lunes, 13 de febrero de 2017

Libros presos, lectores libres... ¿Por qué leemos lo que leemos?


Ian Falconer

Es obvio que continuar con la lectura, eso de descifrar una serie de códigos, generalmente verbales, para hallar en ellos diferentes tipos de mensajes, es una decisión personal más allá de la obligatoriedad u otras causas. El lector lo es porque quiere.
No obstante, a pesar de esa libertad que tiene el acto lector, los que gustamos de esa afición no prestamos mucha atención a si nuestras lecturas están condicionadas, a si elegimos los libros que leemos, si nos eligen ellos a nosotros o, lo que es peor, si otros los eligen para nosotros, algo de lo que trata mi perorata de hoy.



Marco Somà

Los libros, no en la actualidad, sino desde hace muchos años, están ligados a ciertos intereses. Política, moda, ismos y un largo etcétera de influencias envuelven al libro, ese producto, ese objeto, esa pieza de arte (cada uno que elija cómo lo define), que en una sociedad de consumo como la que vivimos tiene mucho a lo que exponerse.
Dejando a un lado las conspiraciones (es una palabra hiperbólica, muy gorda, que podemos usar con cariz literario), sí tenemos que hablar de lo tendencioso en los libros...
Por un lado tenemos el aspecto físico del libro. La imagen que proyecta el libro es muy importante. Un tema en el que diseñadores gráficos tienen mucho que decir. Tipografía, camisas, tapas, ilustraciones... Todo, absolutamente todo lo que rodea al libro como objeto está pensado. Ideado para un tipo de público, para un tipo de lector, para un tipo de comprador. Los libros, como las cajas de cereales y las camisetas, entran por los ojos y sería estúpido negar que, más de uno de los que aquí estamos hemos dicho aquello de “¡Qué buena pinta tiene...!”, o ante dos ediciones del mismo título hemos preferido una (no siempre la mejor) por su aspecto.



Jean-François Segura

Luego viene el merchandising: quienes los venden. Cada librero y cada editor tiene sus estrategias de exposición y venta. Hay algunos que prefieren los regalos (el que regala bien vende), los precios promocionales (hay mucho bolsillo vacío en esto de los libros), el artículo de lujo (lo caro también tiene su público), las actividades en torno al libro (Presentaciones, cuentacuentos, coloquios, clubes de lectura y encuentros con autores, ¡bienvenidos!) o la mejor -o peor- visibilidad en los espacios de exposición, son las más frecuentes en el cara a cara con los libros. Pero sin lugar a dudas, es el mercado de novedades lo que ha provoca la máxima expectación en el consumidor de libros (¡Si es nuevo, me lo llevo!).
Otra cosa son las relaciones comerciales de tipo virtual con los libros (¡Que estos bichos también saben cómo ingeniárselas en el mundo digital...!). Desde que internet irrumpió en nuestras vidas y los gigantes de la compra/venta online crecieron al amparo de una sociedad cómoda y sin tiempo, han nacido nuevas formas de vender un producto con largo recorrido histórico. Los motores de búsqueda saben lo que queremos para endosarnos la publicidad que más se adecue a nuestros intereses y algunas empresas de transporte tienen tasas especiales para unos objetos que se almacenan con facilidad.



Corey R. Tabor

Pero, ¿qué hay del contenido de los libros? ¿A nadie le interesa? Si, aunque parezca que no, a todos les interesa... Aunque muchos digan que la proliferación de ciertas líneas argumentales, la inclusión de tipos de personajes o la elección espacio-temporal de las tramas se deban al libre albedrío e inquietudes de los autores, un servidor tiene sus reservas sobre estas supuestas coincidencias temáticas en los libros. Mientras que actualmente la gente se pirra por libros sobre espiritualidad y vida saludable, hace un par de años lo hacían por libros sobre violencia de género. Hace diez años, los que trataban la convivencia entre culturas copaban las librerías, y hace veinte, el machismo era el leitmotiv. Que los libros se tiñan de actualidad tiene más que ver con un proceso de retroalimentación social que favorece y aupa el consumo que se genera sobre estos tópicos, que con un interés de hacer despegar la lectura entre los ciudadanos (N.B.: Se me vienen a la mente los emocionarios y los libros sobre migración que han proliferado en los últimos años en la LIJ).
En este entramado social del libro, mucho tienen que decir los políticos. ¿Por qué, desde las instituciones, se les da visibilidad a unos autores y a otros no? ¿Quién decide cómo se gastarán nuestros impuestos en la promoción de ciertos libros? ¿De qué hablan los títulos que ponen en el punto de mira las campañas y planes lectores? ¿Fomentan el comunismo, el fascismo, el secesionismo o el buenismo? En definitiva, premios nacionales y centenarios son la mejor excusa para adoctrinar al pueblo (con supuestas afinidades ideológicas entre autores y poder, todo hay que decirlo) mientras de paso nos colgamos alguna medalla.



