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lunes, 25 de mayo de 2026

Juegos, palabras y vueltas de tuerca


Hace muchos años me inscribí en un pequeño curso coordinado por Guadalupe Vadillo de la Universidad Autónoma de México e impartido a través de Coursera, la conocida plataforma de formación que hace una década pegó el petardazo. Se titulaba Ser más creativos y se dividía en una serie de módulos que perseguían potenciar la creatividad a través de procedimientos, rutinas y protocolos sencillos (si les interesa, creo que todavía está disponible).
Si bien es cierto que al principio me resultó demasiado teórico, cuando llegamos a las actividades que nos proponían, me entusiasmaron. No solo porque podía aplicar estas hojas de ruta para generar nuevas ideas en mi vida laboral, sino porque podían servirme como herramientas a la hora de improvisar y buscar soluciones más o menos inmediatas.


De entre todos los ejercicios que propusieron me encantó uno que tenía que ver con el azar narrativo. Consistía en establecer tres grupos de elementos. Imaginen: electrodomésticos, animales y ciudades. Realizábamos tres listados y dejábamos que el azar los conectara. Había muchas variaciones. Se podían utilizar sustantivos, adjetivos y verbos. E incluso modificar la dirección de lectura. El resultado era muy loco.
Siempre me acuerdo de esta pequeña formación cuando me encuentro con ciertos álbumes en los que se mezclan conceptos que no tienen ninguna relación y, como por arte de magia, rezuman nuevas formas narrativas, propiedades emergentes que nos ayudan a seguir esperanzados ante un panorama literario bastante estático en el que las temáticas buenistas y la sensiblería extrema lo copan todo.


Es lo que me sucede con los libros de Antonio Ladrillo, Enric Lax o Marta Comín, una autora que acaba de publicar Piedra, papel o cocodrilo (A buen paso). En este nuevo título, la santanderina afincada en Valencia, además de darle una vuelta de tuerca al tradicional juego de “piedra, papel o tijera”, nos invita a participar de las triangulaciones que surgen entre protagonistas bastante aleatorios


Con un extenso catálogo de interacciones inesperadas, las posibilidades se desbordan en un curioso baile donde el surrealismo hace aparición y de paso nos arranca más de una sonrisa. Absurdas o no, las relaciones sin sentido entre una rata, un niño y un peluquero o entre un mago, un mosquito y un dinosaurio, se convierten en la moneda de cambio humorística entre el lector y el libro.


Es decir, Comín propone y dispone. Por un lado, ofrece la posibilidad de adivinar qué ocurrirá en estos pequeños sketch a cuenta del disparate o, en su defecto, inventarnos nuestra propia película. Por otro lado, al pasar la página, nos sumerge en su ficción para que riamos con sus ocurrencias o contrastemos las nuestras. ¡Eso sí! Dar y recibir; toma y daca. Algo que quiere decir que nadie gana y todos pierden, una curiosa forma de percibir los conflictos desde esa atalaya tan especial que son los libros.

lunes, 18 de mayo de 2026

Lágrimas reptilianas


¿Por qué lloramos? Se puede llorar de tristeza, rabia o risa. Sin embargo, en otras ocasiones, esa pregunta nos ronda la cabeza porque no entendemos o es difícil identificar el motivo que nos lleva a ello.
Antes de nada, el llanto es una respuesta fisiológica y psicológica ante cambios vitales que unas veces son muy evidentes y otras, no tanto. Por lo general, suele ser una válvula de escape del cuerpo. Liberar el estrés acumulado durante una temporada vertiginosa, procesar emociones complejas como la muerte de un ser querido o una ruptura sentimental, una reacción a cambios hormonales como la menopausia o simplemente por agotamiento.
Eso sí, hay que tener muy claro que eso de llorar a todas horas no es muy normal. De hecho, el llanto supone una llamada de atención ya que implica una exteriorización de una condición y como tal, supone un signo de alerta ante los demás. Más todavía si viene acompañado de insomnio, apatía o nerviosismo.


Otra cosa muy diferente es lo que hacen ciertas personas para manipular a otros, lo que se llama vulgarmente, lágrimas de cocodrilo. Esta expresión tan utilizada en el mundo occidental, tiene su origen en relatos de la antigüedad que calaron muy hondo a partir de la Edad Media en las que se apuntaba a que los cocodrilos lloraban para inspirar pena en sus presas y luego aniquilarlos.
Aunque Shakespeare o Henry Purcell la utilizaron en sus obras para imprimir dramatismo a sus personajes, la realidad es que los cocodrilos producen lágrimas cuando están mucho tiempo fuera del agua para mantener sus córneas húmedas. Incluso se piensa que su mecanismo de secreción se relaciona con la apertura de las fauces. De ahí esta relación un tanto sesgada.


