miércoles, 20 de noviembre de 2024

Libros infantiles vestidos de fábula


Si bien es cierto que las fábulas han vivido tiempos mejores, nadie puede negar su importancia es esto del universo de la LIJ, no solo por ser un género tradicionalmente orientado hacia los críos por muchas razones, sino por la gran influencia que ha tenido sobre otras producciones literarias.
Muchos estudios apuntan a que la fábula nació en Oriente, concretamente en la India, para educar a los hijos de los nobles e infundir en ellos valores y virtudes con los que poder ejercer como gobernantes. Aunque todavía se conservan algunas de estas colecciones, véase el Pachatantra (s. III a.C.), son posteriores a la primera fábula documentada, El halcón y el ruiseñor, un relato recogido por Hesíodo en el siglo VIII a. C. También se disputan su autoría en Mesopotamia, un lugar donde recopilaban pequeñas historias sobre zorros astutos, perros desgraciados y elefantes presuntuosos en tablillas de arcilla con escritura cuneiforme.


A pesar de no tener claro su origen, la fábula se va abriendo camino en diferentes culturas y prolifera por diferentes zonas del Asia Menor y la región mediterránea, alcanzando su máxima expresión gracias a Esopo, una figura (si es que fue solo un hombre…) casi mitológica que popularizó estas creaciones protagonizadas por animales y objetos que guardaban una enseñanza moral o práctica.
Como suele pasar, a Grecia le sucede Roma, más concretamente, Fedro y Horacio, dos poetas que se encargaron de reescribir las de Esopo en verso o hacer sus propias aportaciones a la tradición fabulística que ya había calado en el ambiente cultural de un imperio.


Y así, con las fábulas que los cruzados que trajeron de Oriente durante la Edad Media y el Renacimiento, los fabulistas modernos que, como La Fontaine o Samaniego, reverdecieron un género que había caído en el olvido y otros autores contemporáneos como Horacio Quiroga o Arnold Lobel, la fábula fue evolucionando y enriqueciéndose hasta nuestros días para continuar con el propósito principal con el que fueron creadas: moralizar a los cerebros más plásticos, una tendencia que nunca pasa de moda.
Del mismo modo, cuando pienso en las sinergias entre fábulas y cuentos, me viene a la mente cierta conferencia de Perry Nodelman que puso patas arriba un congreso del IBBY. En ella, ponía en tela de juicio el uso indiscriminado de los animales humanizados en la LIJ. Este peso pesado se preguntaba por qué no dejábamos en paz a otros seres vivos y los despojábamos de cualidades únicamente inherentes al ser humano. Pues sí, Mr Nodelman, he aquí otro lastre fabulístico que sigue vistiendo los libros infantiles.


Y para que vean que las fábulas siguen más vivas que nunca, aquí me hallo hablando de Topotipo y Topotapo, la revisión que Roberto Piumini e Irene Volpiano han hecho de fábula clásica El ratón de campo y el ratón de ciudad. Publicado por Libros del Zorro Rojo, la archiconocida narración de Esopo, se viste de blanco y negro y una estética muy cinematográfica para aleccionarnos sobre esa dicotomía entre el pueblo y la ciudad, entre los lujos y la modestia que tanto gustan en cualquier parte del mundo.
Relean esta historia en un nuevo formato lleno de teatralidad y detalles minuciosos que nos proponen los autores italianos sin renunciar a la esencia de la original, pero con unos guiños muy actuales.

martes, 19 de noviembre de 2024

Cuentos mutantes


Todos los estudiosos del tema suelen aludir a la capacidad mutable de los cuentos, sobre todo si tenemos en cuenta que estas creaciones populares corren de boca en boca y de hoguera en hoguera. Como nuestros propios genes, pueden ser modificados gracias a las aportaciones que cada narrador hace en su relato, y no nos debería extrañar que existan numerosas versiones de cada uno de ellos, más todavía teniendo en cuenta la de años que han pasado desde que la especie humana comenzó a usarlos.
Bien por necesidades del guion (añadir un poco de salsa siempre realza los sabores), las tendencias y modas (como el largo de la falda, los cuentos también se adaptan al gusto del público) u otras triquiñuelas (ya saben… cuitas palaciegas, intereses maquiavélicos, revoluciones populares y doctrinas varias, también meten la cuña publicitaria en los cuentos), estas narraciones han ido cambiando su forma.