Gabriel Pacheco

También hay que apuntar a ciertas instituciones y fundaciones en pro de la lectura que tánto abogan por la lectura. Conviene recordar que muchas de ellas nacieron al amparo de casas editoriales que todavía hoy siguen financiándolas, que muchas de ellas tienen relación con la Iglesia o con los medios de comunicación y que la inmensa mayoría entran en el doble juego de los intereses creados y el altruismo cultural mediante vínculos poco explícitos, aprovechando que todavía hay gente que lee y se fía de sus criterios.
También deben hablar la familia, la escuela y la biblioteca. No voy a ahondar en la influencia que familiares (No sólo padres, que siempre se les carga con el muerto, sino hermanos, nietos, tíos o abuelos. Yo jamás hubiera leído El zoo de Pitus si no hubiera sido por una tía adicta al Círculo de Lectores, y mi madre nunca se hubiera parado con la prosa adulta de Roald Dahl si mi padre no leyera con tanta rapidez) y amigos (¡Cuánto me fío de este colega! ¡Me gusta todo lo que me recomienda!) tiene en esto de las elecciones de lectura. Tampoco cabe ser pesado con la responsabilidad de la escuela en propiciar un acervo de lecturas lo suficientemente buenas y diversas como para enriquecer nuestros criterios de selección (Maestros, hablen de libros, hablen...). Ni en el compromiso que debe tener el bibliotecario a la hora de desbordar la lectura en las mil facetas que puede brillar estos diamantes mal nombrados (“Libro”, ¡qué palabro!).
Por último, detenerme en las redes sociales, unas de las que formo parte y en las que, por un lado, observo que sirven de plataforma publicitaria a autores y editoriales, muchas de ellas están contaminadas por afinidades de todo tipo, y otras no exponen con claridad los criterios de sus selecciones. ¿Somos los influencers todo lo independientes que el público espera de nosotros? ¿Actuamos bajo el sesgo? ¿Nos arriesgamos a la hora de proponer nuevas lectura que se salen de la tónica imperante?



Sasha Ivoylova

Concluyendo, nadie lee lo que realmente quiere, sobre todo porque estamos sujetos a una serie de impulsos con los que, desde diferentes ángulos, nos bombardean una y otra vez. Sí, leemos libros presos. Entonces..., ¿somos lectores libres?  



Marine Bourre

viernes, 10 de febrero de 2017

Buscando preguntas para tantas respuestas


Como el tiempo sigue a tompicones en este mes tan dicharachero (Febrerico loco, si malo es un día, peor es otro), va siendo hora de hacer el hatillo y marcarse una escapada. ¡Y que soplen otros vientos que despeinen los pensamientos! ¿Nacerán las respuestas y morirán las preguntas? Espero, que no son pocas...

Son los senos de las sirenas
las redondescas caracolas?

O son olas petrificadas
o juego inmóvil de la espuma?

No se ha incendiado la pradera
con las luciérnagas salvajes?

Los peluqueros del otoño
despeinaron los crisantemos?

Pablo Neruda.
En: Libro de las Preguntas.
Ilustraciones de Isidro Ferrer.
2006. Valencia: Media Vaca.


martes, 7 de febrero de 2017

Paseando por el parque con Anthony Browne


Cuando pronunciamos el nombre de Anthony Browne, reconocemos inmediatamente al autor de libros protagonizados por simios (ver toda la serie de Willy y su inmejorable Gorila) o de fábulas y cuentos contemporáneos como Cambios, El libro de los cerdos o El túnel.
Estas historias en formato de álbum reconocen los problemas de las sociedades modernas occidentales y la ruptura con los estereotipos de nuestro tiempo, a partir de situaciones en las que la inteligencia emocional tiene mucho que decir (N.B.: Esto se debe más a una cuestión personal que a una intencionalidad manifiesta, como se ha apuntado en ciertas ocasiones relacionando este hecho con los miedos y temores de niñez del autor).
Todas ellas le han valido a Browne para erigirse, no sólo como uno de los autores de libro-álbum más afamados dentro del panorama internacional (entre otros muchos galardones, se le concedió el premio H. C. Andersen en el año 2000), sino como uno de los representantes de la postmodernidad en el mundo de la ilustración contemporánea (Andricaín, 1996).



Huelga decir que la mayoría de sus libros son difícilmente clasificables. Unos prefieren hablar de narrativa, otros los engloban en libros formativos, muchos en libros de valores, otros en álbumes de autoayuda... Yo prefiero ser más general y hablar de ficción (no sé si paraliteraria, me lo tengo que pensar...). La exploración del mundo interior del lector a través de las situaciones y personajes, la marcada presencia de los valores, el criticismo social, la direccionalidad del discurso o lo narratológico de sus imágenes cargadas de humor y simbolismo a partes iguales, son rasgos que imprimen cierta dualidad (definición-indefinición) a esa ficción que intenta ofrecer, tanto consciente, como inconscientemente, una serie de herramientas para enfrentarse a las realidades que ofrece la vida.
Fantasía didáctica, discurso críptico, constructivismo, divertimentos, juego... Sea lo que sea, los libros de Anthony Browne están bien trabajados, tanto física, como discursivamente. Y au...


Anthony Browne. Autorretrato.