Si prefieren otra explicación más inverosímil, siempre pueden acudir a la que André François dio en su primer libro como autor del texto y las ilustraciones (1956) y que esta primavera reedita la editorial Kalandraka para los lectores en lengua castellana.
En Lágrimas de cocodrilo nos encontramos con un niño muy llorón al que su padre le recrimina esa compasión tan superficial. Como este no sabe a qué se refiere, el progenitor le explica pacientemente. Así es como empieza una historia de lo más rocambolesca y surrealista donde la instrucción y la fantasía se entremezclan. “Es fácil atrapar un cocodrilo; sólo necesitas una LARGA CAJA DE MADERA y te embarcas para Egipto” sentencia el padre. ¿Cómo terminará?


Aunque se trata de un álbum ilustrado aparentemente sencillo, en él podemos encontrar cuestiones muy reseñables, como el uso de la segunda persona (siempre hay cierto extrañamiento en este recurso textual… ¿Acaso el protagonista y el lector son la misma persona?), el uso de la metáfora gráfica, imágenes contradictorias (¿Dónde están los comensales de la mesa? ¿En el estómago del cocodrilo o salieron corriendo?) o esa mezcla entre didactismo paternal y hedonismo disfrutón que tan bien le sienta a la LIJ.


Si nos centramos en las características físicas del libro, hay que destacar esa caja dura y resistente que, a modo de carta y estableciendo una sinergia metaliteraria con la lectura, contiene al propio libro. De forma estrecha y alargada (10,5 x 3,5 x 0,5 cm), es ideal para contener un cocodrilo (recuerden la fisionomía de cualquier reptil). De hecho, ahí está, ya que el libro que se aloja dentro tiene un cocodrilo impreso en las tapas. No obstante, si el lector gusta de manipular el objeto que se presenta ante él, podrá ver cómo asoma su dentadura a través de una pequeña ventana abierta en la caja (¿Será el franqueo de este envío tan especial?), así como una etiqueta que se hace pasar por título: "1 cocodrilo".


Sobre el arte de François, ensalzar una vez más su maestría con el dibujo y la caracterización de unos personajes que destilan simpatía y desenfado. Como en otras obras, utiliza el trazo negro y una paleta de color limitada (naranja y verde) que le confieren ese toque vintage tan especial que ostentan libros de la misma época.
En definitiva, una joyica que hay que atesorar.

miércoles, 8 de abril de 2026

Libros quiméricos


Hace un porrón de años leí la Teoría de la literatura infantil de Juan Cervera y me adentré en el concepto mismo de “literatura infantil”. Según este autor tan venerado en la llamada didáctica de la lengua, además de hacer referencia a todas aquellas obras que se producen para la infancia, distinguía tres vertientes.
La primera aludía a la literatura escrita para la infancia, es decir, todas aquellas obras que se realizan expresamente para el público infantil, la categoría a la que pertenecen gran parte de las obras que hoy en día podemos encontrar en las secciones dedicadas a este tipo de lectores en librerías y bibliotecas y que constituyen ejemplos sustanciales del canon. Por ponerles un ejemplo, les diría Peter Pan y Wendy, una novela que nació gracias a los regalos dramatizados que los hermanos Llewelyn Davies recibieron de su padre adoptivo, James M. Barrie.
La segunda es lo que Juan Cervera llamó, la “literatura ganada o robada”, un término que ya definió Marc Soriano y que agrupaba a todos esos títulos que en un principio no fueron pensados para críos y adolescentes, pero que poco a poco, gracias a su temática, la ambientación, el género o cuestiones discursivas fueron adoptadas por los chiquillos como propias (esa apropiación (in)debida que hoy en día está de moda. Si quieren conocer algunos de estos libros lles invito a visitar este otro post.


En tercer lugar, Cervera definió la “literatura instrumentalizada”, un tipo de literatura infantil cuyo propósito queda subordinado a los intereses del adulto, es decir, obras de carácter didáctico y/o pedagógico que intentan inculcar mensajes que se apartan de lo literario y dirigen el discurso de manera unidireccional. Algo que pueden encontrar en todos aquellos libros de valores y emocionarios sobre los que tanto seguimos debatiendo los que nos dedicamos a este mundo tan complejo.
Algo más tarde, descubrí que en esta tipología podíamos incluir una cuarta categoría, la de los libros producidos por la infancia, un tipo de literatura que, desafortunadamente, no abunda en las estanterías.
Estaba yo pensando en todo esto, cuando de pronto me vino a la cabeza que los mejores libros infantiles que conozco reúnen características de estas cuatro categorías. La mayor parte de ellos se dirigen a los chiquillos, parecen haber sido escritos por un niño (quizá ese adulto que nunca creció), gustan tanto a adultos como a chiquillos (hay mucho de literatura “crossover” en ellos) y generalmente, familias, docentes o bibliotecarios, pueden encontrar algún mensaje con el que satisfacer sus intenciones dogmáticas, aunque los pequeños lectores vean otro completamente diferente. Piensen en Los tres bandidos, Pequeño azul y pequeño amarillo, Las estaciones o Donde viven los monstruos.


