jueves, 12 de abril de 2018

Pisando charcos agradables



Este año parece que eso de “Abril, aguas mil”, un refrán del que parecía que nos habíamos olvidado, se va a cumplir a la perfección. Excepto en el sureste peninsular, parece que el agua aflora por todos lados. Cunetas, torrentes, manantiales, ramblas y lagunas endorreicas llenas. Entre el deshielo y lo que sigue cayendo, parece ser que al menos, durante este año, no nos faltará agua.
Pero ya saben que nunca llueve a gusto de todos y mientras que unos agradecen sobremanera las abundantes precipitaciones, otros están hasta el fandango de cielos encapotados. Mientras que los agricultores del sur peninsular están dando saltos de alegría (¡Esto era un secarral!), los hosteleros de la cornisa cantábrica están a pique del llanto...


Yo no sé muy bien en qué grupo incluirme, más que nada porque los del sur empezamos a echar de menos el calorcete primaveral, ese al que nos habíamos acostumbrado durante los últimos años. No crean que no estoy contento con este regalo de los hados que tan bien riega nuestros campos, pero no estaría nada mal que, entre chaparrón y chaparrón, pudiéramos echarnos una cañita al sol.
Aunque lo nuestro es quejarnos (ya saben..., llueva o haga frío, viento o calor), hay que ser conscientes de que los días grises y desapacibles nos confinan bajo techo y entre cuatro paredes. Si hablamos de personas caseras, el plan es estupendo, pero si se trata de almas callejeras, la cosa se pone turbia, no sólo por la escasez de colecalciferol o Vitamina D3 (ya saben que necesitamos de los rayos del sol para transformar el colesterol en este producto valiosísimo para nuestra absorción intestinal), sino para la buena marcha de nuestra salud anímica y mental.


Es por ello que, teniendo en cuenta que se avecina todavía más agua, a todos los que como yo sienten verdadera pasión por formar parte del mobiliario urbano, les recomiendo que, además de estoicismo, se aprovisionen de buen humor, o en su defecto lugares alternativos (salas de cine, bibliotecas, teatros o universidades populares) en los que ¿quién sabe? Encuentren alguien que les haga compañía, pues la lluvia, a pesar de sus maldades, también puede ser una excelente alcahueta.


Y si no, fíjense en Adèle, la protagonista de Rosa a pintitas, un libro para lectores sensibles y románticos (¡Por fin! ¡Se agradece algo bonito, ñoño y estereotipado!), ideado por Amèlie Callot y Geneviève Godbout (Me enternece ese toque vintage y atemporal de sus ilustraciones) y editado en castellano por Impedimenta. Sus ánimos quedan bajo mínimos cuando rompe a llover. El agua empieza a caer y todos se quedan en casa, y su negocio, “El delantal a pintitas” pierde afluencia. Se siente triste y sola, sin ganas de hacer nada. Adèle odia los días grises. Pero un día, alguien deja olvidadas unas botas de agua al lado del perchero, al día siguiente, un chubasquero, y otro, un paraguas. ¡Quién se los haya dejado olvidados ya no podrá pisar los charcos! Quizá sería buena idea que Adéle aprendiera a pisarlos y sacar algo bueno de todo esto, ¿no?... Y hasta aquí puedo leer, que lo mejor es el final... Je, je, je
Acostúmbrense a saltar sobre los charcos, a llenarse de barro, y encontrarán que la vida es juguetona como las gotas de lluvia que salpican la primavera...


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