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jueves, 25 de diciembre de 2025

Feliz Navidad (o como sea)


Si bien es cierto que la Navidad propicia un espacio esperanzador para el ser humano, también lo es que cada vez se ahoga más en su propio mensaje. Y no es que yo menosprecie los valores de solidaridad y fraternidad que defiende esta época del año, sino que empiezo a observar cómo crece una extraña impostura que da buena cuenta de las patologías que preñan a esta sociedad enferma.
Y ustedes dirán que estoy loco. Y yo seguiré rumiando La cinta blanca de Haneke mientras escucho los villancicos a modo de mantra inquietante. Y no es para menos, pues la dicha que cabría esperar de este tiempo, se ha transformado en un espectáculo grotesco y quimérico donde la supuesta pureza se torna despreciable.


La Navidad se transforma en tortuosa, doliente y vil. Y si no me creen, fíjense en todos los que huyen de ella. La Navidad está ahí, pero muchos no saben gestionarla. La Navidad es imposible en un mundo veloz, en un momento lleno de dobleces, de carencias humanas y desperdicios ingobernables. Sin principios no hay moral. Y sin moral, no hay Navidad que valga.
Y a menos que sepamos mirarnos, corremos el riesgo de ser fagocitados por la toxicidad que campa entre nosotros. Pues esa incoherencia que tanto hemos achacado a la religión, se ha multiplicado insana durante un nuevo milenio desprovisto de humanidad. Ya no sabemos quiénes somos ni quiénes son los demás. ¿Habrá marcha atrás?
Yo, lo único que puedo hacer es lanzarles un dardo con forma de libro. ¿Y yo qué puedo hacer? de José Camparini y Jesús Cisneros ha sido reeditado por OQO. Estaría bien aprovechar la coyuntura y leerlo en unas fechas que tanto inspiran.


En la cuarta planta de un edificio sin ascensor vive el señor Equis (Nota: he aquí un guiño a ti, a mí y a cualquiera). Todas las mañana lee las noticias del periódico con mucha atención y el cuerpo se le llena de preocupaciones. Es cuando empieza a asaltarle la pregunta que da título a este libro: ¿Y yo qué puedo hacer? De repente, la dice en voz alta y, como por arte de magia, empieza a obtener respuestas gracias a la vecina del tercero, la del primero o el anciano del parque. ¿Qué le dirán que haga?
Con un lenguaje sencillo e intimista, Camparini nos acerca una fábula cotidiana que defiende la vida en comunidad desde una perspectiva de proximidad. Gente que vive sola, vagabundos que deambulan por el barrio, inmigrantes sin trabajo, niños necesitados de atención. Pequeñas acciones con las que ayudar a los que están cerca también tienen su repercusión sobre los grandes problemas que llenan los medios de comunicación.


Mención aparte merecen los recursos narrativos de Jesús Cisneros para hacernos llegar la transformación de un protagonista que pasa de espacios cerrados, claustrofóbicos y vacíos a lugares abiertos, llenos de aire y vida, algo que se ve todavía más acentuado al enfrentar una realidad urbana a otra más agreste y natural. Composiciones que juegan con manchas y líneas, tipografías desorbitadas y metáforas visuales (¿Se han fijado en esa luna llena de titulares?) para lanzarnos un discurso que choca frontalmente con esa vis un tanto cainita que se respira en este país de prejuicios y envidias
Por último, si despliegan la camisa de este libro, encontrarán un magnífico teatro, en cuyo escenario podrán escanear un código QR que les llevará a la versión animada de este libro. Esta es una práctica muy habitual de esta editorial que ha adaptado muchos de sus libros gracias a la técnica del stop motion. Aunque ya incluí el enlace a su canal en mi monográfico sobre LIJ y cine de animación, se lo vuelvo a dejar AQUÍ para que disfruten y opinen sobre este desbordamiento visual tan interesante (Nota: solo hay unos pocos de libre acceso).
Feliz Navidad. O en su defecto, como quiera que sea.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Libros que brillan como el sol



