lunes, 30 de abril de 2018

El sketch como estructura narrativa en el libro-álbum



Tras esta conversación con Vicente Ferrer en la que el editor definió a muchos de los libros dirigidos a los niños de hoy día como “historietas”, el aquí firmante empezó a darle a la neurona... Historieta, comedia de situación, sketch... ¿Y si muchos de los álbumes ilustrados tuvieran estructura de sketch cómico...? Es posible, Román, así que toca profundizar un poco más...


Se conoce como sketch a una escena, por lo general humorística, de poca duración que tiene su origen en los bodeviles y cabarets. Posteriormente, este número de las artes escénicas pasó a otros formatos como el radiofónico o el mundo de la historieta gráfica, generalmente a las tiras creadas para la prensa diaria y dominicales, y amplió su influencia a otros medios como el televisivo o el cinematográfico.


Es así como los sketches han llegado hasta nuestros días y se han generalizado en la escena cultural, algo que no me extraña teniendo en cuenta que si algo tiene el sketch que lo diferencia del resto de formatos es su corta duración, una que lo hace idóneo para una época donde la escasez de tiempo nos limita en la mayor parte de los ámbitos de la vida. En unos segundos, en unos minutos de duración, el sketch es capaz de enredarnos en sus redes y hacernos meditar tanto o más que un largometraje sesudo o una novela de tropecientas páginas. Quizá esta característica se podría asemejar a de la fábula o la parábola, pero no con su contenido, ya que estas siempre presentan un fin didáctico o moralizante, algo que no sucede en estas historietas.


También hemos de tener en cuenta que, bien a través del sonido, de las imágenes o de la teatralidad, el sketch nos lanza un mensaje que puede tener distintos grados de complejidad -por su elaboración o por el tipo de mensaje que se lance al espectador, al consumidor- que es captado rápidamente. Esto quiere decir que la calidad del discurso no es directamente proporcional a la duración del producto, sino que su creación requiere de una herramientas precisas, de unas destrezas que permitan un alcance aceptable entre el público.


Por último y para resaltar un punto común en los llamados sketches me gustaría detenerme en la parodia, un recurso de estilo utilizado en casi todos los ámbitos artísticos que consiste en la imitación burlesca de un personaje o hecho y que se suele embeber de lo irónico, el doble sentido y lo exagerado para desarrollar un discurso crítico. Humorística o no, la parodia es transgresora y se mueve en los límites de lo bizarro (en su acepción castellana de “valentía”).


Si nos fijamos bien en estas tres características: economía temporal y/o de recursos, discurso elaborado y parodia, podemos hacer un símil con el mundo del libro-álbum, un formato, un género que, aparentemente (no quiero profundizar en las paradojas de lo mucho y lo poco en los lenguajes verbales y no verbales) tiene un contenido limitado pero que en muchas ocasiones puede albergar planos discursivos muy complejos y paródicos, algo que llama profundamente la atención en muchos lectores que se topan por primera vez con este tipo de libros y piensan “¿Cómo es posible que en tan sólo 32 páginas se puedan condensar tantas cosas y que nos formulen tantas preguntas?” 


No sé a ustedes pero a mí me sucede lo mismo con un buen álbum ilustrado que con un chiste de Gila, Chiquito o Eugenio, con un número de Les Luthiers, o una tira cómica de Mafalda, Peanuts o Calvin y Hobbes. Sin ir más lejos les invito a que se sumerjan en los tres libros que me han hecho pesar sobre la estructura del sketch en el álbum ilustrado contemporáneo (con sus salvedades, por supuesto) y a los que pertenecen las imágenes que acompañan este post...


Por un lado les recomiendo El chaleco del ratoncito de Yoshio Nakae y Noriko Ueno (editorial Lata de Sal), un pequeño y divertido álbum que nos habla del mundo plural tomando como hilo conductor un chaleco; Cerdo Cerdo un álbum del siempre inspirador Juan Arjona y la ilustradora Cristina Spanò (editorial A Buen Paso) que intenta la búsqueda del yo desde una posición cotidiana donde la disyunción y lo irónico tienen un peso importante; y el Malo de Lorenz Pauliy Kathrin Schärer (editorial TakaTuka) una fábula moderna donde la repetitividad y el giro a lo inesperado abogan por aleccionar a los malintencionados.


viernes, 27 de abril de 2018

Viéndole las orejas al verano...



