Mi sobrino parece una urraca. Si algo le llama la atención, ¡al bolsillo! Una piedra, una semilla, tres canicas, un tornillo, una pila de petaca, monedas de otro tiempo… Da igual lo que sea. Siempre encuentra una excusa para la colecta. Todo es necesario. Por si hay un apagón, para defenderse de los villanos, jugar en mitad del aburrimiento o reparar el motor de un avión. Lo peor de todo es que un día de estos se la van a caer los pantalones con tanto peso…
No me extrañaría nada que la autora del poemario de hoy se hubiera inspirado en él o en tantas otras criaturas que gustan del pillaje y el coleccionismo. Así pasa, que conforme leo sus versos, no paro de esbozar sonrisas de las que se guardan en la memoria. Una hebra de lana, un trozo de tiza, migas de pan, conchas marinas y hasta un polluelo. Poco a poco la vida se va llenando de momentos que ya no caben en tan poco espacio. La cometa que surca el cielo y la tormenta que ruge o la nieve que cubre la noche. Eso es la infancia: el vivero de nuestros recuerdos.
Guarda la niña en un bolsillo
un trozo de tiza
para escribir letras, palabras, números
en una pizarra o en las aceras.
Para dibujar.
para hacer marcas
en el camino de un juego
o un laberinto.
Para señalar
en el suelo de la calle
la puerta y las paredes
de una casa.
Para pintar una rayuela
y alcanzar a saltos
la casilla del cielo.
***
Lleva la niña dentro de un bolsillo
-quién sabe por qué-
una hebra de lana azul oscuro.
Quizá porque tiene el color de la noche en verano.
Quizá para atar con ella algún envoltorio.
O para hacer un intercambio:
te doy una hebra de lana si tú…
O para jugar a alguna cosa que se le ocurra.
O a lo mejor es solo por sentir su suavidad
al rozarla con las yemas de los dedos.
Isabel Cobo.
Tiza y Una hebra de lana.
En: Tesoros en los bolsillos.
Ilustraciones de Mar Azabal.
2026. Pontevedra: Kalandraka.



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