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lunes, 12 de enero de 2026

Viaje a la (im)perfección

 

Además de imposible, querer ser perfecto es un lastre. No solo por la desazón que supone competir consigo mismo, sino por lo innecesario de vivir volcado en la eterna comparativa (incluso envidia). Porque, piénsenlo bien: ¿qué significa ser perfecto? La perfección de la que hablan muchos no deja de ser una convención que se llena de subjetividades, sobre todo cuando implica tomar referencias.



Quizá para muchos, Pedro Sánchez sea un modelo a seguir. En Estados Unidos, Donald Trump es todo un ejemplo para sus votantes. Lo mismo sucedía con Margaret Tatcher, una mujer de bandera. Incluso gran parte de la sociedad alemana quería ser como Adolf Hitler. Imaginen… Lo dicho: es un tema muy controvertido.
Y no solo ocurre en el ámbito de la política. Rafa Nadal, Greta Thunberg, Lionel Messi, Malala Yousazfai… ¿A ustedes les gustaría ser como ellos? A mí, en absoluto, sobre todo porque su imagen está completamente sesgada. Que los medios de comunicación y las redes sociales dirijan nuestra mirada hacia ellos ¿es suficiente para ser perfecto?


Creo que cabe una distinción entre completo, excelente y perfecto, pues las palabras, aunque pueden funcionar como sinónimos, albergan diferencias sutiles que se refieren a lo paradójico. Y es que, como apuntaba Leibniz, la mejor de las posibilidades no quiere decir que sea la perfecta. Puede que estas personas hayan alcanzado la excelencia en lo que a sus propósitos se refiere, pero caben otras muchas maneras de alcanzarlo.
Por lo que a mí respecta, me bajo de los cánones y prefiero un poco de jugo. Que las dobleces humanas también insuflan un pelín de dinamismo a ese mundo insustancial al que nos aboca la sociedad del postureo. Abogo por lo imperfecto, por eso que ni homogeniza ni encorseta. Un propósito que libera.


Que se lo digan a la protagonista de Esto a Rita no le pasa, un álbum de Simona Ciraolo publicado por Andana, que indaga la frustración infantil. La protagonista de este libro (No sabemos cómo se llama… ¿Por qué será? ¿Querrá la autora que cada lector le ponga el suyo?) hace un dibujo. Cuando salen de clase, el padre de Rita, su mejor amiga le dice que es precioso, sin embargo, cuando ella llega a casa, mientras le enseña el suyo a su madre, se percata de que tiene una mancha. “Esto a Rita no le pasa” piensa la pequeña. Ese borrón minúsculo comienza a convertirse en una obsesión. Tanto es así que la mancha cobra vida propia y le demuestra que lo que a priori parece un defecto imperdonable es capaz de mutar en una fuente de inspiración y una forma de libertad creativa.


En esta ocasión, además de estudiar la expresividad de los personajes y utilizar elementos propios del cómic (secuenciación de las acciones o bocadillos para los diálogos), Ciraolo juega con el lenguaje compositivo y enriquece el marco de lectura con unas guardas peritextuales, el uso de diferentes planos, textos que se fragmentan, composiciones basadas en diagonales, tercios y mitades, pero sobre todo, en el contraste de esa mancha de tinta sobre ocres, tostados y pasteles. Si a todo ello añadimos esa historia cotidiana que se puede extrapolar a cualquiera, este libro bien merece una lectura. 


Y es que los niveles de autoexigencia de algunos chiquillos pueden llegar a ser tan insoportables como descorazonadores. Una crítica desafortunada, una equivocación o una mirada diferente nos pueden hacer caer en un abismo muy doloroso del que algunos no ven la salida. Por eso la perspectiva es muy importante, incluso transformadora. Quizá ahí reside el aprendizaje. Lo fortuito, la frescura o los inconvenientes también forman parte del proceso, convirtiendo lo rutinario en auténtico.



jueves, 7 de enero de 2021

Circos invernales


Por fin hemos dado el cerrojazo a unas no-fiestas que nos amargaban la existencia a más de uno. No solo porque disfrutarlas ha sido misión imposible, sino porque han estado sembradas de todo tipo de vergüenzas políticas. 
Todavía no me explico cómo la peña sigue prestando atención a la televisión y sus mentiras, a todo tipo de medios de comunicación que se dedican casi exclusivamente a alienar a una población que, una de dos: o pasa más tiempo preocupada por el mañana, o vive apoltronada en el sofá esperando que se les escape el ahora. 


