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lunes, 29 de septiembre de 2025

Pertenecer o no pertenecer, he ahí el dilema


Animalistas y veganos, minorías étnicas, personas LGTBIQ+, nacionalistas, fachas y cayetanos, feministas, discapacitados, migrantes, habitantes del mundo rural… Al humano le gusta hacer rebaños. Lo curioso es que la forma de hacerlos se va modificando.
Para no remontarme a épocas demasiado lejanas, les pondré como ejemplo los años noventa, cuando se hablaba de las llamadas tribus urbanas. Grupos de jóvenes que se identificaban con una estética, ciertos estilos musicales y unas tendencias políticas establecían sinergias a la hora de salir de parranda. Lo mejor de todo es que a pesar de ese sentimiento de pertenencia, cualquiera era susceptible de relacionarse con bakalas, punkis o raperos y compartir momentos divertidos.


Eso ha cambiado en esta España de la guerra cultural y la cancelación porque, si bien es cierto que este tipo de sectorización continua entre los teenagers, lo hace desde un prisma mucho más peliagudo. Como era de esperar en una generación de cristal arengada por el interés político del “divide y vencerás”, el victimismo pasa a ser bandera y es preferible radicalizarse a considerar y respetar unas ideas ajenas con las que enriquecernos en este mundo (aparentemente) diverso y plural.
Así pasa, que la homogeneización de pensamiento es tal, que todo aquel que difiera de las pautas ideológicas que rijan cada uno de estos colectivos, se expone a ser rechazado por sus iguales para ser excluido del grupo y convertirse en un paria. Draconiano... 


Menos mal que hay gente a la que se le hinchan las pelotas, decide ir a la suya y se aparta de ese modus operandi tan pueril y obtuso. Que para palmaditas en la espalda y sonrisas impostoras, mejor solo que mal acompañado. Como el protagonista de uno de los libros que acaba de publicar Corimbo y que lleva por título Vampiro para siempre.


Firmado por Davide Cali y Sébastien Mourrain, este álbum nos cuenta la historia de señor Baltús, un vampiro noctámbulo, que vive en un caserón acompañado de un gato y los restos de lo que fuera un canario, evitando la luz del día y cualquier contacto humano. Pero un día, cuando su gato se queda sin comida y tiene que ir urgentemente a la tienda a pleno sol, se encuentra con Claudia, una cría la mar de salada que trastoca su rutina. A medida que se van conociendo, su universo va cambiando. La confianza da paso a confidencias y momentos compartidos que construyen una amistad muy especial.


Con esa vis de historia surrealista a la que nos tiene acostumbrados, Cali nos entreabre la puerta para reflexionar sobre muchos temas. Desde la realidad solitaria que afecta a muchos ancianos, hasta los problemas de aceptación familiar y social que sufren muchas personas en su entorno próximo, pasando por las posibles enfermedades de salud mental que trastocan la percepción del mundo. En definitiva, todo un alegato a la amistad intergeneracional que desde la inocencia, el entendimiento y la comprensión sacude las barreras y convenciones sociales que nos llenan de prejuicios estúpidos.


Y si a este caleidoscopio discursivo, añadimos el humor que nos brinda Mourrain gracias a unas ilustraciones de Mourrain en las que encontramos detalles que nos sorprenden (¡Dimitri estaba vivo!), nos desconciertan (¿Se han fijado en la ilustración de la contraportada? ¿Quién es en realidad el señor Petroulakis?) y nos embelesan (Esas escenas nocturnas recorriendo París son toda una delicia), no se pueden perder este librito tan sutil como potente.

martes, 29 de octubre de 2024

Formas de hacer amigos


De un tiempo a esta parte ando a tientas con eso de la amistad. No es que tenga traiciones a la vista, pero, de vez en cuando, hay que parar en seco y replantearse qué tipo de relaciones quieres con la gente que te rodea.
Si bien es cierto que tengo muy claro cómo afrontar mis relaciones laborales (me apeo de todo tipo de celebraciones multitudinarias, cafés matutinos y juntillas interesadas), no me sucede lo mismo con los amigos. No es que dude de sus sentimientos, pero últimamente empiezo a denotar una deriva de mis relaciones personales que distan mucho de las concepciones tradicionales.
Tampoco creo que esto sea exclusivo de un servidor, pues, seguramente, ustedes experimentan situaciones más o menos parecidas; reflejos de este mundo solitario, posmoderno y tecnológico que nos presenta escenarios con los que nunca antes habíamos bregado y derivan hacia derroteros nada deseables.


