Mostrando entradas con la etiqueta Editorial A Buen Paso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Editorial A Buen Paso. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de mayo de 2026

Juegos, palabras y vueltas de tuerca


Hace muchos años me inscribí en un pequeño curso coordinado por Guadalupe Vadillo de la Universidad Autónoma de México e impartido a través de Coursera, la conocida plataforma de formación que hace una década pegó el petardazo. Se titulaba Ser más creativos y se dividía en una serie de módulos que perseguían potenciar la creatividad a través de procedimientos, rutinas y protocolos sencillos (si les interesa, creo que todavía está disponible).
Si bien es cierto que al principio me resultó demasiado teórico, cuando llegamos a las actividades que nos proponían, me entusiasmaron. No solo porque podía aplicar estas hojas de ruta para generar nuevas ideas en mi vida laboral, sino porque podían servirme como herramientas a la hora de improvisar y buscar soluciones más o menos inmediatas.


De entre todos los ejercicios que propusieron me encantó uno que tenía que ver con el azar narrativo. Consistía en establecer tres grupos de elementos. Imaginen: electrodomésticos, animales y ciudades. Realizábamos tres listados y dejábamos que el azar los conectara. Había muchas variaciones. Se podían utilizar sustantivos, adjetivos y verbos. E incluso modificar la dirección de lectura. El resultado era muy loco.
Siempre me acuerdo de esta pequeña formación cuando me encuentro con ciertos álbumes en los que se mezclan conceptos que no tienen ninguna relación y, como por arte de magia, rezuman nuevas formas narrativas, propiedades emergentes que nos ayudan a seguir esperanzados ante un panorama literario bastante estático en el que las temáticas buenistas y la sensiblería extrema lo copan todo.


Es lo que me sucede con los libros de Antonio Ladrillo, Enric Lax o Marta Comín, una autora que acaba de publicar Piedra, papel o cocodrilo (A buen paso). En este nuevo título, la santanderina afincada en Valencia, además de darle una vuelta de tuerca al tradicional juego de “piedra, papel o tijera”, nos invita a participar de las triangulaciones que surgen entre protagonistas bastante aleatorios


Con un extenso catálogo de interacciones inesperadas, las posibilidades se desbordan en un curioso baile donde el surrealismo hace aparición y de paso nos arranca más de una sonrisa. Absurdas o no, las relaciones sin sentido entre una rata, un niño y un peluquero o entre un mago, un mosquito y un dinosaurio, se convierten en la moneda de cambio humorística entre el lector y el libro.


Es decir, Comín propone y dispone. Por un lado, ofrece la posibilidad de adivinar qué ocurrirá en estos pequeños sketch a cuenta del disparate o, en su defecto, inventarnos nuestra propia película. Por otro lado, al pasar la página, nos sumerge en su ficción para que riamos con sus ocurrencias o contrastemos las nuestras. ¡Eso sí! Dar y recibir; toma y daca. Algo que quiere decir que nadie gana y todos pierden, una curiosa forma de percibir los conflictos desde esa atalaya tan especial que son los libros.

viernes, 27 de marzo de 2026

Sensibilidad acústica


He de reconocer que tengo un chorro de voz, algo que me viene de perlas en el ámbito profesional. Por un lado, mis alumnos pueden escucharme desde cualquier rincón del aula a la hora de tomar apuntes y no es necesario que utilice micrófonos ni otros artilugios. Y por otro, cuando me enfado, el estruendo puede ser terrible. Con una voz, se quedan de una pieza, sobre todo si los pillo con alguna fechoría entre manos.
No les voy a negar que la cosa también tenga su lado negativo, sobre todo cuando me topo con personas que sufren hiperacusia, gente demasiado sensible a la potencia de los sonidos.




No me tigres que lloro,
y no quiero llorar.
Mira, está venado,
vayamos a jugar.

Cuando tú me tigras,
mis orejas pato.
Tampoco te miro,
que paso un mal rato.

Aunque esté venado,
ya no quiero jaguar,
ahora das miedo
y no sé qué pensar.