No hacen más que anunciar que se acabaron los días soleados (no será el de hoy). Que por fin se avecina el fresco (“Ciclogénesis explosiva” lo llaman). Y a tenor de las rebajas ¿otoñales? del grupo Inditex (¡Oiga, qué precios!), yo discrepo. Lo siento señores monstruos, pero me fío más de Amancio Ortega que de los presentadores del tiempo (El de “La 1” ya no es lo era… Con ese cambio de imagen, la han cagado). ¿Se pasan el día vendiéndonos el cambio climático y ahora pretenden que nos traguemos esto…?
Seguramente el termómetro caiga unos cuantos grados, pero invertir la tendencia de los últimos años se me antoja imposible, más todavía cuando algunos nos hemos acostumbrado a rezar eso de “En España siempre es verano”, más “hot” todavía si nos paseamos por el senado, Benidorm o Mazarrón.


Y con este tole-tole climatológico, llego a uno de los álbumes que más me ha cautivado durante los últimos meses, El día que Baldomero robó el sol (Ediciones Ekaré). Y es que esta historia de mi siempre admirado Nono Granero, además de tener como protagonista al astro rey, huele a muchas cosas. Les diré el por qué…
En primer lugar tiene cierto aroma a tradición. Por un lado el autor incorpora a Baldomero, el pequeño diablo que desencadena la acción con una de sus jugarretas y que me recuerda sobremanera al Rumplestiltskin, el eterno antagonista de los cuentos tradicionales alemanes. Por otro, y gracias a unas ilustraciones donde priman los tonos ocres, plasma lo cotidiano de un pueblecito típicamente español, quizá un poco trasnochado (vean en sus muros y tejados cierto sabor añejo, cierto tiempo pasado).



También llamo la atención sobre la importancia que su autor da a la figura femenina en una narración que tiene mucho de hermosa. María y las vecinas del lugar son las verdaderas heroínas en una historia, tan cotidiana, como fantástica, que ensalza el necesario papel del ama de casa en todo tiempo humano. Porque a golpe de muñeca y tenedor, son estas mujeres las que hacen brillar de nuevo al sol.
Por último, y para ahondar en la poética y sus mensajes, creo que se antoja una lectura rutinaria, no sólo cuando subimos la persiana y corremos la cortina, sino a cualquier hora del día. Cuando vemos las noticias, cuando hacemos la compra, cuando reñimos con la familia… Porque habla de todos y cada uno. De lo poco que aportamos y lo mucho que conseguimos.


No me extraña que haya sido seleccionada en los White Raven de este año (echen AQUÍ un vistazo a todas las obras en castellano seleccionadas), pues es un libro con el que he recordado, disfrutado y soñado a partes iguales. Gracias.



jueves, 2 de marzo de 2017

Pablo Ráez o cómo hacer un mundo mejor


Barbara Cooney. La señorita Emilia. Ekaré.

No sé qué hubiera opinado Pablo Ráez de que una calle llevara su nombre, ni si le hubiera gustado recibir tantos honores tras su fallecimiento. Lo único que sé es que la muerte de este chico ha generado ciertas controversias que me gustaría recoger en este lugar donde los monstruos también lloran.


Sarah Stewart y David Small (il.). La jardinera. Ekaré.

Unos dicen que el cáncer, esa enfermedad condicionada, tanto por factores genéticos, como por ambientales, engulle cientos de vidas a diario. Que Pablo era otro de esos enfermos que conviven con la leucemia y cuya recuperación depende más de la ciencia y los médicos que de su propio estoicismo. Que la de este chico era otra vida truncada por una realidad que golpea a la especie humana con mucha frecuencia, más todavía desde que la industria química y los hábitos poco saludables irrumpieron en nuestro modus operandi. Nada excepcional. ¿Qué familia no sabe lo que es el cáncer? Los enfermos no son héroes, ni mesías, tampoco mártires, sino el resultado, por desgracia, de mucha mala suerte.


Mac Barnett y Jon Klassen (il.). Hilo sin fin. Juventud.

Al otro lado tenemos aquellos que se deshacen en loas a un chaval que decidió no amilanarse frente a la adversidad, que buscó las palabras más adecuadas para animarse a sí mismo, a sus allegados, a quienes lo rodeaban. Que vestía con una sonrisa al mal tiempo, que dejaba correr la brisa para aliviar esa cruda carrera de fondo, y que nos enseñó que la vida es un regalo enorme. Que era un ejemplo de entereza y lucha, de fuerza ante la adversidad. Muy carismático, un gran comunicador, despierto y esperanzado.