Teniendo en cuenta todo esto, traigo a la palestra uno de los primeros álbumes del autor, que, paradójicamente, se despoja de muchas de estas convenciones presupuestas y nos permite conocer la evolución de este artista nacido en Sheffield, Inglaterra, en 1946 (¡Qué bien se conserva el jodío! ¡Qué lustre para setenta tacos!)...
Un paseo por el parque fue publicado en castellano por Everest hace unos cuantos años (yo tengo una edición de 1981, así que, sí, está ya descatalogado... Inténtenlo por la vía del libro usado), aunque las ediciones en gallego, catalán y vasco las podemos encontrar en el mercado gracias a Kalandraka. Junto a otras obras menos conocidas como Mira lo que tengo (Everest, 1981), El libro de Osito, Un cuento de oso (ambos en Fondo de Cultura Económica, 1994) Bear goes to town (inédito en castellano) o Through the magic mirror (su primer libro publicado y también inédito en castellano), constituyen la primera etapa de este creador.




Un paseo por el parque es una historia cotidiana con multitud de detalles que nos invitan a descubrir nuestro mundo más cercano. Esta es la historia de un niño y una niña que coinciden en el parque mientras sus padres pasean a sus respectivos perros. Son las mascotas las que se ponen a jugar primero para que después, como si de una enfermedad contagiosa se tratara, esas ganas de compartir y disfrutar se trasladan también a los dos niños. que terminarán por descubrir la amistad, finalmente traducida en un hermoso regalo.
En principio, parece una historia sin mucha chicha, con un discurso directo y afable. Pero la otra historia, la que subyace a un nivel menos visible, se refiere a la diferencia de clases sociales, a la sinergia que las diferentes facciones (en este caso clase obrera y clase media) pueden llegar a alcanzar (o no) en un campo de juego neutral. He aquí algunos puntos en los que fijarnos:


Veamos la caracterización de los personajes... Mientras que la niña vive en una típica “council house” (casas de dos o tres plantas revestidas de ladrillo caravista típicas de los cinturones industriales de las grandes ciudades inglesas que tanto proliferaron tras la Guerra Mundial) que ocupa una sola página, mientras que el niño en una vivienda unifamiliar de grandes dimensiones con garaje y jardín particulares, que ocupa una doble página. También habla por sí sola la vestimenta de los mayores (la madre del niño viste con pieles, mientras que el padre de la niña utiliza un atuendo aparentemente más humilde). E incluso, me atrevería a hablar de las razas de los perros como elemento de distinción (un labrador y un perro de trazo más callejero).


Sobre la relación que se establece entre ellos hay bastante que decir. Mientras que los perros, desprovistos de prejuicios comienzan a jugar, los seres humanos permanecen estáticos en un banco (Nota: Me encanta un fragmento de una ilustración en la que la mitad trasera de uno y la delantera de otro, gracias a la ayuda del tronco de un árbol, se funden para formar un único perro. Simbolismo precioso). Separados por un muro invisible, los niños parecen tenderse la mano mientras que los adultos permanecen aislados. Los pequeños deciden ponerse a jugar. La cosa va in crescendo. Se unen a la fiesta de los perros. El invierno da paso a la primavera y brilla el arcoiris (se puede ver en la copa de los árboles). Lo humano se cuela por los resquicios de lo mundano. Dos mundos diferentes se dan la mano a pesar de los prejuicios y en pro de la niñez. Un mensaje bonito del que quedan marginados los adultos con sus preconcepciones, con sus prejuicios (la conquista por la igualdad está cercana pero siempre hay alguien reticente...).


Además de todos estos elementos literales o más crípticos, encontramos multitud de referencias al estilo tan peculiar de su autor que nunca ha abandonado los guiños al surrealismo y el impresionismo, dos constantes en toda su obra. Es así como objetos descontextualizados irrumpen en las escenas. Plátanos coronando las columnas, salchichas trinchadas en verjas, árboles con forma de paraguas o los cameos de personajes de la gran pantalla como Tarzán o Charles Chaplin, llenan las páginas de un libro con muchos niveles de lectura.



Es llamativo que esta obra fuera objeto de revisión por parte del autor, que desarrollaría años más tarde una relectura al publicar Voces en el parque (1999), un título que bebe de este libro. Aunque existe algún que otro caso, no es frecuente que en la literatura infantil sea el propio autor quien revisite su obra y la dote de otro cáriz, rice el rizo, mejore el formato y lo haga más (llamémoslo así) "contemporáneo" (Es cierto que Un paseo por el parque es una rara avis dentro de la obra de este autor, sobre todo porque se aleja del estilo que las demás proyectan y se muestra más temporal, claramente setentera). Es así como Browne decide modificar la fisionomía de los protagonistas (monos antropomorfos), dota de una perspectiva más cinematográfica a las ilustraciones, y combina el uso de distintas tipografías, para obtener más aceptación comercial. Sí, existen escenas idénticas y recursos de estilo similares, pero son libros diferentes.




No sabría decir cuál es mejor, pero esta claro que Un paseo por el parque, aunque a muchos les puede resultar anecdótico, es más fresco, más abierto y menos dogmático, unos valores añadidos ante cualquier libro para niños.
Como curiosidad final y atendiendo al análisis entre los dos libros, me gustaría hacer un guiño botánico (mi especialidad biológica). Tanto Un paseo por el parque, como Voces en el parque, terminan con un regalo, una flor, que Browne decide cambiar en ambas obras. Mientras que en el primero elige un ranúnculo o botón de oro (Ranunculus sp. pl.) en el segundo elige una amapola (Papaver sp. pl. ¿Se han fijado en quiénes corretean por la taza?), dos flores ornamentales muy utilizadas en los jardines ingleses y fácilmente reconocibles por la pigmentación, y la forma de las hojas y el gineceo. Algunos pensarán que esto tiene algún significado, pero ya les digo que no, que es un mero recurso plástico que atiende a razones puramente estéticas más que a simbólicas.
Aprovechen este día de invierno y vayan al parque, quizá les aguarde alguna sorpresa, que parece que sale el sol...