Te me haces loba
dentro, en la garganta.
Me voy a la cama,
me tapa la manta.

[…]

Nanen.
No me tigres.
Ilustraciones de la autora.
2026. Barcelona: A buen paso.

lunes, 3 de noviembre de 2025

Una infancia agreste


Hace un porrón de años me desempeñé como monitor de educación ambiental con niños en edad escolar. Tenía chiquillos de 3 a 12 años, un intervalo de edad más que considerable para sumergirme en un mundo fascinante durante unos cuantos meses. Aunque fue bastante agotador (empecé a comprender el cansancio físico que sufren los colegas que se dedican a las etapas de infantil y primaria), entendí muchos de los mecanismos que regían el aprendizaje y el comportamiento humano.
Me encantaba ver cómo las actividades más sencillas se desbordaban en un millón de posibilidades, nuestra capacidad para estirarlas y que siempre pareciesen insuficientes. Ejercicios que a un adulto le podían parece sumamente sencillos, se transformaban en contextos maravillosos en los que disfrutar de lo cotidiano. Movilidad, repetitividad, imitación, exploración o experimentación. Si reunían esas características, casi todos los juegos que proponíamos tenían un éxito rotundo. Pero, si además los acompañábamos de un entorno natural, teníamos que tirar fuegos artificiales cuando terminábamos.


¿Qué sería de los críos sin el patio del colegio, un parque cercano o ese trocito de monte donde pasan el fin de semana? Soy partidario de los niños que trepan a lo alto de los árboles, que se descuelgan de sus ramas, los que juegan con el barro y dejan trepar a las hormigas por sus brazos. Me gustan las criaturas que se quedan embobadas con el paso lento del caracol y coleccionan las hojas caídas del otoño. Fanáticos de los palos y las piedras, de las ranas y las luciérnagas.
La naturaleza es un espacio tan desconocido como cercano. Ese escenario en el que podemos observar, tocar o escuchar a nuestras anchas, en el que el peligro nos acecha irremediablemente y en el que también descansamos plácidamente. Si bien es cierto que lo podemos sufrir y disfrutar en solitario, siempre es más agradable compartirlo con los demás. Intercambiamos impresiones, reímos, guerreamos y nos protegemos. Por eso, echando mano del fotolibro que acaba de publicar A buen paso (a todas las editoriales del gremio les ha dado por tener uno en su catálogo...), ¡vámonos a merendar al campo!


Con el título de El paseo, este álbum con texto de María José Ferrada, fotografías de Vega Mayor y Hugo Ferrer e intervención artística de Motoko Toda, nos cuenta las correrías en el campo de ¿tres? amigos. Perro, Chanchita y Conejo son los protagonistas de esta aventura visual gracias a otro grupo de amigos, los seis chiquillos que los llevan a cuestas cuando se divierten trepando por los cerros o perdiéndose entre los brezos. Así, los tres muñecos de corcho llevan consigo tres mochilas donde guardan sus libretas de campo y unas viandas que compartir. Tres panes, tres guindas, veintiuna gotas de lluvia y una zanahoria. Y los sueños del camino que no se olviden.


Tomando como excusa los juguetes artesanales y los omnipresentes juegos infantiles, este elenco de creadores se deja llevar por la experimentación para dar vida a una aventura cotidiana en la que la infancia es la verdadera protagonista. Personas reales y personajes de ficción constituyen una combinación discursiva muy sugerente que nos sitúa en diferentes posiciones narrativas y nos ayuda a explorar el universo infantil gracias a los alter ego.
A modo de pequeños títeres, los niños teatralizan en un ecosistema personal e intransferible al tiempo que dejan fluir su creatividad e imaginación. Un reflejo de ese lenguaje que todos, pequeños y mayores, reconocemos como parte de un legado de esa patria común.


Y mientras todo esto sucede, me deleito con las palabras de la Ferrada... Frases como […] el silencio es una forma de hablar que solo conocen los amigos, se abrazan con la luz que irradian las imágenes y me invitan a encontrarme con mis recuerdos en el sitio de siempre: ahí, bajo las flores amarillas.

miércoles, 8 de octubre de 2025

¿Espíritu crítico? ¿Dónde?