Y así llego a ¿Alguna vez has oído cantar a un caballo?, un álbum de Pauline Barzilaï publicado por Libros del Zorro Rojo que podría incorporarse a esta categoría quimérica. ¿Habéis oído alguna vez una casa correr? ¿Una rana cantar como un flautín? ¿O visto unos zapatos besarse? Quizá nunca los hayas visto porque estas cosas suceden cuando nadie observa. Quizá no las veamos porque son invisibles a los ojos de quien no cree que puedan suceder.


Menos mal que su protagonista nos guía en este catálogo de momentos fantásticos en los que la imaginación se hace patente desde las miradas infantiles. Lo imposible se hace posible gracias a onomatopeyas irreconocibles, formas grotescas que recuerdan a los pintores vanguardistas y un contraste de líneas y colores que se perciben desde un universo tan cotidiano como onírico.


Objetos y animales bailan en un concierto surrealista pero reconocible en el que resuenan ecos complejos. Dobles páginas en las que habitan niños y mayores que ven reflejos propios, carcajadas y alguna que otra caricia de este mundo incierto.

martes, 28 de octubre de 2025

Blexbolex vs. Rosalía


Berghain de Rosalía. No sé si le han echado un ojo. Yo sí y concluyo que es una intentona exagerada de esas quimeras pop que tanto ahondan en la provocación. Que si lo sagrado, que si lo mundano, que si la Virgen María y la anunciación del Señor. Ella, ella y siempre ella. Comprando, fregando, planchando. Mozart para empezar y Björk para terminar. Le ha faltado invitar a Wagner y David Guetta en ese horror vacui que se ha marcado. La catalana, sin jamón, que a fin de cuentas, es de lo más insulso.
Cuando Madonna coleaba, el mundo era un lugar mejor. Cuando Mónica Naranjo se dejó el agua oxigenada y le dio por la lírica, lo hizo dignamente. Hasta Lady Gaga supo embutirse en sus John Galiano y no terminar desnucada. Al menos hacían lo mejor que sabían, no como esta empresaria metida a cantante que se ha sacado el revoltijo que tenía en las tripas y lo ha servido en bandeja de plata a ofendiditos, tullidos emocionales y aspirantes a culturetas.


Haciendo gala de esa espiritualidad casposa que rellena occidente, los que hace unos años pedían la cabeza del Papa, ahora toman el té con esta beata oportunista y practicante de la impostura contemporánea para darse golpes de pecho como mártires de vanguardia. Al menos Britney Spears y Mariah Carey no se dedicaban a las vidas de santas. Lo tenían claro: creyentes, pero a rebosar de miseria. Nena, si te humillas y te blanqueas, corres el riesgo de terminar como Katy Perry en una fiesta de mormones.
A mí, personalmente, la excentricidad siempre me ha parecido de un empobrecimiento creativo sin parangón, porque cuando la honestidad se recubre de esa pátina recurrente por la que tanta pobreza asoma, mejor retírate. Que a la larga, vivir cegado por tus pedos de colores suena a pataleta. Resumiendo: prefiero el "one hit wonder" sonando en bucle, a toda una vida dedicada a la mentira, ¡so’ pretenciosa!


Y desde esta sala de despiece en la que disfruto escuchando a Frank Ocean, Rusowsky o la Paquera de Jerez, me aferro a mis convicciones artísticas gracias a El tiempo del capitán Brett, lo último de Blexbolex (Libros del Zorro Rojo). Y es que este señor sí que sabe dar en el clavo sin tanto aspaviento.
En esta ocasión nos cuenta la historia de Hyéronimus, un chiquillo que por diversas circunstancias tiene que pasar un verano alejado de sus padres en casa de su tío Timothéus. Advertido por este y Mathilda, su sirvienta, de los peligros que entraña la ciudad, Hyéronimus se lo pasa todo por el forro y decide explorar calles, puertos y canales del lugar y, cómo no, acaba perdido. En esto que, como por arte de magia, aparece un barco pirata con una tripulación la mar de inquietante y liderada por el capitán que da nombre al libro. Hecho prisionero y obligado a participar en sus maldades, empieza una serie de aventuras en las que un secreto familiar es la clave.

