sábado, 31 de octubre de 2015

De muertos y romanticismo


Durante todo el fin de semana se sucederán todo tipo de manifestaciones (no sólo religiosas, sino también lúdicas) a lo largo de nuestra geográfica con el Día de Todos los Santos como telón de fondo. Seguramente unos denosten la jarana en la que se ha convertido la noche previa a este día (el dichoso “Jalogüin”) y otros abandonen esa estúpida costumbre de visitar los cementerios ataviados con millones de flores que se marchitarán unos días más tarde (yo siempre he preferido los tiestos a la flor cortada), pero bajo ambos comportamientos subyace la idea de honrar a los difuntos, algo que, déjenme decir, está presente en la mayor parte de las culturas.


Polémicas a un lado he de decirles que la dicotomía entre la vida y la muerte, además de ser una cuestión muy intrincada (como todo aquello en lo que religión, cultura y hombres se entremezclan), es el que más quebraderos de líneas ha supuesto para la literatura universal. Si no me creen echen mano de cualquier obra canónica y verán como en todas ellas ahonda la búsqueda de la vida eterna, abundan cadáveres y entierros, y todas ellas versan sobre la capacidad de trascender en este mundo forjado a golpe de nicho, fosas comunes o panteones de mármol y serpentina... Y si no me creen, sólo deben echar mano de cualquier obra de la literatura romántica (del romanticismo, no las de Danielle Stele) y dar buena cuenta de que la muerte es el exponente ideal de la libertad humana y de la exaltación de esa misma vida, que puede estar llena de amor, pero también de tormentos.


La idealización y veneración de ese asunto llamado muerte alcanza su culmen con la novela gótica, un género muy cultivado durante el siglo XIX y que dio lugar a la mayor parte de los personajes y relatos relacionados con el mundo terrorífico, ese que hoy nos sobrecoge cuando acudimos a un camposanto durante la caída del crepúsculo. Vampiros, licántropos, monstruos, fantasmas y otras almas en pena han llenado multitud de páginas en las que el miedo envuelve al lector.
No obstante, y haciendo un análisis menos somero de la intención de estos autores, me atrevo a decir (perdónenme si no doy en el clavo, se equivoca el que abre la boca) que bajo historias en las que la sangre, las sombras, y los temblores son un recurso argumental muy repetido, descansa otro mensaje más difícil, ese que aboga por la vida después de la muerte, un estado en el que la sexualidad, la lujuria, el erotismo y otras constantes vitales aparcadas durante siglos por la religión se abren camino en un mundo no apto para la vida terrenal.


Mientras piensan en ello durante este fin de semana (para algunos más largo), les recomiendo echar mano de, Carmilla, un clásico de Joseph Sheridan Le Fanu (la clara inspiración del Drácula de Bram Stoker), en su edición de Siruela (antes de Fondo de Cultura Económico) junto a las ilustraciones en grafito y grana de de Ana Juan (estupendas...). Una declaración de vampíricas intenciones que, con tiento oscuro, femenino y sutil, hurga en los miedos de los hombres.

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