Andricaín, Sergio. 1996. Anthony Browne, un postmoderno en el universo del libro infantil. Hojas de lectura, 42. Bogota: Fundalectura.

lunes, 6 de febrero de 2017

Dormir... (si te dejan)



Aunque con el espíritu de capa caída, los españoles seguimos dándole a la zambomba todos los fines de semana. Ya saben... Como diría la canción (A trompicones, ¡Ea! esta página va de LIJ...) “Salir, beber, el rollo de siempre... hablar con la gente, llegar a la cama y...” ¡Joder! ¡Qué resaca! ¡A los quince no me duraban tanto! Y lo peor de todo (o mejor, según se mire) es que nos da igual. Ahí seguimos, escuchando pachanga infernal y alternando con todo tipo de seres nocturnos. Cincuentones, treintañeros e imberbes nos colgamos lo mejor del ropero y nos lanzamos a las calles. Así pasa, que leer, leen unos pocos.


Restaurantes, taperías, coctelerías, la casa de un buen amigo o los parques, son los sitios ideales para empezar la jarana (¿Por qué no pondrán copas en bibliotecas y librerías?). Ahí es donde, a costa de chascarrillos, uno se anima. Se descorchan un par de botellas de vino (otros prefieren las litronas de cerveza), se aviva el fuego (interno, que tampoco hace tanto frío), nos envalentonamos, un poco de música... ¡y la fiesta está servida!


Otros, en vez de alcanzar el éxtasis, poco a poco se van desinflando. Empiezan los bostezos, las ganas de dejarse caer sobre el somier y acabar hundido entre los pliegues del edredón. Algo que también, perdonen la intromisión, también es necesario.... Es cierto que la noche, tiene algo mágico. Que la oscuridad ayuda al misterio, al espejismo, a lo bizarro y lo extraño (¿Tendrá esto un germen infantil?), pero les confieso que el fin de semana que ya ha pasado, estaba como un despojo humano, cansado y bien liado. Perdoné el beso por el coscorrón y me dediqué a dormir.


Tomen buena nota de lo que Chris Haughton viene a decirnos con su Buenas noches a todos (editorial Milrazones). Que cuando sale la luna y el sol se esconde, no hay mejor manera de decirle adiós al día con un buen pestañazo. Si te dejan ¡claro! Porque aquí viene la otra cara de la moneda, el quiero y no me dejan. Una realidad que voy a ejemplificar con ¡Vale, buenas noches!, un álbum escrito por Jory John e ilustrado por Benji Davies (editorial Andana)


Y es que, cuando en el silencio de la noche te sobresaltan los llantos infantiles, el martilleo de los tacones (¡Malditos suelos de madera!) o las riñas entre conyuges borrachos, una de dos: o te resignas e intentas volver a conciliar el sueño, o sacas la escopeta de lo alto del armario y te lías a tiros... ¡Ejem! ¡Bueno...! ¡No me miren así! Tienen razón, quizá lo mejor sea emperifollarse e irse de bares, que al fin y al cabo, es lo que toca.



viernes, 3 de febrero de 2017

Cuando el olvido no es olvido


Olvido que sabe a yogur y miel, también a queso frito. Olvido que sabe a besos, a dulce, a campo y tomillo. En lo alto del monte también campa el olvido. Olvido pintado de trigo y las olas de tu flequillo. Olvido que huele todavía, por eso no es olvido. Mientras guardo en mi corazón el mar de tus ojos, de tu sonrisa, lo infinito...

Guardo estrellas en un vaso
y en una caja, suspiros.
Voy haciendo, paso a paso,
el trabajo del olvido.

Todas las letras del nombre
y las calles que anduvimos;
las flores que había en la tarde
la tarde en que no nos vimos.

El color claro del sol
disfrazado de amarillo,
y los diamantes de luz
que soltaba en su flequillo.

La fecha del cumpleaños,
el teléfono y su signo.
Voy haciendo, paso a paso,
el trabajo del olvido.

María Cristina Ramos.
Teolvido del paso a paso.
En: El mar de volverte a ver.
Ilustraciones de Federico Combi.
2014. Buenos Aires: Quipu.



miércoles, 1 de febrero de 2017

Literatura Infantil y Juvenil Australiana / Australian Children's Literature


Aleksandra Mizielinska y Daniel Mizielinski

Con el fresquito que corre por estos lares no he podido resistirme a pensar en lo calenticos que andan por otras latitudes. Aunque me guste el frío, hay días que la envidia se apodera de uno, y cambio (imaginando, por supuesto) el abrigo por la sombrilla. Pero bueno, no seamos recelosos, que el estío también trae penas (fíjense en los devastadores incendios que asolan Chile, otra tristeza...) ¡Es lo que toca! Ya llegará el verano boreal y el invierno austral.
De entre todos los países a los que los rayos de luz solar alcanzan estos días de forma perpendicular, hoy he decidido pararme en Australia, ese país-continente tan desconocido por estos lares, no sólo en lo que a geografía, costumbres y paisaje se refiere, sino también a cultura y artes. Y como lo mío es la literatura infantil, ¡allá vamos con una de LIJ australiana!


