajes tienen un peso similar (en cierto modo podría ser la sucesora de la obra de Beatrix Potter, ¡otra cosa más que estudiar!), La casa de los ratones focaliza la acción en los dos protagonistas que conducen al lector a través de sus idas y venidas.


Así que, bien pensado, les recomiendo echar un ojo a los dos títulos. Al primero en las librerías y al segundo en una buena biblioteca infantil (a menos que acudan a alguna feria del libro usado y de ocasión, dudo que lo encuentren a la venta), simple y llanamente porque los dos merecen sentarse debajo de un árbol que esté amarilleando estos días, y disfrutar con las historias que acontecen a unos ratones y otros.


viernes, 22 de mayo de 2015

Jornada de reflexión


Me da pena que llegue el día de mañana, entre otras cosas porque se acaba (de una vez por todas) una campaña electoral de lo más divertida. Sé que muchos estarán deseando ver las calles limpias de pancartas, carteles y “merchandising” partidista, pero yo lo que echaré de menos será la guerra de insultos, improperios y maldades que simpatizantes de unos políticos y otros, se regalan en las redes sociales… Esta era mi primera campaña electoral en Facebook© y Twitter© y me he reído de lo lindo mientras hacía mis consabidos estudios de campo sobre la fauna que se alista en unas filas y otras. Pura ciencia, ya saben... Me llama la atención cómo plebe de un lado y otro se embadurna de tintes y simbologías para defender a sus nobles feudales dando muestra de que lo de este terruño no tienen solución, y más que barroco, lo nuestro es medieval, algo que se deja entrever en tanta lucha mediática, en el afán  por alcanzar la gracia divina, tocar la salvación eterna, merced a un buenismo que tiene más de coyuntural que de sincero.


Lo del clientelismo ya me tiene un poco harto. Llamemos a las cosas por su nombre: aquí, a lo que todos aspiramos es a trincar, mucho o poco (eso ya depende de lo buenos que seamos o de lo que nos dejen), pero pillar algo, que para eso nos pasamos la vida mendigando, lamiendo culos o trabajando (N.B.: cada cual que elija lo que más le convenga). Que si yo me afilio a este partido porque la diputación me va a publicar una antología de mi obra, que si yo defiendo a estos otros porque me han prometido subvencionar una colección de libros en un dialecto que no conoce ni Rita la cantaora; que sepas que si apoyamos a los de más allá en su cruzada por el bilingüismo nos van a soltar la guita, y que aquellos otros han prometido rebajarnos el precio del papel en un trescientos por cien si metemos a su hija (que es ilustradora del montón) en plantilla… Sólo falta la Iglesia pidiéndole a los cuentacuentos que abanderen la cruzada contra la felación a cambio de incorporar sus narraciones en el sermón de los domingos (¿Cómo no se les habrá ocurrido?).


Todos queremos el poder. Mandar, gobernar, mangonear, manejar y decidir por otros es lo que mejor se nos da. Y si no lo conseguimos, que nos dejen vivir, toda una prioridad cuando medrar, ascender en la escala social, tintarnos el pelaje, pasar del “papa” al “papá”, y del “Coviran© al Hipercor© sin hacer na’, es nuestro leitmotiv… Y es que en este país se pasa mucha hambre…, por culpa de los fondos de cohesión europeos, del PER, de las hipotecas basura, del dinero negro, de los subsidios por desempleo, del calor veraniego, de nuestra educación católica, de la envidia que nos corroe a unos y a otros, y de nuestra falta de compromiso y congruencia. Así pasa, que todos estos reyezuelos y aristócratas que se eligen a pie de urna y a golpe de talonario nos toman por el pito del sereno y hacen lo que les viene en gana mientras nos echan las sobras.