Parece que todo cambia con Gutemberg y su invento, pues eso de la letra impresa pone freno a que todo el mundo colabore con sus aportaciones en esto del entretenimiento lingüístico. O al menos, eso creemos, pues incluso de esta manera, también hay que hablar de libros destruidos o perdidos, editores entrometidos, traductores desafortunados, correctores incorregibles y lectores juguetones.


Precisamente de estos últimos toca hablar hoy gracias al último libro de Jon Klassen que se publica en nuestro país gracias a Blackie Books. La calavera, que así se llama el título de este álbum, está basado en un cuento tradicional tirolés que Klassen leyó en una biblioteca de Alaska mientras esperaba que comenzase una de sus presentaciones.
La historia nos habla de Otilia, una niña que huye en mitad de la noche. Atraviesa el bosque mientras escucha su nombre, hasta que se encuentra con una casa. Al acercarse, se da cuenta de que la puerta esta cerrada y, tras llamar y preguntar si hay alguien, una voz le contesta. Al alzar la cabeza, ve a una calavera asomada a una ventana que, finalmente, le ayudará a entrar. La calavera le cuenta su historia mientras le enseña la casa y la invita a pasar la noche no sin antes confiarle un secreto: le tiene que ayudar a escapar de un esqueleto sin cabeza que la persigue todas las noches.


En este cuento un tanto misterioso, Klassen despliega todo su arte narrativo en un álbum extenso (unas ciento veinte páginas son bastantes para un álbum) en el que utiliza diferentes recursos. Lo primero de todo es que estructura la obra en cinco partes con título múltiple. Esto es algo que extraña bastante en un relato corto como un cuento, pero del mismo modo tiene su sentido, ya que así establece una serie de ideas clave que permiten al lector, no solo recordar lo que acontece en él, sino anticipar, a modo de funciones de Propp, esos hilos argumentales que tanto resuenan en unos cuentos y otros. Del mismo modo, dilatar el lapso temporal también le ayuda a mantener la tensión en un relato intrigante y un tanto terrorífico en el que las sorpresas y el efectismo tienen su función.


En segundo lugar, hay que hablar de la paleta de color. Siluetas grises, sombras negras y reflejos tornasolados de hogueras y amaneceres invernales, llenan unas ilustraciones donde el uso variado de los planos imprime bastante ritmo cinematográfico. Me encanta la escena del baile de máscaras (¡Me resuenan tantas películas y novelas…!) y la plasticidad que adquieren algunas figuras (Ese esqueleto cayendo es una maravilla).


Por último, no hay que olvidar el humor que destila Klassen en todas sus obras. Por un lado, tenemos uno muy blanco que nos hace sonreír (lo de que una calavera coma peras y beba té es tan absurdo como los chistes de Faemino y Cansado). Por otro, uno muy negro, sobre todo cuando descubres que detrás de la apariencia inocente de Otilia, hay una persona con muchas intenciones y nada inofensiva, sobre todo cuando se trata de conservar el paraíso prometido y el lector conoce el final de la historia original (no se olviden de leer la nota del autor).

jueves, 14 de noviembre de 2024

¡Larga vida, Hervé Tullet!


El otro día, eché mano de este cuaderno de bitácora y me di cuenta de que nunca antes había destripado un libro de Hervé Tullet, así que hoy toca darle a la manivela, resarcirme de mi pecado y hablar un poco de este mago del álbum ilustrado que, como todos los monstruos saben, le ha dado mucho a los álbumes para primeros y no tan primeros lectores.
Nacido en 1958 en Normandía (Francia), Hervé Tullet estudió Bellas Artes y Artes Decorativas para más tarde trabajar como director de arte en varias agencias publicitarias. En 1991 nace su primer hijo y, tras diez años en el sector, decide dedicarse a la ilustración y participa en publicaciones como ELLE, Madame Figaro, Le Monde o The New Yorker.

En 1994 publicó su primer libro para niños, Comment papa a rencontré maman, en la editorial Le Seuil, un libro con el que da el pistoletazo de salida a una carrera imparable como autor de libros infantiles, dando vida a más de 80 libros traducidos a más de 30 idiomas.
Entre los espacios donde ha participado con sus talleres, se encuentran la Tate Modern, la biblioteca del Congreso, el MoMA y el Museo Guggenheim. Además ha realizado varias exposiciones en el Invisible Dog Art Center y en el Museo de los Niños de Pittsburgh, en 2018, realizó su primera retrospectiva en el Centro de Artes de Seúl, Corea.