Yo no sé si ustedes piensan lo mismo pero cada vez vivo más desinformado. O mejor dicho, más informado, pues empiezo a pensar que telediarios, programas de debate, magacines y demás basuras pedagógicas, tienden a una especie ficción creíble que poco tiene que ver con el mundo real. 
Nos hablan de vacunas como si fueran la panacea, el remedio a nuestros males (en próximas entregas de este cuaderno de bitácora, les hablaré de ellas, que ya ando bastante harto de tanto ignorante enterado). Que si la cepa británica o la sudafricana, ¿cuál es más virulenta? (Ya nadie se muere de cáncer, a nadie le duelen las lumbares y las ETS se han erradicado del mapa). El ministro de filosofía se presenta a las elecciones en su pueblo (una estrategia llena de maquillaje para otro tripartito, ¡como si lo viera!). Y si todo esto les parece poco, ayer, Trump y su ego alentaron a un patético golpe de estado (¿Qué sacaran unos y otros con tanto circo y división? Resuman en una palabra que yo no puedo con tanta vergüenza ajena). 


Yo lo que estoy es temblando, y no de miedo, sino de frío, pues este invierno, además de entretenimiento mediático, nos va a caer un buen nevazo (o eso dicen los que saben de meteorología, que esto de prevenir tiene mucho de suerte). Yo el caso es que me he aprovisionado de unas cuantas novelas y algún ensayo (en papel, que los autoproclamados “defensores de la cultura” se han cargado la e-Biblio), bien de caldo, vino de jerez y frutos secos (que son muy buenos para el cuerpo) y he sacado todas las mantas del altillo. 


Parecía que no iba a llegar, pero el viento polar que se ha abierto camino, así que toca disfrutar. ¿De qué? De montones de cosas que, como bien apunta el protagonista de Si llega el invierno, decidle que no estoy aquí, van desde el chocolate caliente, hasta las carreras en trineo. Al final su hermana tenía razón y todo lo que anunciaba el invierno ha sucedido. Las hojas amarillean, los árboles se desnudan, aparece la lluvia y se acortan los días. Un viaje de descubrimiento infantil que nos presenta Simona Ciraolo con mucha simpatía en un álbum colorista y evocador editado por Andana. 


Muy recomendado para todos aquellos que deslumbrados por el sol y el triquini, aborrecen esta época del año tan introspectiva y supuestamente aburrida, y a quienes me gustaría decirles que ha venido el invierno y yo me quedo aquí, porque quizá la nieve nos salve de un mal mayor mientras nos resguardamos en casita. Eso sí: nada de tele, que seca el cerebro.


lunes, 23 de enero de 2017

¡Feliz cumpleaños, abuela!


Mi abuela es mediana, lampiña, suave; tan tranquila por fuera, que se diría toda de candor...
Mi abuela es tremenda y el otro día cumplió noventa, ¡que ya son! Tiene un lustre que para qué y como siga sin moverse, va a salir rodando. Que los años son un lastre no es ninguna novedad, pero lo de mi abuela es sobrenatural: ni colesterol, ni hipertensión, ni azúcar. Una miaja de fatiga, y poquito más (Tánto, que hasta sus amigas le desean el mal: “Paca, ya era hora de que te pasara algo..., ya era hora...”). Cada vez tengo más clara su ascendencia nipona, a pesar de que ostenta un apellido español en vías de extinción. Se calienta la cabeza poco (Las preocupaciones no son buenas, así que, últimamente, empiezo a pensar que dejar los problemas a un lado es la única manera de rozar la centena), a pesar de que, como a cualquiera, le han punzado las penas.


A esta mujer le extrañan pocas cosas. Ha visto (y vivido) mucha miseria (no hace falta que les recuerde lo que era España hasta los años 80..., ¿o sí?), y para mi gusto, poco se ha quejado. Como buena bracera, ha trabajado como una negra: cinco hijos y recogiendo acelgas, espinacas o ajos, lavando la ropa entre el hielo, limpiando cuadras o cocinando. Lo peor de todo es que, aunque hoy vive a cuerpo de reina, es consciente de que la social-democracia la ha convertido en una inútil (según ella ya no sabe ni cocinar, ni fregar, ni planchar... ¡Menuda estrategia!).


Mi abuela, la única que me queda, es un rato moderna. Se casó con algún hijo parido (que en aquellos años, era tela), y pantalones, de las primeras. Lo entiende todo aunque se haga la tonta (será de los pocos beneficios que acarrea la sordera) y, cuando encuentra algo raro, reza su coletilla favorita: “Se ve que es lo que se lleva”. Es una abuela de asfalto (la primera vez que pisó un pueblo fue cuando contaba ochenta...), muy espabilada y despierta.