Este año me toca impartir una nueva asignatura. Investigación y desarrollo científico, que así se llama, consiste en desarrollar en los alumnos el pensamiento científico y ya se pueden imaginar ustedes que, con la juventud que tenemos, la cosa está difícil.
Yo siempre parto de dos premisas: la curiosidad y el espíritu crítico. Lo primero es intentar que ellos mismos se planteen sus propias hipótesis en base a cuestiones o evidencias fácilmente observables. A ojos de la ciencia, el mundo que nos rodea, la realidad es la única forma de alcanzar la verdad. El método científico dixit y así lo llevamos haciendo desde hace siglos. Es la parte que no se les da del todo mal. Lo peor se refiere al espíritu crítico…


A pesar de lo espabilados que son, tienen los ojos muy llenos de pan. La verdad es que ellos no tienen la culpa, sino más bien una sociedad que ha caído en picado gracias a una degradación educativa sin precedentes. La lectura instrumental ha caído en picado. El libro ha quedado relegado a un segundo plano, en parte, gracias a una administración subyugada a los intereses económicos de las grandes multinacionales. Ni textos académicos, ni periódicos. La diversidad de opiniones se ha esfumado porque la información procede de espacios completamente dirigidos como las redes sociales o plataformas digitales como YouTube (si los de mi época nos quejábamos de la televisión, agárrense los machos con Instagram o TikTok que dependen de algoritmos mucho peores). Y para más inri, aparecen unas tecnologías supuestamente facilitadoras. ChatGPT y otras “inteligencias” merman la resolución de problemas y la autonomía en el aprendizaje, minimizan el debate, así como la interacción entre ellos y crean nuevos sesgos (intencionados) u errores.
Por si todo esto fuera poco, no se olviden de cómo se han criado estos chavales: hiperprotegidos e hiperconsentidos. En definitiva, hay poca humildad, todo un lastre para esta faena de lo reflexivo, donde no hay cabida para los egos y las superstars de poca monta.


Estas son las razones por las que cada vez más valoro los libros que nos invitan a explorar senderos desconocidos. Y si lo hacen desde un punto de vista poético, como es el caso de La fábrica de las preguntas, mejor que mejor. Este álbum de María José Ferrada e Isidro Ferrer que acaba de ver la luz gracias a la editorial A buen paso, nos plantea un cuestionario muy juguetón al tiempo que explora el mundo a través de un puñado de animales. Pues como bien apuntan ellos La fábrica de las preguntas aparece a veces en un zapato y otras, entre las flores de la maceta.


Un ratón, un pato, un murciélago, un conejo, un zorro o un tigre se interrogan sobre hechos muy dispares. ¿Las pulgas extrañan el sol durante el invierno? ¿Toman leche las estrellas? ¿Suspiran las cerezas? o ¿Cómo sabe el gusano que hay una casa dentro de la manzana? Preguntas con respuestas de todos los colores y sabores que atraviesan la mente de lectores y espectadores gracias a un juego discursivo que combina dos lenguajes.


Por un lado, nos interpela de manera directa gracias a las palabras y por otro, también lo hace indirectamente gracias a unas imágenes elaboradas a base de collages con recortes de papel, cartón estampado y madera pintada que dibujan las figuras de veinte animales más o menos evidentes a los que ponerle nombre. Formas orgánicas e interrogantes líricos que nos sugieren y nos empujan a examinar el universo de las ideas, uno que suele permanecer apagado si nadie pulsa el interruptor.

martes, 30 de septiembre de 2025

Falta de perspectiva


Perspectiva: sus. fem. Del lat. tardío perspectīvus, y este der. del lat. perspicĕre 'mirar a través de', 'observar atentamente'. Punto de vista desde el cual se considera o se analiza un asunto. Visión, considerada en principio más ajustada a la realidad, que viene favorecida por la observación ya distante, espacial o temporalmente, de cualquier hecho o fenómeno. Óptica, prisma, ángulo, visión, enfoque.


