miércoles, 4 de junio de 2008

La ignorancia...


Hace un mísero momento me he dado cuenta de mi ignorancia (que ya es bastante castigo en sí misma)…
¿Y yo pretendo enseñar a otros el placer que encierran los libros? Yo, que tan siquiera he leído clásicos de la talla de El libro de las tierras vírgenes de Ruyard Kipling o Niebla del maestro Unamuno, no puedo ser maestro de aquellos que no han encontrado el encanto que encierra el paso de una página o el tacto de la celulosa (esta última preferiblemente repleta de letra impresa y no enrollada y lista para usar ante cualquier emergencia de tipo intestinal)… Aunque también es cierto, como bien dice Ana María Machado, que maestro no es el que siempre enseña, sino el que de repente, aprende.
Y como un servidor ha aprendido de su propio error, intentaré redimirlo (no como mis pecados, que son meras circunstancias, sino como mis carencias, necesidades salvables del naufragio): pondré manos a la obra, acudiré a una biblioteca y, haciendo valer mi derecho a eso tan poco apreciado denominado “cultura”, leeré. Leeré gustoso, tranquilo y a buen ritmo, como deben llevarse a cabo todas las necesidades naturales del Hombre (y cuando digo todas, me refiero a todas).
Siempre me ha apetecido leer el Libro de la Selva de Kipling, y no sólo porque cuando contaba poca edad, los creativos de Disney bombardearan mi cerebro con tan desvirtuada versión cinematográfica de dicha obra, sino porque los biólogos (incluida Ana Obregón) sentimos verdadera pasión por las descripciones paisajísticas, la fauna exótica (esta premisa depende de la procedencia del biólogo-lector) y las aventuras de toda índole.

Elegir de la obra de Unamuno para ocupar el último resquicio que queda libre en mi mesa se debe, simple y llanamente, al placer y la curiosidad, dos apartados con gran volumen en mi persona…
¡Se me olvidaba! Hay otra razón por la que quiero leer ambos títulos: darle alguna utilidad a esos lugares conocidos como bibliotecas, esas salas atestadas de estantes y baldas, donde duermen miles de volúmenes, aburridos de tanto “cultureta” de baja estofa venido a más que sólo acoge en préstamo a aquellos que hacen gala de la nueva-cultura-de-masas-elitista-y-de-claro-espíritu-políticamente-correcto. ¿Por qué será que, cada vez que imagino una biblioteca, viene a mi mente la escena descrita por Jonathan Swift en La guerra de los libros? Creo que es debido a que, la última razón que me invita a leer estos dos títulos, es la de que la lectura de los clásicos cimienta toda la lectura y, de manera osmótica, el resto de nuestra cultura.
Creo que son buenas razones, o por lo menos, buenas excusas para alimentar mi mente, ávida de nuevas sensaciones.

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