martes, 11 de marzo de 2008

Papelitos


Me siento algo triste. Es una emoción bastante desoladora, pero a tenor de mi férrea voluntad he decidido hacerle frente escribiendo. No hay arma más eficaz en la guerra psicológica que la palabra, por lo que este asalto creo que lo ganaré, con su inestimable ayuda, por supuesto. Así que, ¡manos a la obra!
Como atmósfera acompañante, escuche el lector alguna partitura de Ryuichi Sakamoto o Shigeru Umebayashi (AVISO AL LECTOR: es toda una oportunidad para dejar a un lado su propia ignorancia, así que, tome cartas al respecto y sumérgase en estas melodías que seguramente lo habrán acompañado en algún momento imaginado). Retire las cortinas de esa ventana…, sí, esa misma…, permita que entre la luz del mediodía, que lo llene todo. Imprima este montón de palabras sobre un papel y deje caer su cuerpo en el sofá.
Y ahora… ¿qué? Es cuando llega el punto crítico de la sugerencia. ¿Recuerda aquel pequeño libro que le regalaron hace un par de años? ¿Aquel que tanta gracia le hizo? ¿Cómo se llamaba? ¿Papeles…?... ¡¡Papelitos!! Yérgase y aproxímese a la estantería… ¿No lo encuentra?... Haga memoria: era un libro de unos veinte centímetros de alto, con un barco de papel repleto de palmeras y montañas en la portada, cortito… Ese es. Retome la postura abandonada en su cómodo asiento. ¿Recuerda? Fue un bonito regalo aquel, por lo menos bastante original… bien valió ese beso… No sea tímido, comience a viajar por él….

Para que todo mensaje
que pase, pueda volver,
y el amor siga volando
como suele suceder.

Bonito comienzo ¿no?... Ya veo como pasa las páginas de ese libro y sonríe… Sus labios se mueven al ritmo de las palabras…

Mariano:
Yo he visto tus jirafas
por los caminos blancos
que los cuadernos tienden
en los llanos del banco.
Y las he visto mansas
detenerse a beber
en un pozo pequeño
de cáscara de nuez.
Teresa

¿Llegando al final?... No mire usted de ese modo… No reproche mi sugerencia con esa curvatura ascendente en los labios…

Y en un claro de sombra
se detuvo a leer,
palabrejas redondas
trepando por la piel.

Y la pobre perdida
no sabe como hacer
para ponerse seria,
sin volar, sin caer.


… ¿Sin palabras y con una sonrisa?... Creo que hemos luchado de un modo pindárico por abandonar la tristeza. Lástima que ahora sintamos nostalgia por quién nos regaló la alegría.
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