Así que, durante la jornada de reflexión les dejo con “La” (sólo hay una) Marta Altés (N.B.: Siento que te haya tocado, querida) y El rey de la casa (Editorial Blackie Little Books), para que den buena cuenta de que, mientras haya listos con ganas de mandar y tontos que se dejen engañar, estaremos henchidos…, unos de verdades y otros de mentiras.
Con toda esta perorata (¡Ufff, necesitaba un desahogo!) sólo les pido: Déjense de rollos, no me llenen más la bandeja de entrada de propaganda y hagan lo que les salga del pijo, que ya meditaré durante la juerga del sábado a quién le corto yo el pescuezo, con mi voto, por supuesto.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Buscando...


Debido al desastre monumental que acarreo (aunque creo que mi cabeza está en orden, no ocurre lo mismo con mi casa), me paso la vida buscando entre papeles, cajones, cajas, carpetas, estanterías y otros lugares de almacenaje, los retales de un tiempo que, con el paso de los años, acumula más tonterías de lo debido. Este espíritu recolector tiene que ver más con las urracas que con el mono que todos llevamos dentro, es por ello que a veces me dan ganas de prenderle fuego a toda la mierda que se amontona en los armarios e ir saltando desnudo de árbol en árbol.
Nos pasamos los años buscando… Los certificados de escolaridad, ese libro que sacamos de la biblioteca hace tres meses, el vestido de novia del que nunca más se supo, aquella receta de la abuela que escribimos sobre un trozo de cartón, un amor de adolescencia (¡las cosas buenas -y malas- que nos han traído las redes sociales!), las fotos de un viaje que no necesitaba fotos, el dibujo que nos regalo nuestro hijo en aquel cumpleaños, e incluso buscamos un gobierno que jamás existirá…, pero el caso es buscar, buscar y buscar…


A pesar de la desazón (la desesperación es cosa más seria...) que se apodera  de nosotros cuando no podemos dar con algún tesoro del pasado o esos documentos tan necesarios, el hecho de rebuscar tiene un punto la mar de interesante que, a la par que nos cabrea (con nosotros mismos, con nuestra pareja, madre -las peores-, padres e hijos), nos suele entresacar una sonrisa, bien por el abatimiento, bien por el triunfo que, al final de todo el periplo, es lo que cuenta.


Seguramente la mayor parte de las veces la búsqueda se transforma en juego (revolver más todavía nuestra vida es demasiado sugerente para resistirse) y nos sentimos como niños buceando entre amigos, juguetes, trastos y montones de lápices, algo de lo que se sirven muchos libros infantiles para llamar la atención de los pequeños, bien sea para proponer ejercicios de entretenimiento (y aprendizaje) como Otto el perro cartero, un "superventas" en el mundo anglosajón (me encantó toparme con él en mi último viaje a Londres) ideado por Tor Freeman y publicado en castellano y catalán por Blackie Little Books, o bien para recordarnos, como hace Olga de Dios en su Buscar (NubeOcho Ediciones), que muchas veces nos volvemos locos por dar con algo que siempre ha estado ahí…


Les advierto que hoy me he propuesto a mí mismo acabar con el caos que tengo sobre la mesa y clasificar convenientemente todos los apuntes, exámenes y ejercicios para, de una vez por todas, descansar todas las mañanas de tanto trajín innecesario.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Cambiar de hogar...


Entre pitos y flautas, llevo más de un tercio de mi vida fuera de casa. Soy un profesional de la maleta, capaz de empaquetar todos los enseres en cinco minutos y no olvidar ningún elemento imprescindible para sobrevivir… Pormenores de la labor educativa, esa que te lleva por autovías, carreteras nacionales, comarcales y algún camino de cabras para diseminar por tierras agrestes lo poco que sé de la vida.
Fundar un nuevo hogar, aunque supone un camino bastante empinado, la mayor parte de las veces suele tener cierta recompensa, sobre todo cuando el ambiente acompaña y te mece con suavidad al ritmo de unos sones que suenan a bienvenida. Cuando lo que te rodea no te sonríe tanto como debiera, hay sitios que, a pesar del correr de los años, no van más allá de lugares de paso.