Me encanta esa palabra. En realidad, todo depende de ella, sobre todo porque el ser humano es especialista en utilizar lentes con diferentes dioptrías para sopesar lo que le rodea, para poner nombres y quitarlos, para hacer y deshacer. Sin perspectiva, no hacemos nada. O quizá sí, por ejemplo, fluir y vivir.
¿Quién decide si alguien es gordo o delgado? ¿Alto o bajo? ¿Valiente o cobarde? Nada es inmutable, pues hablar en términos absolutos nos puede acarrear más de un equívoco. Esa es la razón para abogar por lo plural, a considerar todas las opciones como válidas. ¿Qué es una virtud? ¿Qué es un defecto? ¿Acaso no son transmutables? Todo depende de la situación, del contexto. Y si no me creen, presten atención al libro de hoy, la nueva edición del Amiga gallina de Juan Arjona (A buen paso). El libro que en su día fue ilustrado por Carla Besora, adquiere una nueva dimensión gracias al trabajo de Ramón París.


Para todos aquellos que no conozcan esta historia les cuento un poco… El perro, el cerdo y la gallina son buenos amigos. Hartos del corral y con ganas de pulular por el mundo, deciden salir de allí y aventurarse por otros lugares. Durante sus andanzas, cada uno desempeñará su papel: el perro se encargará de guiar sus pasos, el cerdo se embelesará con las vistas y la gallina… La gallina irá acojonada en la retaguardia y a cada susto que se lleve, pondrá un huevo. Es la única forma de relajarse y continuar con sus amigos.
Pero cuando la noche se cierne sobre ellos, la oscuridad apaga la mirada del cerdo y mina la seguridad del perro para convertir todo en pánico y terror. ¿Podrá hacer algo la gallina para cambiar el rumbo que toman las cosas?


Con una estructura narrativa que recuerda a los cuentos de fórmula y las retahílas, esta historia de tintes humorísticos recuerda a esas fábulas con mensaje implícito pero nada evidente, lo que permite al lector disfrutar de ella al tiempo que le plantea nuevas situaciones en las que posicionarse. Todo ello sin olvidarnos de esa amistad incondicional que, a pesar de diferencias, virtudes o defectos, mantiene unidos a los protagonistas desde el principio hasta el final


Gracias los juegos tipográficos, las repeticiones y una excelente caracterización de los personajes (la cara de la gallina lo dice todo), tenemos una nueva versión de un relato que ya quedó finalista para "Los mejores" del Banco del Libro allá por 2013 y que seguro nos arranca más sonrisas.

viernes, 16 de mayo de 2025

Juegos lingüísticos


El que no juega es porque no quiere. Y muchos dirán que no siempre, pues hay mucha gente que no tiene acceso a balones, videoconsolas o fichas de ajedrez. Y yo replicaré que el juego, como bien indica Stern en su libro Jugar (Litera), “el juego es la única interfaz entre el mundo real y el mundo imaginario”. Esto quiere decir que el juego es una mera conexión entre dos ámbitos cualesquiera. Y no necesariamente se refiere a lo material, a los objetos, sino que lo inmaterial también bebe del juego. 


Fíjense en las palabras y sus juegos retóricos. El calambur, el malapropismo, el oxímoron o el palíndromo. Diferentes formas de girar, remover y liar consonantes y vocales para que nuestro universo reaccione con una sonrisa porque el juego nos ha provisto de su sorprendente magia. Como toda la que encierra el libro de hoy, un poemario inspirado en el oulipo, un movimiento literario francés que usó en la década de los 60 las matemáticas para crear nuevas forma de expresión. Lo dicho: ¡Jueguen!

Por la senda va un danés,
va en camino, sin camión,
desde Roma hasta el amor.
Dice alegre: “El árbol labro
para acombar lo macabro”.
Y muerde muy fuerte: “Roí el río”
y canta en el nido: “Pió el pío”.
Parece que al amar la rama,
Él al águila se igualaba.
Pues parlaba la palabra:
¡Se amargarán!, ¡anagrama!
Un mapeo es este poema:
todas las letras apenas pasean.
Sigue la senda de este danés,
con cuidado no pise tus pies.

