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lunes, 22 de diciembre de 2025

Los beneficios de la amistad


Teniendo en cuenta que nos encontramos embebidos en una época del año en la que las reuniones de amigos son una constante, he reunido un puñado de curiosidades referidas a la amistad como preámbulo a una tanda de álbumes protagonizados por buenos amigos.


Seguramente habrán oído aquello de quién tiene un amigo tiene un tesoro, ¿verdad? Pues deben saber que es totalmente cierto ya que muchos estudios científicos apuntan a que son beneficiosos para la salud. Las personas que tienen amigos tienen niveles mayores de dopamina, oxitocina y endorfinas, sustancias del bienestar y la felicidad. Así mismo, son menos propensas a sufrir enfermedades cardiovasculares y ciertos trastornos mentales, incluidos el estrés y la depresión. Su sistema inmunitario es más fuerte, por lo que están más protegidos ante infecciones y se recuperan antes de cualquier dolencia. ¿Será cierto eso que tener amigos alarga la vida?


Ya saben que hay mucha gente que vive enganchada a las redes sociales y creen que cualquier relación que se establezca a través de ellas se puede considerar amistad. Pues va a ser que no… Según algunos estudios, los verdaderos amigos nunca se conocen a través de las pantallas, pues el vínculo que se establece entre dos amigos necesita de una percepción global en la que se articulan diferentes niveles. Comunicación verbal y no verbal, interactividad y reciprocidad, pautas comportamentales, contexto social y cultural, etc.


Aunque no me gusta nada esa expresión que se refiere a los amigos como “la familia que se elige” (Si muchos supieran que sus amigos fueron elegidos por un jefe de estudios, cambiaría su percepción), hay que darles en parte la razón, pues la amistad puede llegar a ser un sentimiento tan profundo que muchas personas conectan tanto con sus amigos que pueden sentir su dolor, su alegría o su tristeza tanto como ellos, sacrificarse laboral o personalmente (donar un órgano) o sentir celos de una tercera persona. ¿Algo parecido a lo que nos ocurre con nuestra madre, los hermanos o un primo, no?


Mientras indago más en este fenómeno, les invito a disfrutar con cuatro álbumes. Empiezo con Fred y Gloria, un libro de Ratha Tep y Anna Pirolli (Flamboyant).
Cuando Fred recibe la carta de Gloria, su amiga por correo, tiene claro lo que debe hacer: cruzar el océano. Pero todo sería más fácil si supiera donde está. Como no tiene ni idea, comienza un periplo en el que irá encontrándose con una serie de animales que le van indicando lo que ellos entienden por el océano. Una oruga, una rana y una tortuga. Cada uno le explica lo que ellos creen que es el océano, pero nada, sigue sin dar con él. La peor parte llega cuando se encuentra a la orilla del mar y debe cruzar al otro lado. ¿Lo conseguirá? ¿Conocerá finalmente a Gloria?


En este álbum que ya he incluido en mi selección de libros sobre cartas y carteros, las autoras no solo se centran en las relaciones de amistad sino que nos hablan de muchas otras cosas, como por ejemplo la perspectiva y el tamaño relativo de las cosas, el crecimiento personal y la búsqueda de aventuras. Todo ello aderezado con una nota de humor blanco donde las sorpresas finales también nos dicen mucho (¿Qué opinan ustedes de los encuentros a ciegas? ¿Pueden ser productivos?)


Ilustraciones coloristas, una naturaleza exuberante, animales con rasgos antropomorfos, mapas (Me quedo hipnotizado cuando encuentro alguno en un libro infantil), onomatopeyas que juegan a las canciones repetitivas, juegos visuales (¿Han visto alguna vez unas constelaciones tan divertidas?) o las guardas peritextuales que nos permiten saben la procedencia de los protagonistas, son algunos de los elementos que hacen de este libro una propuesta más que singular sobre este tema.