La verdad que el libro da para mucho, pues utiliza referencias clásicas de la LIJ. El niño en su soledad, un tío con una vida desconocida y excéntrica, las historias de piratas y fantasmas, animales humanizados, el número 3 (tres encuentros y tres personajes) y un final que da para cavilar mucho. Todo se engrana a la perfección en las 176 páginas que lo componen y permite al lector disfrutar de un relato diferente y muy enriquecido, no solo gracias al lenguaje utilizado, sino a un discurso caleidoscópico en el que caben muchas interpretaciones.
Bernard Granger, verdadero nombre del autor, ahonda una vez más en la simbología para crear una atmosfera sugerente donde realidad y ficción se dan la mano gracias a misterios sin resolver. ¿Quién se esconde tras la máscara de la misteriosa niña que acompaña al capitán Brett? ¿Qué empeño tiene el dichoso capitán en coincidir con él? ¿Por qué Timotheus termina enloqueciendo tras la marcha de su sobrino? o ¿Cómo diantres sale volando una iglesia a modo de cohete? Son tantas las preguntas que se atisban en una lectura mitad juego mitad fantasía, que cualquiera se lo puede pasar en grande.


Y ahora, buceando en el significado profundo que me suscita esta narración pienso en voz alta que el capitán Brett no deja de ser un alter ego de Long John Silver, una reencarnación de ese espíritu travieso que aboga por la maldad, que reside en cada uno de nosotros y nos incita a trasgredir las reglas, a dejarnos llevar por nuestros deseos y abandonarnos a nuestra suerte más subversiva. Un tormento infantil que subyace en cada adulto y que, por arte de magia, puede despertar en cualquier momento por mucho que lo queramos controlar.
Si a todo esto unimos una cuidada puesta en escena que hace las delicias de los amantes del álbum, la novela gráfica y el objeto-libro, la cosa pinta muy bien. Una camisa con forma de mapa (un tanto indescifrable, como la vida misma), montones de referencias artísticas (me encantan los guiños a los edificios de Le Corbusier), una cubierta que simula esa bandera que tanto ondea entre las páginas, un papel de tacto apergaminado y crujiente, la tipografía enlazada y unas ilustraciones donde se intuye una técnica más clásica (lo suyo ya saben que es la serigrafía) construyen esta tarta deliciosa que deben saborear lentamente.

martes, 5 de noviembre de 2024

¡Abajo el postureo solidario!


En estos días de llantos y barro, he tenido la suerte (o la desgracia, según se mire) de constatar hasta donde llega la impostura humana. Como la gente se ha ensañado con algunos líderes de uno y otro bando, no ha tenido tiempo para analizar el circo que muchos han construido en sus redes sociales a expensas de los estragos de la DANA y que yo me dispongo a comentar.
No seré yo quien critique a todas esas personas que, desde el anonimato, han cogido el petate y, escoba en mano, se han ido a echar un cable a los vecinos de las zonas afectadas. Un aplauso por ellos. Que quede claro. Pero a quienes sí estoy dispuesto a destripar es a todos los que han utilizado los trabajos de limpieza y desescombro para adquirir notoriedad.


Mira, cari, si lo único que te mueve en esta vida es que un montón de palmeros te jaleen porque has ido a sacar pecho en mitad de tanta miseria, te he de decir que, conmigo, te has equivocado. Y ahora lo maquillarás diciendo que han realizado la labor informativa que los medios especializados no han hecho, que nos has enseñado la cruda realidad para que seamos conscientes de lo mal que lo están pasando en Paiporta, Benetusser o Alfafar.
Para estirar el cuello y dar lecciones moralizantes, ya están los curas, mi ciela. No hace falta que veamos tus Hunter untadas de mugre, ni que te dediques a dar abrazos por la calle con la GoPro en la frente. La solidaridad, la caridad, son otra cosa. Primero de todo, parten de la humildad, y segundo, no son reclamos publicitarios con los que engrandecer una marca comercial o personal.
Perico el de los palotes: si lo que te mueve para echarle una mano a los vecinos de Valencia es aumentar tu número de seguidores y recibir muchos like, para mí estás a la altura del betún, como Rosalía, Miguel Angel Silvestre y Paz Padilla.


Prefiero que la gente haga de su capa un sayo y que no dé explicaciones de ningún tipo. Como las hormigas que protagonizan el último álbum de la editorial Barrett. Un reguero de hormigas que cargan mil veces su peso es el título del libro tan loco que nos regalan el tándem creado por Löik Urbaniak y Baptiste Filippi y que no me he podido resistir a reseñar para darle en los morros a todos esos instagramers que se han desplazado hasta la terreta a practicar el postureo.
Y es que las protagonistas de este libro no tienen tanto criterio a la hora de exhibir músculo. Te levantan una ristra de ajos o la mismísima Torre Eiffel. Empiezan con objetos dispares, la comida, siguen con la merienda y terminan porteando las siete maravillas del mundo antiguo o un gato enjaulado. ¿Pero adónde irán en fila india portando tan suculento botín? ¿Acaso querrán escapar a algún paraíso fiscal en vuelo charter? Síguelas y lo averiguarás.