¿Quién nos iba a decir que el paso de la primavera al verano era cuestión de días? O al menos eso es lo que cuenta mi armario, que no sabe si ofrecerme una de manga larga u otra de manga corta... El caso es que habrá que disfrutar las temperaturas casi estivales antes de que se vuelva a torcer el carro, que visto lo visto, puede que la climatología salga por peteneras en el próximo mes de mayo. ¡Y disfruten del puente! ¡Que bien vale un descanso!

Le he visto
al verano
su sed
en las macetas.
Me he tatuado a boli
un ancla
y un delfín.
He saludado al dinosaurio
en la hierba,
tomando el sol,
seguía allí.
He encontrado
restos de un corazón
en la pared,
y el trozo de un mapa
y la fecha que indica:
“Usted está
aquí”.

Marga Tojo.
Estación Lago.
En: Cara de velocidad.
Ilustraciones de María Hergueta.
2018. Pontevedra: Kalandraka.


jueves, 26 de abril de 2018

Leyendo en los jardines



No sé quién dijo una vez que los humanos y la naturaleza se encuentran irremisiblemente unidos por una costura invisible y que la mejor prueba de ello es que, desde tiempos inmemoriales, las civilizaciones humanas se habían empeñado en crear en mitad de sus ciudades, los más hermosos jardines, lugares a imagen y semejanza de  bosques y otros parajes. Desde el mismo jardín del edén bíblico hasta los minimalistas jardines zen, son muchos los parques y espacios ajardinados que se reparten por toda la geografía mundial. Lugares de obligada visita, algunos de culto, en los que se entremezclan muchos intereses, que van desde el juego infantil a la contemplación estética.
Verano, otoño, invierno y primavera pasan por ellos caracterizándolos con diferentes formas de vida, así como desprenden diferentes estados anímicos para con el visitante. Unos prefieren el picnic con la caída del sol veraniego, mientras que otros gustan del colorido otoñal, yo sin embargo conecto más con la primavera, el jolgorio de los arriates, los brotes reventones que llenan los árboles, el cerezo en flor o el olor tras los chaparrones. Esta es la razón por la que me he esperado hasta hoy para reunir tres historias exquisitas que sobre jardines nos ha dado la LIJ de los últimos meses.


El primero de ellos es Teo Muchos dedos, un álbum escrito por Catalina González Vilar, ilustrado por Pere Ginard y publicado por A buen paso. Con una prosa muy rica, no sólo en el aspecto verbal (he aquí la razón por la que se ha optado por definirlo como, lo que yo llamo, álbum narrativo, ese que intenta darle mayor significación al texto), narra la historia de un habilidoso jardinero utilizando la estructura del cuento tradicional. 


Sin lugar a dudas cautivador y muy delicioso, se pueden entrever en él las influencias del folklore y muchas de las funciones de Propp en pro de un alegato por la belleza que guardan los jardines y una defensa de la libertad y su reconocimiento social y comunitario (para mí lo más sabroso de este libro). No les voy a destripar el argumento (¿acaso no les sirve mi palabra de que les va a encantar?) y de sus evocadoras ilustraciones elaboradas con la técnica del collage digital sólo haré referencia al detalle de unas guardas que regalan una sorpresa final y enmarcan temporalmente (entre principios de la primavera y finales del verano) esta bella historia.


En segundo lugar tenemos que hacer referencia a esa explosión de colorido que es El jardín, un álbum ilustrado de Atak y editado por Niño Editor. 


