lunes, 11 de noviembre de 2013

Maldita televisión...


Demasiada polémica hay en torno a la cuestión televisiva, esa que genera cierto empleo pero arrastra muchos gastos, todo ella al servicio de un poder basado en los medios de comunicación de masas.
El cinismo de los políticos, como los aviones, llega a límites estratosféricos, un lugar de altos vuelos que, basado en la ignorancia de la gente, limpia, brilla y da esplendor a cualquier cerebro humano que se preste a ver la tele durante unas cuantas horas al día. Desde los inicios, la televisión, esa reina de la imagen hoy día dirigida a paquidermos de manta y sofá (la radio y el periódico son entretenimientos más neuronales), ha sido utilizada por magnates de todo tipo y condición, para vendernos sus productos, llámense estos detergentes, turrones (este año no se va a hacer tarde…), planes de pensiones o propaganda electoral -para lo que mayoritariamente ha quedado-.
Desde cualquier programa de entretenimiento, pasando por los telediarios, o incluso el tiempo de cualquier cadena televisiva pública (manda huevos), nos embuchan cuñas publicitarias, salves y consignas de este o aquel partido político, y son capaces de aburrir al más analfabeto del lugar, una realidad que dice poco a favor de los profesionales de este sector, unos trabajadores que, como putas por rastrojo, se dedican a vender sus servicios al mejor postor, o en su defecto, al cacique/político de turno que amenaza con EREs, despidos y desmantelamientos a diestro y siniestro (aunque bien pensado, ¿en qué lugar de la Administración se destierra toda inclinación partidista?).
Si por mi fuese, cerraría TODAS las televisiones públicas españolas, bien sean locales, autonómicas o nacionales, todas ellas meros púlpitos y escenarios de este o aquel partido que denigran nuestra inteligencia y más que informar, cansan y envilecen.


Por ello aplaudo a todo aquel ciudadano que, sensible a lo que nos acontece, apaga la caja tonta y abre un libro, que en este caso bien podría ser S.O.S. Televisión de Germano Zullo y Albertine (autores de Los pájaros) que, de la mano de la editorial Ekaré, nos acercan al mundo de la imagen y el sonido, a su omnipresencia y a cómo hacerle frente a su ausencia, con una pizca de humor y otra de crítica. 
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