El segundo título de esta pequeña tanda es ¡Oh, zanahorias!, el nuevo álbum de Mariajo Ilustrajo publicado por Bindi Books, su editorial de cabecera en nuestro país. Este libro nos cuenta la historia del señor Conejo, un tipo de vida tranquila que pasa el invierno leyendo acompañado de su taza de té y sus plantas. Cuando llega la primavera y un poco aburrido de esos meses de soledad, coge los aperos y se dirige al huerto para plantar lo que más le gusta: zanahorias. Pero este año una semilla está creciendo muchísimo y, tras observar que se mueve, decide arrancarla. ¿Pero esto qué es? ¡Una zanahoria que habla, anda y no sabe estarse quieta! Esto supone todo un reto para el señor Conejo a quien le gusta la calma y la soledad. ¿Será capaz de librarse de ella?


La autora española establecida en Reino Unido nos presenta esta vez una historia de amistad (¿O quizá enemistad?) entre dos personajes aparentemente muy diferentes (Recuerden a Don Quijote y Sancho Panza, Mortadelo y Filemón o Mofeto y Tejón) a los que el azar ha unido (Como todas las grandes historias entre amigos, ¿no?). Con un guiño surrealista al Amanece que no es poco de Cuerda y esa magia desenfadada que tanto gusta a los primeros lectores, consigue dar un vuelco narrativo y modificar la opinión de un personaje con pequeñas reminiscencias al señor Scrooge de Dickens.


Gracias a la expresividad de los personajes, un lenguaje visual que recuerda a otros autores de la LIJ anglosajona y ese toque de humor que imprime en todos sus libros, consigue darle forma a una historia muy cercana que nos hace ir y venir a esa página donde se cuenta el verdadero secreto para hacer crecer a los grandes amigos (¿La han descubierto? ¡Espero que sí!).


Continuo con la tercera parte de una trilogía muy conocida de Oliver Jeffers. Dónde esconder una estrella (editorial Andana), que así lo ha titulado el archiconocido autor, nos cuenta la historia del protagonista. Tiene dos amigos, la estrella y el pingüino. A los tres les encanta jugar al escondite. El niño siempre encuentra a la estrella primero y luego busca al pingüino en su escondite favorito. Pero un día, el pingüino se esconde tan bien que se queda atascado y el niño deja a la estrella sobre una barca para ayudarlo, con la mala suerte de que, olvidándose de ella, termina a la deriva. ¿Adónde la llevarán las corrientes marinas? ¿Conseguirán encontrarla?


Haciendo uso de muchos de los recursos narrativos que ya utilizó en Perdido y encontrado y Cómo atrapar una estrella, el autor irlandés nos sumerge en un relato de anhelos y paralelismos entre dos niños que buscan un amigo. Fíjense que hay dos historias (Había una vez un niño... / Había una vez una niña...), un conflicto (¿Quién ganará finalmente la amistad de la estrella?) y muchas vueltas de tuerca.


Personajes surrealistas que proceden del espacio exterior, detalles humorísticos en segundo plano (¿Se han fijado en el pingüino y sus muñecos de nieve?), imágenes secuenciales y guiños que recuerdan a los títulos predecesores, ensalzan un mensaje universal en el que cualquier lector, independientemente de su edad, puede verse reflejado. Y es que todos compartimos el mismo firmamento a pesar de nuestras diferencias.


Por último, aprovecho la coyuntura para recuperar La vida sin Santi, un título de Andrea Maturana y Francisco Javier Olea publicado por Fondo de Cultura Económica hace unas cuantas temporadas. Los autores de Secreto, nos traen la historia de Maia y Santi, dos niños que son muy amigos. Nunca se aburren de jugar y están muy conectados. Todo cambia el día que el padre de Santi tiene que irse a estudiar muy lejos de casa y se lleva a toda la familia con él. El día de la despedida llega y con él, un gran vacío se abre en la vida de Maia. Ese vacío no le permite disfrutar de ciertos momentos y lugares ni deja que otros niños se le acerquen. Con el tiempo todo cambia y ese hueco se rellena con personas y cosas nuevas. Entonces Maia se pregunta: ¿Si regresa Santi habrá espacio para él?


