lunes, 23 de enero de 2017

¡Feliz cumpleaños, abuela!


Mi abuela es mediana, lampiña, suave; tan tranquila por fuera, que se diría toda de candor...
Mi abuela es tremenda y el otro día cumplió noventa, ¡que ya son! Tiene un lustre que para qué y como siga sin moverse, va a salir rodando. Que los años son un lastre no es ninguna novedad, pero lo de mi abuela es sobrenatural: ni colesterol, ni hipertensión, ni azúcar. Una miaja de fatiga, y poquito más (Tánto, que hasta sus amigas le desean el mal: “Paca, ya era hora de que te pasara algo..., ya era hora...”). Cada vez tengo más clara su ascendencia nipona, a pesar de que ostenta un apellido español en vías de extinción. Se calienta la cabeza poco (Las preocupaciones no son buenas, así que, últimamente, empiezo a pensar que dejar los problemas a un lado es la única manera de rozar la centena), a pesar de que, como a cualquiera, le han punzado las penas.


A esta mujer le extrañan pocas cosas. Ha visto (y vivido) mucha miseria (no hace falta que les recuerde lo que era España hasta los años 80..., ¿o sí?), y para mi gusto, poco se ha quejado. Como buena bracera, ha trabajado como una negra: cinco hijos y recogiendo acelgas, espinacas o ajos, lavando la ropa entre el hielo, limpiando cuadras o cocinando. Lo peor de todo es que, aunque hoy vive a cuerpo de reina, es consciente de que la social-democracia la ha convertido en una inútil (según ella ya no sabe ni cocinar, ni fregar, ni planchar... ¡Menuda estrategia!).


Mi abuela, la única que me queda, es un rato moderna. Se casó con algún hijo parido (que en aquellos años, era tela), y pantalones, de las primeras. Lo entiende todo aunque se haga la tonta (será de los pocos beneficios que acarrea la sordera) y, cuando encuentra algo raro, reza su coletilla favorita: “Se ve que es lo que se lleva”. Es una abuela de asfalto (la primera vez que pisó un pueblo fue cuando contaba ochenta...), muy espabilada y despierta.


A pesar de que en su temprana vejez mi madre se empeño en matricularla en el aula de alfabetización de adultos (y así, entretenida, ni traía ni llevaba), no hubo manera de que terminara “juntando las letras” y se ha quedado como en sus años de escuela. Una pena... Más todavía teniendo en cuenta que el pasado jueves le podía haber regalado Las arrugas de la abuela, lo último de Simona Ciraolo y publicado en castellano por la editorial Andana. Y así podíamos haber trasladado esta hermosa conversación de una abuela con su nieta, a esas anécdotas e historietas que, cuando éramos pequeños, nos contaba entre siesta y siesta... ¡Pasar no pasa nada! ¡Sólo que tendremos que leérselo nosotros a ella!


2 comentarios:

lamoni dijo...

Pero que maravilla de ilustraciones y que maravilla el texto con el que se acompañan. Gracias!

Román Belmonte dijo...

¡Me alegro de que te gusten! ¡Espero verte por aquí más a menudo! Un abrazo.

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