Unas pinceladas sobre el contexto
Antes de empezar a recorrer los autores y obras destacados de los libros para niños en el ámbito australiano, no puedo olvidar dar unas pinceladas históricas sobre este país, ya que contextualizan mucho lo que acontece en la literatura infantil... Aunque es el quinto país del mundo en lo que a extensión se refiere, sólo viven en él unos veintiún millones de personas, debido, principalmente, a su condición de gran “isla” (entrecomillo porque los geólogos no la llamarían así) en mitad de un océano. Se cree que Australia ha estado habitada desde hace unos cuarenta y seis mil años por distintos grupos aborígenes. Aunque fue descubierta por los marineros españoles y portugueses, no fue hasta el siglo XVII cuando empezaron a desembarcar en sus costas los primeros europeos. Así, las nuevas tierras de Oceanía fueron colonizadas por los ingleses en el siglo XVIII y hasta 1901 no se constituyó como un país soberano (N.B.: Monarquía constitucional, “God save the Queen” y Commonwealth mediante, con referendum y todo).
A lo largo de todo este tiempo han sido muchos los avatares que han influido en el desarrollo de esta sociedad moderna, entre los que cabe citar algunos como:
- la persecución de los aborígenes diezmados por las enfermedades y epidemias introducidas por los europeos, y cuyos derechos no fueron ampliamente reconocidos hasta 1967,
- la fiebre del oro australiana desatada en 1850 que atrajo inmigrantes desde Europa, Norteamérica y China,
- el establecimiento y desarrollo de instituciones penitenciarias dependientes del Reino Unido,
- su participación como ejército/estado en la Primera y Segunda Guerras Mundiales,
- y los programas gubernamentales para aupar la inmigración desde Asia y Europa (llegaron al continente unos dos millones de personas en tres décadas).


Teniendo en cuenta todo esto y habiendo sintetizado la información de bastantes obras (sobre todo narrativa infantil y álbumes ilustrados) que aquí cito, a mi juicio son tres los pilares básicos que sostienen las obras literarias infantiles australianas:
  1. el medio natural australiano en el que destacan la fauna autóctona e introducida,
  2. una cultura a caballo entre lo aborigen y lo colonial,
  3. y la heterogeneidad poblacional condicionada por las corrientes migratorias.
Una vez dicho esto ya podemos internarnos en el bosque de los libros para niños australianos, deteniéndonos, no sólo bajo la sombra de los eucaliptos, sino al abrigo de aquellas obras a destacar... Denoten que hablar de LIJ australiana es difícil, ya que hay que tener en cuenta aquellos libros que se relacionan con un sentimiento de pertenencia a un territorio y que son inherentes a un ámbito cultural, ya que, de manera genérica, pueden parecer invisibles en el panorama anglosajón de la literatura para niños.

Inicios de la literatura infantil australiana: dos títulos
Hasta mediados del siglo XIX no se puede hablar de literatura infantil australiana de modo específico ya que, hasta entonces, el panorama de los libros para niños había estado gobernado por las obras europeas.
El primer libro dirigido a los niños cuya acción se desarrolla en un contexto australiano es A mother offering to her children de Charlotte Barton (1841). Aunque de carácter pedagógico, ofrece espacios de divertimento a los niños. A este título le siguen otros muchos del mismo tipo, hasta llegar a finales del XIX (1894), cuando Ethel Turner con sus Siete chicos australianos (editorial SM) rompe las reglas de la tradición y se lanza a narrar con desenfado y aire fresco y renovado, las peripecias de una madre y sus incontrolables siete hijos en una Sidney que empieza a respirar su identidad y costumbres propias. Considerado uno de los clásicos de la narrativa infantil, fue el mayor éxito de una autora que escribió más de treinta novelas para niños.


La LIJ australiana y los aborígenes
Pero no aceleremos la historia porque hubo otra "literatura" anterior, la que se narraba de boca a oídos en torno al fuego antes de la llegada de los primeros europeos...
Durante la misma época (finales del XIX), algunos intelectuales australianos se percatan de la necesidad de rescatar la tradición oral de los pueblos aborígenes australianos para introducir ese acervo de narraciones dentro de una cultura australiana emergente. Así es como nace King bungarees phyalla: stories, illustrative of manners and customs that prevailed among Australian aborigines de Mary Ann Fitzgerald (1891), un precursor de verdaderas antologías de cuentos y leyendas aborígenes, como Australian legendary tales de K. Langloh Parker (el pseudónimo de Katie Stow) y Andrew Lang (1896), que han sido bellamente ilustrados por artistas aborígenes y no aborígenes en sus múltiples ediciones.



Aunque Legendary tales of Australian aborigines de David Unaipon se publico en 2001, no podemos obviar que esta recopilación de cuentos y leyendas aborígenes fue publicada bajo el nombre Myths and legends of the Australian aborigines y firmada por Ramsay Sith (1930), antropólogo que compró el manuscrito a David Unaipon.


Imagen de David Unaipon y su manuscrito.