Familias mínimas, dispersas y desestructuradas, entornos sociales amplísimos, escenarios reales y virtuales, necesidades creadas y relaciones líquidas también lastran las amistades, es decir, las insertan en nuevos contextos, las redimensionan y las ponen a prueba. Los amigos ya no son lo que eran y, lejos de esa definición clásica en la que entraban amigos de toda la vida, mejores amigos o grupo de amigos, se contemplan numerosas tipologías que responden a nuevas formas de amistad.
Extensiones familiares, laborales o incluso grupos de padres se han abierto camino en nuestras vidas. Conexiones necesarias u obligadas nos empujan a maneras más contenidas, más superfluas y menos confiadas que a las que estábamos acostumbrados. El miedo al conflicto o la ofensa nos supeditan en menor o mayor grado y esa entrega incondicional que se le presupone a la verdadera amistad, adquiere nuevas formas.
Pese a ello, la amistad nunca pasa de moda y es un clásico en el universo de los libros infantiles. Prueba de ello son dos de los libros que nos trae este otoño ventoso.


El primero es Amos y Boris, un álbum de William Steig que Blackie Books ha editado en nuestro país para disfrute de los monstruos. Publicado por primera vez en 1971, este libro recoge la historia de Amos, un ratón enamorado del mar que tras construir un barco de vela, se lanza a surcar el océano. Todo está siendo una delicia, hasta que un golpe de mala suerte lo hace caer al agua y, tras ver su barco desaparecer, acaba en mitad del océano esperando su fin. De repente aparece Boris, una ballena que disfruta del fondo marino y que se ofrece a salvarlo de esa inesperada situación forjando una gran amistad. ¿Podrá Amos devolverle a Boris ese gran favor?


Como en otros libros anteriores, Steig vuelve a echar mano del viaje y sus casualidades (recuerden La isla de Abel o El gran viaje de Dominic) como proceso iniciático en el que los protagonistas cambien su percepción sobre sí mismos y los demás. Del mismo modo, nos habla de cómo nos lastran las preconcepciones que tenemos sobre los demás. Todo ello aderezado por un complejo universo emocional en el que los sentimientos van aflorando mientras se construyen las relaciones entre los personajes.


El segundo libro de esta tanda es Santa Fruta, un álbum de Delphine Perret y Sébastien Mourrain que nos trae a nuestro país la editorial Limonero. Si bien es cierto que lo mío no son los libros con gatos, he encontrado bastante sugerente este título que nos habla de un felino cuyos dueños se pasan el día viajando de una punta a otra del mundo y este se pasa la mayor parte del tiempo y pegado al radiador. Como sus dueños lo encuentran muy flacucho y poco dinámico, por lo que deciden acudir a un psicólogo de gatos que les recomienda llevarlo con ellos de viaje. Tras un montón de idas y venidas, terminan en el desierto del Colorado, en un lugar donde solo se puede ver un cartel que reza “Santa Fruta” y un cactus que crece al lado. Es entonces cuando…


Con esta historia tan sumamente surrealista, los autores franceses se adentran en el universo de la amistad, sus coincidencias y ese extrañamiento que a veces rodea a parejas de amigos un tanto inverosímiles. Con algunos recursos narrativos que en cierto modo recuerdan al cine y al cómic, la historia se llena de una amistad silenciosa que, con la ayuda de la disyunción narrativa entre texto e imágenes, nos hace mucha gracia, pero al mismo tiempo ahonda en esos momentos de complicidad y entendimiento entre dos personas que no necesitan el diálogo para comunicarse. Su presencia es más que suficiente a la hora de establecer un vínculo donde no hacen falta muchas palabras para decirse lo agradable que puede llegar a ser la mera compañía.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Excéntricos aunque invisibles