***

PIOUN PIOPÁPIOJAPIORO
PIOCANPIOTA
PIOY PIOSUS PIOMAPIOLES
PIOESPIOPANPIOTA

PIOMAS PIOSI PIOCANPIOTA PIOUN
PIORUIPIOSEPIOÑOR
PIOTOPIODO PIOSE PIOLLEPIONA
PIODE PIOAPIOMOR

Mar Benegas.
Amagarán anagrama y Pajarístico
En: Con las botas de la A.
Ilustraciones de Olga Capdevila.
2025. Barcelona: A buen paso.



lunes, 12 de mayo de 2025

Rabia, tristeza y lodo


El que piense que las relaciones familiares son muy sencillas, que levante la mano para que los demás podamos apedrearlo… Y lo digo muy en serio porque teniendo en cuenta como está el patio, lo más normal es que los parientes se tiren los trastos a la cabeza y riñan por cualquier estupidez. Herencias, cuñados, yernos… cualquier excusa es buena para ahondar en relaciones complejas que, a golpe de infancia, se van enquistando.


Y es que eso de que todos los hijos, padres, sobrinos y nietos son iguales es una mentira como una catedral. La típica coletilla que todos nos aprendemos para no hacer distinciones y evitar los conflictos con algo de diplomacia. Si todos somos diferentes, ¿cómo vamos a desempeñar el mismo papel en la tribu, en la mínima expresión social?
Hay hijos que son más cariñosos y otros que viven con el morro torcido, nietos que se prestan a cualquier recado y nietos que pasan de todo, abuelos que cuidan de todos los nietos y los que sirven a unos pocos elegidos. Hay tantas variantes que no podemos ser equidistantes con cualquiera por el mero hecho de compartir un porcentaje de nuestros genes. Y la gente debe ser consciente de esta realidad.


Eso no quita para que la familia duela y podamos echarle un cable, pues a fin de cuentas, hemos compartido mucho tiempo, sobre todo el de la niñez, ese cúmulo de circunstancias que nos moldean hacia el futuro. Sí, la infancia: ¿El germen de nuestras miserias o un espacio reflexivo? Cada uno que elija su camino, que bastante tenemos como para andar con reproches familiares. Lo decimos yo y la Alemagna, en su último libro.


Cada tarde, Sen se acerca al colegio para recoger a su hermana pequeña, Yuki. Todos los días la misma ceremonia; Sen le da las llaves de casa, se esconde bajo su capucha y camina a tres kilómetros por delante de ella. Hasta que un día, Yuki, llena de cólera, decide tirar las llaves por la alcantarilla para darle una lección a su hermano. Lo que en principio parece un acto de venganza por el desprecio fraterno, se convertirá en el comienzo de una aventura a través de un misterioso reino gobernado por Su Alteza Lodo, Princesa de Barro, un personaje que, mostrándole los rincones de su territorio, también le permitirá indagar en sus sentimientos más oscuros.


En este libro publicado por A buen paso), Beatrice Alemagna además de utilizar sus característicos colores neón (para el álbum que nos ocupa el elegido ha sido el verde) y explorar las relaciones familiares, recrea un universo muy particular en el que podemos encontrar guiños a la Alicia de Carroll (a día de hoy, un desagüe equivaldría a ese hueco en el árbol por el que huye el Conejo Blanco), La reina de las nieves de Andersen (en una versión más subterránea) o a los universos oníricos de Miyazaki (no me dirán que los moquitos no se parecen a los kodamas de La princesa Mononoke pero en su versión más oscura y untuosa).
El barro, la suciedad, la basura y los desechos se amontonan en un espacio claustrofóbico que, a modo de estercolero emocional, va consumiendo a nuestra protagonista en una mezcla de ira, rabia y tristeza que chorrea por las paredes de ese reino tan infecto como necesario.