Esta hilera de hormigas auguro levantará pasiones entre los lectores más pequeños (hasta ustedes, adultos amanerados y trasnochados, caerán rendidos a sus pies). De cantos redondeados y un formato muy llamativo, deslumbra a cualquier criatura que, sin mediar palabra escrita, se lanza a descubrir un universo muy ecléctico gobernado por estos diminutos himenópteros en una versión un tanto alienígena.


Desmelenado y chirriante, es un libro lleno de contrastes coloristas que, a modo de fuegos artificiales, nos guía por un sinfín de elementos que atrapan a cualquiera. Empezando por esa tipografía dorada e ilegible de la tapa (me encanta ese invento de los jeroglíficos) y terminando en dobles página donde caben todas las tintas posibles, es un álbum diferente que bien merece una lectura.


Porque, eso sí, en este experimento que recuerda al trabajo de genios como Pollock y otros expresionistas, hay muchas cuestiones en las que detenerse. Fíjense, por ejemplo, en la gran tipología de desfiles que recoge... El cortejo fúnebre de un abejorro (me apasionan esas representaciones en los libros para chiquillos), una cabalgata que podría ser la de San Patricio, Victoria’s Secret o el Brighton Pride, o la exhibición circense de acróbatas y domadores de fieras. Tampoco se les pueden pasar por alto las formas grotescas de unos personajes que bien podría haber pintado mi sobrina, ni los montones de detalles graciosos y surrealistas que arrancan más de una carcajada.
Lo dicho. Para lucir músculo, estas.

martes, 18 de junio de 2024

Excusas y más excusas


Cuando el final del curso se acerca, muchos empiezan con las prisas… “¿Te puedo entregar mañana los ejercicios de la recuperación?” “¿De qué iba ese trabajo opcional para subir nota?” “¿Mañana en el recreo puedo hacer el examen del herbario?” “Profe, mi padre quiere hablar contigo para justificarte unas faltas de hace dos meses.”
Yo, que me gusta ponerlos contra las cuerdas, les aprieto un poco las tuercas y no doy mi brazo a torcer a la primera de cambio. Si no, todo sería demasiado fácil… “Podías entregármelos hasta hoy, ¿qué te ha pasado?” “Lo dejé muy bien explicado en ese guión que os entregué hace un mes y medio, ¿es que no lo tienes?” “Mañana justamente tengo otro examen en el recreo, ¿por qué no lo haces hoy? Si total, de hoy a mañana, lo que no te sepas ya…” “Sin ningún problema, pero dile a tu padre que las faltas deben justificarse con la mayor brevedad posible.”


Al instante, toda una lluvia de excusas empiezan a pulular por el aula. Que si una marabunta de termitas gigantes ha devastado todo mi escritorio, que aquel guión fue interceptado por los servicios secretos de Mozambique al pensar que se trataba de un documento de espionaje, que mi madre creyó que los ejemplares de su herbario eran un precioso ramo de flores secas y se lo ha regalado a la vecina del segundo o que el ordenador de mi padre fue devorado por un caimán durante un viaje de negocios a Uruguay.
Tanta inventiva me alegra doblemente. Primero, porque da buena cuenta de que los chavales siguen utilizando el cerebro, y segundo porque tienen el descaro suficiente para enfrentarse a esta vida. Así que, en loor a todos ellos, hoy les regalo un libro que ya tiene unos meses, pero que bien merece salir a la palestra.


Es que me crucé con…, es un libro escrito por Agnès de Lestrade, ilustrado por Joao Vaz de Carvalho y publicado en nuestro país por Petaletras que nos cuenta la conversación entre un padre y su hijo en la que el segundo le propina todo tipo de excusas inverosímiles al primero por haber llegado tarde a una cita. Y es que en el camino, el crío se ha topado con una mariquita que levantaba pesas, una hormiga sobre un orinal, una trucha corriendo o un tucán que se lavaba los dientes.