La más conocida de todas sus creaciones es Un libro. Publicado en 2010, estuvo en la lista de los más vendidos del The New York Times en la categoría de libros infantiles durante más de cuatro años (hecho que avalan los dos millones de copias vendidas en todo el mundo).
Este álbum interactivo basado en el acto (o juego, según se mire) de pasar página y el uso del amarillo, el azul y el rojo, es una delicia para cualquier lector (independientemente de la edad), ya que es capaz de establecer un diálogo muy especial entre nosotros y ese objeto tan devaluado últimamente, además de elevarlo a una dimensión que supera a la de muchos videojuegos.


Si bien es cierto que es un ejercicio sorprendente donde la anticipación y la sorpresa van de la mano, también tiene que ver con la psicomotricidad, algo que muy pocos autores de la llamada LIJ habían desarrollado y que estableció un punto de partida muy interesante para otros nuevos productos que hoy día incorporan elementos parecidos en esa materialidad que acompaña al objeto-libro.


Partiendo de esta serie de premisas, se acaba de publicar en nuestro país su secuela, La mano mágica, un álbum que cambia de protagonista y se centra en el lector como creador de un universo que tiene su reflejo en el libro. Centrado en los diferentes tipos de trazos y los colores básicos, Tullet nos invita a despertar ese poder que todos tenemos oculto en las palmas y dedos de nuestras manos.



El segundo libro que les traigo en este pequeñísimo monográfico lo acaba de publicar para nuestro disfrute la editorial Librooks. Es ¡No confundas!, una obra estupenda que en 1998 recibió el Premio Bologna Ragazzi en la categoría de no ficción y que lleva unas cuantas ediciones por delante. Cosa que no me extraña porque, además de tener más de 140 páginas (¡Mejor! No sé qué pasa con los libros de este señor, pero uno no quiere que lleguen a su fin), es una maravilla a la hora de desarrollar conceptos opuestos o complementarios, antónimos de todo tipo y mucho vocabulario (hay tándem de palabras que me encantan… “verdadero” y “falso”, “orden” y “desorden” son mis favoritas)



Si bien es cierto que, comparativamente con los anteriores, la interactividad se reduce (si es que eso se puede decir de algún libro…), el lector-espectador recorre este imaginario gracias a unos agujeros que recorren las páginas y funcionan a modo de nexo de unión entre estas parejas de conceptos. Del mismo modo, Tullet sigue dando vueltas sobre su estilo colorista y un tanto ecléctico que combina diferentes medios para crear unas imágenes donde siempre cabe el humor.


El tercero y último de los libros que incluyo en esta multi-reseña es La expo ideal, un libro que parte del proyecto colaborativo que Tullet lanzó en 2018 para valorar el impacto de su filosofía e idiosincrasia creativa gracias a la participación de lectores de todo el mundo. Esta iniciativa, que en principio consistía en una serie de talleres visuales en forma de serie web y una exposición virtual colectiva, se materializó en el libro que nos ha traído Kókinos este otoño a las librerías.


De los tres títulos que aquí recojo, probablemente sea el más visual. En él se recogen la mayor parte de los recursos estéticos que suele utilizar el autor francés afincado en Nueva York. Páginas desplegables que recuerdan a leporellos, troqueles que seleccionan unos colores sí y otros no, series que suman y otras que restan, acumulativas o repetitivas, collages y fotografías, y los tres colores básicos se combinan en esta exposición en forma de cuaderno con gusanillo que, como otras obras de Kveta Pacovsca o Katsumi Komagata, nos sumerge en una amalgama de recursos visuales que inspiran y desbordan al artista que todos llevamos dentro.

martes, 12 de noviembre de 2024

A rebosar de recetas


Como la de media España, mi bandeja de sugerencias de Instagram está llena de recetas. No sé qué tienen esos vídeos breves que hipnotizan a cualquiera. Hasta mis alumnos confiesan sentirse irresistiblemente atraídos por ellos. Cocineros reconocidos, pinches en ciernes y gente buenorra se han lanzado a los fogones para incitarnos al “savoir faire” culinario.
Por un lado está bien eso de abogar por la cocina hecha a mano y dejar a un lado todos esos productos precocinados y ultracongelados a los que nos estábamos abocando, pero también es llamativo que a la par de todas esas buenas intenciones, se vislumbran otras no tan respetables. Publicidad encubierta, intereses colaterales, falsa modestia, egos desmesurados…


He llegado a pensar que la mayoría están subvencionados por las grandes corporaciones que manejan el cotarro alimentario. Solo hay que fijarse en la cantidad de nuevos productos que incorporan en sus platos y los precios que se estilan en los supermercados. Algunos han puesto el ojo en el negocio de la comida: oligopolios a la vista.
Lo más gracioso es que, por mucho que se empeñen, los ingredientes básicos de cualquier guiso son el tiempo y el cariño, dos cosas que empiezan a escasear en este país de familias desorganizadas, trajines laborales y conformismo gastronómico. Yo lo tengo claro: no hay comida que iguale a la que se cocina al calor de una madre.