A pesar de lo complicado del tema, la autora italiana consigue hilar una historia con muchas fisuras por las que asomarse como protagonistas o como espectadores. La Jungla negra, el Lagondite, el Museo de los detestables o la Rabioteca. Todo articula un recorrido por las diferentes emociones de Yuki que se desbaratan gracias al grito ¿auxiliador? ¿liberador? ¿culpable? de su hermano y culminan con esa escena en un balcón desde el que se divisa el exterior. ¿Pero saben que es lo más bonito de todo? Que ningún adulto se asoma a las escenas para mediar en el conflicto, y eso, dados los tiempos que corren, es maravilloso.

miércoles, 5 de marzo de 2025

Disfraces transformadores


Los disfraces tienen algo mágico. Es sorprendente constatar cómo somos capaces de transformar nuestra existencia con un par de trapos y montones de abalorios. Podemos ser quienes queramos. Piratas, payasos, personajes famosos, animales, objetos o simples mortales. La vecina del tercero, la vieja chismosa de turno o tu mismísimo cuñado. Cualquiera.
El disfraz nos permite crear un universo paralelo que, sirviéndose de clichés, parodias o comportamientos guionizados, nos ayuda a jugar con el mundo, coquetear con lo imposible, fantasear e imaginar. Así, tiene montones de beneficios, tanto para los pequeños, como para los mayores. Potencian las habilidades sociales, evaden del mundanal ruido, nos despojan de prejuicios y nos permiten desbordar las ideas.


Pero ¡cuidado! No sea que tanto lío se nos vayan de las manos, nos metamos en el papel más de la cuenta y dependamos de ellos para la supervivencia. Conozco a más de uno que se le ha ido la pinza a golpe de disfraz, incluso han perdido la noción de su propia existencia. Si bien es cierto que no todo tiene que ver con ellos, quedan incorporados en el ideario (léase un exmarido o una jefa venida a menos). Por eso, a veces, aparcarlos y tomar las riendas de la consciencia se hace necesario en vez de parapetarse tras máscaras, lentejuelas y maquillaje.
Seguro que conocen casos de niños y jóvenes que se han salido volando por la ventana con un traje de Superman o se han cargado a media familia blandiendo una katana de samurái. Es ahí donde reside el peligro de los antifaces aunque noticias como estas sean puramente testimoniales.


Siguiendo esta línea, Kike Ibáñez nos trae una historia donde un simple disfraz es el interruptor de una aventura irresistible para cualquier lector. El diablo sobre ruedas, además de adoptar el título de la conocida película de Steven Spielberg, es el libro ganador de la última edición del Concurso Internacional de Álbum ilustrado de la Biblioteca Insular de Gran Canaria.
En él, nos cuenta la historia de Lucía Fernanda, una chiquilla enrabietada porque su madre no le deja ir a la fiesta de carnaval montada en su querida bicicleta. Cuando están esperando a cruzar la calle, un camión lleno de material radiactivo sufre un accidente y su madre muere. A partir de ese momento, todo se convierte en una locura de lo más arrolladora (nunca mejor dicho) y extravagante.


Pedos propulsores, apariciones marianas y ángeles de la guarda se mezclan en una intrahistoria donde se respira un germen tan surrealista como barroco, ese cariz tan cañí del que gusta tanto su autor. Con tintes telenovelescos y unas ilustraciones donde lo geométrico y los colores planos se funden en perfecta simbiosis, Ibáñez nos hace una lectura bien simpática de los enfados infantiles, las formas de afrontar la homeostasis personal y el civismo social (¡Lo que da de sí un paso de cebra!).


Unas composiciones muy estudiadas, las repeticiones rítmicas (¿Se han fijado en el efecto de esas explosiones sobre la lectura?), los giros verticales en el formato (¿A ver si no cómo iba a subir a los cielos un querubín?) y las secuencias narrativas un tanto cinematográficas (La espera ante el semáforo es maravillosa), se articulan en una obra muy kistch donde el humor se adhiere a todo lo demás. ¡Y feliz Miércoles de Ceniza!

viernes, 26 de abril de 2024

No a los ismos, sí a lo humano


En esto de la LIJ encontramos con frecuencia cierto compromiso social en el que se abordan cuestiones complejas. La guerra, la inmigración, el racismo, la igualdad entre hombres y mujeres, o la libertad sexual son temas muy recurrentes en los libros infantiles y que invitan a reflexionar a los lectores sobre la realidad que nos rodea con una perspectiva más amplia.
De este modo, y desde ciertos grupos editoriales, se nos venden los libros como armas que laceran conciencias, visibilizan problemas y cambian el mundo. Sin embargo, y aunque moralmente tiene su cabida, siempre me gusta andarme con ojo a la hora de tratar unos temas que pueden ser un arma de doble filo por diferentes motivos.


