lunes, 16 de junio de 2008

Niños adultos


Inmerso en un nuevo proyecto para promover la lectura, desarrollar las bibliotecas escolares y ayudar a la buena consecución del llamado Plan de Lectura, tengo la mesa del salón a rebosar de ensayos, obras de ficción y varios títulos de opinión e información variada. Entre ellos, he conseguido reunir dos obras de Alison Lurie y, verdaderamente, las cuestiones que recogen ambos han conseguido despertar mi interés. Sí señor, me gusta el cerebro de esa mujer. Una de las cosas más hermosas que he leído en uno de ellos, proviene del comienzo de su prólogo:

A menudo da la impresión de que la mayoría de autores de renombre que escriben para los niños son, en cierto modo, distintos de los demás escritores. Se diría que ellos mismos también son niños en lo profundo de su ser. Puede que haya síntomas evidentes de esta condición: que estas personas prefieran la compañía de los niños a la de los adultos, que disfruten con los libros y juegos infantiles, o disfrazándose y pretendiendo ser alguien distinto. Son impulsivos, soñadores, imaginativos, imprevisibles. […]

Creo que es cierto. Fuera de los datos biográficos de muchos autores de Literatura Infantil y Juvenil, podemos suponer que, para escribir a lectores que rondan desde los cuatro hasta los dieciséis años, hay que sentir, pensar y hasta actuar como ellos. También es cierto que, para muchos, por no decir la mayoría, las circunstancias no favorecieron su madurez psicológica (como breve inciso me pregunto: ¿Hay alguien en el Mundo psicológicamente maduro? Que alce la voz, por favor). Muchas son historias siniestras, tristes, desencantadas, miserables e incomprensibles. El que no era huérfano, sufría delirios de grandeza, el pobre, por ser pobre, y el rico, vaya usted a saber…, de fobias, filias y orientaciones sexuales, ni hablar. Feministas, emigrantes, busca-fortunas, viajeros, expresidiarios y militares se cuentan entre las ocupaciones de estos hombres y mujeres. Por no mencionar un largo etcétera de impredecibles situaciones que forjaron a estos creadores. Y es que para escribir, hay que vivir.
Finalmente, añadir a esta reflexión que, no sólo los que escriben para niños se han de sentir niños, sino que los que leen para niños también deben pensar como niños, que los que hablamos con niños, deberíamos expresarnos como ellos y los que educamos a los niños, hemos de jugar con ellos. Actividades, todas ellas, extremadamente difíciles de conseguir, por ello, los que lo consiguieron y dieron con las palabras adecuadas para narrar a niños y jóvenes, mi enhorabuena y agradecimiento, ya que sin ellos la Fantasía no camparía a sus anchas en la mente de nuestros sucesores. Y que dure…
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