Hablando de recetas, en este día luminoso, acaba de aterrizar en mi buzón lo último de Heena Baek, esa autora coreana que me tiene enamorado. Cómo hacer caramelos mágicos. Un título muy sugerente que se ha encargado de publicar Kókinos, su editorial de cabecera en el terruño.
Si recuerdan Caramelos mágicos, una de sus obras maestras, se toparán con el protagonista de este libro, el dependiente de El lucero del alba, ese badulaque en el que Dung-Dung encuentra esos dulces tan especiales, y que nos irá explicando paso por paso la manera de fabricarlos. Primero, preparar todos los ingredientes. Segundo, buscar el silencio en mitad de la noche estrellada. Tercero…


Como de costumbre, Baek, nos brinda una historia fantástica en mitad de lo cotidiano haciendo gala de tres elementos que caracterizan a su obra. Uno de ellos es la elección de una situación cotidiana en la vida de cualquier persona, en este caso, ese ritual que precede a las buenas noches. Otro es que continúa dando protagonismo a la tercera edad. Los ancianos no solo son guardianes de la sabiduría, una cuestión muy oriental, sino que también conocer la forma de hacer magia. Si además esa persona vive con un pájaro sobre la calva, no hay quien se resista a hacerle caso. Por último y como ya comenté en su día, hay que hablar de la suspensión de la incredulidad, esa característica que hace dudar a sus lectores entre la realidad y lo onírico, que despista pero embelesa.


Por último, me encanta esa pequeña guía de yoga que, aparte de darle un puntito no ficcional muy interesante, anima a mover el esqueleto de pequeños y mayores.

lunes, 11 de noviembre de 2024

Solos ante la vida


No entiendo porqué mucha gente es incapaz de ir sola al cine. Es algo que siempre me ha llamado mucho la atención. Ellos me responden que siempre han acudido a ver una película con su pareja o el grupo de amigos de turno como manda la tradición, y yo pido razones.


Lo primero que se les ocurre es ponerse profundos y rondar esa idea de construir momentos colectivos en los que todo el mundo pueda dar su opinión para enriquecerse mutuamente. Luego se bajan de la burra y empiezan a largar de lo lindo. Que en aquellos años tocaba aprovechar la oscuridad de la sala para meterle mano al ligue de turno, para abrazar a alguien en caso de una escena peliaguda o que les da miedo la oscuridad.
Si bien es cierto que todas me parecen igual de válidas (cada uno que haga lo que quiera), creo que hay una asociación de ideas muy malograda con esto de la compañía de la que muchas empresas dedicadas al ocio como las aerolíneas o las cadenas hoteleras se aprovechan para sacarnos los cuartos.


Cuando te acostumbras a realizar cualquier actividad, por cotidiana que sea, con una o varias personas, también estás perdiendo la capacidad de experimentar y valorar ese momento desde un prisma individual. Esto no quiere decir que sea mejor o peor, sino simplemente diferente. La satisfacción de establecer un diálogo contigo mismo te ayuda a interiorizar la experiencia y concienciarte de tu posición en el mundo.
Y ya que me he puesto el “modo mindfulness” on, hoy me toca detenerme en Yo puedo sola, el nuevo álbum de Kathrin Schärer que acaba de editar Lóguez y que está haciendo las delicias de todos los que, de vez en cuando, nos ponemos un tanto profundos e introspectivos (sin abusar, claro está).


Como ya hizo en su Estar ahí, la autora alemana se dispone a explorar un montón de actividades cotidianas en las que participan las crías de un sinfín de animales. En esta ocasión presta mucha atención a la autonomía de los pequeños lectores-espectadores, esos que se identifican con las escenas que se van representando en cada doble página.
Lirones, ardillas, tejones, conejos, cerdos o zorros se levantan, desayunan, van al colegio, aprenden y juegan. Desde que se levantan hasta que se acuestan hacen todo tipo de tareas por sí solos. Del mismo modo, las imágenes nos hablan de esos momentos desde una perspectiva emocional en la que la alegría, la frustración, la tristeza o la sorpresa se entremezclan a lo largo del día.