Continua el siglo XX y se suceden, no sólo compendios de cuentos aborígenes como The Boomerang Book of Legendary Tales de Enid Moodie Heddle (1957), o el Land of the rainbow snake, aboriginal children's stories and songs from Wester Arnhem Land de Catherine Berndt (1979), sino otras obras en otros formatos, como el del álbum, escritas y/o ilustradas por aborígenes o que prestan atención a la riqueza artística de estos pueblos nativos que empiezan a ganar terreno en la cultura gracias a la adquisición de derechos.




Aparecen obras como Stadbroke dreamtime en 1972 de Oodgeroo Noonuccal (antes conocida como Kath Walker), The rainbow serpent de Dick Roughsey (1976), The story of the fallen star de Elsie Jones (1989), Do not go around de edges de Daisy Utemorrah y Pat Torres (1990), Tjarany Roughtail de Lucille Gill (1992), The Papuya school book of Country and History, un álbum informativo de Ian Abdulla (2002), Malu Kangaroo: How the first children learnt to surf de Judith Morecroft y Bronwyn Bancroft (2007), así como la creación de sellos editoriales que potencian este tipo de producciones literarias como IAD Press (década de los 70) Scholastic Australia (década de los 80) y Magabala (década de los 90).



Narrativa infantil y juvenil australiana
Aunque las narrativas infantil y juvenil se nutren de otras obras en lengua inglesa procedentes de Reino Unido y Estados Unidos, también hay bastante que decir de las gestadas en el país del boomerang... Las páginas se llenan de pingüinos, koalas, canguros, equidnas, oposum, wombats, cucaburras y bandicuts, se aferran al sentimiento de una nación moderna y se despojan de prejuicios: son canallas, extrovertidas y nos hacen reír.
Entre la narrativa de ficción, podemos citar El pudding mágico de Norman Lindsay (1918), un libro cómico y fantástico plagado de canciones e historias cortas con cierta vis de nonsense, cuya mejor edición en castellano fue la realizada por Anaya en su colección Laurin-Tus libros (y que tengo en mi poder desde bien pequeño) y que incluía las geniales ilustraciones del autor.


También hay que destacar el Blinky Bill de Dorothy Wall (1933), un libro con un protagonista de pocos escrúpulos y muchas peripecias que nunca se ha dejado de reeditar y con un discurso todavía vigente entre los pequeños lectores.


Le siguen unos libros con bastante carga de ilustración, The muddleheaded wombat, una serie de Ruth Park ilustrada por Noela Young que empezó a publicarse en 1942 y todavía sigue teniendo seguidores gracias a una serie televisiva.


Llegan las décadas de los años cincuenta, sesenta y setenta, y con ellos el trabajo de autores nada o muy poco conocidos en nuestro país como Hesba Fay Brinsmead (de la que podemos citar Beat of the city, Pastures of the Blue Crane y Longtime passing), la reconocidísima Mavis Thorpe Clark con su The Min-Min (también se pueden añadir Wildfire, The sky is free o Iron mountain), Mary Elwyn Patchett (Logró gran éxito con su serie Ajax the warrior, y otros títulos como The brumby o Tam, the untamed; en los 70 se publicó en nuestro país El dingo blanco gracias a la editorial Molino), y Colin Thiele, un autor extraordinariamente prolífico (más de setenta títulos en su haber) de cuya obra podemos extraer Blue Fin, The fire in the stone, Storm boy o Sun on the stubble (en España se editaron en los ochenta Pinquo, editorial La Galera, y El faro de Hammerhead, editorial Espasa-Calpe)





En los ochenta destaca la figura de Eleanor Spence, una autora de la que no se ha publicado nada en nuestro país, pero que ha dado al mundo de la LIJ australiana obras de gran relevancia y de contenido muy variado (familiares, religiosos o costumbristas), como por ejemplo The green laurel, The October child, Me and Jeshua, The family book of Mary Claire, Jamberoo Road y su galardonado Seventh Pebble.



Es entonces cuando la narrativa infantil y juvenil despega y aparecen los autores que continuarán abonando el final de siglo y el nuevo milenio con muchísimas obras de todo tipo... Simon French, con sus All we know y Astuto, astuto (ambas para niños y la segunda publicada en castellano por Ediciones B) y Está bien tener visitas (una novela dirigida a lectores adolescentes y publicada también por Ediciones B), Victor Keheller, un autor nacido en Inglaterra, que ha cosechado mucho éxito con sus series Parkland y Gibbleworth the goblin y novelas como Taronga y Del-Del, y Gillian Rubinstein, una autora residente en Australia y que ha vendido millones de copias con sus novelas y sagas de fantasía como Space Demons, Galax-arena y su serie Leyendas de los Otori (bajo el pseudónimo Lian Hearn), que están editadas en castellano por Alfaguara y que han sido llevadas al cine.



 



Hay que citar a Goldie Alexander (Mavis road medley), Melima Marchetta (Looking for Alibrandi) y Allan Marshall (I can jump puddles) antes de llegar a otros dos de los grandes, Paul Jennings, un autor de gran éxito comercial tanto para jóvenes (Uncany! Unbearable! Unbelievable! o Undone!), como para niños, y de los que puedo citar en castellano La garra (Fondo de Cultura Económica), y el gran John Marsden, el autor de novelas como So much to tell you, Burning for revenge, Cartas desde el interior (Castillo editorial) y Damero (en SM) y sus series The Ellie Chronicles o Mañana... por ejemplo Mañana cuando la guerra empiece, que ha sido publicada en nuestro país por RBA-Molino y SM.