Si ya es bastante complicada la naturaleza individual, no digamos la sociedad, un sistema complejo que, según sociólogos y estadistas, es muy difícil de caracterizar, comprender y, sobre todo, controlar por la enorme cantidad de variables que subyacen a cualquier conflicto por pequeño que sea.
Imaginen que cierto editor tiene cierto compromiso con los libros de temática LGTBI y decide publicar un libro estupendo sobre las relaciones homosexuales. Tras indagar en el origen de su autor, descubrimos que es alemán y que uno de sus abuelos murió en las cámaras de gas del Tercer Reich. Tiramos más del hilo y resulta que es de ascendencia judía y que su familia cercana decidió mudarse a Israel durante los 90 y es propietaria de una de las fábricas que provee de indumentaria al ejército israelí, el mismo que en estos momentos bombardea la franja de Gaza.
Si en el instante que se descubre el pastel a un lector le da por la cultura de la cancelación y comienza una campaña en contra de la citada editorial por apoyar la guerra, ya la tenemos liada. Si una asociación de gays, lesbianas y otras orientaciones sexuales gusta de meterse en el ajo en defensa del autor, más madera. Y cuando se inmiscuyan en el circo las víctimas del genocidio nazi, ¡¿para qué queremos más?!


Si bien es cierto que la denuncia social es muy respetable, sobre todo desde un planteamiento fáctico en el que los hechos se relatan, también puede levantar suspicacias y nuevos conflictos, pues lo intrincado de nuestra naturaleza social favorece la diversidad de percepciones que suelen establecerse en un flujo multidireccional.
Ante la duda y en estos casos, yo siempre abogo por apelar a lo humano, como es el caso del libro de hoy, que con el título de No, se acerca a las librerías de la mano de Paula Carbonell, Isidro Ferrer y A buen paso.


Todo empieza camino del colegio. Uno al que su amigo no llega. La vuelta a casa también se hace difícil. Todo es un caos y no la encuentran, por lo que deciden pararse en el parque a jugar. De repente llega su madre angustiada y, tras darles muchos besos, les dice que van a jugar al escondite. Aparece un agujero en el suelo, el hambre y la sed. ¿Los encontrará su padre algún día?


No se adentra en la historia de dos hermanos que ven su vida cotidiana truncada por la guerra desde una perspectiva muy infantil. No hay muertos, no hay armas, ni cruentas batallas. Todo sucede en un escenario donde dos figuras de madera, elementos con geometrías angulosas y la luz tenue, sobran para construir una narración sobrecogedora. Con pocas palabras, este álbum casi silencioso, nos deja mudos. En él no se ahonda en los detalles. Las voces infantiles, la parquedad y una sobria puesta en escena son los recursos narrativos esenciales que propician esa atmósfera triste y solemne.


Amplios espacios, una tipografía cambiante y detalles turbadores (fíjense en esa escalera rota o el diámetro del agujero). Todo parece haber sido medido al milímetro para despertar un diálogo complejo con los lectores. Suspense, dramatismo y vaivenes emocionales que descubrimos en esta lectura sosegada donde, alejada del ruido de otros títulos antibélicos, nos encontramos con ese cariño familiar que eclipsa el desastre de las bombas.

sábado, 9 de marzo de 2024

Serendipia poética


Es sábado y llueve afuera. Mientras tanto, una serendipia se abre camino en mi escritorio. Me colma de felicidad. A veces los libros son así. Geniales. Inesperados. Leo, leo y no me canso. Una suerte teniendo en cuenta que el mercado solo sabe ofrecernos productos banales y perecederos. Mucho compromiso y poca diversión. Me gustan las palabras, ver cómo juegan, cómo se retuercen. Menos intensas y más elásticas. Aire fresco es lo que necesito. Para eso te quiero, poesía.
Veintiocho creaciones que sobrevuelan la mesa mientras abro esa ventana que es este libro. No le está mal empleado el título. Que llegue pronto la primavera y, abierta de par en par, llene mi mundo del sabor de la brisa que borra todas las penas.

