lunes, 8 de abril de 2013

Genialidades de adolescentes



Si la sabia esfinge tuviera que formularle a cualquiera de mis alumnos, Edipos de un mundo nuevo, extraños acertijos, probablemente más socarrones y de rima asonante que los del pasado, en vez de derrotada, quedaría perpleja ante las salidas de tono e incongruentes comportamientos de la tan empercudida adolescencia del presente. Aunque el profesorado lleva lo suyo, compadezco la chepa de algún que otro padre, sobre todo de aquellos que prefieren apretar las tuercas de tan volanderas chavetas en vez de acallar las continuas quejas de sus púberes a golpe de “smartphone” o “tablet”.
Emperejilados con las creaciones de Inditex© y  emborrachados de una atmósfera  a caballo entre laca barata, colonias del todo a cien, cigarrillo mal apagado y efluvios animales, los pasillos de cualquier centro educativo, más que terroríficos, son el caldo de cultivo ideal para dejar correr a raudales los instintos más básicos y descargarse del lastre más soez de esta adulterada raza humana… Sin dilación: la localización perfecta para una película sórdida y turbadora (Señor Haneke, tome nota).
Las pasadas vacaciones, además de permitirme desconectar del rutinario mundo de las pizarras y las hormonas, me ha llevado por la maravillosa senda de las librerías, unos lugares que hay que frecuentar (sin excesos, como todo…), donde me he dado de bruces con un álbum ilustrado sencillamente genial -a la vez que imprescindible- y que tiene mucho que ver con los adolescentes y su particular idiosincrasia. Mi madre es un troll de Helen Limon y Sara Ogilvie (sacado a la luz por el tándem editorial Milrazones y Pepa Montano) nos traslada a la literatura del doble sentido, las realidades adulteradas y los cruces de punto de vista, enmarcándolos en esas visiones deformadas que se reflejan, día a día, en cualquier joven en la edad del pavo.
A pesar de las críticas (unas veces risueñas, otras no tanto) que el incomprensible adulto lanza sobre niñatos de toda clase y condición, no hemos de olvidar que sobrevivir a la adolescencia es una guerra que pocos ganan, una lucha efímera y necesaria que provee a nuestra especie de tormentos y sufrimientos que llenan de cicatrices el corazón. Por ello, aunque firmes ante la larga y tortuosa pendiente de los quince años, debemos mostrarnos comprensibles ante la fragilidad que abarrota las aulas.

1 comentario:

Isa Romero Cortijo dijo...

¡Hola!

El título parece muy acertado. No en vano, el sentimiento remanente es generalizable a la gran mayoría de la juventud. ¿Quién no ha pensado eso alguna vez durante la adolescencia, formulado de uno u otro modo? En definitiva, el título de por sí promete.

Saludos,
Isa Romero Cortijo.

"Pablito" está a punto de nacer...

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