Con mucho humor, un buen puñado de animales y sencillos pareados, los autores siguen la estela de otros libros de pretextos infantiles (véase el ya clásico No he hecho los deberes porque…) para sumergirse en la subversión infantil y el mundo surrealista. Tomen nota y regálenlo a padres incautos que siempre tienen (o no) ingenio para salirse con la suya.

jueves, 6 de junio de 2024

Aprender, transformar y crear


Algunos nos pasamos la vida aprendiendo. De esto, de aquello y de lo de más allá. Invertimos nuestro tiempo y dinero en recibir cursos, leemos con voracidad manuales y artículos y debatimos con otros compañeros en pro de un ejercicio articulado y completo. Sin embargo, llega un momento en esa vida formativa en el que, por mucho que nos empeñemos, ya no conseguimos empaparnos de grandes conocimientos.
¿Acaso lo sabremos todo? ¿Hemos llegado a la cumbre de la sabiduría? Ni mucho menos. El aprendizaje experimenta una curva logarítmica en la que se observan tres fases, una inicial en la que los conocimientos se adquieren muy rápidamente, otra intermedia en la que nuestra capacidad para añadir elementos novedosos disminuye, y una última en la que alcanzamos el límite y donde las nuevas aportaciones son testimoniales.


Ese es el momento de recurrir a los grandes. Vivos o muertos, quienes han contribuido de un modo superlativo a una determinada disciplina son los únicos con cierta capacidad para hacernos reflexionar sobre lo que podemos aportar a esa parcela concreta llamada ilustración, astrofísica o neurociencia.
Sumergirse en su obra, darles vueltas y experimentar sobre ellos es un plan más que apetecible en ese afán constructivo por el que muchos nos pirramos. Cajal nunca hubiera descubierto la neurona si no hubiera mejorado las tinciones de Camilo Golgi, ni James Joyce podría haber hilvanado su Ulysses sin la Odisea de Homero. Revisitar el canon, los clásicos, nos ayuda a repensar todo aquello que hemos aprendido.


Este debe ser el motivo por el que Imapla (sobrenombre de Inma Pla) se ha atrevido con un proyecto basado en dos grandes autores de LIJ como Hans Christian Andersen y Leo Lionni. La patita fea, un álbum publicado por Océano Travesía, surge del empeño de la autora y la compañía de Daniel Goldin, uno de los grandes en la edición infantil y juvenil.
Tomando como punto de partida el clásico de Andersen pero cambiando el género de su protagonista, Imapla nos cuenta la historia de una pata que pone uno, dos, tres, cuatro y cinco huevos, los empolla y tiene ¿seis? Patitos, de los cuales, la última es grande y desgarbada. Como no se siente a gusto en su familia, la patita decide marcharse y descubrir el mundo exterior.


Si bien es cierto que en el inicio reverbera en cuento de Andersen, conforme empezamos a pasar las páginas, observamos los giros típicos de una autora que juega con nosotros a golpe de unos recursos narrativos muy gráficos que suenan a Lionni. Manchas de colores circulares que recuerdan a Pequeño azul y pequeño amarillo se funden en una algarabía que rompe el marco de lectura y nos ofrece con surrealismo nuevos puntos de vista con los que interpretar al pato que se transformó en cisne.


Metáforas visuales, composiciones estudiadas y mucho minimalismo se articulan para crear un divertimento que a un mismo tiempo nos confunde y nos abre nuevas puertas con las que desbordar el discurso sin ese punto constructivista que tanto gusta en el ámbito de la LIJ. Transformar y crear. Dos verbos fundamentales para hablar de un álbum que probablemente pasará desapercibido para el gran público pero que bien merece un aplauso.

viernes, 10 de mayo de 2024

Ridículos


No me sorprende que a la gente le encante el pan y el circo. Lo que sí me deja estupefacto es que sean tan ridículos como para hacerlo evidente. Fíjense en todo este lío que se ha organizado por la participación de Israel en Eurovisión. Si este concurso es ya bastante pútrido, que el personal la empente con Eden Golan por el mero hecho de representar a su país, da muestra del coeficiente intelectual de los eurofans.
Que la gente reduzca un conflicto geopolítico que se remonta a la Antigüedad y tiene muchas facetas, a un linchamiento popular, me parece de lo más absurdo que he visto en mucho tiempo. Lo peor de todo es que estos mamporreros progres se creerán adalides de la humanidad mientras lanzan piedras a la vedete judía. ¡Como si no tuviera bastante la pobre con haber vivido más de una década en Rusia!


Osados. Es que somos muy osados. Y también muy ignorantes. Mira que yo soy deslenguado, pero siempre abogo por la prudencia cuando se trata de temas que no piloto. Pero aquí parece que todo quisqui se lanza al barro sin pudor alguno. Manejando cuatro datos que les mastican los medios y los cantamañanas de la propaganda, se permiten el lujo de opinar, abuchear y censurar al que no pertenece a su caverna.
Veamos el caso de Inés Hernand, una buenorra metida a Pasionaria que, a golpe de cara lavada (aderezos del relato), lanza soflamas virales a sus indignados palmeros, porque ella (ella y siempre ella) ha perdido unos trabajos (que no especifica) por denunciar el supuesto genocidio palestino (¿Sabrá la diferencia entre este término y crimen de guerra?). La pava, tomando el ejemplo de su presi, se mete a victimista y ayuda a salvar el mundo con mucha notoriedad (y publicidad). ¿Acaso preferirá formar parte del harem de un líder de Hamas?
Lo dicho, el nivel de cuñaismo que estamos alcanzando en Occidente es para mear y no echar gota. Cualquier cosa es susceptible de generar un rifirafe en esa batalla cultural a costa de todos esos incautos que, a golpe de ideal (es lo que manda en las masas), se meten en los más variopintos berenjenales.