Quizá sea el libro más poético de los tres, sobre todo por la enorme carga estética que guardan las escenas que lo componen y en las que se hace claros guiños a un mundo exuberante donde campan la vida, el amor y las edades del hombre. Asimismo en esta comunión entre humanidad y naturaleza (y donde botánicos y zoólogos se perderían encantados), unas veces dominada, otras salvaje, recuerda en parte a un río desbordado de emociones. Por si esto no fuera poco, en sus ilustraciones aparecen guiños a libros como La isla misteriosa, uno de los cómics de Tintin, o a cuadros como El desayuno sobre la hierba de Manet.



Por último, traigo un poquito de poesía de la mano de Andrea Pizarro Clemo y su Júbilo, un álbum de poesía que fue pergeñado durante la realización del Máster en Album Ilustrado de IconI y fue publicado por la editorial argentina Limonero. 


En él se nos narra en forma de romance el nacimiento de una primavera nueva, no sólo en el jardín, sino en el corazón de su jardinero jubilado, una coincidencia un tanto metafórica que contextualiza el poder de las relaciones intergeneracionales desde un punto de vista humano. Ya saben que cuando ante mí se despliega un libro de versos, prefiero dejarlos cantar a su suerte y que ustedes mismos busquen en las rimas sus propias palabras.


-¿Por qué tu invierno no deja
la primavera acercarse?
Aquí traigo mi impaciencia,
¿puedo con ella sembrarte?


lunes, 23 de abril de 2018

¿Y si nos dejamos de tanta animación a la lectura y leemos de verdad?



Esa es la pregunta que se le viene a la cabeza a un monstruo como yo en este día en el que los libros se lanzan a la calle y desde todos los medios de comunicación, desde la mayor parte de las instituciones, nos envían mensajes sobre la lectura y sus bonanzas. De cómo vamos a mejorar cultural, económica, social y personalmente leyendo, de cómo ganaremos la gloria eterna a través de los libros, y cuán inteligentes personas (si no dicen ciudadanos…, que ahora se han obsesionado con esa palabreja) seremos gracias a ellos.
Lejos de estos mensajes sanadores y muy terapéuticos, sobre todo para aquellos ilusos que no leen un libro en todo el año (los que lo hacemos sabemos que podemos caer enfermos o ser mucho peores personas por culpa de la lectura), he querido detenerme en todo este engranaje que sobre la figura del libro y la animación a la lectura, se erige para la ocasión, así como en su idoneidad y efectividad para con el verdadero acto lector y la llamada educación literaria.


La lectura, como cualquier otro invento humano y/o parcela vital, debe responder a multitud de preguntas (¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde?...) que nos encaminan hacia las posibles vías que nos permitan alcanzar esa meta, algo que siempre han tenido muy claro la mayor parte de los mediadores de lectura. La cosa cambia cuando nos adentramos en el siglo XX (quizá antes…) y la lectura pugna por una parcela espacio-temporal en la galaxia del ocio, lo que lleva aparejada una diversificación de las formas de lectura (¡Ea! las leyes del mercado…). Es en este punto en el que el universo de la animación a la lectura crece proporcionalmente, generando una red compleja de orientaciones y metodologías, y los mediadores, intermediarios entre libros y lectores, se deciden entre diferentes líneas de trabajo. De esta manera empiezan a primar el cómo y el cuánto, y se deja de prestar atención al qué.


