lunes, 18 de mayo de 2026

Lágrimas reptilianas


¿Por qué lloramos? Se puede llorar de tristeza, rabia o risa. Sin embargo, en otras ocasiones, esa pregunta nos ronda la cabeza porque no entendemos o es difícil identificar el motivo que nos lleva a ello.
Antes de nada, el llanto es una respuesta fisiológica y psicológica ante cambios vitales que unas veces son muy evidentes y otras, no tanto. Por lo general, suele ser una válvula de escape del cuerpo. Liberar el estrés acumulado durante una temporada vertiginosa, procesar emociones complejas como la muerte de un ser querido o una ruptura sentimental, una reacción a cambios hormonales como la menopausia o simplemente por agotamiento.
Eso sí, hay que tener muy claro que eso de llorar a todas horas no es muy normal. De hecho, el llanto supone una llamada de atención ya que implica una exteriorización de una condición y como tal, supone un signo de alerta ante los demás. Más todavía si viene acompañado de insomnio, apatía o nerviosismo.


Otra cosa muy diferente es lo que hacen ciertas personas para manipular a otros, lo que se llama vulgarmente, lágrimas de cocodrilo. Esta expresión tan utilizada en el mundo occidental, tiene su origen en relatos de la antigüedad que calaron muy hondo a partir de la Edad Media en las que se apuntaba a que los cocodrilos lloraban para inspirar pena en sus presas y luego aniquilarlos.
Aunque Shakespeare o Henry Purcell la utilizaron en sus obras para imprimir dramatismo a sus personajes, la realidad es que los cocodrilos producen lágrimas cuando están mucho tiempo fuera del agua para mantener sus córneas húmedas. Incluso se piensa que su mecanismo de secreción se relaciona con la apertura de las fauces. De ahí esta relación un tanto sesgada.


Si prefieren otra explicación más inverosímil, siempre pueden acudir a la que André François dio en su primer libro como autor del texto y las ilustraciones (1956) y que esta primavera reedita la editorial Kalandraka para los lectores en lengua castellana.
En Lágrimas de cocodrilo nos encontramos con un niño muy llorón al que su padre le recrimina esa compasión tan superficial. Como este no sabe a qué se refiere, el progenitor le explica pacientemente. Así es como empieza una historia de lo más rocambolesca y surrealista donde la instrucción y la fantasía se entremezclan. “Es fácil atrapar un cocodrilo; sólo necesitas una LARGA CAJA DE MADERA y te embarcas para Egipto” sentencia el padre. ¿Cómo terminará?


Aunque se trata de un álbum ilustrado aparentemente sencillo, en él podemos encontrar cuestiones muy reseñables, como el uso de la segunda persona (siempre hay cierto extrañamiento en este recurso textual… ¿Acaso el protagonista y el lector son la misma persona?), el uso de la metáfora gráfica, imágenes contradictorias (¿Dónde están los comensales de la mesa? ¿En el estómago del cocodrilo o salieron corriendo?) o esa mezcla entre didactismo paternal y hedonismo disfrutón que tan bien le sienta a la LIJ.


Si nos centramos en las características físicas del libro, hay que destacar esa caja dura y resistente que, a modo de carta y estableciendo una sinergia metaliteraria con la lectura, contiene al propio libro. De forma estrecha y alargada (10,5 x 3,5 x 0,5 cm), es ideal para contener un cocodrilo (recuerden la fisionomía de cualquier reptil). De hecho, ahí está, ya que el libro que se aloja dentro tiene un cocodrilo impreso en las tapas. No obstante, si el lector gusta de manipular el objeto que se presenta ante él, podrá ver cómo asoma su dentadura a través de una pequeña ventana abierta en la caja (¿Será el franqueo de este envío tan especial?), así como una etiqueta que se hace pasar por título: "1 cocodrilo".


Sobre el arte de François, ensalzar una vez más su maestría con el dibujo y la caracterización de unos personajes que destilan simpatía y desenfado. Como en otras obras, utiliza el trazo negro y una paleta de color limitada (naranja y verde) que le confieren ese toque vintage tan especial que ostentan libros de la misma época.
En definitiva, una joyica que hay que atesorar.

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