lunes, 5 de octubre de 2026

Niños y ¿votantes?


Tras un verano de lo más sórdido, sobre todo para los ceutís, por fin se han disuelto las cortes. El 29 de noviembre se abrirán los colegios electorales y todo aquel que lo desee podrá ejercer su derecho al voto.
Desde hoy y hasta entonces, limitaré los telediarios, me mantendré al margen de las redes sociales y haré caso omiso de todos esos corrillos que, en unos ámbitos u otros, enardecerán el debate. Lo siento, pero no quiero sufrir una campaña electoral que, aparte de larguísima, se prevé más que peliaguda. Tengo muchas novelas pendientes de leer, películas que disfrutar, reseñas que escribir, dibujos que terminar y cervezas que beberme.
Hace ya mucho tiempo que decidí desligarme de un sistema “democrático” en el que no confío gracias a una ley electoral injusta y manipulable. Podrán decir misa, pero es algo de lo que me siento muy orgulloso. Más todavía tras haber leído Por el derecho al voto desde el nacimiento, un libro de Clémentine Beauvais que ha publicado con mucho tino la editorial Wonder Ponder.
Este panfleto (así lo define su autora, aviso) dedica sus 58 páginas (lo pueden devorar en menos de una hora) a defender una postura muy sencilla: si a la hora elegir a nuestros gobernantes hablamos de sufragio universal, ¿por qué no pueden votar los menores de edad? Así, la profesora de universidad y escritora de literatura infantil esgrime no pocos argumentos para tener en cuenta los intereses de los más pequeños en la construcción (o destrucción, que todo vale) de un estado. Quizá la pregunta nos parezca, como ella misma señala, “graciosa, polémica o experimental”, pero lo cierto es que el discurso que emerge tiene su enjundia.
Con una edición muy elegante, la obra recoge puntos que me han parecido bastante interesantes. Cabe señalar la supuesta incompetencia infantil a la hora de ejercer su voto (como si la adulta no nos diera más de un quebradero de cabeza), la exclusión de los niños de una vida política en la que participan desde el nacimiento (los pobres se tragan cada mierda que ole… fíjense en las leyes educativas… si votaran, ciertas cosas podrían mejorar) y la posibilidad de reimaginar las relaciones familiares y sociales desde un prisma intergeneracional (¡Qué bonito es el diálogo!).
Por otro lado, aparte de ilustrarme con los tipos de sufragios o el principio de voto plural, este ensayo vivaracho y muy asequible para todo tipo de público, me ha sugerido muchas preguntas (cosa que he agradecido sobremanera). ¿Familia o estado, qué nos hace más políticamente manipulables? ¿La subversión infantil es un lastre cuando hablamos de política? ¿Qué interesa más al poder, la alfabetización o el derecho al voto? N.B.: Si se les ocurre alguna otra después de leerlo, añádanla en los comentarios.
Para terminar, señalar tres cosas que me han chirriado bastante (¡Ea! Es lo que tiene la política…). Leyendo el apartado que habla de las experiencias sobre la intervenciones políticas de la infancia, me he acordado de las no pocas elecciones de delegado de clase que he presidido. No sé cuántas habrá presenciado la autora, pero si hubiera visto cómo funcionan los chavales, quiénes presentan su candidatura o cuáles son sus motivaciones a la hora de votar, seguro que no idealizaba tanto la idea… También me ha parecido un despropósito responsabilizar a la escuela de proselitismo político y proponer medidas de control sobre el profesorado para que esto no suceda. Luego decimos que los nazis… No comment… La guinda del pastel ha sido mencionar a Greta Thunberg como ejemplo de no-sé-qué… ¡Ejem! Mejor no personalizar que se nos ve el plumero…
Lejos de mi punto de vista, tan válido como otro cualquiera, les recomiendo su lectura para que ustedes mismos extraigan sus propias conclusiones. El libro tiene chicha, incluye referencias bibliográficas, evita el lenguaje inclusivo (¡Gracias, traductora!) y nos plantea un panorama que bien merece la pena pensar y repensar.