Por esta razón creo necesario hacer distinción entre el educador literario y el animador a la lectura. Está claro que no debería ser así y que todos los animadores a la lectura deberían ser educadores literarios y viceversa, pero la realidad manda y mientras que unos se deshacen del gusto cuando logran que los jóvenes lectores lean buenos libros, otros se pirran porque los niños, adolescentes o adultos lean y lean, lo que sea pero que lean. Para ilustrarles, tres puntos…
1. No nos debe extrañar que para muchos mediadores, sobre todo los poco instruidos, cualquier cosa vale mientras quede recogida en el formato libro, ese que no deja de ser unos cuantos trozos de papel impreso cosidos a una tapa. Si no me creen fíjense en todos aquellos fans del libro que se mueren por pillar la última entrega de esta o aquella serie o saga, y toda una suerte de libros paraliterarios que, si bien pueden servir para recomendaciones puntuales con las que rescatar a los lectores perdidos, también ayudan a vaciar de buenos contenidos las bibliotecas infantiles y juveniles.
2. Por otro lado también me gustaría hacer hincapié en que muchas actividades de animación a la lectura, aunque son muy eficaces a la hora de incluir al libro en el mundo del ocio, también pecan de un exceso de fuegos de artificio que, a posteriori, no se presentan en el diálogo cotidiano entre un libro y su lector ya que el lector no aprende cómo analizar el discurso en su transcurso, lo que a veces se traduce en una doble frustración para ese lector que queremos atrapar. Es decir, esta asociación de ideas errónea de lo debe ser y es la lectura puede mermar esa sensación única que se debe experimentar cuando nos encontramos ante una obra canónica.
3. En último lugar hay que hablar del libro como soporte, no sólo de algunas de las más bellas historias que ha parido la humanidad, sino de las más variopintas actividades que, por supuesto, se alejan en gran manera de la lectura y sus intenciones, y que no persiguen encumbrar al libro como bien común, sino utilizar su propio material (N.B.: Algo que pueden observar en las imágenes que acompañan a la entrada de hoy que pertenecen a la artista Ekaterina Panikanova) o la imagen que proyecta y que se liga a la esfera cultural para otros fines de diferente naturaleza (léase un anuncio de condones protagonizado por lectores).


En otro lado quedan los educadores literarios, unos que fomentan el gusto por toda una suerte de producciones que a lo largo de los siglos han acompañado al hombre en sus ratos libres, académicos o profesionales. Personas que muchas veces desconocen los procedimientos más modernos de la llamada animación lectora, algo que les ha valido el calificativo de trasnochados y carcas, algo que tiene poco que ver con el hecho de defender lo poético de un arte, la literatura, al que merece la pena acercarse, y obviar esa realidad consumista y paraliteraria que nos embebe desde la industria.
He aquí la mayor dificultad, la de atraer a los niños a la isla de Stevenson, a la niebla de Unamuno, a los cuentos de Wilde, al hidalgo de Cervantes, la picaresca del Lazarillo, o los versos de Lorca, a obras que no dejan indiferente, que por anacronismos de la vida y los libros no caen de pie entre los nuevos lectores,los mismos que consumen títulos con premeditación y rapidez. Porque además de saber que los libros existen, también hay que leerlos.
Es por ello que la animación a la lectura, además de ser agradable y poner los libros a la altura de los ojos, debería prestar atención a aquellas estrategias que consideren la Literatura (la de la mayúscula) por encima de otros productos que, aunque tienen forma de libro, no enriquecen el intelecto de la misma forma. Necesitamos proveer de herramientas para la comprensión de estas formas artísticas, buscar sinergias entre la vida y la literatura, y empujar a los niños y jóvenes que se hallan reacios a bucear en esa patria compartida. Al fin y al cabo, la lectura literaria se cimienta en ese acto de valentía que nos empuja hacia lo desconocido, a descubrir libros que sabemos que pueden ser complejos, incómodos o difíciles, pero que, como todo, la cosa está en empezar y habituarnos día a día a buscar en las palabras de otros las nuestras propias.


Piensen en ello durante los faustos de este Día del Libro que de tantas buenas intenciones viene cargado, que tantas culpas expía. Y vayan mis ánimos hacia todos aquellos que siguen en ese bastión de la educación literaria, quizá perdida pero todavía viva.

viernes, 20 de abril de 2018

Libros exquisitos que marcan un punto y aparte.



A veces te topas con libros tan hermosos que crees enloquecer. No sólo porque los versos son como el agua, clara a veces, otras calmada, quizás juguetona, o puede que templada. También te gusta como se mueven sus páginas tachonadas de la risa dulce, del viento ágil. Te fijas al mismo tiempo en el sol de su portada, en el día que en su guarda empieza y la tarde que se pone en la contraguarda. Y con todo y su música, crees volar como los pájaros que allá, en el infinito, puntean el mundo una y otra vez.

¿Qué es eso que llamamos
tan simplemente un punto?