Con un estilo muy reconocible en el que conviven metáforas visuales y un lenguaje verbal muy parco y directo, los autores nos hablan del proceso que acontece cuando perdemos el contacto con un amigo. Ese mundo que crece entre las manos de Maia, las sombras que proyecta, su agujero en el pecho, los nuevos momentos que crecen como las enredaderas y rellenan el espacio…


No se dejen guiar por las apariencias. Seguro que todos ustedes tienen algún amigo del que se han sentido alejados y han experimentado las mismas sensaciones y emociones que Maia. No saber cómo reaccionarán, creer que han traicionado esa amistad, que han encontrado gente que los sustituya o pensar que no se reconocerán después de tanto tiempo, son pensamientos recurrentes. Pero lo verdaderamente importante es que, a pesar del correr del tiempo, hay afectos que perduran con fuerza.

lunes, 1 de diciembre de 2025

Nuevas perspectivas navideñas


Acabamos de dar el pistoletazo de salida a las fiestas y aunque la Navidad vuelve a estar de moda (es lo que tiene el cristianismo), denoto cierta tristeza en el ambiente. Quizá sea una sensación que se arraiga en lo personal (en ciertas ocasiones, no sabemos distinguir entre lo interno y lo externo), pero no respiro mucha alegría en las calles.
Y es que eso del espíritu navideño se ha ido transformando con el paso de los años. En primer lugar, hay que tener en cuenta que la institución familiar ha entrado en declive, cosa que, irremediablemente, debe extrapolarse a estas celebraciones. Si las familias cada vez están más diezmadas por la realidad, ¿cómo vamos a contextualizar la idea tradicional? Monoparentales, homoparentales, reconstituidas, sin hijos, desestructuradas, divorcios, en la diáspora… Y yo me pregunto: ¿quién queda para celebrar la Nochebuena?


También hay que considerar toda esa ideología hostil que ha ido llenando Occidente. Es curioso como el multikulti ha ido enriqueciendo ciudades y espacios culturales, pero al mismo tiempo ha ido desplazando las celebraciones navideñas debido a un engranaje de hostilidad que ha ido sembrando el progresismo más deleznable. Mientras Europa se dedica a celebrar el Ramadán, el Pesaj o el Diwali, la Navidad está siendo cancelada a base de neutralidad e inclusión. ¿Por qué rechazar lo propio para respetar lo ajeno?
Por último, y en mi opinión, está lo más descorazonador: la disolución de la magia. Desde que el capitalismo clavó su dardo envenenado, la Navidad ha ido perdiendo ese sentimiento fantástico y todopoderoso con el que la relanzó Dickens. Una época del año en la que la compañía, la solidaridad y la ilusión se nos han ido de las manos para dejar paso al consumismo y los excesos irracionales que van minando con desidia encuentros y regalos que deberían ahondar en la generosidad y el humanismo que hoy en día siguen pareciendo un milagro.


A pesar de este panorama y aunque no lo creamos, la Navidad encuentra nuevas formas de arraigar entre nosotros, algo que dejan bien claro libros como el de hoy. Y es que Tom y Momo, el nuevo álbum de Akiko Miyakoshi publicado por Pastel de Luna que se desmarca de las visiones navideñas más tradicionales, pero encaja muy bien en ese espíritu que este monstruo defiende.