¿Y cómo sería
si por un día
fuera lógico…

que hubiera pingüirafas
con frac y largas gafas

y dos cocodrilantes
de trompas muy brillantes,

un trío de hipocruces
grandes, de pocas luces,

algunos dinogatos
comiendo de sus platos

y fueran visitantes
de un humanoológico?




Veo silencios que hablan
y no sé ni lo que dicen.
interpreto algunas pausas,
algunos andares libres.

Oigo que el verde anaranja
a pasos que ya no sigo
y, apoyado en la baranda,
mi andar se queda dormido.

Mientras se despierta un mundo
que leo largo y tendido,
espero a que alguien venga
antes que yo me haya ido.

Dani Espresate Romero.
En: Ventanas.
Ilustraciones de Marta Comín.
2024. Barcelona: A buen paso.


martes, 27 de febrero de 2024

A veces veo...


A veces veo que la gente se cruza de acera para no saludarme. Otras veo que los compañeros murmuran a mis espaldas. Veo cómo me tachan de esto o de lo otro cuando ni siquiera me conocen. También veo el modo en que algunos tratan a sus hijos. Veo las tretas de los políticos para hincharse a billetes. Veo lo poco que les importa la gente, lo mucho que les interesa la guerra. Veo a los que no tienen amor propio y a los que tienen demasiado. Veo las drogas, la enfermedad, la miseria y la sinrazón. A veces veo tantas cosas que en realidad prefiero no ver nada.
A veces veo una pareja sentada en un banco. Otras, las ruinas de un pasado glorioso cubiertas de musgo. Un gesto que aguarda el tiempo. Veo a mi madre riéndose. A mi padre con sus excentricidades. A Ana y Antonio, a Antonio y Ana. El bullicio del parque cuando se acerca la primavera. El revuelo que nos divierte durante las noches de verano. Verbenas y pomadas. También hay cosas buenas de las que quiero impregnar mi mirada atenta.


Ver o no ver, he ahí el dilema. Cuantas más cosas buenas ves, más quieres seguir viendo. Cuantas más cosas malas ves, menos quieres ver. ¿Y si estás viendo algo bueno y de repente aparece lo malo? ¿Y si es al revés? En eso consiste la mirada, en arriesgarse a hacerlo. El mundo es una sorpresa y nunca sabemos lo que nos puede deparar la vida.


Y con estas visiones un tanto dialécticas, llegamos a la poética de ¡Elefante a la vista!, un álbum de Juan Arjona, ilustrado por Giovanni Collaneri y recién publicado por A buen paso.
Todo empieza hablando de los elefantes, de sus cosas buenas y sus cosas malas. Por ejemplo, estos paquidermos son incapaces de esconderse (demasiado grandes como para pasar desapercibidos) y nos acompañarán durante toda la lectura.


Acompañada de las imágenes coloristas que el ilustrador italiano ha dado forma y cuyo estilo recuerda bastante al trabajo de otros genios del rotulador como Andrea Antinori o Bernardo P. Carvalho, esta historia se acompaña de un extraño visor para elefantes que bien merece la pena guardar como oro en paño para disfrutar de todos los elefantes que nos ofrece nuestro alrededor.


Una aventura poética que invita a perdernos en sus páginas, buscar paquidermos en su geografía y empujar a nuestro subconsciente en esa búsqueda imaginativa que tanto cuesta alcanzar. Inspirador y humorístico, este libro sobre lo que es y lo que no, nace de una idea bastante alocada. Seguro que encuentran en él un gran aliado para dejarse llevar en ese tirabuzón arriesgado de la creatividad.