Sólo he estado una vez en París. Pasé allí casi una semana, parasitando
al Alejandro, que por aquel entonces estaba haciendo su doctorado en la
Sorbona. Él vivía cerca de la Estación del Norte, en un barrio bastante
cosmopolita que por aquel entonces se estaba gentrificando, pues los alquileres
empezaban a dispararse en la capital francesa (primeros años dos mil,
imaginen). No me acuerdo muy bien de la calle, sólo que había una sinagoga
ortodoxa al lado y una de las panaderías más caras en las que he comprado
jamás.
Mientras el Alex trabajaba como becario en la universidad,
yo me dedicaba a ir de un lado a otro. En aquel viaje me tomé muy en serio el
verbo “patear” (el que me conoce sabe que no abuso del transporte urbano y hago
uso de él lo estrictamente necesario) y di más vueltas que un tonto (es la única
forma de conocer algo una ciudad, más todavía si es una metrópolis europea).
Visité el Louvre (que por cierto me pareció un chiringuito
de exhibicionismos con poco gusto) y también el d’Orsay (este me encantó:
pequeñito pero matón). También estuve en el de Rodin (excepto el de Sorolla, estos
monográficos nunca me han dicho mucho). Paseé por el jardín de Luxemburgo.
Golismeé por las tiendas chic de los Ampos Eliseos, su Arco del Triunfo. Visité
el cementerio de Père Lachaise (una lástima que por entonces fuera un pobretón
sin una cámara de fotos en condiciones). Montmartre y el Sacre Coeur, los Jardins
des Plantes, el parque de Buttes-Chaumont, el Pompidou… En definitiva, no me
estuve quieto.
Con todo esto pude hacer me una idea de cómo era París, una
ciudad que aunque me gustó, no llenó mis expectativas, pues fue tanta la gente
que me hablaba de las maravillas de esta ciudad que eché en falta algo más. Hoy
por hoy me encantaría cambiar esa opinión, pero hasta que llegue el momento
tendré que conformarme con verla en los anuncios de colonias o por qué no, en
las ilustraciones de los libros infantiles.
Son muchos los álbumes que están ambientados en París, que
toman como excusa la ciudad de Sena para contar sus historias o simplemente
como marco para rodar sus escenas. Seguro que algún monstruo francés ya ha
hecho acopio de todos estos libros para niños con aire parisino en una selección
(a bote pronto se me ocurre Un león en
París de Beatrice Alemagna, Elsa y
Max de paseo por París de Barbara McClintok, Esto es París de Sasek, o Madeline
de Ludwig Bemelmans) a la que habría que añadir los dos que traigo hoy a la
palestra.
En primer lugar hay que hablar de El idioma de los animales, un álbum con texto de María José Ferrada
e ilustraciones del siempre sorprendente Miguel Pang Ly (editorial A Buen Paso),
un compendio de historias sobre la fauna que habita las ciudades. En clave
poética, con mucha lógica y una pizca de sinsentido (cualquier idioma tiene
esas tres características) el perro, el gato, la paloma o los ratones, nos
invitan a compartir sus quehaceres diarios, unos no muy distintos a los
nuestros, enmarcados en la ciudad de París.
Los barrios del libro me recuerdan al Marais, se puede ver
la Torre Eifel, la ya destruida Notre Dame o las terrazas de sus cafés. Si a ello
unimos imágenes maravillosas como la que sigue, en la que los guiños a algunos
clásicos infantiles son la tónica (fíjense en los cuadros de Humpty Dumpty o en
los títulos de la biblioteca), esta obra bien merece una lectura.
En segundo lugar hay que hablar del trabajo de Luciano Lozano en Sirena de piedra, un álbum publicado por la editorial Tres Tigres Tristes, en el que el autor nos cuenta cómo una sirena de piedra que corona la Fuente de los Mares de la Plaza de la Concordia cobra vida tras el deseo de un niño.
A través de una historia inventada (no les voy a negar que en
un principio pensé que estaba basada en un hecho real y estuve indagando en
diferentes fuentes la posible existencia de dicha estatua, algo que me recordó
por un momento a Chris Van Allsburg y Los
misterios del Señor Burdick) vamos recorriendo París y sus calles, plazas y
jardines de la mano de una estatua que por momentos recuerda al protagonista de
El príncipe feliz de Oscar Wilde.
Así que ya saben, si no tienen un duro para volar hasta
París, siempre nos quedarán los libros…
No hay comentarios:
Publicar un comentario