Los días de invierno se suceden. Tom y Momo acaban de mudarse a una nueva casa. De hecho, viven en el mismo edificio, pero todavía no lo saben. Los dos van al parque con sus padres, comen en el mismo restaurante o coinciden en la misma estación de tren. Un día deciden comprar unos dulce y, curiosamente, los dos han elegido un abrigo amarillo. Se fijan el uno en la otra, se observan primero en pastelería y después en el mercado, hasta que coinciden en el portal de casa y…


Con la elegancia que caracteriza a la autora nipona, se despliega ante nosotros una historia muy cotidiana, pero a la vez conmovedora. De esas que te deja un regusto muy delicado en el paladar. ¿Qué niño no se siente atraído por la presencia de sus iguales? ¿Qué niño no siente la necesidad de relacionarse con otro? Hurgando en la propia naturaleza de la infancia desde una historia que me ha recordado a Desencuentros de Jimmy Liao, Tom y Momo constituyen el reflejo de montones de historias de amistad que pueblan colegios, parques y barrios de todo el mundo. Al mismo tiempo, Miyakoshi explora el comportamiento infantil desde una mirada caleidoscópica en la que intervienen los protagonistas, sus progenitores y el entorno.


Como en muchas otras de sus obras, la perspectiva es muy importante, quizá todavía más en esta historia de miradas fugaces que contraponen diferentes puntos de observación (fíjense bien en los colores y verán a Tom y Momo en montones de esas escenas desdibujadas intencionalmente por la autora). Si a ello añadimos los árboles, mercadillos y detalles navideños que ha ido recopilando en el transcurso de la acción (la atmósfera, amigos, siempre la atmósfera), no me negarán que es un álbum para celebrar esta época del año.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

De aves nocturnas, sororidad y leyendas marinas



Seguimos con los cuentos en esta tercera semana de noviembre, en la que el frío ha hecho aparición. Buscamos el calor de nuestros hogares y algo de entretenimiento en los pequeños relatos. No necesariamente tienen que haber sido inventados hace cientos de años, pues hay muchos cuentos actuales que evocan los mismos saberes desde una perspectiva diferente.
Si bien es cierto que los arquetipos y discursos han cambiado durante los últimos años, también lo es que siguen manteniendo una simbología parecida, véanse como ejemplo todos esos búhos, gatos y cuervos que acompañan a magos y brujas, animales dignos de atención.



Centrándonos en búhos y lechuzas, la asociación se debe a la relación histórica que estas aves mantienen con la oscuridad, la noche y el inframundo. Desde muy antiguo, las rapaces nocturnas se consideraban un mal augurio. Escucharlas ulular era presagio de mala suerte o incluso la muerte. Su actividad nocturna y su capacidad de cazar en la oscuridad, las vinculó con las artes ocultas, lo que ha llevado a la Iglesia católica a relacionarlas con el infierno. Si a todo esto unimos que en muchas zonas de Europa existe la creencia de que las brujas se transforman en estos animales para sobrevolar pueblos y bosques con la intención de atacar a los niños, el mito está servido.
Es curioso que todo esto contraste con otras visiones más positivas, sobre todo las de la antigua Grecia, ya que el emblema de Atenea, diosa de la sabiduría, era precisamente un búho. Representaba la intuición y la claridad mental. Animaba a confiar en los instintos y hallar conocimiento en los momentos difíciles. En Japón, se asocian con la buena suerte y el éxito, de hecho y el pueblo maya asociaba al búho con la fertilidad.
Sin lugar a dudas, toda esta dicotomía en lo que a simbolismo se refiere, ayuda a engrandecer la leyenda que rodea a unas aves de mirada profunda (quizá la disposición frontal de sus ojos tan parecida a la de los humanos, nos confiera cierta simpatía hacia ellos) que siguen apareciendo en relatos infantiles como Harry Potter o el que traemos hoy a la palestra.


La bruja lechuza es el tercer álbum en clave de cuento que Myriam Dahman, Nicolas Digard y Júlia Sardà publican en España gracias a Pípala, un sello editorial que tantas cosas buenas nos ha traído a las estanterías.
Este relato se adentra en la historia de una mujer conocida como la Bruja Lechuza y que es capaz de ver la verdad cuando mira a los ojos de la gente. Vive encaramada en lo alto de un acantilado y con el paso de los años se ha quedado sola por los miedos infundados de los visitantes. Una noche de invierno, la joven Nora llega con una extraña invitación de Baltasar Tintanegra, temido señor de las profundidades del mar. Al hurgar en su mirada, la Bruja Lechuza descubre que Nora permanece presa en el fondo del mar porque le entregó su corazón a cambio de salvarla. Durante esa noche, ambas entablarán una profunda amistad y, tras su marcha, la Bruja Lechuza se plantea aceptar la invitación del malvado Baltasar con tal de salvar a Nora ¿Logrará hacerlo?