Una excusa perfecta para indagar en nosotros mismos gracias a una treintena de imágenes que, acompañadas de un sinfín de verbos infinitivos, abogan por la curiosidad y la autosuficiencia durante los primeros años de vida. Aunque también me atrevo a recetarlo a muchos niñatos inútiles y adultos sin inteligencia emocional alguna, es una buena manera de echar a rodar a los prelectores en este mundo lleno de cosas disfrutonas que podemos hacer solos.

viernes, 8 de noviembre de 2024

¡Cuánto listo suelto...!


Yo, que algo sé de inteligencia (y no porque la tenga, sino porque la cuantifique), he de decir que últimamente escasea. Más que nada porque si hace décadas abundábamos los tontos, hoy día los listos germinan en cada esquina.
Paradoja enorme la que nos ocupa, pues muchos listos de ahora pasarían por tontos de antes. Solo que, echando mano de morro y traje, se acomodan en cualquier oficina, campo de fútbol u obra cercana a impartir catequesis.
Mire usted, que yo no estoy pa’ ostias. Ni consagradas ni como panes. Ya me dedico a cosas serias como romper platos, destripar conejos y germinar limones. Para vos la perra gorda que yo hace tiempo que dejé de compararme la chorra. Y a sabiendas le digo: bienaventurados los listos, que los calemos pronto y se vayan a lo más alto. Porque este tonto se queda en la tierra, viviendo y soñando.

Yo diría que habla un poco más alto que los demás
Los demás somos casi siempre estúpidos
Y tenemos un hermano gemelo también estúpido
Si nos gustan las galletas es porque nos gustan las galletas
Si calentamos agua se nos derrama la leche
No hay manera de acertarle las quinielas a un listo
Se creen la nodriza de Mallarmé
Mientras uno hace un esfuerzo para explicarse
Él ya ha hecho el gesto de que no te está comprendiendo
A lo mejor es verdad y el listo no entiende tanto como parece
Un listo te pide cigarrillos y le das cigarrillos
Al mes siguiente te pide acciones en la Tabacalera
Cuando estás como siempre el listo está siempre mejor
No hay manera de quitarle la silla a un listo
Gracias a dios la mujer de un listo
No es tan lista como el mismísimo listo
Un listo no se come las uñas, se come el cerebro
El listo no lleva papeles en el bolsillo, lleva papiros
Yo diría que por eso habla un poco más alto que los demás

Juan Carlos Mestre.
Retrato del listo.
En: La historia del movimiento obrero de las hormigas.
Ilustraciones del autor.
2024. Pontevedra: Kalandraka.


miércoles, 6 de noviembre de 2024

Gracias amargas


España, un país tan visceral donde cualquier conflicto era susceptible de acabar en una juerga o llorando a lágrima viva, poco a poco se está convirtiendo en ese paraíso inerte que son los países nórdicos. Se nota que la impostura y los modales están calando hondo entre unas generaciones sin sangre en las venas a las que todo les importa un bledo.
Tan dóciles y educados, que han perdido la capacidad de obrar acorde a las circunstancias. Se contentan con la solidaridad y la beneficencia "¡Ay, qué buenos chicos, nos han salvado!" "Estaría bueno, ¡si están en el paro!" Todo es emotividad en unos jóvenes que, con alma misionera, pretenden cambiar el mundo a base de buenas maneras. Muchas gracias, mucho por favor y mucho perdón. No saben otra cosa. “Que dios se lo pague” rezan sus parches de la ropa. Y si no, ya lo pagará mi padre, que para eso está. También la Seguridad Social (si es que aguanta).


Todo esto viene por la DANA, claro está. La nueva excusa para expiar pecados, piensan. “Ya que los políticos, los meteorólogos y la confederación hidrográfica la han cagado, vamos a enfangarnos las manos y solucionar el entuerto, en vez de colgarlos” habrán cavilado. Craso error, pues estáis tan bien domados, que además de crédulos, os tienen de esclavos.
Y no es que yo esté criticando su arrojo y buen corazón, que ya quisieran muchos. Lo que digo es que, además de las muy nuestras nobleza baturra y caridad cristiana, podrían haberle echado cojones y darle su merecido a esos mequetrefes, miserables y cobardes que hay al mando. Y así, las gracias, en vez de amargas, hubieran sido dobles. Una por benditos y otra por libertarios.


Yo, incluso, hasta hubiera regalado unos cuantos ejemplares del libro de hoy, que lleva por título esa palabra que tanto hemos escuchado estos días. Y es que Gracias, uno de esos álbumes tan bien hechos a los que nos tiene acostumbrado Icinori, el tándem formado por Mayumi Otero y Raphael Urwiller, ha llegado a las librerías españolas de la mano de Ekaré.