Por último y enlazando con el siguiente epígrafe, me gustaría citar Ziba vino en un barco, de Liz Lofthouse y publicado en España por Lóguez, un libro que nos habla de la tan triste pero esperanzadora migración, y que está ilustrado por uno de los mejores (al menos para mí) ilustradores del mundo, el también australiano Robert Ingpen, premio H. C. Andersen (1986). Su prolífica obra, no sólo creando imágenes para obras cumbre de la LIJ como The secret garden (Frances Hogdson Burnett), The wind in the willows (Kenneth Grahame), Peter Pan y Wendy (J.M. Barrie), Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll), El mago de Oz (Frank L. Baum) -ver todos estos títulos y algunos más en la editorial española Blume-, sino álbumes como Lifetimes (un hermoso álbum sobre la muerte realizado junto a Bryan Mellonie) y su Australian gnomes, pero para mí, su obra maestra es la Enciclopedia de las cosas que nunca existieron (Michael Page), un título descatalogado y que, desde aquí, animo a Anaya a reeditar para el disfrute de los niños españoles.




Versos y canciones infantiles con aroma a eucalipto
En lo que a poesía infantil se refiere y como en otros lugares, podemos citar aquí poemas y canciones populares como Botany Bay o los poemas del mundo adulto como A. B. (Banjo) Paterson, Henry Lawson (The drover's wife), Dorothe Mackellar (My country) o Mary Hannay-Foott (Where the pelican builds her nest), que se han extrapolado a los niños, algunos de ellos en forma de álbum.
Dentro de los libros de poesía infantil creados ad hoc para este tipo de público durante la primera mitad del siglo XX, podemos citar A book for kids de C. J. Dennis (1921), Fairies and Fancies de Tuth Bedford (1929) o The Boomerang Book of Australian Poetry de Enid Moodle Heddle (1956).
Un poco más adelante la poesía infantil contemporánea hace su aparición y son bastantes autores los que se atreven con este género. John Marsden, pasando por Joan Mellings (Australian poems for all seasons), Sherryl Clark (Farm Kid) o las recopilaciones de Libby Hathorn (The ABC Book of Australian Poetry) son algunos ejemplos. No obstante, intérnense en ESTE LUGAR y ESTE OTRO, y atrévanse con los poemas y rimas dedicados a los niños australianos.



El álbum ilustrado en Australia
Respecto al libro-álbum australiano y como en otros muchos ámbitos del panorama anglosajón e internacional en los que este formato/género toma la palabra, hay que señalar muchos títulos. Aunque podemos apuntar a May Gibbs como la pionera australiana de este género con The complete adventures of Snugglepot and Cuddlepie, un libro publicado en 1918 (N.B.: Es una obra con mucho texto, pero podemos adscribirla a este formato ya que sus ilustraciones añaden significado a la historia, la complementan y ensalzan. Su calidad gráfica es notable, algo que se entresaca de su perspectiva y detalle).



Posteriores a las dos Guerras Mundiales, pocos ejemplos de álbumes podemos encontrar, ya que el género es copado por aquellas producciones inglesas y norteamericanas de éxito entre el público. Hasta 1970 y 1971, años en los que se publican Waltzing Matilda y The man from Ironbark, dos álbumes basados en sendos poemas del ya citado Banjo Paterson e ilustrados por Desmond Digby y Quentin Hole respectivamente, cuando se puede hablar de álbum ilustrado australiano contemporáneo (Nota: Como hay mucho que decir, permítanme que no haga alusión a la fecha de publicación de todo lo citado).


Desmond Digby

Primero, detengámonos en los conocidos por estos lares...
Muchos de ustedes conocen al afamadísimo Shaun Tan, (La cosa perdida, El árbol rojo, Inmigrantes, Cuentos de la periferia, Las reglas del verano, Los huesos cantores... Todos ellos publicados en nuestro país por Barbara Fiore), de quien sólo prestaré atención en esta monografía australiana a Los conejos, un álbum a caballo entre lo informativo y lo poético (una hermosa versión de un acontecimiento histórico) y creado junto a John Marsden, que narra con brillantez el episodio tan conocido a nivel mundial en el que los conejos introducidos desde Europa se convirtieron en una especie invasora, destrozando el medio natural australiano y desplazando a otras especies autóctonas.



Otros van más allá y reconocen el genio del ilustrador Ron Brooks que junto a autoras como Margaret Wild, Jenny Wagner y Julie Hunt, ha gestado maravillas como Nana Vieja (publicado en castellano por Ekaré, sobre la muerte y sus despedidas) y Zorro (una historia de amistad también en Ekaré) con la primera, y Óscar y la gata de medianoche (Lóguez y una historia de celos) y El Bunyip de Berkeley's Creek (un discurso existencialista, otra vez en Ediciones Ekaré) con la segunda, y The coat con la tercera.