Antes de nada, una advertencia. Si esta historia les recuerda a Piratas del Caribe, la famosa trilogía cinematográfica (el cofre, ese barco hundido o la caracterización marina de los personajes), se debe a que ambas están inspiradas en la antigua leyenda marinera de Davy Jones o Duffy Jones (Disney también adaptó este personaje mítico).


En este relato moderno, además de encontrar mucha magia, cosa que siempre se agradece en las historias con sabor a otro tiempo, nos topamos con dos vertientes discursivas. Una hace referencia a la astucia y la inteligencia de la heroína, para enfrentarse al engaño del antagonista. La otra se basa en el ejercicio de sororidad entre dos mujeres que buscan la libertad, una física y la otra emocional. 


Como ya hizo en Leina y el señor del bosque y El secreto del lobo, Júlia Sardà desarrolla un ejercicio de virtuosismo a base de tintas medias y unas composiciones muy geométricas. Basadas en motivos nórdicos, naturalezas muertas, detalles y filigranas que rememoran el estilo de los grandes ilustradores del art decó, la artista llena de colorido y movimiento este relato. Unas ilustraciones donde recoge la dualidad tierra-mar (¿Se han fijado en las simetrías que establece?) y nos deja entrever la divergencia entre dos mundos el acuático y el terrestre, incompatibles pero complementarios. Personajes imposibles, pequeños detalles a modo de prólogo y epílogo y numerosos cambios de plano. La artista catalana nos guía por ese imaginario tan suculento y antiguo en el que los monstruos nos recreamos. Una delicia visual.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Trabas vitales


Aunque los docentes aplicamos raseros que obligan a los alumnos a actuar en la misma línea, también de he decirles que no tratamos a todos por igual, sobre todo en lo que se refiere a lo académico. Para ello, los vamos clasificando conforme asoman las dificultades y vamos apuntando sus fortalezas y, casi siempre, debilidades.
De entre todas ellas, la que más se me hace cuesta arriba es la inseguridad. Mientras hay estudiantes que pecan de una confianza superlativa y creen andar sobre las aguas, otros exhiben una falta de aplomo absoluta. Y lo peor de todo es que trabajan como el que más, dedican muchas horas al estudio, pero siempre la cagan. Su capacidad de decisión es tan ínfima que terminan perdiendo un montón de puntos por el camino o, lo que es peor, suspendiendo todos los exámenes.


Hay profesores que lo achacan al nerviosismo, otros a la falta de atención, pero lo cierto es que este tipo de alumnos terminan agotados al no ver traducido su esfuerzo en unos resultados más satisfactorios. Aunque no lo crean, es bastante descorazonador observar cómo el ánimo de este tipo de alumnos queda diezmado por una causa ajena a sí mismos.
Ojala tuviéramos una varita mágica con la que cambiar la naturaleza de ciertas personas, pero lo cierto es que, en la mayoría de los casos, estos problemas pasan por la aceptación de la realidad y la mejora de sus habilidades en la medida de lo posible.


Como ejemplo, hoy les traigo la historia de Pececito, el personaje que protagoniza el álbum de Mamiko Shiotani que acaba de publicar la editorial madrileña Pastel de luna. 
Pececito es un animal acuático y no puede vivir en el medio aéreo. Por ese motivo, todas las mañanas se pone un traje especial que le permita acudir a la escuela. A Pececito le encanta la escuela. Le gusta aprender, jugar con sus amigos durante el recreo e incluso la hora de la comida. Lo único que odia Pececito son las clases de gimnasia. Hoy tocan las carreras de relevos y, por desgracia, Pececito se cae y se hace daño, un percance que le obliga irse a casa y empezar a odiar la escuela. ¿Logrará reponerse y regresar? ¿Encontrará una forma de mejorar su destreza?


