Con la crisis inmobiliaria que vive este país, cada vez se hace más difícil encontrar un lugar en el que morar. A los guiris que pagan luz solar a precio de caviar y de paso ponen patas arriba los precios de los alojamientos turísticos, se suman oleadas de inmigrantes que, desde Latinoamerica, el África subsahariana, Europa del Este o el Magreb, han sacado de orbita los alquileres en los barrios obreros.
Pero que no se nos olvide que en la ecuación de la vivienda también estamos nosotros, españolitos, pillos y miserables que nos pirramos por cuatro duros, aunque todo eso suponga perder ese patrimonio que es la tierra y encarecernos la vida unos a otros.
Por último, lejos de lo humano y cerca de lo divino, tenemos a los políticos, unos seres del averno que, en vez de resolver los problemas, los complican más todavía gracias a caprichos personales, intereses varios, leyes anacrónicas o tretas surrealistas.
Y así estamos, con más de dos millones de viviendas vacías, montones de pisos patera, viviendas ocupadas, embargos de todo tipo, pérdida del poder adquisitivo de jóvenes y familias y una inflación insostenible para el currito. Todo ello aderezado con la convivencia y sus problemas derivados. Se lo dice un servidor, que hasta hace bien poco ha estado compartiendo piso a lo largo y ancho de la geografía española…
Y es que la vida en común es muy difícil. Hay que tragar lo que no está escrito, tener mano izquierda, ponerse en el lugar del otro y, sobre todo, aprender a callarse. Si no, estalla la bomba de relojería que se ha estado calentando durante semanas y liamos la tercera mundial.
Un buen ejemplo de este tipo de conflictos es Aggie y el fantasma, el nuevo libro de Matthew Forsythe que acaba de publicar la editorial Andana y recoge la historia de Aggie, una chavala que, por fin, encuentra una casa en la que vivir tranquila en mitad del bosque cuidando su jardín. Pero ¡ups! Aparece un fantasma muy cansino que no la deja tranquila ni a sol ni a sombra. Se zampa el queso, le quita los calcetines y aparece sin previo aviso. La propietaria decide establecer una serie de normas para aligerar la convivencia, pero el fantasma se las pasa por el arco del triunfo. Incluyo echan una partida a las tres en raya para que se vaya. ¿Conseguirán vivir en paz y armonía pese a sus diferencias?
La afrenta, el enfado, la impotencia, el agotamiento e incluso la culpabilidad, son emociones y sensaciones que siempre se entremezclan en situaciones como la que recoge este álbum. La voz madura y reflexiva de una lechuza que susurran calma. Jaleos y vítores que piden la guerra desde ambos bandos. Todo parece embrollarse más de la cuenta en un conflicto sin mucha enjundia que es sacado de quicio.
Sobre los aspectos técnicos, decir que, como en otros de sus libros, Forsythe saca mucho partido al difumino, algo que le viene de perlas en esta historia de fantasmas donde la niebla, la noche y las sombras dibujan una atmósfera un tanto lúgubre y tenebrosa. Por otro lado, la divertida caracterización de los personajes insufla un toque desenfadado a la narración. Interiores encantadores que recuerdan a las ambientaciones de Beatrix Potter o Jill Barklem, guiños a los personajes de estudio Ghibli, notas disparatadas que avivan la acción y giros efectistas que provocan la empatía del lector hacia el fantasma hacen de este libro una buena metáfora sobre las chanzas entre compañeros de piso.





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