Mi hermana y yo hemos dado mucho por culo. Supongo que como todos los hijos. Más todavía en aquellos años en los que no había clases extraescolares y las amas de casa hacían acopio de paciencia e ingenio para mantener a raya esa mezcla de aburrimiento e hiperactividad que tan insoportable se hace en la infancia.
Mientras otras madres echaban mano de la tele, la mía optaba por el parque. Así se echaba sus chascarrillos, mientras nosotros nos untábamos de alegría, mierda y barro. La jodienda venía cuando nos poníamos enfermos y tocaba encerrarnos entre cuatro paredes. Había libros, algún juguete y mucho tiempo. Nada era suficiente, por lo que, a veces, la Fefa recurría a esos entretenimientos verbales que nunca pasan de moda: los trabalenguas.
Su favorito era el de El cielo está… y el que protagoniza el libro de hoy, Tres tristes tigres, para mi gusto el ejercicio de dicción y aliteración más difícil en nuestra lengua. A día de hoy, todavía me parece una tortura. Y supongo que para muchos de ustedes también. Pero lo más sorprendente de todo es que, después de tantos años, siga conservando la magia y logre captar la atención de generaciones de niños que se pirran por las palabras, aunque la sociedad se empeñe en desterrarlas de su universo.
Y así, con el recuerdo de mi madre y nuestra lengua de trapo, además de rogarles que apaguen las pantallas y disfruten de los juegos verbales con sus vástagos, les acerco el álbum que se ha marcado Edu Flores a cuenta de la famosa jerigonza.
Como ya se podrán imaginar, Tres tigres tiquismiquis (editorial Apila) está protagonizado por el conocido trío de felinos que, hastiados de escuchar siempre la misma historia, se rebelan y convencen al narrador para que le dé una vuelta de tuerca al guion. No contentos con lograrlo, deciden sacarlo loco con todos sus caprichos y reparos. ¿Por qué están en un trigal si ese no es su hábitat natural? ¿Por qué dicen que son tristes si no lo están? ¡Y tampoco son idénticos!… ¿Será capaz de contentarlos?
Ambientada en unos estudios de cine (fíjense en las guardas), esta propuesta tan simpática invita al lector a formar parte activa de ella gracias a las interacciones que recoge, véase como ejemplo ese “encuentra las diferencias”. Ideado para leer en voz alta (fíjense en las variaciones tipográficas) y partirnos de la risa con ese humor tan blanco, sugiere nuevas herramientas con las que desbordar otros espacios lingüísticos tradicionales.
Aunque algunos lo lleven al terreno del didactismo, un servidor gusta de ese tono irreverente que rebosa en la LIJ, donde la subversión a las pautas adultas constituye una vía de escape imaginativa. Lleno de referencias a los cuentos tradicionales, guiños a otros títulos del catálogo editorial y un golpe de efecto final, este libro interpela al lector pidiéndole que se una a la fiesta de la lengua.
Por si no les parece bastante el reconocimiento que recibió por parte de la Biblioteca Pública de Nueva York como uno de los mejores títulos para niños en español del 2025, ya les dice un servidor que se arriesguen. No todo va a ser condimentos gráficos y discursos metafísicos. Hay libros que bien valen una sonora carcajada echando mano de la verborrea de toda la vida.





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