Con un estilo característico donde los lápices de grafito y color son los protagonistas, la autora nos deleita con un universo a la japonesa donde los avances tecnológicos conviven en una sociedad formada por montones de especies animales. Aunque el librito (me encanta el tamaños y las proporciones), tiene cierta moralina, hay detalles, sobre todo textuales, que me resultan encantadores (¡Esas lágrimas perdidas en el agua me han robado el corazón!).



Esperando que esta editorial publique pronto otros de sus libros como El fantasma del desván e Historia de un huevo, solo me queda decirles que espero que aprendan a perderse en sus ilustraciones para disfrutar, no solo de las composiciones y ópticas tan estudiadas de la autora, sino del sinfín de detalles que recoge (el sombrerito sobre la pecera portátil, el hueco circular en el escritorio y las miradas fijas de los personajes son mis favoritos).

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Un clásico necesario


Blackie Books lanza este otoño El gigante de hierro de Ted Hughes, concretamente la versión ilustrada por Chris Mould. El famoso relato del poeta inglés publicado por primera vez en 1968 y que ya había sido editado en nuestro país por las principales casas del sector como Alfaguara, Anaya o Edelvives, vuelve a estar disponible en las librerías.


Concebida en principio como una obra personal con la finalidad de consolar y animar a sus hijos tras el suicidio de su esposa, Sylvia Plath, El gigante de hierro cuenta la historia de un gigantesco engendro metálico que aparece de repente en la Tierra. Tras caer por un precipicio, termina hecho añicos y se recompone por arte de magia. Por el día vive en el mar y por la noche se acerca a un pueblo y devora maquinaria agrícola. Tras ser descubierto por un niño llamado Hogarth, los habitantes intentan destruirlo sin éxito. Un año más tarde, Hogarth cree que es inofensivo y conmina a sus paisanos a ayudar al gigante dejándole comer chatarra. Agradecido por su apoyo, el gigante de hierro demuestra su bondad y capacidad de sacrificio, enfrentándose en un duelo a una especie de dragón que quiere arrasar toda la vida del planeta.


Descrito por algunos como un cuento de hadas moderno, este libro recoge ciertos elementos ficcionales muy interesantes que lo sitúa a caballo entre la fábula moral y la novela de ciencia ficción. En primer lugar, el gigante de hierro se ajusta a la idea del mito contemporáneo debido a su misteriosa llegada desde el espacio. Nadie sabe de dónde viene ni quién lo creo. Parece una figura divina. Del mismo modo, es capaz de ensamblarse una y otra vez, una especie de resurrección con fuertes implicaciones religiosas.


En segundo lugar y como indican algunos estudiosos, también entra en la categoría del forastero incomprendido, ya que este gigante necesita ingerir objetos metálicos para seguir con vida. Esa es la razón por la que devora la maquinaria agrícola de los habitantes. En realidad no quiere atentar contra el bienestar de estos, sino que tiende a la supervivencia como cualquier otro hijo de vecino.


El tercer elemento narrativo que más me gusta es esa dualidad entre poder e inocencia, una cualidad que exhiben otros personajes de la literatura, como el monstruo de Frankestein o religiosos, como el gólem judío. Son poderosos por su gran tamaño y fuerza, pero sin embargo se rigen por un pensamiento sencillo, instintivo, casi infantil. Esta es la razón por la que establece una conexión con Hogarth, un niño que entiende a otro niño. Libre de los prejuicios que guían la actitud de sus paisanos adultos, Hogarth llega a comprender su naturaleza y le tiende la mano.


Con cierto deje ecologista y un profundo sentimiento antibelicista (N.B.: Teniendo en cuenta que el conflicto con el extraño dragón venido desde Orión se resuelve mediante un reto, no podía serlo más), esta historia narrada en cinco noches (así lo reza el subtítulo del original) tiene muchos ingredientes, tanto estéticos, como argumentales, que la hacen muy valiosa en el campo de la Literatura Infantil y Juvenil del siglo XX. Tanto es así que ha sido adaptada al cine (Hela aquí, en esta selección de libros infantiles y películas de animación).


