martes, 7 de febrero de 2017

Paseando por el parque con Anthony Browne


Cuando pronunciamos el nombre de Anthony Browne, reconocemos inmediatamente al autor de libros protagonizados por simios (ver toda la serie de Willy y su inmejorable Gorila) o de fábulas y cuentos contemporáneos como Cambios, El libro de los cerdos o El túnel.
Estas historias en formato de álbum reconocen los problemas de las sociedades modernas occidentales y la ruptura con los estereotipos de nuestro tiempo, a partir de situaciones en las que la inteligencia emocional tiene mucho que decir (N.B.: Esto se debe más a una cuestión personal que a una intencionalidad manifiesta, como se ha apuntado en ciertas ocasiones relacionando este hecho con los miedos y temores de niñez del autor).
Todas ellas le han valido a Browne para erigirse, no sólo como uno de los autores de libro-álbum más afamados dentro del panorama internacional (entre otros muchos galardones, se le concedió el premio H. C. Andersen en el año 2000), sino como uno de los representantes de la postmodernidad en el mundo de la ilustración contemporánea (Andricaín, 1996).



Huelga decir que la mayoría de sus libros son difícilmente clasificables. Unos prefieren hablar de narrativa, otros los engloban en libros formativos, muchos en libros de valores, otros en álbumes de autoayuda... Yo prefiero ser más general y hablar de ficción (no sé si paraliteraria, me lo tengo que pensar...). La exploración del mundo interior del lector a través de las situaciones y personajes, la marcada presencia de los valores, el criticismo social, la direccionalidad del discurso o lo narratológico de sus imágenes cargadas de humor y simbolismo a partes iguales, son rasgos que imprimen cierta dualidad (definición-indefinición) a esa ficción que intenta ofrecer, tanto consciente, como inconscientemente, una serie de herramientas para enfrentarse a las realidades que ofrece la vida.
Fantasía didáctica, discurso críptico, constructivismo, divertimentos, juego... Sea lo que sea, los libros de Anthony Browne están bien trabajados, tanto física, como discursivamente. Y au...


Anthony Browne. Autorretrato.

Teniendo en cuenta todo esto, traigo a la palestra uno de los primeros álbumes del autor, que, paradójicamente, se despoja de muchas de estas convenciones presupuestas y nos permite conocer la evolución de este artista nacido en Sheffield, Inglaterra, en 1946 (¡Qué bien se conserva el jodío! ¡Qué lustre para setenta tacos!)...
Un paseo por el parque fue publicado en castellano por Everest hace unos cuantos años (yo tengo una edición de 1981, así que, sí, está ya descatalogado... Inténtenlo por la vía del libro usado), aunque las ediciones en gallego, catalán y vasco las podemos encontrar en el mercado gracias a Kalandraka. Junto a otras obras menos conocidas como Mira lo que tengo (Everest, 1981), El libro de Osito, Un cuento de oso (ambos en Fondo de Cultura Económica, 1994) Bear goes to town (inédito en castellano) o Through the magic mirror (su primer libro publicado y también inédito en castellano), constituyen la primera etapa de este creador.




Un paseo por el parque es una historia cotidiana con multitud de detalles que nos invitan a descubrir nuestro mundo más cercano. Esta es la historia de un niño y una niña que coinciden en el parque mientras sus padres pasean a sus respectivos perros. Son las mascotas las que se ponen a jugar primero para que después, como si de una enfermedad contagiosa se tratara, esas ganas de compartir y disfrutar se trasladan también a los dos niños. que terminarán por descubrir la amistad, finalmente traducida en un hermoso regalo.
En principio, parece una historia sin mucha chicha, con un discurso directo y afable. Pero la otra historia, la que subyace a un nivel menos visible, se refiere a la diferencia de clases sociales, a la sinergia que las diferentes facciones (en este caso clase obrera y clase media) pueden llegar a alcanzar (o no) en un campo de juego neutral. He aquí algunos puntos en los que fijarnos:


Veamos la caracterización de los personajes... Mientras que la niña vive en una típica “council house” (casas de dos o tres plantas revestidas de ladrillo caravista típicas de los cinturones industriales de las grandes ciudades inglesas que tanto proliferaron tras la Guerra Mundial) que ocupa una sola página, mientras que el niño en una vivienda unifamiliar de grandes dimensiones con garaje y jardín particulares, que ocupa una doble página. También habla por sí sola la vestimenta de los mayores (la madre del niño viste con pieles, mientras que el padre de la niña utiliza un atuendo aparentemente más humilde). E incluso, me atrevería a hablar de las razas de los perros como elemento de distinción (un labrador y un perro de trazo más callejero).