Del universo entero
es un planeta,
un pequeño tornillo en
la bicicleta.

En la playa es un solo
grano de arena,
mar adentro es el lomo
de una ballena.

Muy de cerca, una hormiga
con su alimento,
lejos, un elefante
en movimiento.

Desde abajo ¿es un globo
que busca el cielo
o un avión que en el aire
remonta el vuelo?

A la mesa es un hoyo
en el salero,
calle abajo es un calvo
sin su sombrero.

En mi frente, está claro
es un lunar,
y es un signo en el verso
al terminar.

Felipe Munita.
Un punto.
En: Diez pájaros en mi ventana.
Ilustraciones de Raquel Echenique.
2017. Caracas: Ekaré.




jueves, 19 de abril de 2018

Aventuras para aprender



Hoy me llevo a los alumnos de parranda, un sinónimo que ellos utilizan a la hora de referirse a alguna visita institucional o salida al campo. Y si hace un día como hoy, la jarana se eleva a ene, no sólo porque se sienten más libres que cervatillos (eso de estar en el aula, es contraproducente a su naturaleza de adolescentes saltarines), sino porque este calorcete eleva el nivel de hormonas en sangre y el asunto se enfervoriza aún más.


Siempre he dicho que los alumnos aprenden más fuera que dentro de los centros educativos. Se topan con muchas realidades que de otra manera sería imposible, entran en contacto con una naturaleza que les recibe de lleno, desarrollan otras formas de aprendizaje y se establecen otros vínculos con iguales -y diferentes, que un servidor tiene poco de crío- que les hacen crecer. Lo sé y creo en ello de manera fehaciente. El laboratorio y los parajes de España fueron las aulas de mi enseñanza universitaria, y ha pasado a ser algo que fomento desde bien temprano en esta profesión donde abundan los docentes estáticos.


Es esa obligación de enfrentarse al mundo la que nos capacita como seres vivos. Rodearnos de lo desconocido y ponerle cara a lo teórico son destrezas que debemos potenciar en un mundo cada vez más individualista, cada vez más egoísta, a pesar de redes sociales y otras relaciones bastante ficticias. El yo y el resto deben convivir (o al menos intentarlo), y es una razón por la que los maestros, los padres, seguimos siendo imprescindibles. Empujar es nuestra tarea. No les diré si suavemente o de forma brusca, ni si debemos hacerlo con una sonrisa o imponiendo nuestra ley, si en masa o uno por uno, pero hay que hacerlo, queramos o no.


Y así llego a uno de los libros más hermosos de los últimos años, El gran gris, otro de esos álbumes deliciosos a los que nos tiene acostumbrado Jörg Müller (ya saben, el de El soldadito de plomo), esta vez junto a la prosa de Jörg Steiner, y que fue publicado por primera vez por Lóguez en 2004. Es un libro sobrio y elegante, bastante formal diría yo, pero con una fuerza narrativa exquisita, no sólo por una estructura en la que se aúnan recursos propios del cómic y diferentes altibajos rítmicos, sino por esa historia intergeneracional en la que me siento identificado cada vez que me toca alternar más de una hora seguida con mis alumnos de los que siempre aprendemos uno y otros.


En su discurso sobre elecciones y libertad que puede dar para mucho por todas las capas discursivas que entraña, dos conejos coinciden en un mundo natural lleno de vicisitudes. Las escenas se suceden, unas veces a doble página, otras a modo de viñetas sin calles, e incluso verticales, elaboran una historia en la que unas veces te detienes a contemplar y otras sientes el vértigo de una acción enmarcada en bellos paisajes que recuerdan a los bosques de la pintura flamenca.