También les pueden sonar los álbumes de Bob Graham, un autor/ilustrador con un estilo tipicamente anglosajón, “a-cartoon-ado” y dinámico. Títulos como Crusher is coming!, Greetings from Sandy Beach, Rose meets Mr Wintergarte, El medio cumple de Óscar, Cómo curar un ala rota (ambos en Intermón Oxfam), El primer paso o Un autobús llamado cielo (ambos publicados en castellano en la colección B de Blok de ediciones B) hacen las delicias de los lectores.



Por último, citar a Graeme Base, autor reconocido de libros como The elevent hour, Animalia, Eye to eye, Little elephants, o Uno's Garden. Un sinfín de títulos que se han publicado en gran cantidad de lenguas alrededor del mundo y que son fácilmente reconocibles por la gran minuciosidad y los detalles presentes en las ilustraciones, de los que sólo han visto la luz en España La charca (Omega), Tambores Mágicos (Juventud) y La peor banda del universo (SM).


Ahora, los no-tan-conocidos (o sencillamente desconocidos) por nuestras latitudes y que también merecen una parada en este periplo...
Hay que abrirle un hueco a Pamela Allen, autora de Who sank the boat?, Bertie and the bear (dos clásicos del álbum ilustrado australiano), Belinda o Grandpa and Thomas, que sigue atrapando a numerosos lectores del país.



Entre los autores que, como bien he dicho al principio, utilizan especies de la fauna salvaje y doméstica a la hora de caracterizar a sus protagonistas podemos citar a la ilustradora de Possum magic (oposums; Julie Vivas), Koala Lou (koalas; Pamela Lofts) y Where is the green sheep? (protagonizada por ovejas merinas australianas; Judy Horacek il.), la prolífica Mem Fox, y a Sheena Knowles, la autora de Edward the emu, un libro con gran éxito entre escolares.




Aunque ya hemos hablado de Margaret Wild, hay que señalar dos de sus libros poco conocidos aquí, The very best of friends junto a la ilustradora Julie Vivas, y Jenny Angel, ilustrado por Anne Spudvilas.
Entre las obras de otro fantástico autor, Junko Morimoto, podemos citar The two bullies, A piece of straw, y Kojuro and the bears, escrita por Helen Smith sobre una historia de Kenji Miyazawa.



Otros autores que bucean estupendamente en el álbum son Gary Crew del que podemos destacar First light (Peter Gouldthorpe il.), The watertower (Stephen Woolman il.) y El visor (Shaun Tan il. , editado por Barbara Fiore), Ted Prior con su Grug, Kerry Argent (por ejemplo One woolly wombat), Alison Lester con Imagine, Louise Elliott y su Noah's Ark o la ya citada Jackie French con Diary of a wombat, ilustrado por Bruce Whatley.



Peter Gouldthorpe



En cuanto a albumes sin palabras se refiere sólo citaré los dos imprescindibles de la nacionalizada Jennie Baker, Window (inédito en castellano, ¿por qué, editores españoles, por qué?) y Reflejo (Intermón Oxfam). Me encanta que los dos hagan referencia al cristal, mirando a su través o al reflejo que proyecta. Poético y hermoso. La técnica que utiliza (relief collage), a caballo entre el collage, el hiperrealismo y lo fotográfico me fascina. No hay otra técnica similar. Por la meticulosidad, las materias primas y el efecto. Es digno de contemplarlo.


Sin extenderme demasiado y en cuanto a libros informativos se refiere y añadiendo los ya citados, podemos tomar nota de My place de Nadia Wheatley y Donna Rawlins, V for vanishing: an alphabet of endangered animals de Patricia Mullins, The first fleet: a new beginning in an old land, A home among the gums trees: the story of Australian houses, Fishing for islands: traditional boats and seafarers of the Pacific y Animal architects, todos de John Nicholson, Killer plant and how to grow them de Gordon Cheers, Julie Silk y Marjorie Crosby-Fairall, el genial (Aviso: no está diseñado en formato ilustrado) To the moon and back: the amazing Australians at the forefront of space travel plus fantastic moon facts de Jackie French, Bryan Sullivan y Gus Gordon, The word spy y The return of the word spy de Ursula Dubosarsky y Tohby Riddle y One small island: The story of Macquarie Island de Alison Lester y Coral Tulloch.





Instituciones y espacios por y para la LIJ australiana
Antes de terminar y para ampliar toda la información que he recogido en este monográfico les remito a una serie de lugares, físicos y virtuales, que se dedican a fomentar la Literatura Infantil y Juvenil en Australia. El primero de todos es The Children's Book Council of Australia, una institución creada en 1945 para aupar los libros australianos para niños y con numerosas ramas locales.  El segundo es el National Centre Australian Children's Literature que depende de la Universidad de Canberra. También podemos encontrar información sobre la historia de la LIJ australiana en la página oficial del Gobierno (increíble pero cierto)..., y echarle un ojo a todas las editoriales que operan en aquel país en ESTE ENLACE

Un libro como despedida
Si les han entrado ganas de darse un paseo por Melbourne o tocar el didgeridoo, y teniendo en cuenta lo caros que se están poniendo los billetes de avión, sólo me queda ponerle el punto y final a este recorrido por la LIJ australiana, recomendándoles Are we there yet?: A journey around Autralia de Alison Lester, para que viajen al otro extremo del mundo mientras pasan las páginas... ¡Eso es lo bueno de la literatura!