viernes, 4 de abril de 2008

Oz y el vino: gran conjunción


Es, cuanto ni menos, curioso, que el aquí redactor se haya sentido envuelto en la atmósfera de un libro, y no debido a su lectura, sino a su propia realidad. Sí, lector, una vez fui Dorothy, la Dorothy de Oz, aquella a la que un tornado arrastró hasta el país de la Ciudad Esmeralda, la que logró vencer a la malvada bruja del Oeste lanzándole un cubo de agua y desenmascaró al temible Mago de Oz.
Y se preguntará usted cómo fue posible semejante surrealismo. Pues bien, se lo narraré en las siguientes líneas:
Suelo acudir, con la panda de trastornados que ostento por amigos, a una taberna de famoso renombre en la ciudad de Albacete (la publicidad subliminal no está contemplada en este espacio, así que, en honor de todos aquellos que pudrieron y pudren su hígado con el desconocido elixir que allí sirven, mentaré el nombre del sitio en cuestión), “Vinos El Gordo”. Una noche, mientras el pestazo a retestín y las glándulas sudoríparas trabajaban a destajo, uno de los seres del averno que me acompañan en dichas reuniones, sin medida ni reflexión (es una lástima que la sinapsis nerviosa no funcione como debiera…) ingirió más pócima etílica de la cuenta, por lo que su organismo, débil aunque incombustible, se resintió. Equilicuá. Se mantuvo en pié como pudo y dirigió sus pasos de pájaro beodo a la salida. Como excelentes –a la par que cachondos- amigos que somos, acudimos a la llamada de nuestra bacante particular. En el exterior no había rastro de ella. Buscamos con la mirada por todo el paisaje nocturno hasta contemplar, no sin asombro, como asomaban, por debajo de un automóvil, las radiantes botas que nuestra compañera calzaba.
Fue mágico.
A partir de ese instante mi vida se trocó en las páginas de un libro. Fui Dorothy, contemplando los zapatos de la bruja malvada del Este, aplastada ésta bajo el peso de su casa. A mi lado se encontraba la bruja buena del Norte, apoyando su mano sobre mi hombro y sonriendo agradablemente. El alquitrán de la calzada se transformó en la senda que debería de recorrer para poder regresar a Kansas, al lado de tío Henry y tía Em. Y me sentí embargado por la escena imaginada, por su palpable realismo y la fantasía de L. Frank Baum. ¡Cuán grande es el poder de los libros!

PS: Si sigue preguntándose sobre la bruja de mi cuento, le diré que fue atendida con el mayor de los decoros, dispuesta en posición vertical –a duras penas- y acompañada a un decente catre donde dormir la mona. En otro momento, si puedo acallar la risa, le contaré más detalles sobre otros personajes de esta realidad sin límites.
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