Un libro hermoso y diferente en el que Müller utiliza composición y luz de una forma magistral (la imagen de la tapa en la que la luna llena ilumina a los protagonistas en mitad de la noche es muy cautivadora) que nos acerca de nuevo a un universo donde la perspectiva cinematográfica es más que patente, y es suficiente para decirles que están invitados a este viaje iniciático aderezado con aventura y aprendizaje.

martes, 17 de abril de 2018

De lista-maníacos



El otro día me comentaba cierto responsable editorial que prefería mis reseñas a mis selecciones temáticas. Que a él, como miembro de una casa editorial, le eran más útiles ciertos detalles técnicos o discursivos que listados de títulos con algún punto en común. Un rato después una seguidora me escribió un mensaje agradeciéndome esos mismos listados ya que le ahorraban mucho tiempo y eran muy prácticos a la hora de organizar exposiciones temáticas sobre este tema u otro. Me resultó curioso que en un breve lapso de tiempo hubieran coincidido dos opiniones antagónicas sobre los listados temáticos. Así que hoy la cosa va de listas...


Si les soy sincero les diré que disfruto mucho más elaborando reseñas o hurgando en coincidencias menos evidentes de los libros infantiles, que elaborando listas de libros sobre música, sexualidad o sobre Caperucitas Rojas. Esto se debe principalmente a que la tarea de búsqueda de información es más monótona y no me deja dar tanta rienda suelta a mi parte más creativa e inquisitiva (excepto cuando encuentro algo jugoso sobre lo que indagar... je, je, je). Me gusta investigar, analizar y sorprenderme y la mayoría de los listados no dejan de ser herramientas sistemáticas y bibliográficas.


Por otro lado también me gustaría decir que hay listados bibliográficos y “listados bibliográficos” ya que si algo tiene la taxonomía, es que depende de los diferentes criterios que se esgriman para llevarla a cabo. No es lo mismo un listado de una institución seria en la que suelen trabajar especialistas con un vasto conocimiento del área a tratar, que otro que haya elaborado Perico el de los Palotes (¿O quizá sea al revés? Hay veces que no se cumple esta regla... ji, ji, ji).


No les voy a negar que en las listas se pueden condensar muchas características de las obras literarias ya que parten de un ejercicio sintético que ayuda a poner en valor ciertos títulos, de equilibrar esa balanza en la que nos solemos fijar los lectores a la hora de caer rendidos ante sus páginas. “Los cien mejores de todos los tiempos”, “Los 25 peores libros del año”, “Mil tesoros ilustrados”... ¿Acaso no les sugieren muchas cosas? ¿Hacemos una porra a la hora de las coincidencias?


Es cierto que hay muchos listamaniacos que gustan de casillas, cajones, etiquetas y listados. También hay otros tantos que prefieren poner desorden en el orden y dejar que todo fluya según los dictados de lo anárquico, pero si quieren encontrar un libro en una biblioteca lo mejor es ordenarlo según un criterio útil y claro (les sugiero que se dejen de temáticas, tamaños o colores y opten por el orden alfabético del apellido del primer autor).


¡Por cierto! Y hablando de adictos a las listas... les traigo Los Liszt (¡bonito juego de palabras!), un álbum de la escritora norteamericana Kyo Maclear y la ilustradora española Júlia Sardà (editorial Impedimenta), que nos cuenta la historia de los miembros de una familia que comparten la afición de elaborar listas de todo tipo. De la compra, sobre insectos, futbolistas, preguntas curiosas... Se dedican a esta tarea a todas horas, excepto los domingos. Pero un día alguien abre una puerta a lo fortuito y un extraño entrará por ella. ¿Quién será ese extranjero que no está en ninguna lista? ¿Será añadido a alguna lista? Merece la pena saberlo, sobre todo si les gustan las listas...


lunes, 16 de abril de 2018

Adiós a Felipe Zayas y un par de libros sobre la muerte




Ayer murió Felipe Zayas. Aunque muchos dirán que queda un vacío irreparable en el ámbito de la enseñanza de la lengua y literatura castellanas, un servidor prefiere acordarse del Algo de Andersen, un cuento que habla de los aportes que cada individuo, desde su humilde o no tan humilde posición, hace a la sociedad. Es así como pienso en Felipe Zayas y los muchos lugares que llenó... La didáctica de la lengua, la lectura, el amor por lo literario y su relación con las nuevas tecnologías, temas tradicionales o sinergias sobre las que nadie había posado su mirada antes, fueron los campos que cultivó con esmero y profusión. Todo ello me lleva a concluir que, si hay una forma de presentar honores ante este maestro, lingüista y pionero como él, es la de leer sus producciones que, aunque disienta con ellas en algunos aspectos, son ese “algo” que habla de un trabajo bien hecho y constante.