En este libro de más de ciento setenta y cinco páginas, además de la palabra “gracias”, los autores realizan un ejercicio visual exquisito en el que entremezclan un sinfín de elementos. Empiezan dando las gracias al amarillo, el rojo y el azul (los tres colores sobre los que se basan todas sus obras) para dar la bienvenida a un nuevo día. El despertador, una cama, el amanecer o una toalla. Todo es susceptible de una palabra de agradecimiento de la protagonista en esta suerte de diccionario-imaginario narrativo.


Sí, amigos, porque a pesar de presentarnos elementos muy dispares, este par de artistas hilvanan una historia donde el surrealismo y la magia se cogen de la mano en unas ilustraciones que, complementando cada palabra (siempre en mayúsculas, para satisfacer las manías de los maestros), nos llevan por senderos insospechados. Del mismo modo, el texto baila al son de las imágenes, dibuja pequeños caligramas que nos invitan a pasar las páginas, recrearnos en las escenas, o incluso buscar nuevos significados.


Les invito a conocerlo, disfrutarlo y regalarlo a cualquier persona, independientemente de la edad. Espero que les den las gracias. Y si no, ya saben…

martes, 5 de noviembre de 2024

¡Abajo el postureo solidario!


En estos días de llantos y barro, he tenido la suerte (o la desgracia, según se mire) de constatar hasta donde llega la impostura humana. Como la gente se ha ensañado con algunos líderes de uno y otro bando, no ha tenido tiempo para analizar el circo que muchos han construido en sus redes sociales a expensas de los estragos de la DANA y que yo me dispongo a comentar.
No seré yo quien critique a todas esas personas que, desde el anonimato, han cogido el petate y, escoba en mano, se han ido a echar un cable a los vecinos de las zonas afectadas. Un aplauso por ellos. Que quede claro. Pero a quienes sí estoy dispuesto a destripar es a todos los que han utilizado los trabajos de limpieza y desescombro para adquirir notoriedad.


Mira, cari, si lo único que te mueve en esta vida es que un montón de palmeros te jaleen porque has ido a sacar pecho en mitad de tanta miseria, te he de decir que, conmigo, te has equivocado. Y ahora lo maquillarás diciendo que han realizado la labor informativa que los medios especializados no han hecho, que nos has enseñado la cruda realidad para que seamos conscientes de lo mal que lo están pasando en Paiporta, Benetusser o Alfafar.
Para estirar el cuello y dar lecciones moralizantes, ya están los curas, mi ciela. No hace falta que veamos tus Hunter untadas de mugre, ni que te dediques a dar abrazos por la calle con la GoPro en la frente. La solidaridad, la caridad, son otra cosa. Primero de todo, parten de la humildad, y segundo, no son reclamos publicitarios con los que engrandecer una marca comercial o personal.
Perico el de los palotes: si lo que te mueve para echarle una mano a los vecinos de Valencia es aumentar tu número de seguidores y recibir muchos like, para mí estás a la altura del betún, como Rosalía, Miguel Angel Silvestre y Paz Padilla.


Prefiero que la gente haga de su capa un sayo y que no dé explicaciones de ningún tipo. Como las hormigas que protagonizan el último álbum de la editorial Barrett. Un reguero de hormigas que cargan mil veces su peso es el título del libro tan loco que nos regalan el tándem creado por Löik Urbaniak y Baptiste Filippi y que no me he podido resistir a reseñar para darle en los morros a todos esos instagramers que se han desplazado hasta la terreta a practicar el postureo.
Y es que las protagonistas de este libro no tienen tanto criterio a la hora de exhibir músculo. Te levantan una ristra de ajos o la mismísima Torre Eiffel. Empiezan con objetos dispares, la comida, siguen con la merienda y terminan porteando las siete maravillas del mundo antiguo o un gato enjaulado. ¿Pero adónde irán en fila india portando tan suculento botín? ¿Acaso querrán escapar a algún paraíso fiscal en vuelo charter? Síguelas y lo averiguarás.


Esta hilera de hormigas auguro levantará pasiones entre los lectores más pequeños (hasta ustedes, adultos amanerados y trasnochados, caerán rendidos a sus pies). De cantos redondeados y un formato muy llamativo, deslumbra a cualquier criatura que, sin mediar palabra escrita, se lanza a descubrir un universo muy ecléctico gobernado por estos diminutos himenópteros en una versión un tanto alienígena.