A pesar de que en su temprana vejez mi madre se empeño en matricularla en el aula de alfabetización de adultos (y así, entretenida, ni traía ni llevaba), no hubo manera de que terminara “juntando las letras” y se ha quedado como en sus años de escuela. Una pena... Más todavía teniendo en cuenta que el pasado jueves le podía haber regalado Las arrugas de la abuela, lo último de Simona Ciraolo y publicado en castellano por la editorial Andana. Y así podíamos haber trasladado esta hermosa conversación de una abuela con su nieta, a esas anécdotas e historietas que, cuando éramos pequeños, nos contaba entre siesta y siesta... ¡Pasar no pasa nada! ¡Sólo que tendremos que leérselo nosotros a ella!


jueves, 19 de mayo de 2016

Abrazos sin prejuicios (incluidos los editoriales)


Bien por lo evidente, bien por el contenido, solemos juzgar con cierta ligereza todo lo que nos rodea. Unas veces se perfila como anecdótico (es lo que hay que hacer: no dejarse engañar por las apariencias) y otras trasciende al tiempo (una pena teniendo en cuenta que siempre nos perdemos algo), pero los prejuicios siempre están presentes. Y no crean que sólo llenan los rincones más mundanos de la vida, sino que incluso están presentes en los resquicios culturales... No obstante, cada día que pasa constato más que los juicios poco fundamentados no valen nada, y que las parcelas humanas, o bien acaban engullidas por alguna ¿mala? y fértil yerba que se sale del tiesto, o siguen girando en torno a quien levante más la voz (¿A eso lo llaman pluralidad? Que me meo...).
Como muestra, ejemplifico con las opiniones que se vierten sobre un servidor... Charlatán, malhablado, cínico, básico, provocador, y hasta comercial, son apelativos con los que amigos y enemigos se despachan de lo lindo. Menos mal que, como no soy río, me vuelvo cuando quiero, respondo (¡pobres cuerdas vocales!), les doy unas palmaditas en la espalda, unos besicos y, aquí sigo, sin poner la otra mejilla, dando guerra y capotazos...


Extrapolándolo al mundo de los libros ilustrados me gustaría llamar la atención sobre un punto.... Últimamente, parece ser que sólo las editoriales denominadas “independientes” son las únicas capaces de publicar libros de cierta calidad (se ve que lo de ir a su aire les proporciona más objetividad y ojo clínico, además de cierta heroicidad y estoicismo), pero el caso es que, a pesar de ser denostados en los circuitos y sectores especializados y críticos, los grandes grupos editoriales siguen editando buenos libros, aunque sea a tenor de los primeros. 
No hay que negar que muchos gigantes editoriales están cegados por los productos comerciales y de gran rentabilidad (¡Que levante la mano quien no!), pero tampoco creo que sea una cuestión inherente a ellos, sino a cualquier empresa que quiera seguir creciendo y dando de comer a sus empleados. Es más: Goliat sigue mirando hacia David para proveerse de buenos productos, de libros geniales, algo muy necesario en un mundo de sinergias que algunos rechazan, e incluso abominan por su estrechez de miras (¡Qué malo es eso...!).



Así que no se pongan a la defensiva. Ni todo es tan oscuro, ni todo tan claro, y la industria editorial necesita de todos para dar voz a buenos productos que, de otra forma pasarían desapercibidos. Yo lo llamo “grandes oportunidades dentro de pequeñas editoriales con un éxito comercial visible”...
Como muestra, les traigo un botón: Abrázame, de Simona Ciraolo y editado en castellano por el SM, es un álbum ilustrado que seguramente muchos tacharán de ñoño, estéticamente pobre y simplista, sólo por haber sido editado por uno de nuestros gigantes editoriales. Pero lo que no saben es que fue Flying Eye Books, un sello infantil inglés (Nobrow) tildado de independiente debido a su gran apuesta por el álbum gráfico y el circuito de librerías especializadas, quién adquirió los derechos mundiales de este álbum debut hace unos años. Con ello quiero decir que me apuesto el cuello y no lo pierdo, a que más de un detractor que lo ha conocido en alguna gran superficie de nuestro país, se hubiera corrido del gusto mientras lo leía en el pequeño establecimiento que la casa editorial tiene en el hipster y londinense Shoreditch. 
Despelótense, les dejo... mientras tanto, no se preocupen, que como aquí el único independiente y poco prejuicioso (tengo los míos, pero me río/olvido con/de ellos fácilmente) soy yo, les traigo este exquisito y tierno libro que, con mucho humor (ácido en ocasiones) y unas ilustraciones fabulosas realizadas por una gran profesional que ha estudiado bajo la tutela de Marta Altés y Martin Salisbury, nos enseña que todos los abrazos, son necesarios. Y al que le pinche (guiño al libro), que se rasque.