A pesar de tener experiencias de todo tipo, diré que, aunque en un principio las grandes ciudades puedan parecer más impersonales y menos acogedoras, son preferibles a los pueblos pequeños y otros cortijos aislados en los que a priori te reciben con los brazos abiertos pero luego están deseando echarte a patadas (dicotomía urbe-villorrio, como diría mi amiga La Ascen…). Lo cosmopolita ofrece un amplio abanico de posibilidades, sobre todo gente variopinta entre la que poder encontrar buenos amigos, que, al fin y al cabo, son los pilares sobre los que se van disponiendo el resto de ladrillos que construyen las paredes de una nueva casa…, y lo demás, va rodado…
Hay gente que prefiere novios, parejas y demás animales de compañía, aunque los años me han hecho considerar seriamente esta opción y prefiero una buena jarana rodeado de mucho personal, que ir en busca y captura de un suculento bocado que, a la postre, puede traer demasiados efectos colaterales. Así que me inclino por echar mano de más conocidos y evitar roces sexuales, que uno no está para muchos trotes, se queda trastornado y sigue más solo que la una.


Seguro que tienen muchas historias cercanas sobre exiliados, expatriados, viajantes, aventureros, desterrados, olvidados y parados de larga duración, que se han ido lejos para, golpe tras golpe, tropezón tras tropezón, van creando un lugar donde vivir, un sitio agradable lleno de calor donde el tiempo sea feliz y llevadero. La misma historia que nos cuenta Marta Altés (la gran triunfadora de la ilustración patria) en Mi nueva casa (editorial Blackie Little Books). Ella también conoce de primera mano lo que es vivir fuera de casa (la diáspora es lo que tiene…) y nos lo sabe transmitir a través de este libro ilustrado, una obra que está llena de hermosos detalles (no exentos de gracia) y que les recomiendo regalar a todos aquellos que por circunstancias laborales o personales se ven obligados a fundar nuevos hogares en otros lugares.

lunes, 10 de marzo de 2014

Del artisteo


El mundo del artisteo se cae por su propio peso, más todavía desde que la nuera de Tita Cervera (no tengo porqué llamarla de otra manera dado que ese es su título nobiliario) y Kiko Rivera Pantoja se han encaramado a esto de la creatividad para sacarse un buen sueldo y estar a todas horas en la tele… Es una pena que trabajadores incansables del pincel y la partitura, sacrificados horas y horas desde la niñez, no pasen de meros segundones y terminen sus días en la rambla barcelonesa aguantando australianos y alemanes…¡Qué cruz! Y así va España, este país de alta titulitis y baja meritocracia, donde menos vale el talento que un buen padrino.
Dejando a un lado lo anterior, me centraré en el divismo artístico… Ese espíritu de reina de las fiestas que se abarrota en los corazones creativos de quienes vagan por escuelas de arte, conservatorios, facultades, estudios fotográficos y de diseño, o salones de alta costura, es una máxima de todo el que aspira a pasar a la Historia. Caprichos, terquedades e inflexibilidad son las cualidades que hoy día necesita cualquier creador en el cotarro de las ideas y otras copias baratas (muchos todavía no se han percatado de que griegos y romanos ya se encargaron de inventar el arte), hasta que dan con algún que otro empresario canalla que, harto de tanta gilipollez, le da un buen par de ostias, lo baja de esa nube de postura infantil y lo pone a trabajar por cuatro pesetas, algo ante lo que el susodicho agacha las orejas, curra a todo trapo y sacrifica lo que haga falta de su arte y compás.  No hay nada como una buena dosis de realidad…


El artista que lo vale, no es aquel que se subyuga al poder (el hambre es otra cosa…), sino aquel que vive de lo que le gusta, sin reparos, ni cambios de última hora. Los grandes que tienen claras sus ideas, las plasman con calidad y eficiencia siempre son reconocidos como tales, tengan un solo cuadro o una única sonata. Sigan el ejemplo del protagonista de Soy un artista, un álbum ilustrado de Marta Altés (editorial Blackie Little Books) muy divertido y con un ritmo maravilloso que me ha encantado; no aten a su sensibilidad, déjenla desbocarse, sin medida y sin pausa y quizá, sin directrices ni corsés, vea la luz la obra de arte de esconden en corazón