Desmelenado y chirriante, es un libro lleno de contrastes coloristas que, a modo de fuegos artificiales, nos guía por un sinfín de elementos que atrapan a cualquiera. Empezando por esa tipografía dorada e ilegible de la tapa (me encanta ese invento de los jeroglíficos) y terminando en dobles página donde caben todas las tintas posibles, es un álbum diferente que bien merece una lectura.


Porque, eso sí, en este experimento que recuerda al trabajo de genios como Pollock y otros expresionistas, hay muchas cuestiones en las que detenerse. Fíjense, por ejemplo, en la gran tipología de desfiles que recoge... El cortejo fúnebre de un abejorro (me apasionan esas representaciones en los libros para chiquillos), una cabalgata que podría ser la de San Patricio, Victoria’s Secret o el Brighton Pride, o la exhibición circense de acróbatas y domadores de fieras. Tampoco se les pueden pasar por alto las formas grotescas de unos personajes que bien podría haber pintado mi sobrina, ni los montones de detalles graciosos y surrealistas que arrancan más de una carcajada.
Lo dicho. Para lucir músculo, estas.

lunes, 4 de noviembre de 2024

Tragedias y condicionales


Cuando sufrimos algún revés, los seres humanos jugamos a las condicionales, esa especie de arrepentimiento lingüístico que nos hace volar al futuro dependiendo de la conveniencia y nuestros deseos. Un ejercicio la mar de terapéutico que nos permite transformar de manera momentánea ese presente que nos lacera.
Las palabras nos consuelan cuando nos aventuramos a imaginar acontecimientos como si de una bola de cristal se tratase. Nos convertimos en profetas que, haciendo uso de las artes adivinatorias, proyectan anhelos utilizando el pasado. Hay mucha magia en lo probable, lo imposible o lo irreal. Nos permite ser lo que siempre hemos querido ser o lo que nunca seremos.


Lo peor de las condicionales viene con el arrepentimiento, esa larva que te carcome hasta cotas insospechadas. La culpa se mete en nuestras venas y se hace insoportable. Una decisión fortuita, una carambola del destino, una obligación inamovible.
Pese a ello, tenemos que pensar que no todo depende de nuestras decisiones, que siempre hay un resquicio para el azar y que, por mucho que queramos, no podemos controlar el sino a nuestro antojo. La vida es una mera casualidad, como esa enorme tormenta que se cernió sobre Valencia los días pasados y tantos destrozos y tragedias personales ha ocasionado.


Lejos de la tristeza que suponen las pérdidas, demos la vuelta a las suposiciones verbales y pongámoslas en positivo. Dibujemos un panorama tan extraño, como estrambótico. Busquemos la belleza y guiemos nuestros esfuerzos en construir un escenario esperanzador.
Hagamos como el protagonista de Y si Nono… el libro de Inbar Heller Algazi que acaba de publicar Litera, una de esas editoriales valencianas que se ha visto tremendamente afectada por este infierno de la gota fría y a la que desde aquí mando mucho cariño y fuerza.


Nono, el protagonista de este libro, ha sufrido un percance muy extraño: se le ha quedado pillado el dedo en la línea de separación de la doble página. Esta es la situación que sirve como interruptor a toda una serie de conjeturas en el caso de que no logre escapar. Si sigue anclado en ese lugar, habrá que llevarle un juego para que se entretenga, también comida para que no muera de inanición, una tienda de campaña para que se resguarde durante la noche o un abrigo para hacerle frente al frío. ¿Qué pasará? ¿Conseguirá liberar su dedo?


El objeto libro juega un papel importante en este pequeño sketch que nos plantea una comedia de situación bastante surrealista, que al mismo tiempo nos permite participar de ella. Al principio, todo parece bastante probable, pero conforme pasamos las páginas, una especie de locura predictiva se desata y se apodera del libro, provocando que todo nos parezca demasiado hiperbólico y disparatado (al fin y al cabo, es lo que muchas veces suele pasar).
Con esos conejos como personajes secundarios que colaboran silenciosamente en la acción con detalles muy graciosos (fíjense en sus bigotes o en la postura del muñeco de nieve) y elementos técnicos como la alternancia de colores en los fondos, encontramos una excusa estupenda para dejar volar nuestra imaginación junto a la de Nono, y así resurgir del lodo.