Hoy es mi santo, y a pesar de llevar con bastante elegancia este nombre que me propinó mi padre sin encomendarse a nadie (que se lo digan a mi madre) he caído en la cuenta de que soy invisible. Como lo oyen... Si de los Pablos, las Pilares o los Pacos se acuerda todo el mundo cuando llega su onomástica (“Felicidades a todos los Josés y Pepes” “Manolo, muchas felicidades” “¡Lola, bonica, que disfrutes de tu día!”), de mí no se acuerda ni el Tato (tampoco es que me acuerde yo del suyo. Que invisibles hay a montones). 
Nos pasa como a la gente buena, que se acuerdan de ellos cuando se mueren. “¡Con lo buena persona que era!” decía uno... “¡Ojalá lo hubiera conocido más y mejor…!” rezaban aquellas... Y no me negarán que los maestros se aprenden antes el nombre de los alumnos holgazanes y maleantes (repetición mediante y pareado al canto), que el de los cándidos y trabajadores. 


Yo me moría por un santo cuando era crío (y sin estar bautizado, imagínense el cuadro). Todo el mundo tenía el suyo excepto yo (eso me pasó por pionero), pero Doña Puri, mi maestra más querida, medió con el clero para propinarme dos, uno en noviembre y otro en febrero (tenía que recuperar el tiempo perdido). Y fui feliz hasta que mi hermana lo averiguó y dijo que ni mártires ni leches, una celebración y no más, que Virgen de los Llanos solo hay una. 
Aunque pensaba tomarlo como excusa para saltarme los preceptos coronavíricos y celebrarlo con un “brunch” el próximo sábado (aviso que, ni aun así, en años sucesivos se acordarían mis allegados), prefiero obviarlo, que a mí pocos me invitan a ensuciarles la casa (Nota: Recuérdenme que otro día ironice sobre esta miga tan suculenta). 


Como aquí los que me han felicitado son mi madre y Libros del Zorro Rojo (ahora les cuento el porqué), son los únicos que merecen un buen convite. Como la “mia mamma” ya se ha puesto fina -como su propio nombre indica- a base de tarta de trufa y chocolate, llega el turno de darle las gracias a la citada editorial con esta reseña, pues hoy mismo ha llegado a mi buzón ¿Vegetariano? de Julien Baer y Sébastien Mourrain, uno de sus últimos libros que además de encantarme, tiene a un tocayo mío como protagonista (¿casualidad o detallazo?). 


Román Mojapán (lo siento, pero mi apellido, como bien decía la loca de la Majo, tiene más solera: “Médico, artista o torero. Lo que tú prefieras”) recibe la inesperada visita de un par de pollastres que a modo de policías le piden que los acompañe. Él se presta a seguirlos hasta una nave donde será acusado por unos cerdos, un buey, un pavo, tres polluelos, un palito de merluza y lo que parece ser unos nuggets. Román se acojona mientras el búho lo declara culpable y...


Para conocer el desenlace de una historia con mucho humor, tendrán que acudir a su librería/biblioteca más cercana. Sólo les puedo decir que me ha chiflado por lo difícil que es desarrollar una mirada crítica sobre la dualidad carnivorismo-vegetarianismo (esa realidad dietética en la que vive sumida la sociedad occidental mientras los chinos crecen al 10% y los etíopes se mueren de hambre), por poner en el punto de mira a todos y al mismo tiempo no defraudar a nadie. Así que, detractores, seguidores, coman lo que coman, aplaudan, por favor. 
Yo por mi parte lo voy a celebrar con una rebanada del pan que acabo de sacar del horno untada de sobrasada y queso. Que solo se celebra un día San Román, el excéntrico.