Sobre las ilustraciones de Chris Mould para esta edición, hay que apuntar al contraste entre tonos azulados y toda una gama de ocres que simulan esa “golden hour” que tan de moda se ha puesto en las redes sociales. Como a muchas otras novelas de ciencia ficción, un cromatismo crepuscular compuesto de luces tenues y sombras profusas, le viene al pelo.
Por otro lado, Mould compone las escenas en viñetas que, o bien secuencian la acción, o bien fragmentan la escena en una mosaico narrativo, un recurso muy interesante a la hora de convertir relatos de cierta envergadura en álbumes ilustrados. Del mismo modo, cabe mencionar una tipografía rotulada que juega con el tono discursivo y crea un ritmo de lectura muy interesante. 
En definitiva, todo un acierto.

lunes, 3 de noviembre de 2025

Una infancia agreste


Hace un porrón de años me desempeñé como monitor de educación ambiental con niños en edad escolar. Tenía chiquillos de 3 a 12 años, un intervalo de edad más que considerable para sumergirme en un mundo fascinante durante unos cuantos meses. Aunque fue bastante agotador (empecé a comprender el cansancio físico que sufren los colegas que se dedican a las etapas de infantil y primaria), entendí muchos de los mecanismos que regían el aprendizaje y el comportamiento humano.
Me encantaba ver cómo las actividades más sencillas se desbordaban en un millón de posibilidades, nuestra capacidad para estirarlas y que siempre pareciesen insuficientes. Ejercicios que a un adulto le podían parece sumamente sencillos, se transformaban en contextos maravillosos en los que disfrutar de lo cotidiano. Movilidad, repetitividad, imitación, exploración o experimentación. Si reunían esas características, casi todos los juegos que proponíamos tenían un éxito rotundo. Pero, si además los acompañábamos de un entorno natural, teníamos que tirar fuegos artificiales cuando terminábamos.


¿Qué sería de los críos sin el patio del colegio, un parque cercano o ese trocito de monte donde pasan el fin de semana? Soy partidario de los niños que trepan a lo alto de los árboles, que se descuelgan de sus ramas, los que juegan con el barro y dejan trepar a las hormigas por sus brazos. Me gustan las criaturas que se quedan embobadas con el paso lento del caracol y coleccionan las hojas caídas del otoño. Fanáticos de los palos y las piedras, de las ranas y las luciérnagas.
La naturaleza es un espacio tan desconocido como cercano. Ese escenario en el que podemos observar, tocar o escuchar a nuestras anchas, en el que el peligro nos acecha irremediablemente y en el que también descansamos plácidamente. Si bien es cierto que lo podemos sufrir y disfrutar en solitario, siempre es más agradable compartirlo con los demás. Intercambiamos impresiones, reímos, guerreamos y nos protegemos. Por eso, echando mano del fotolibro que acaba de publicar A buen paso (a todas las editoriales del gremio les ha dado por tener uno en su catálogo...), ¡vámonos a merendar al campo!


Con el título de El paseo, este álbum con texto de María José Ferrada, fotografías de Vega Mayor y Hugo Ferrer e intervención artística de Motoko Toda, nos cuenta las correrías en el campo de ¿tres? amigos. Perro, Chanchita y Conejo son los protagonistas de esta aventura visual gracias a otro grupo de amigos, los seis chiquillos que los llevan a cuestas cuando se divierten trepando por los cerros o perdiéndose entre los brezos. Así, los tres muñecos de corcho llevan consigo tres mochilas donde guardan sus libretas de campo y unas viandas que compartir. Tres panes, tres guindas, veintiuna gotas de lluvia y una zanahoria. Y los sueños del camino que no se olviden.