Dejando a un lado el concurso friki (que gracias a Dios terminó el sábado) y sus derivados, hoy me voy a centrar en ¡Ri-dí-cu-lo!, el título que Niño Editor nos regala esta temporada gracias a su apuesta por recuperar libros olvidados en los anaqueles.


Polichinella y Rappel son dos esperpentos, dos monigotes que se miran de frente, se señalan y encuentran todo tipo de miserias mutuas con las que desternillarse a cuenta del otro. Si uno tiene una nariz desorbitada sobre la que hace el pino, el otro tiene un barrigón sobre el que se balancea como un tentetieso. Ellos siguen con el chiste y afirman que son unos ridículos, para luego presentarse con la burla ante el dragón de dos cabezas. ¿Les seguirá el rollo?


En otro de esos títulos que se podría adscribir al teatro del absurdo, André François, el mago que nos regaló, entre otras, obras como El pequeño Brown o Roland, se centro en el diálogo de besugos para sacarnos una sonrisa sin olvidar muchos de los clásicos componentes lúdicos. Una pizca de rima, repetitividad, exageraciones, parecidos razonables y algún susto, se conjugan en una pequeña comedia de situación que recuerda a esas representaciones que los niños crean utilizando juguetes y muñecos.


Publicado por primera vez en 1971, este álbum no solo supone un divertimento para todos los públicos, sino que también escenifica todo un ideario que indaga en el autoconocimiento desde una perspectiva singular, pues esas diferencias entre los personajes que podrían generar un conflicto, se transforman en un espacio para la seguridad y la aceptación. 
Si a todo esto unimos una portada inquietante (¿Se están señalando? ¿O son dos gólems que cobran vida?), un final sugerente (¿Qué pintan ahí el sol y la luna?) y cierto deje al Ubú rey de Alfred Jarry, el surrealismo/dadaísmo está servido. Háganse con él y luego me dicen qué les ha parecido.

sábado, 4 de mayo de 2024

Un poco de despiporre


Para mí (y creo que para el resto de los mortales), la imaginación es muy liberadora. No sé qué tiene ponerse con la creatividad, que siempre consigue que me relaje. Cuando quiero apartarme de los problemas cotidianos, cuando quiero conciliar el sueño o cuando quiero inventarme un ejercicio, dejo que mi mente sobrevuele a su libre albedrío. Y así la imaginación cura todos mis males.
Hay algo en todo esto que facilita muchos procesos neurológicos. Decían que el Quijote había salido loco por culpa de las novelas caballerescas, pero si Sancho y otros muchos personajes de la novela de Cervantes, atendieran al sinfín de estudios que apuntan a las bonanzas de lo fantástico, seguirían el ejemplo de Alonso Quijano.


Tampoco vamos a decir que los excesos imaginativos no tengan su contrapunto (que a veces, eso de fantasear a todas horas, nos puede acarrear muchos disgustos), por lo que a mí y a muchos monstruos respecta, lo creativo estimula las emociones, desarrolla la curiosidad y potencia la personalidad. Porque si esto no fuera así, ¿qué base tendrían ciertas metodologías clínicas como la hipnosis, los fármacos psicodélicos o el uso de placebos a la hora de tratar algunas patologías?
No me extraña que la fantasía tenga un componente muy adictivo (que se lo digan a todos los monstruos enganchados a la LIJ), pues nos evade de momentos horribles y nos prepara para lo inesperado. Reflexionamos porque proyectamos en nosotros mismos, planificamos porque nos situamos en el espacio y el tiempo y resolvemos porque dispara nuestra inventiva.


Algo parecido le debe pasar a la protagonista de Al final, un álbum de Silvia Nanclares y Miguel Brieva que muchos monstruos no conocen y del que Kókinos acaba de sacar una nueva edición para que ninguna estantería se quede sin él.
Este libro empieza (como muchos otros) en las guardas, donde vemos a una niña que, al salir del colegio, se percata de que ha olvidado las llaves de su casa. Allí no hay ni el Tato y decide esperar a que llegue alguien. Pero como el aburrimiento es muy poderoso, termina encontrando una puerta al final del callejón que la invita a pasar sin llamar. Ni corta ni perezosa se adentra en una casa misteriosa desde cuya azotea divisa toda la ciudad. Bueno… “una” ciudad un poco especial. También hay un tobogán por el que decide tirarse. ¿Qué encontrará al final?


