jueves, 14 de abril de 2016

De la genuina amistad


Que la amistad está sobrevalorada estos días es una verdad impepinable. En nuestro mundo de tantos amigos, cada vez más evanescentes y virtuales desde que las redes sociales llegaron a nuestras vidas, hay que seguir contando con los dedos de la mano (aunque los protagonistas vayan variando pero el número siga impasible..., ya saben que nada es inmutable...) quiénes forman parte de ese lugar profundo de cuyo nombre quiero acordarme.


A pesar de las desilusiones que te propina la vida con una ingente cantidad de personas que respetabas y considerabas tuyas, uno tiene que sobreponerse a las circunstancias y dejarse sorprender por otras caras. No hay que extrañarse, sobre todo porque la realidad de hoy poco se parece a la de nuestros padres y abuelos. Una a la que rodean circunstancias distintas, como la imperante movilidad geográfica, diferentes oportunidades laborales, unas omnipresentes formas de interacción, nuevas vías de comunicación y más independencia económica, social y familiar (N.B: No se olviden de que más de un paisano en la diáspora, constata la importancia de las familias de adopción/acogida construidas en torno a los amigos).


No se apenen por el extraño balanceo de la amistad. Mientras unos años te traen nuevos amigos, otros se llevan otros tantos. Seguramente el fin de estas amistades se deba a discrepancias, otras prioridades o nuevas realidades. Y seguramente esos y comienzos tengan que ver con intereses, coincidencias o necesidades; pero les aviso de que cualquier tipo de amistad -usemos este nombre genérico para las relaciones cómplices..., ¿para qué complicarlo más?- está basado en una serie de compromisos que al obviarse para justificar comportamientos y decisiones criticables, deja caer por su propio peso lo vano e inútil de esa interacción.


Me río a carcajada limpia cuando algunos apelan a la libertad para justificar sus actuaciones, cuando muchos reprochan sin aprender a reprocharse... A mi modo de contemplarlo, cualquier relación humana (me da igual la que sea, elijan entre un amplio muestrario: yerno-suegra, marido-mujer, jefe-empleado o cuñada-cuñado...) implica una serie de acuerdos tácitos, invisibles o sospechados que, de un modo u otro, muestran el grado de respeto y lealtad que las dos partes se profesan en aras de la concordancia. Eso no quiere decir que, mientras que la enemistad sólo adopte una forma, la amistad no pueda eligir (me encanta este verbo tan amigable) entre unas cuantas.


No obstante y sin tener demasiado en cuenta estas elucubraciones más que discutibles, decirles que siempre he optado por amigos auténticos, reales, fieles y saludables. Y si no saben cómo son, les invito a leer el Marcelín de Sempé, un librito ilustrado entrañable y sincero re-editado por Blackie Books este año (lo podrán encontrar en alguna biblioteca de la mano de Alfaguara como Marcelín Pavón), que ejemplifica con rubor y estornudo, lo especial y atemporal que es la genuina amistad.


1 comentario:

Encarnita dijo...

Me encanta, como siempre; la reseña.Busco inmediatamente el libro.
Gracias.

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