martes, 29 de octubre de 2024

Formas de hacer amigos


De un tiempo a esta parte ando a tientas con eso de la amistad. No es que tenga traiciones a la vista, pero, de vez en cuando, hay que parar en seco y replantearse qué tipo de relaciones quieres con la gente que te rodea.
Si bien es cierto que tengo muy claro cómo afrontar mis relaciones laborales (me apeo de todo tipo de celebraciones multitudinarias, cafés matutinos y juntillas interesadas), no me sucede lo mismo con los amigos. No es que dude de sus sentimientos, pero últimamente empiezo a denotar una deriva de mis relaciones personales que distan mucho de las concepciones tradicionales.
Tampoco creo que esto sea exclusivo de un servidor, pues, seguramente, ustedes experimentan situaciones más o menos parecidas; reflejos de este mundo solitario, posmoderno y tecnológico que nos presenta escenarios con los que nunca antes habíamos bregado y derivan hacia derroteros nada deseables.


Familias mínimas, dispersas y desestructuradas, entornos sociales amplísimos, escenarios reales y virtuales, necesidades creadas y relaciones líquidas también lastran las amistades, es decir, las insertan en nuevos contextos, las redimensionan y las ponen a prueba. Los amigos ya no son lo que eran y, lejos de esa definición clásica en la que entraban amigos de toda la vida, mejores amigos o grupo de amigos, se contemplan numerosas tipologías que responden a nuevas formas de amistad.
Extensiones familiares, laborales o incluso grupos de padres se han abierto camino en nuestras vidas. Conexiones necesarias u obligadas nos empujan a maneras más contenidas, más superfluas y menos confiadas que a las que estábamos acostumbrados. El miedo al conflicto o la ofensa nos supeditan en menor o mayor grado y esa entrega incondicional que se le presupone a la verdadera amistad, adquiere nuevas formas.
Pese a ello, la amistad nunca pasa de moda y es un clásico en el universo de los libros infantiles. Prueba de ello son dos de los libros que nos trae este otoño ventoso.


El primero es Amos y Boris, un álbum de William Steig que Blackie Books ha editado en nuestro país para disfrute de los monstruos. Publicado por primera vez en 1971, este libro recoge la historia de Amos, un ratón enamorado del mar que tras construir un barco de vela, se lanza a surcar el océano. Todo está siendo una delicia, hasta que un golpe de mala suerte lo hace caer al agua y, tras ver su barco desaparecer, acaba en mitad del océano esperando su fin. De repente aparece Boris, una ballena que disfruta del fondo marino y que se ofrece a salvarlo de esa inesperada situación forjando una gran amistad. ¿Podrá Amos devolverle a Boris ese gran favor?


Como en otros libros anteriores, Steig vuelve a echar mano del viaje y sus casualidades (recuerden La isla de Abel o El gran viaje de Dominic) como proceso iniciático en el que los protagonistas cambien su percepción sobre sí mismos y los demás. Del mismo modo, nos habla de cómo nos lastran las preconcepciones que tenemos sobre los demás. Todo ello aderezado por un complejo universo emocional en el que los sentimientos van aflorando mientras se construyen las relaciones entre los personajes.


El segundo libro de esta tanda es Santa Fruta, un álbum de Delphine Perret y Sébastien Mourrain que nos trae a nuestro país la editorial Limonero. Si bien es cierto que lo mío no son los libros con gatos, he encontrado bastante sugerente este título que nos habla de un felino cuyos dueños se pasan el día viajando de una punta a otra del mundo y este se pasa la mayor parte del tiempo y pegado al radiador. Como sus dueños lo encuentran muy flacucho y poco dinámico, por lo que deciden acudir a un psicólogo de gatos que les recomienda llevarlo con ellos de viaje. Tras un montón de idas y venidas, terminan en el desierto del Colorado, en un lugar donde solo se puede ver un cartel que reza “Santa Fruta” y un cactus que crece al lado. Es entonces cuando…


Con esta historia tan sumamente surrealista, los autores franceses se adentran en el universo de la amistad, sus coincidencias y ese extrañamiento que a veces rodea a parejas de amigos un tanto inverosímiles. Con algunos recursos narrativos que en cierto modo recuerdan al cine y al cómic, la historia se llena de una amistad silenciosa que, con la ayuda de la disyunción narrativa entre texto e imágenes, nos hace mucha gracia, pero al mismo tiempo ahonda en esos momentos de complicidad y entendimiento entre dos personas que no necesitan el diálogo para comunicarse. Su presencia es más que suficiente a la hora de establecer un vínculo donde no hacen falta muchas palabras para decirse lo agradable que puede llegar a ser la mera compañía.