Alternando recursos del cómic (Fíjense en esas viñetas tan bien secuenciadas, pero sobre todo en su contorno. ¿Qué nos querrá decir?) con la economía textual del álbum, se crea un híbrido que funciona a las mil y una maravillas en cualquier tipo de lector. Narrador y personajes se funden en un vaivén de propósitos que, prescindiendo de diálogos, nos presentan un universo muy particular donde también tiene cabida la crítica (¿Se han fijado en todos esos carteles y anuncios que hablan del consumismo, la tecnología, el postureo y otras falacias capitalistas?).
Seres quiméricos y otros completamente inventados (Que por cierto, se presentan en las guardas finales), bosques, jardines y acantilados (La naturaleza siempre es un plus en cualquier viaje), un mapa (Con tesoro, por supuesto. ¿O acaso no lo ves?) y alguna referencia arquitectónica (¿El Panteón de Agripa, quizás?) se despliegan ante nosotros a modo de serendipia. Un universo tan castizo y abarrotado de detalles que hasta en su camisa guarda una sorpresa final.


Nanclares y Brieva, como esta chiquilla rubia, se lanzan a la aventura con un álbum donde lo onírico y lo surrealista se elevan a un punto superlativo de los libros infantiles patrios (con el perdón de Saez Castán, of course) en tan solo 74 páginas. Guiños a otros clásicos de la LIJ como Alicia en el país de las maravillas o Pinocho, se entremezclan con nuevos sabores, que seguro les vuelven locas las papilas gustativas. ¡Hale! ¡A comprarlo, se ha dicho!

martes, 30 de abril de 2024

El país del disparate


Queramos o no, la realidad siempre supera a la ficción. Y no es que eche mano de una frase manida, sino que lo corroboro cada día, a cada momento. Y si se trata de España, peor todavía. En este país tan absurdo, como sorprendente, son capaces de proliferar los hechos más inverosímiles. Desde las vecinas de Valencia a las jornadas de reflexión de un presidente narcisista y teatrero, desde Aramis Fuster a Tamara Seisdedos, desde Villarejo hasta Pilar Rahola. Todos son un esperpento.
Sin embargo, este país donde prima la ignorancia y el cachondeo, les presta elevadas cuotas de atención y da credibilidad a su existencia. Vidas ejemplares que, además de alimentar las fantasías ajenas, ven crecer su leyenda gracias a la publicidad y las mediatecas. Porque a los españoles nos gusta la fantasía, la lentejuela, el brilli-brilli y, sobre todo, las penurias.


Cuanta más miseria, mejor. Cuanta más terapia, mejor. Cuantos más ansiolíticos, mejor. 
Ese sufrimiento tan barroco que llena este país desde hace unos cuantos siglos, se mantiene entre una población a la que los móviles y la telebasura se encargan de educar (la escuela adoctrina, no lo olviden). Todo un engranaje donde la lágrima y el escándalo son la gasolina para esa olla a presión que es este territorio donde campa la víscera y lo desorbitado gracias al relato.
Yo hace mucho tiempo que desistí de comprender a esta sociedad en la que vivo. Intento disfrutarla en la medida de lo posible y me alejo de las paradojas en cuanto puedo, no sea que pierda las únicas neuronas que me quedan activas y necesite pedirme la jubilación anticipada en detrimento de esos alumnos que tanto me requieren en esta época tan turbia.


Como yo, la única ficción que entiendo es la de los libros para críos, les puedo recomendar Una historia fantástica, un álbum de Bruno Heitz que acaba de publicar Kalandraka para alegrarnos la primavera.
Como ya nos indica el título, este libro desborda fantasía. Todo empieza con una vaca que se cruza en el camino de un granjero que conduce una furgoneta que frena muy mal. Efectivamente, chocan y todo se pone patas arriba. Así comienza una pequeña comedia de situación donde lo quimérico y el surrealismo se cogen de la mano para tachonar de carcajadas el semblante de los lectores.


Para esta ocasión, el autor francés se ha decantado por figuras de madera a la hora de elaborar unas ilustraciones en las que el contraste entre los elementos y el fondo ahonda en lo animado y vivaracho. Verdes, rojos, azules y amarillos discurren por una historia alocada que juega con nuestro subconsciente más disparatado gracias a onomatopeyas, elementos del pop art y detalles muy sui generis (¿Habéis visto las ubres debajo de la camioneta o el pelaje del lobo?).
Lo dicho, en esta víspera de fiesta nacional, concédanse un ligero descanso y disfruten de una propuesta mucho más simpática que la realidad imperante.