jueves, 2 de octubre de 2014

Del aborto y el derecho a la vida


Ahora que la reforma sobre la ley que regula el aborto ha caído en saco roto y el bueno de Gallardón ha abandonado la cartera de justicia (estoy seguro que se debe más a intereses personales y gubernamentales que a la polémica suscitada…, ¡de los políticos fíate tú!), creo que llega la hora de hablar de este tema sempiterno y bastante peliagudo en el que se mezcla la institución familiar, la religión, el derecho a la vida, la capacidad para decidir, la sociedad del bienestar y el impacto mediático. ¡Al toro!
Últimamente todo el mundo se cree con derecho a opinar sobre esto o lo otro, como si todo fuera con ellos, dándoselas de grandes pensadores cuando les apuntan con una cámara de televisión y les endosan con la alcachofa en la boca. Que si yo lo veo muy mal, que si yo lo veo muy bien… ¡Que se callen, joder! ¡Molestan!... En vez de responder “¿Y a mí, qué coño me preguntas?” se dedican a la mayor de las aficiones de este país: hablar por hablar.
El primero de los aspectos a tratar en esto de la interrupción del embarazo es la capacidad de decisión de las afectadas. ¿Por qué nos creemos tan grandilocuentes para decidir por ellas? ¿Para establecer patrones de comportamiento cuando no estamos en su pellejo? ¿Quiénes son los hombres para decidir sobre los 9 meses (y lo que queda) restantes? A ver, que alguien me responda…
El segundo es la omnipresente cuestión de fe… La gente confunde churras con merinas mientras intenta coaccionar a los demás y modificar así sus decisiones interpelando al nombre de Dios, Alá o Quetzalcóatl. Si la decisión de abortar es íntima y personal, más lo son las creencias, y por lo tanto, ¡bastante conflicto interno tiene una creyente si se queda embarazada tras ser violada! (aunque se vaya a Londres a quitarse el marrón de encima…).
Lo del estado en este asunto, no tiene nombre… Me parece mucha paradoja que una adolescente pueda interrumpir el embarazo sin encomendarse a sus padres, pero no pueda acudir a las urnas para elegir a aquellos tocados por la varita mágica de la democracia (¡Qué asco de democracia ibérica! ¡Me aburre de solemnidad!)
También tenemos en juego a la familia, ese ámbito tan necesario y en clara decadencia que, desestructuración tras desestructuración, se desentiende de los problemas que le atañe para encomendarselos al Estado, ese que toma cartas en los asuntos privados para que, de paso, padres, madres y tutores legales no se ensucien las manos con sus hijos, concebidos por obra y gracia del Ministerio de Asuntos Sociales.


La sociedad del bienestar también está de por medio, incluyendo, entre otras, a la píldora, el feminismo, la medicina, e incluso, a la caridad. Nos creemos que los demás tienen que solucionar nuestros problemas, les colgamos la responsabilidad de nuestros fallos y, por tanto, son ellos y no nosotros, quienes deben solucionarlos y poner de su parte para salvaguardar la integridad que se nos olvidó. Y si no, denuncia al canto…
Y tras estas consideraciones que no llegan a ningún sitio (cada uno que haga lo que quiera con sus hijos…), llegamos al derecho a la vida. Cuando uno nace, además del problema intrínseco del parto, deben saber que, tras la luz, la acritud de la vida no se apiadará de nadie y seguirá actuando consecuentemente para diezmarnos y consumirnos con sus avatares. Por esto, a veces es difícil saber si la vida es un derecho o un deber.
En cualquier caso y haciendo alusión a padres y proles, les recomiendo Todos mis patitos, un álbum ilustrado de Janosch y editado por Libros del Zorro Rojo, en el que, con rima incluída y un esperanzador y reproductivo discurso, se nos da buena cuenta de que los hijos unas veces te dan momentos amargos y otras, los más dulces.
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