lunes, 7 de abril de 2008

Disney o La influencia del dibujo animado en la LIJ


En el mundo del Libro Infantil y Juvenil, sobre todo el del libro-álbum, se ha hecho mucho empeño por desterrar de las ilustraciones literarias la estética que encumbró a Walt Disney como el mayor exponente del dibujo animado del siglo XX.
Desde los años ochenta, cuando la factoría Disney comenzó a producir versiones cinematográficas de clásicos de la Literatura Infantil, se optó, en muchas ediciones de estos clásicos y otros no versionados, por acompañar al texto de unas ilustraciones con trazo, tez y colores, más propios de Goofy, Mickey, Pluto o Daisy que de Bambi, Blancanieves o la Sirenita.
Si en un principio, las adaptaciones de estas obras literarias –unas veces logradas, otras no tanto- se vieron con cierto positivismo dada la conexión que establecía entre el gran público y la Literatura, que comenzaba a decaer en seguidores, a posteriori, resultaron muy dañinas ya que el mercado se saturó de productos alejados de la Literatura, diluyendo, todavía más, el interés por la figura del Libro.
En los últimos tiempos, dada la gran cantidad de ilustradores que necesitan comer y la especialización en las bellas artes, se ha conseguido trocar este estilo “Mickey” en otros que derrochan gran calidad artística y enmarcan de modo más eficaz las narraciones y su contenido, la mayoría de las veces incompatible con la estética Disney, muy homogénea y poco efectista.

Enlazando con lo anterior apunto que, si alguna obra y personaje literario se ha visto seriamente ultrajado por lo empalagoso e infiel de la versión cinematográfica que llevaron a cabo los estudios Disney, esa es Mary Poppins. Y me duele. Sí señor, me duele en el alma.
Cuando era niño, el desconocimiento me impedía percibir las notables diferencias entre la Mary Poppins literaria (escrita por Pamela Lyndon Travers) y aquella afable institutriz que volaba con su paraguas por la gran pantalla. Si bien es cierto que la esencia fantástica de aquella mujer había permanecido inalterada, sí se habían producido enormes cambios en cuanto a su carácter y la forma de enseñar de la que hacía gala. Mientras que en la versión cinematográfica, Mary Poppins es una educadora con sabor a chicle y regaliz, un tanto bonachona y algo caricaturizada, en su versión impresa, Mary nos muestra una concepción del proceso educativo más estricto, menos edulcorado y más potente.
Rompiendo una lanza por la recreación en imágenes de este título, he de decir que, en unos escasos noventa y tantos minutos, es impensable exprimir totalmente la esencia de una obra de ficción como esta, puesto que las palabras siempre aportan una riqueza diferente a cualquier narración.

Como colofón he de decir que, si me gusta el cine, más me gusta la literatura, lo que no quiere decir que la una excluya a la otra, por lo que enriquézcase con ambas, eso sí, de manera fiel y crítica.
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