Quizá a muchos de ustedes esta postura no les parezca del todo correcta, sobre todo porque se aleja de nuestros estereotipos y preconcepciones que de la muerte tenemos. Pero les recuerdo que, como bien he dicho, esos estereotipos y preconcepciones se encuentran sujetos a unas reglas no escritas en las que la sociedad mucho tiene que decir y que se adscriben a dos de sus esferas: la religiosa y la folclórica.


Para hablar de la religiosidad y su relación discursiva referida a la pérdida de un allegado, fondeo en un libro que llevaba tiempo en el bloc de notas, Más allá de Silvia y David Fernández e ilustraciones de Mercè López (editorial Pastel de Luna), un libro que, desde un tono informal y sin adoctrinamientos, nos acerca a las miradas que diferentes religiones ofrecen de la muerte a través de las conversaciones que mantienen sus protagonistas, unos animales que trabajan en el circo Galaxia (este simbolismo tiene un cariz muy interesante que me recuerda a Calderón en lo que a lo teatral de la vida se refiere) donde el riesgo es el pan de cada día.


Sobre el folclore que embebe los ritos funerarios, me detengo en El pájaro muerto una historia ya clásica de Margaret Wise Brown que Christian Robinson ha ilustrado magistralmente para esta ocasión (editorial Corimbo). No debe resultarnos extraño el contemplar como un grupo de niños llevan a cabo (quizá podríamos usar el verbo dramatizar en referencia a la teatralidad de la que habla la microsociología) un funeral solemne para enterrar un pajarillo. Los vericuetos culturales, la fusión de los ritos religiosos y paganos, nuestras emociones y sentimientos, participan en un espectáculo con el que se pretende presentar los respetos ante el fallecido, al mismo tiempo que ayudan a canalizar un duelo en el que no sólo hay dolor, sino también soledad, dicha, respeto, culpa, extrañeza, añoranza o incluso humor, que ayudan a re-confortarnos y re-equilibrarnos.


Creo que las despedidas tienen luz y tinieblas. Es así como despedirá el día a Felipe Zayas, con los rayos de la primavera abriéndose camino entre las nubes del invierno.


viernes, 13 de abril de 2018

¿Libertad? ¿Fraternidad?... ¡Posverdad!



Antes se llamaba mentira, ahora posverdad. El caso es que, llámese como se llame, sigue siendo el mejor arma para dejar en entredicho a cualquiera que estire un poco el cuello. Políticos, directores, compañeros de trabajo, vecinos, familiares... nadie está exento de ver manipulados sus hechos y palabras en pro de otros más avispados que dejan a la altura del betún a cualquiera que intente hacerles sombra. Se lo dice este bocazas servidor, víctima de mamporreros piojosos y otros carroñeros arribistas... Así que cuidadito con lo que dicen o hacen ¡No se crean nada de los que predican libertad y fraternidad! Siempre son los mismos puntillosos quienes empiezan a tirar de una costura mal cosida y acaban sacándonos los colores, en loor de su propia gloria, que es la que al fin y al cabo les importa...

Candombe de las tortugas,
candombe ya va a empezar,
tortugueando, tortugueando
¡cuánto tardan en llegar!
Desde la blanca bahía
con grandes mochilas van,
llevan su casita a cuestas
sin prisa al caminar.

La tortuguita joven
se la llama Libertad.
A la tortuga abuela
le dicen Fraternidad.
Hace ya bastante tiempo,
casi no recuerdo ya,
van buscando un camino
que no pueden encontrar.

[…]

Maryta Berenguer.
Candombe de las tortugas.
En: ¡Esto que te cuento no es un cuento!
Ilustraciones de Miranda Rivadeneira.
2015. Buenos Aires: Kirikoketa.




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