Cho Sunkyung. El jardín subterráneo. Thule.

Y en medio de todo esto ando yo. Pensando que Pablo Ráez fue una persona ingeniosa que, desde su propio individualismo, supo aupar una iniciativa que ha resultado ser una de las mejores campañas para captar donantes de médula ósea de este país. Que, de un modo honesto y sincero, supo llegar a los que le rodeaban para desarrollar un bucle solidario, no sólo para beneficiarse de su incesante búsqueda de hallar un donante compatible, sino para, sin comerlo ni beberlo, abrir muchas puertas a otros enfermos y hacer visible el sufrido campo de minas que conllevan los trasplantes de médula ósea.


Monika Feth y Antoni Boratynski (il). El señor Todoazul abrillantador de placas callejeras. Lumen. 


Jeanette Winter. La bibliotecaria de Basora. Una historia real de Iraq. Juventud.

No sé si Pablo Ráez se merece una calle, una estatua o uno de esos bancos dedicados tan típicos en Inglaterra que bien podrían bordear la Malagueta, pero sería maravilloso que su historia, otra que habla de cómo hacer más hermoso y especial nuestro mundo, fuera recogida en un libro para niños, para mí, el más bonito de los tributos.


Barbara Cooney. La señorita Emilia. Ekaré.

jueves, 30 de abril de 2015

Regalando el tiempo


Se quedaron atrás los días de lluvia, viento y frío, y hacen aparición el sol, el calor y la calma chicha, esa que nos llena de pesadez y cansancio vespertino. Tanto, que ni tan siquiera el café, ese brebaje nuestro, puede hacerle frente. Con tanta perrería, se hace necesario echar mano de otras tisanas más refrescantes (menta, poleo o manzanilla, a gusto del consumidor) para aligerar las tardes.
De entre todas ellas, es el té mi favorita; esa tisana de amargo sabor y aromas varios que, desde bien entrado el día hasta la mitad de la jornada, japoneses, ingleses o chinos beben sin cesar. Para el desayuno (con nube de leche o sin ella), el “earl grey tea” de las seis (p.m., como manda la tradición), verdes, negros o rojos, los aromatizados con jengibre y otras especias exóticas, un buen té helado a la sombra del árbol, son buenas excusas para dejar quieto nuestro momento y ver como corre el de los demás… Gira y gira la cucharilla en la taza y, en esa estela circular que describe en la superficie del líquido, el tiempo se para de pronto y nos dejamos transportar lentamente a otro lugar que ya pasó, que camina en contra de las agujas del reloj. Quizá parezca un pequeño instante en el que perdemos la mirada, una que se arrulla al son de la cuchara, pero es el tiempo y su tintineo los que se van…


Aunque muchos desean volver atrás, otros prefieren ir dejando por el camino sus minutos…, quizá para que sirvan a otra gente, quizá para dejar cierto poso en los recuerdos de otros, quizá por el divertimento que supone juguetear con la vida, o quizá por llevar la contraria (una terquedad más). De entre todas estas opciones, un servidor se decantaría por la segunda… Aunque si bien es cierto que no desecho las otras (muchas veces es preferible dejarse llevar por el ocio y otras ayudar a que los demás inviertan su tiempo más productivamente), lo de perdurar en los demás tiene su aquel, no sólo como un mero instrumento para el egocentrismo, sino porque vivir en la memoria de los demás (no me refiero a la eternidad, patrimonio de unos pocos), alarga nuestra existencia.


Aunque prefiero no hablar de las medidas de nuestras obras, hechos y desmanes (cada uno hace lo que buenamente puede), la mejor inversión de nuestros minutos es la que se hace en los que nos rodean, bien valgan el sillón de un ministerio, un libro de cuentos o la nana que mece a nuestros hijos, un bello mensaje que Paula Merlán y Mar Blanco nos traen en  Las bolsitas de la señora T (Editorial Amigos de Papel) un álbum ilustrado colorista y bien intencionado que rebosa alegría, tiene algo de melancolía y la pizca de tristeza de todas las historias cotidianas.