Tomando como excusa los juguetes artesanales y los omnipresentes juegos infantiles, este elenco de creadores se deja llevar por la experimentación para dar vida a una aventura cotidiana en la que la infancia es la verdadera protagonista. Personas reales y personajes de ficción constituyen una combinación discursiva muy sugerente que nos sitúa en diferentes posiciones narrativas y nos ayuda a explorar el universo infantil gracias a los alter ego.
A modo de pequeños títeres, los niños teatralizan en un ecosistema personal e intransferible al tiempo que dejan fluir su creatividad e imaginación. Un reflejo de ese lenguaje que todos, pequeños y mayores, reconocemos como parte de un legado de esa patria común.


Y mientras todo esto sucede, me deleito con las palabras de la Ferrada... Frases como […] el silencio es una forma de hablar que solo conocen los amigos, se abrazan con la luz que irradian las imágenes y me invitan a encontrarme con mis recuerdos en el sitio de siempre: ahí, bajo las flores amarillas.

martes, 30 de septiembre de 2025

Falta de perspectiva


Perspectiva: sus. fem. Del lat. tardío perspectīvus, y este der. del lat. perspicĕre 'mirar a través de', 'observar atentamente'. Punto de vista desde el cual se considera o se analiza un asunto. Visión, considerada en principio más ajustada a la realidad, que viene favorecida por la observación ya distante, espacial o temporalmente, de cualquier hecho o fenómeno. Óptica, prisma, ángulo, visión, enfoque.


Me encanta esa palabra. En realidad, todo depende de ella, sobre todo porque el ser humano es especialista en utilizar lentes con diferentes dioptrías para sopesar lo que le rodea, para poner nombres y quitarlos, para hacer y deshacer. Sin perspectiva, no hacemos nada. O quizá sí, por ejemplo, fluir y vivir.
¿Quién decide si alguien es gordo o delgado? ¿Alto o bajo? ¿Valiente o cobarde? Nada es inmutable, pues hablar en términos absolutos nos puede acarrear más de un equívoco. Esa es la razón para abogar por lo plural, a considerar todas las opciones como válidas. ¿Qué es una virtud? ¿Qué es un defecto? ¿Acaso no son transmutables? Todo depende de la situación, del contexto. Y si no me creen, presten atención al libro de hoy, la nueva edición del Amiga gallina de Juan Arjona (A buen paso). El libro que en su día fue ilustrado por Carla Besora, adquiere una nueva dimensión gracias al trabajo de Ramón París.


Para todos aquellos que no conozcan esta historia les cuento un poco… El perro, el cerdo y la gallina son buenos amigos. Hartos del corral y con ganas de pulular por el mundo, deciden salir de allí y aventurarse por otros lugares. Durante sus andanzas, cada uno desempeñará su papel: el perro se encargará de guiar sus pasos, el cerdo se embelesará con las vistas y la gallina… La gallina irá acojonada en la retaguardia y a cada susto que se lleve, pondrá un huevo. Es la única forma de relajarse y continuar con sus amigos.
Pero cuando la noche se cierne sobre ellos, la oscuridad apaga la mirada del cerdo y mina la seguridad del perro para convertir todo en pánico y terror. ¿Podrá hacer algo la gallina para cambiar el rumbo que toman las cosas?


Con una estructura narrativa que recuerda a los cuentos de fórmula y las retahílas, esta historia de tintes humorísticos recuerda a esas fábulas con mensaje implícito pero nada evidente, lo que permite al lector disfrutar de ella al tiempo que le plantea nuevas situaciones en las que posicionarse. Todo ello sin olvidarnos de esa amistad incondicional que, a pesar de diferencias, virtudes o defectos, mantiene unidos a los protagonistas desde el principio hasta el final


Gracias los juegos tipográficos, las repeticiones y una excelente caracterización de los personajes (la cara de la gallina lo dice todo), tenemos una nueva versión de un relato que ya quedó finalista para "Los mejores" del Banco del Libro allá por 2013 y que seguro nos arranca más sonrisas.