Sobre la relación que se establece entre ellos hay bastante que decir. Mientras que los perros, desprovistos de prejuicios comienzan a jugar, los seres humanos permanecen estáticos en un banco (Nota: Me encanta un fragmento de una ilustración en la que la mitad trasera de uno y la delantera de otro, gracias a la ayuda del tronco de un árbol, se funden para formar un único perro. Simbolismo precioso). Separados por un muro invisible, los niños parecen tenderse la mano mientras que los adultos permanecen aislados. Los pequeños deciden ponerse a jugar. La cosa va in crescendo. Se unen a la fiesta de los perros. El invierno da paso a la primavera y brilla el arcoiris (se puede ver en la copa de los árboles). Lo humano se cuela por los resquicios de lo mundano. Dos mundos diferentes se dan la mano a pesar de los prejuicios y en pro de la niñez. Un mensaje bonito del que quedan marginados los adultos con sus preconcepciones, con sus prejuicios (la conquista por la igualdad está cercana pero siempre hay alguien reticente...).


Además de todos estos elementos literales o más crípticos, encontramos multitud de referencias al estilo tan peculiar de su autor que nunca ha abandonado los guiños al surrealismo y el impresionismo, dos constantes en toda su obra. Es así como objetos descontextualizados irrumpen en las escenas. Plátanos coronando las columnas, salchichas trinchadas en verjas, árboles con forma de paraguas o los cameos de personajes de la gran pantalla como Tarzán o Charles Chaplin, llenan las páginas de un libro con muchos niveles de lectura.



Es llamativo que esta obra fuera objeto de revisión por parte del autor, que desarrollaría años más tarde una relectura al publicar Voces en el parque (1999), un título que bebe de este libro. Aunque existe algún que otro caso, no es frecuente que en la literatura infantil sea el propio autor quien revisite su obra y la dote de otro cáriz, rice el rizo, mejore el formato y lo haga más (llamémoslo así) "contemporáneo" (Es cierto que Un paseo por el parque es una rara avis dentro de la obra de este autor, sobre todo porque se aleja del estilo que las demás proyectan y se muestra más temporal, claramente setentera). Es así como Browne decide modificar la fisionomía de los protagonistas (monos antropomorfos), dota de una perspectiva más cinematográfica a las ilustraciones, y combina el uso de distintas tipografías, para obtener más aceptación comercial. Sí, existen escenas idénticas y recursos de estilo similares, pero son libros diferentes.




No sabría decir cuál es mejor, pero esta claro que Un paseo por el parque, aunque a muchos les puede resultar anecdótico, es más fresco, más abierto y menos dogmático, unos valores añadidos ante cualquier libro para niños.
Como curiosidad final y atendiendo al análisis entre los dos libros, me gustaría hacer un guiño botánico (mi especialidad biológica). Tanto Un paseo por el parque, como Voces en el parque, terminan con un regalo, una flor, que Browne decide cambiar en ambas obras. Mientras que en el primero elige un ranúnculo o botón de oro (Ranunculus sp. pl.) en el segundo elige una amapola (Papaver sp. pl. ¿Se han fijado en quiénes corretean por la taza?), dos flores ornamentales muy utilizadas en los jardines ingleses y fácilmente reconocibles por la pigmentación, y la forma de las hojas y el gineceo. Algunos pensarán que esto tiene algún significado, pero ya les digo que no, que es un mero recurso plástico que atiende a razones puramente estéticas más que a simbólicas.
Aprovechen este día de invierno y vayan al parque, quizá les aguarde alguna sorpresa, que parece que sale el sol...


Andricaín, Sergio. 1996. Anthony Browne, un postmoderno en el universo del libro infantil. Hojas de lectura, 42. Bogota: Fundalectura.

4 comentarios:

Antonia dijo...

Me parece interesante esta última relación de los diez mejores libros infantiles para que los niños se duerman según el Diario El Mundo (14-1-2017). Excelente para padres, maestros, pedagogos, psicólogos, etc.
Enlace (copiar y pegar en el navegador):
http://www.elmundo.es/sapos-y-princesas/2017/01/14/587a8e98ca474190638b4592.html

El Principito dijo...

Muy muy interesante, muchas gracias por la info.

Carmen dijo...

Me encanta la entrada porque adoro a Browne. Aunque lo conocerás por si acaso te recomiendo El juego de las formas, libro donde el autor descubre múltiples secretos de su obra al lector.Hasta pronto monstruo!

Román Belmonte dijo...

¡Me alegra que os guste Carmen y Principito!
Me encanta "El juego de las formas", Carmen.
Antonia (si es que existes), preferiría que no mandes más "spam", sobre todo porque tendría que borrar todos tus comentarios y es algo que no me gustaría...
¡Un abrazo para todos!

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