miércoles, 20 de noviembre de 2013

Tejiendo las calles de color


Se dice, se comenta, que España va saliendo de la recesión, algo que, sinceramente, me extraña dada la descorazonadora tasa de paro que acarreamos desde ya-ni-se-sabe, pero, en fin, si lo dicen los políticos, con no creerlos es bastante… Se supone que lo que nos va achicando el agua de este consabido hundimiento son las exportaciones, sobre todo las alimentarias y automovilísticas, sectores punteros en nuestra nación (ya podrían crecer otros, como son tecnológicos y textiles, más rentables y vistosos), algo que agradecemos a países sin sol, huerta, ni ganado. Mientras tanto, el resto de la economía se basa en el sector servicios, el consumo doméstico y el pequeño comercio, uno que, a golpe de autónomo, ha crecido a base de desesperación.
Si tuviera que señalar un tipo de comercio que esté floreciendo hasta en la recóndita España, diría que el comercio artesano. Toda una suerte de zapaterías, jabonerías, tiendas de costura, de lanas y ganchillos (¡increíble el poder de lo "hipster"!), pastelerías artesanas, herreros, comercios de pequeños y exquisitos muebles, ceramistas, restauradores y sombrererías, empiezan a poblar las esquinas de plazas, calles escondidas y centros comerciales. Todos ellos, oficios de antaño que empiezan a reinventarse y a valorarse de nuevo, aportan color y calidez humana a los núcleos de pueblos y ciudades, y nos recuerdan que en el pasado también supimos trabajar con nuestras manos y ganarnos el pan a diario.
Siempre he afirmado que admiro a todo aquel que vive gracias a su tiempo, a sus habilidades y, por encima de todo, gracias a su imaginación, la mayor de las materias primas y una fuente de infinita inspiración. Piezas únicas, de calidad y duraderas empiezan a desterrar, gracias al comercio electrónico, las agencias de transporte y la confianza de los consumidores, a los productos de quita y pon que multinacionales y otros entes de consumo masivo nos han metido por los ojos.


Demos oportunidades a la creatividad que empieza a pintar callejas y avenidas, una hebra alegre e infinita que, como la tejida por Anabel en Hilo sin fin (medalla Caldecott y uno de los títulos imprescindibles para este año), con texto de Mac Barnett, ilustraciones de Jon Klassen (para mí, el nuevo Leo Leonni) y publicado por la editorial Juventud, cubra el tono grisáceo de este mundo y aleccione a poderosos y ambiciosos que con crueles artimañas quieren apropiarse de las bellas ideas de otros.
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